Capítulo 13
Rafa empezó a pesar sin pedir permiso.
No como nuevo caso. No todavía. Como una grieta dentro del caso Marta.
El nombre de Rafa empezó a sonar distinto después de la placa.
Hasta entonces, incluso para Lucas, había sido una habitación cerrada dentro de otra habitación cerrada.
El hermano muerto. El accidente. La curva.
La lluvia. Esas cuatro palabras habían funcionado durante años como un candado.
Pero la carpeta entregada a Laura, las anotaciones y la frase de la cinta —Rafa lo vio— habían oxidado el cierre.
—Si no vienes, acabaré contándotelo peor.
Fueron en el coche de Lucas, sin grabadora encendida. Ese detalle importaba. No todo viaje hacia una prueba empieza como trabajo. Puede empezar como duelo.
La curva donde murió Rafa no tenía épica.
No había un precipicio limpio, ni un árbol retorcido, ni una cruz con flores secas.
Solo una carretera secundaria con grava en los bordes, una cuneta mal limpiada y una señal de curva peligrosa comida por el sol.
El asfalto estaba remendado en dos tonos distintos.
A un lado crecían romeros bajos y matas de hinojo; al otro, una pared de pedra seca separaba la carretera de una finca abandonada.
Lucas apagó el motor y tardó en quitarse el cinturón.
—Fue aquí —dijo.
No señaló. Tampoco hacía falta.
Sara bajó del coche con la libreta en la mano y enseguida se sintió ridícula.
¿Qué se anota en el lugar donde un hermano se salió de la vida?
La humedad de la mañana le pegó el pelo a la nuca.
Se oía una motosierra a lo lejos y, más cerca, el zumbido de un insecto contra el retrovisor.
Lucas caminó hasta la cuneta y se agachó.
No buscaba una prueba; buscaba una versión que pudiera odiar menos.
—Mi madre no vino nunca —dijo.
—¿Y tú?
—Una vez. Con diecinueve años no, claro. Entonces estaba demasiado ocupado siendo el hermano roto por Marta. Rafa se moría también y yo ni lo vi venir. Bonito, ¿eh?
Habían pedido el atestado a través de la abogada.
El resumen era pobre: lluvia intensa, pérdida de control, posible exceso de velocidad, golpe lateral contra el muro, vuelco parcial.
Sara había leído informes así. Algunos dicen la verdad.
Otros repiten lo más fácil de escribir cuando nadie quiere mojarse las botas.
Lo que no encajaba era la fotografía que Lucas llevaba en el bolsillo: el coche de Rafa con el lateral izquierdo hundido antes del impacto contra la pared, una marca horizontal de pintura azul y un borde limpio, casi de roce calculado.
Sara pasó el dedo por el borde de la copia. La marca era recta.
Apareció un hombre en una furgoneta blanca mientras estaban allí. Frenó al reconocer a Lucas. Era Miquel, antiguo mecánico del pueblo, jubilado a medias y con las uñas negras de quien nunca se jubila del todo.
—Mal sitio para pasear —dijo.
Lucas no respondió.
Sara se presentó.
Miquel hizo una mueca.
—Ya sé quién eres. Aquí últimamente todo el mundo sabe quién es todo el mundo, incluso cuando preferiría no saberlo. Miró la curva, luego a Lucas.
—Tu hermano no se salió solo. Lo soltó sin preparación.
Lucas levantó la cabeza.
Miquel se arrepintió al instante. Se le vio en la boca, que se cerró tarde.
—Yo no he dicho eso.
—Lo has dicho —intervino Sara, tranquila—. Y no te estoy grabando.
Miquel se metió las manos en los bolsillos del mono.
Contó que, aquella noche, lo llamaron para ver el coche antes de que lo retirara la grúa oficial.
Rafa seguía en el hospital, aún vivo o recién muerto, no lo recordaba bien o no quería recordarlo.
El vehículo tenía barro en las ruedas, sí.
El parabrisas reventado. Pero lo que le llamó la atención fue la marca lateral.
—Fue un toque —dijo—. No fuerte. Lo justo para sacarlo de línea en la curva. Yo se lo comenté al agente. Me dijo que con la lluvia todo parece otra cosa. Luego vino Julián. Todavía no era alcalde y ya mandaba más que el alcalde. Me puso una mano aquí.
Miquel se tocó el hombro.
—Me dijo que una familia ya tenía bastante desgracia como para que yo fuera inventando carreras de coches.
Lucas no habló durante un rato. La cara se le vació de una manera que asustó más que el llanto. Pensó que iba a pegarle a Miquel, o a abrazarlo, o a romperse allí mismo sobre el asfalto. No hizo nada. Solo preguntó:
—¿Por qué no lo dijiste?
Miquel miró la carretera, después las viñas, después sus botas.
—Porque tenía dos hijos en la escuela y un taller con facturas. Porque tu padre pagaba rápido. Porque Julián sabía dónde apretar. Porque soy un cobarde normal, Lucas. De los que luego van al entierro y se quedan detrás. Normal no significa inocente.
Sara pidió permiso para apuntar su nombre como posible testigo no grabado. Miquel dudó. Luego asintió.
—Si me llamáis, hablaré. Pero no me pongáis delante de una cámara. No soy de llorar bonito.
—Aquí nadie llora bonito —dijo Lucas. Sonó áspero, casi como un ladrido.
