Capítulo 12 #2
Esa misma tarde, Marina pidió material para un avance promocional y Sara le mandó un correo más seco de lo habitual: no habrá avance con pruebas, no habrá frases de sospechoso en pantalla, no habrá música de tensión sobre el nombre de Ana. Marina contestó con un pulgar hacia arriba y después llamó.
Sara fijó la vista en un punto fijo.
—Perdón.
—Aceptado. Pero tampoco me dejes fuera del cuidado. Sé hacer mi trabajo sin convertirlo todo en carnicería.
A Sara le dio una vergüenza seca. Apuntó otra regla, más pequeña, debajo de las anteriores: desconfiar no es mandar.
El billete de tren empezó a obsesionar a Sara más que la propia confesión de Ricardo.
Quizá porque la confesión hablaba del final y el billete hablaba de futuro.
Barcelona. Una fecha abierta. Una posibilidad comprada con dinero escaso.
Marta había guardado ese papel debajo de una tabla, junto a sus cuadernos, como quien guarda una puerta pequeña.
Sara lo fotografió con permiso, pero pasó horas mirando la imagen sin usarla.
Le parecía casi más íntima que una carta de amor.
Un billete no dice te quiero ni tengo miedo.
Dice voy. Dice todavía hay una vida delante.
Durante veintidós años lo habían leído al revés. Sara cerró la foto en el móvil.
Clara y Paqui chocaron por una vez en la reunión de la placa.
Fue pequeño. Sirvió. Paqui quería que el nombre de Ana tuviera el mismo tamaño que el de Marta.
Clara respondió que Marta era el caso abierto, el que había permitido llegar hasta allí.
Paqui, con una calma que dolió más que un grito, dijo que Ana llevaba esperando desde 1985.
La pausa posterior fue incómoda. La madre de Marta resolvió sin levantar la voz.
—El tamaño de la letra no mide nada. Ponedlas iguales.
Clara bajó los ojos.
—Perdón.
Paqui asintió, pero no sonrió. Aquel pequeño roce enseñó a todas algo importante: el colectivo no sería una postal de mujeres abrazándose bajo una causa común. Sería difícil. Tendrían que aprender a compartir espacio sin competir por la herida. Nadie intentó arreglarlo esa tarde.
—Hay una parte en la que dices que Marta quería llegar a Barcelona —dijo al fin.
—Sí.
—No sé si quería Barcelona. Algunos días decía Barcelona. Otros decía cualquier sitio donde nadie supiera su apellido.
Sara lo miró. Tenía razón. Había simplificado por el símbolo. Marta no quería una ciudad exacta; quería una salida. Corrigió la frase: «Marta quería llegar a una vida que no estuviera decidida por otros.» Lucas respiró mejor.
—Eso sí.
Sara guardó el cambio. Lucas aún recordaba cómo Marta pedía el café, y eso la descolocó. No sabía qué hacer con esos restos tan pequeños.
Antes de irse, Laura dejó caer otro dato, casi sin querer, o quizá tan calculado para parecer casual.
En la carpeta de Rafa había una referencia a la carretera vieja de Batea y a una matrícula incompleta.
No podía decir más. Sara no preguntó más.
Hay fuentes que te dan una esquina y esperan que no las obligues a romperse enteras.
Al salir de la cafetería, la lluvia había parado.
Sara se quedó bajo el toldo y escribió en el móvil: «Marta: cierre emocional.
Ana: puerta. Rafa: herida. Julián: sistema.
» Lo leyó y le dio vergüenza. Borró la palabra sistema.
El día que la madre de Marta entregó el billete, Sara volvió a revisar el diario del prólogo.
No buscaba datos. Buscaba una voz. Había leído tantas veces las frases sobre Barcelona, el vestido y Lucas que empezaban a sonarle conocidas hasta gastarse, casi domesticadas por la repetición.
Eso la asustó. Le dio vergüenza sabérselas casi de memoria. Cerró el diario un rato.
Se sentó en la habitación de su infancia con las ventanas abiertas.
Desde abajo subían el ruido de Carmen fregando una olla y la voz de Clara discutiendo por teléfono con alguien del colectivo.
Sara leyó en voz alta una entrada de Marta que no pensaba usar: hablaba de una ampolla en el talón, de una canción de la radio, de una discusión tonta con su madre porque había gastado demasiado champú.
Nada servía para el caso. Precisamente por eso le pareció necesario.
Marta no podía ser solo la chica que sabía demasiado.
Marina llamó a media tarde.
—Qué alegría me das siempre.
—Te lo digo porque cuando te emocionas te pones literaria y Marta necesita menos mármol.
Sara miró el texto. Marina tenía razón. Había escrito que el billete era una puerta pequeña hacia el futuro. Era verdad, quizá. También parecía una frase de contraportada.
Borró la frase.
Escribió otra: «Marta compró un billete porque quería irse de aquí. Esa parte era cierta. Lo que era mentira era todo lo demás.»
Mejor así. Más fea. Más útil.
Por la noche, fue con Lucas al cementerio.
No lo habían planeado juntos. Se encontraron en la entrada, cada uno con su propia excusa.
