Capítulo 13 #3
—Entonces iremos a Vilafranca —dijo.
Sara pensó en la carpeta azul, en Marta, en Ana, en una pensión de Vilafranca, en una madre que quizá no quería convertirse en prueba.
—No lo sé. Yo vendo fruta. Pero mi padre dice que una persona no vuelve porque la nombres en un podcast. También puedes joder a sus vivos.
—¿Qué propones?
La frase no venía de Julián, ni de los Montiel, ni de los que querían seguir callados. Venía de alguien que estaba con ellas y aun así no les regalaba la razón. Eso era más incómodo.
—A veces parece que queráis romper otra cosa y llamarlo memoria.
Karim apoyó el hombro en la pared.
—Al menos lo dices.
—Sí. Quiero.
Sara miró la pared encalada. Había una mancha de humedad con forma de nada.
—Pero quieres.
—No voy a publicarlo.
—Mi padre dice que si publicas el nombre de Ana sin hablar con la familia, te equivocas.
Sara salió un minuto al callejón del antiguo lavadero. No para respirar. Para no contestar con autoridad prestada. Allí la encontró Karim.
La discusión creció mal. Reme acusó a Paqui de querer protagonismo.
Paqui respondió que algunas habían hecho de la culpa una profesión.
Clara se levantó. Carmen tuvo que decir su nombre una vez, seco, para que no se fuera contra nadie.
La reunión dejó de parecer un colectivo y se volvió lo que era: gente rota intentando compartir una mesa sin cortarse con los bordes.
Aquello le dolió más de lo que esperaba. Porque también tenía razón. Ella había llegado con protocolos, permisos, cadenas de custodia, verificación. Todo necesario. Todo insuficiente para mujeres que habían guardado papeles debajo de colchones mientras los hombres firmaban los archivos buenos.
—Pues no pongas cara de funcionaria.
—Lo sé.
Sara lo miró.
—Tiene algo de razón.
La madre de Marta cerró los ojos. Reme murmuró algo que no se entendió. Karim, desde el borde, miró a Sara con una dureza nueva.
—Claro. Ahora vosotras decidís qué sirve y qué no. Veintidós años sin preguntar y ahora todo tiene que venir con sello.
Paqui se levantó tan rápido que la silla chirrió contra la piedra.
—Da —dijo Sara—. Si no sabemos de dónde sale, no podemos usarlo.
—No sé, joder. Lo encontró hace años en una caja de mi tía. O lo guardó ella. O se lo dio alguien. ¿Qué más da?
—Paqui.
Clara soltó aire por la nariz.
—No sé.
—¿Y tu madre de dónde lo sacó?
—De mi madre.
Paqui apretó el borde de la carpeta.
—¿De dónde sale esto?
La carpeta contenía una fotocopia de mala calidad de un contrato temporal de 1985. Nombre: Ana Beltrán Molina. DNI incompleto. Dirección: una pensión de Vilafranca. Firma irregular, como hecha con prisa. Sara sintió el impulso inmediato de fotografiarlo. Se obligó a esperar.
—Para algunas sí.
—Eso no es lo mismo.
—Está cansada.
Paqui se puso colorada.
—Entonces no está mala.
Paqui había prometido traer el nombre completo de Ana Beltrán.
Llegó al lavadero con veinte minutos de retraso, gafas oscuras y una carpeta de plástico azul.
Dijo que su madre estaba mala. Luego dijo que su madre no quería saber nada.
Después, al dejar la carpeta sobre la mesa, se le escapó que su madre había trabajado aquel día en la cooperativa y había pedido no aparecer. Clara levantó la cabeza.
La escena que más cerca estuvo de romperlos no tuvo amenaza, ni cinta, ni nota bajo la puerta. Tuvo una mesa de formica, cuatro mujeres hablando a la vez y una mentira pequeña que salió mal.
Luego se quedó un rato sentada en el coche parado.
No por cansancio épico. Porque le dolía la espalda y se había manchado la manga de grasa.
La investigación estaba entrando por sitios que no tenían música.