Miquel lo aceptó. Antes de marcharse, sacó del bolsillo una llave antigua unida a una chapa oxidada.
—Rafa me dejó esto una semana antes de morir. Dijo que si preguntaba por él y él no venía, se la diera a su hermano. Yo pensé que era una borrachera. Después se mató y… —se encogió de hombros—. Después hice lo que hacemos aquí. Guardar. La chapa tenía tres letras apenas legibles: MAG.
Lucas la cerró en el puño. Aquello no respondía nada. Era otra puerta.
De vuelta al coche, Lucas apoyó la frente en el volante antes de arrancar. Sara dejó la libreta sobre sus rodillas y esperó.
—Rafa intentó darme una llave —dijo él—. Y yo he tardado veinte años en venir a recogerla.
—No sabías que existía.
—No me salves tan rápido. Me acostumbro.
Sara miró la curva por última vez. La carretera seguía igual, pobre, funcional, capaz de tragarse una vida y luego seguir llevando tractores al pueblo.
—No te salvo —dijo—. Te estoy dejando espacio para que hagas algo con esto.
Lucas cerró los dedos alrededor de la llave.
—Entonces vamos al magatzem.
El magatzem estaba detrás de la nave nueva, casi pegado al camino de servicio que bajaba hacia el barranc.
Lucas no había entrado desde hacía años.
La chapa de la llave encajó en una cerradura oxidada que se resistió primero con dignidad y luego con un chasquido feo.
Dentro olía a cartón húmedo, gasoil viejo y nidos abandonados.
Sara encendió la linterna del móvil. La luz recorrió estanterías de hierro, cajas de piezas, garrafas vacías, un saco de azufre endurecido como piedra y una bicicleta infantil con una rueda doblada.
—Esto no es un archivo —dijo.
—No. Es donde mi familia guarda lo que no quiere tirar y no sabe mirar. Bastante parecido.
La llave de Rafa abría un armario bajo con la pintura saltada.
Lucas tardó en agacharse. El miedo no estaba en el objeto.
Estaba en que el objeto confirmara que su hermano había intentado hablar y nadie lo oyó.
Dentro encontraron una bolsa de lona con una camiseta, un cuaderno de tapas negras, un mechero sin gas y una cajita de plástico de carretes fotográficos.
Lucas cogió el cuaderno primero. No lo abrió.
—Hazlo tú —dijo.
—No.
Sara negó despacio.
—Si es de Rafa, primero lo abres tú. Yo espero.
Él la miró con gratitud y fastidio a la vez. Sara ya conocía esa cara. La reconoció tan rápido.
La letra de Rafa era menos ordenada que en las hojas contables.
En el cuaderno había frases sueltas, algunas tachadas hasta romper el papel.
Fechas. Matrículas incompletas. Iniciales.
Una lista de llamadas desde la casa principal a un número de Vilafranca del Penedès.
Y, en medio de una página, una frase escrita varias veces con presión desigual: «No fue solo Marta.
» Lucas se sentó en el suelo. No cayó. Se sentó despacio, con el cuerpo todavía negociando con la noticia. Sara permaneció de pie.
En la cajita de carretes había tres negativos enrollados y una nota: «Si me pasa algo, Miquel sabe parte. Lucas no sabe nada. Mejor así.» Lucas leyó esa última línea en voz alta y dejó salir una risa mínima, horrible.
—Hasta muerto me trata como al pequeño.
—Quizá intentaba protegerte.
—Todos intentaban proteger a alguien. Mira qué bien nos ha ido.
—¿Puede ser…?
—No lo sabemos —lo cortó ella, muy deprisa—. No lo sabemos y no vamos a decidirlo aquí.
—Aquí —dijo.
Sara no respondió. Ninguno encontró una frase que no estorbara. La niebla convertía los árboles en sombras blandas.
Lucas caminó hasta el borde, donde la tierra caía hacia una zanja.
—Me dijeron que bebía. Que iba rápido. Que la lluvia. Yo asentí. Tenía veintiún años y estaba tan cansado de la muerte que acepté cualquier frase que me dejara dormir. Dormí mal igual.
—Policía no eras.
—No. Era su hermano.
Sara no contestó.
No hablaron durante los primeros minutos.
Lucas bajó por la cuneta con cuidado torpe, con la carretera convertida en testigo.
Había cristales viejos mezclados con tierra, seguramente de otra cosa, de otro golpe, de cualquier accidente menor de los últimos años.
Aun así se agachó y tocó uno con la punta de los dedos.
Sara lo vio y se calló. El gesto no servía para nada. Lucas necesitaba hacerlo.
—Rafa odiaba esta carretera —dijo Lucas—. Decía que estaba mal peraltada, que algún día alguien se iría abajo. Mi padre se reía. Decía que todos los caminos parecen peligrosos a quien no sabe conducir su vida. Qué frase de mierda. Y la repetíamos.
Sara dejó que la grosería quedara. Le sentaba mejor que la solemnidad. Lucas siguió mirando la curva.
—Después, cuando murió aquí, esa misma frase volvió en las comidas. Como si mi padre la hubiera preparado antes. Como si la culpa necesitara solo una carretera para parecer destino.
Más tarde llegó Laura, sin uniforme y con botas de montaña. No quiso que Lucas pisara más cerca de la zanja.