Él llevaba una piedra plana en el bolsillo.
Ella, una copia del guion doblada en cuatro.
La tumba de Marta estaba al fondo, junto a una pared baja donde crecía una hierba seca que nadie arrancaba del todo. No había cuerpo. Había nombre.
Lucas dejó la piedra junto a las flores.
—No sé si tengo derecho a traer nada.
—Probablemente no.
—Gracias por la delicadeza.
—Pero lo has traído.
—Sí.
Sara no se lo quitó. Tampoco lo absolvió. Se quedaron de pie, hombro con hombro sin tocarse. Lucas miraba la placa de Marta esperando casi una orden de vuelta.
—Yo la quería —dijo al fin.
—Lo sé.
—No la quise bien.
—Eso también.
La noche olía a ciprés y polvo mojado. A lo lejos, un perro ladró dos veces.
—Más de una vez pienso que si hablo demasiado sobre lo mal que lo hice acabo robándole otra vez el sitio —dijo él.
Sara giró la cabeza. Esa era una lucidez nueva. Dolía menos que sus disculpas anteriores y servía más.
—Entonces habla cuando sirva y calla cuando toque.
—¿Y ahora?
Sara miró la tumba.
—Ahora puedes callar.
Lucas obedeció. No como un niño. Como alguien que empieza a entender el tamaño de su voz.
Al salir del cementerio, se cruzaron con dos adolescentes en patinete. Una de ellas reconoció a Sara y miró al suelo de golpe. La otra dijo algo que no llegaron a oír. Lucas hizo amago de girarse.
—Déjalas —dijo Sara.
—No iba a decir nada.
—Sí ibas.
—Vale.
Caminaron hasta el puente por calles pequeñas, con las persianas medio bajadas y la luz de las cocinas dibujando escenas ajenas.
Carmen había hablado de niñas de diez años y la frase volvió sola: las que aprenderían, o no, que una chica podía irse sin que nadie tuviera derecho a convertir su marcha en culpa.
Sara no lo apuntó. Le pareció que apuntarlo lo empeoraba.
En el puente, Lucas sacó las manos de los bolsillos.
—Mi tío ha pedido una reunión con el banco. Quiere convencerlos de que estoy actuando bajo presión emocional.
—¿Y lo estás?
—Sí.
Sara lo miró.
—No significa que estés equivocado.
—Ya. Pero es el tipo de verdad que un abogado puede usar contra ti.
Aquello era tan exacto que los dos callaron. Luego Sara le contó lo que había borrado del guion. Lucas escuchó sin interrumpir.
—Marta se habría reído de esa frase —dijo.
—¿De cuál?
—La de la puerta. Habría dicho que una puerta pequeña es una ventanita para ratas o algo así.
Sara soltó aire por la nariz.
—Eso sí lo voy a usar.
—No puedes. Es mío.
—No he firmado nada.
La broma duró poco, pero les dejó un espacio menos áspero. No se besaron. Esta vez no porque no quisieran, sino porque los dos entendieron que el deseo, allí, junto al cementerio y el billete, pedía una paciencia que ninguno tenía de sobra.
Al llegar a casa, Carmen estaba planchando un mantel que no necesitaba plancha. Vio la cara de Sara y no preguntó. Solo dijo:
—Cuando una muerta empieza a estar viva en la cabeza, cansa más.
Sara se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Eso te pasó con Marta?
Carmen apagó la plancha.
—Me pasó contigo cuando te fuiste. No es lo mismo. Pero algo se parece.
Aquello quedó allí, incómodo. Sara había vuelto a investigar el dolor del pueblo y había olvidado que su madre también había tenido que aprender a vivir con una hija que se marchaba para no pudrirse. Algunas veces, una escapatoria salva a quien se va y deja a quien se queda vigilando la puerta.
No lo tocó.
A la mañana siguiente, Clara apareció en la cocina sin llamar. Traía el móvil abierto y la cara dura, no rota. Eso era peor.
—Has usado mi frase.
—Tenía permiso para el audio —dijo Sara, y se odió al escuchar su propia defensa.
—Tenías permiso para contar. No para dejarme hecha una frase.
Carmen, que estaba junto al fregadero, no intervino.
Lucas tampoco habría podido arreglar aquello si hubiera estado allí.
Sara abrió el ordenador, retiró el fragmento de la versión pública y dejó una nota seca en la descripción: actualización por petición de una testigo.
Sin épica. Sin convertir la rectificación en otro gesto noble.
Aquella tarde perdió algo de Clara. No todo. Lo suficiente para que grabar pesara más.
Durante los dos días siguientes, Clara dejó de regalarle frases.
Contestaba lo justo, corregía fechas y, cuando Sara abría la libreta, decía: «Eso no lo apuntes.
» No lo decía con ira espectacular. Lo decía mientras lavaba una taza, mientras buscaba las llaves, mientras apartaba una silla.
Esa normalidad era peor. Sara entendió que pedir perdón no devolvía una confianza a su sitio; solo marcaba el lugar donde se había torcido.
Desde entonces, antes de usar una voz ajena, empezó a preguntar dos veces.