Talleres, cajas, sobrinos hartos, libretas cutres.
Quizá por eso empezaba a parecer más cierta.
Sara no corrigió la frase. No podía. Guardó la libreta de Pere Soler junto a las copias, con una nota: no publicar sin segunda fuente.
—Sí tiene. Porque vio. Porque se fue. Porque vivió. Vivir también queda feo, según quién lo mire.
—No tiene por qué.
—Cuando esto salga, mi padre va a quedar mal también.
De vuelta al pueblo, Karim habló poco. Antes de bajarse le dijo:
No parecía enfadado con Hamid. Parecía cansado de descubrir que cada familia guardaba una versión incompleta de la misma vergüenza.
Sara entendió algo entonces: el caso no avanzaba como una línea.
Avanzaba como una mancha. Tocabas un nombre y alrededor aparecían dedos, mesas, coches, cuartos, sueldos, silencios.
—No. Lo ha evitado demasiado.
—¿Te lo ha dicho?
—Mi padre conocía a Pere —dijo.
Al salir, Karim encendió un cigarrillo aunque llevaba semanas diciendo que lo había dejado.
El testimonio duró seis minutos. Salió sin brillo. Servía. Julián había tratado con Pere Soler. Pere Soler había movido cuadrillas. Ana había sido cambiada de habitación tras hacer ruido. Había un hilo, fino, feo, resistente.
—Sin tu nombre completo.
—Sin mi nombre completo.
Esta vez sí pidió permiso para grabar. Juli dudó. Miró las cajas, la moto abierta, la puerta del taller.
—Recuerdo lo que me daba asco. Eso se guarda bien.
—¿Lo recuerda?
Sara levantó la cabeza despacio.
—Julián venía por aquí a veces. De joven. Con coche bueno y cara de no pagar nunca en la barra.
Juli se acercó al oír el nombre.
—No. Pero creer no sirve.
—Pero no lo crees.
—Puede ser cualquier J.
—¿J. puede ser Julián? —preguntó Karim.
A Sara le dio rabia lo poco que era. También lo mucho.
Juli no supo qué contestar. Sara siguió buscando.
Al final, apareció una libreta pequeña con tapas de publicidad de una caja rural.
No probaba bastante: pagos, rutas, alojamientos, apodos.
En una página de septiembre de 1985 figuraba: «Ana B.
— cambiar habitación — hablar J.». En otra: «que no monte ruido».
No había más. Ni apellido, ni fecha de salida, ni destino.
—Los cutres también hacen daño.
Karim levantó la vista.
—Pues tampoco os penséis que mi tío llevaba la contabilidad del demonio. Era un cutre.
—No.
—¿Ya está?
Juli pasó por detrás cada diez minutos.
El sobrino, Juli, les dejó ver tres cajas que pensaba tirar.
No por conciencia; porque le estorbaban.
Facturas de gasoil, recibos de alquileres, nóminas sueltas, libretas con teléfonos.
Todo olía a garaje, tabaco viejo y aceite.
Sara revisó durante dos horas sobre una mesa metálica, con las manos manchadas aunque llevara guantes.
Encontró nombres repetidos. No encontró a Ana.
Sara no sacó la grabadora. Karim, que había insistido en acompañarla, se apoyó en una moto desmontada y no dijo nada. Había aprendido que su silencio a veces hacía hablar a la gente mejor que cualquier pregunta.
—Mi tío era un desgraciado, pero no me carguéis más muertos —dijo.
El hombre se llamaba Pere Soler, antiguo encargado de cuadrillas.
Había muerto hacía seis años. Vivía, o había vivido, en una casa estrecha de Sant Sadurní, con una puerta de aluminio y una persiana que bajaba torcida.
Su sobrino regentaba ahora un taller de motos al lado.
Les recibió con las manos negras de grasa y la paciencia agotada desde antes de escuchar el nombre de Ana Beltrán.
La pista de P. S. no les llevó a un villano. Les llevó a un tanatorio cerrado, a un sobrino con prisa y a un armario lleno de carpetas de gestoría.