La segunda casi siempre le daba vergüenza. Tenía que dársela.
Esa noche, Sara escribió en la libreta una sola línea: Marta no puede quedarse pequeña.
Después la tachó. Sonaba tan limpio. Al lado puso otra, peor escrita y más útil: mañana llamar a su madre antes de tocar nada.
Sara guardó la libreta. P. S. dejó de ser una letra muerta. Ana Beltrán seguía sin aparecer, pero su ausencia tenía ya un pasillo, una pensión, un encargado y una discusión en la puerta de un bar. No bastaba. Pero la noche anterior no tenían eso.
—Pero no inútil.
—Sí.
—Hoy ha ido mal.
Paqui no aceptó la promesa. Tampoco la rechazó. Al llegar al pueblo, se bajó sin despedirse. Karim se quedó un segundo más antes de bajar.
—No. Pero es lo único decente que puedo prometer hoy.
—Eso no responde.
—No voy a usar nada sin permiso —dijo.
Era injusto y cierto a la vez. Sara miró por la ventana. Viñas, polígonos, una nave de muebles, un perro flaco junto a una gasolinera. El paisaje no ayudaba.
—Tú puedes permitirte tener método porque no es tu madre.
En el autobús de vuelta, Paqui dijo que no quería que el nombre de su madre saliera nunca. Karim preguntó si eso incluía los documentos. Discutieron bajo, pero con veneno. Sara no intervino hasta que Paqui le dijo:
Paqui se echó a llorar en el baño del bar.
No de tristeza limpia. De rabia, de vergüenza, de hambre atrasada.
Karim le compró una botella de agua. Sara esperó fuera, apoyada en una máquina tragaperras apagada.
Se sintió inútil de una manera nueva: había conseguido una inicial, quizá una pista, y aun así tenía delante a una mujer descubriendo que su familia había guardado la desaparición de otra mujer en forma de rumores incompletos.
Sara no dijo nada. El segundo cuaderno de Marta volvió de golpe: R. M., A. B., P. S. Una inicial que hasta entonces no significaba nada. La libreta le pesó en la mano.
P. S.
—Pere, Pau, Pons… algo así. O quizá no.
—¿Nombre?
—Había un tipo del Penedès. Venía a recoger trabajadores. No siempre los mismos. A veces decía que faltaba documentación, que había que cambiarlas de alojamiento. A la chica de la cicatriz la vi discutir con él en la puerta. Ella le enseñaba un papel. Él se reía. No sé más.
El hombre empezó a limpiar vasos que ya estaban limpios.
—No vamos a poner su nombre —dijo—. Pero si Ana pasó por aquí, necesitamos saberlo.
Karim puso una mano en el borde de la barra, no amenazando; solo ocupando espacio. El camarero miró a Sara, buscando la autoridad menos incómoda. Sara no se la dio.
—He dicho que no sé.
—Lo acaba de decir.
—No sé.
—¿Qué encargado?
La segunda pista salió de un bar cercano. No por una revelación, sino por un error. El camarero, al oír «Beltrán», preguntó si hablaban de la chica de la cicatriz que discutía con un encargado muy gordo. Luego se arrepintió y dijo que se confundía de año. Paqui saltó demasiado rápido.
Paqui se movió incómoda. Karim permaneció en silencio junto al portal. Sara notó que la mujer no mentía. Tampoco estaba dispuesta a entregar nada fácil. Le ofreció dejar un teléfono. La vecina lo cogió sin prometer llamar.
—Recuerdo a muchas. Ese es el problema. Venían, trabajaban, se iban o desaparecían de la misma manera para quienes no tenían que echarlas de menos.
La vecina apretó la bolsa de la compra contra el pecho.
—Entonces usted recuerda a Ana —dijo Sara.
La antigua pensión del contrato estaba en una calle estrecha cerca de la estación.
El rótulo ya no existía. En su lugar había una placa de clínica dental, persianas nuevas y una maceta de plástico con una planta tan brillante.
La recepcionista no sabía nada. El dentista, menos.
Una vecina del primer piso dijo que allí habían dormido cuadrillas enteras en los ochenta y noventa, mujeres en una planta, hombres en otra, colchones por el suelo y maletas en los pasillos.
No quiso dar su nombre. No por miedo, dijo, sino porque ya estaba harta de que la gente viniera a buscar tragedias antiguas como si fueran monedas caídas entre las baldosas.
Fueron Sara, Karim y Paqui. Clara quiso ir, pero Carmen le dijo que se quedara quieta una vez en la vida y ella obedeció con mala cara.
Lucas ofreció el coche. Sara dijo que no.
No quería que cada búsqueda acabara dependiendo de un Montiel, ni siquiera del Montiel que ahora intentaba romper la herencia.
Cogieron un autobús comarcal con aire acondicionado excesivo y un conductor que saludaba a medio mundo por el nombre.
Vilafranca no les dio una respuesta. Les dio una mañana perdida, dos ventanillas, una pensión que ahora era una clínica dental y una mujer que les cerró la puerta antes de que Sara terminara de decir Ana Beltrán.