Capítulo 12
La madre de Marta aceptó grabar su testimonio una mañana de lluvia fina.
No en un estudio, ni en la casa de Carmen, ni en el celler.
Quiso hacerlo en su comedor, con la persiana levantada a medias y una estufa eléctrica encendida junto a la mesa.
Sara llegó con Clara, no con Lucas. Esa decisión fue de la madre de Marta.
—El chico Montiel ya tendrá su sitio —dijo—. Hoy no. Sobre la mesa había una caja de zapatos con objetos de su hija: un peine de plástico, una cinta azul, una libreta escolar, dos fotografías, un billete de tren arrugado y una pulsera de hilo.
Sara no tocó nada hasta que se lo permitieron. La mujer sacó primero el billete. Barcelona. Fecha abierta. Ida. Lo sostuvo entre dos dedos con un cuidado que partía.
—Decían que se había ido. Mire. Quería irse, sí. Pero quería irse viva.
Sara dejó la frase sobre la mesa. Marta quería marcharse, sí. Pero quería marcharse viva. La madre de Marta explicó que por eso lo había escondido tanto tiempo.
—A las chicas como Marta todo se nos vuelve prueba en contra —dijo Clara desde la silla.
La madre de Marta la corrigió con una suavidad inesperada.
—A las chicas como Marta no. A todas, si molestamos al hombre equivocado.
Sara esperó unos segundos antes de seguir. La madre de Marta respiró por la nariz. Nadie llenó el hueco.
La grabación duró poco. La mujer se cansaba enseguida. No lloró hasta el final, cuando Sara le preguntó qué quería que quedara de Marta. No pidió venganza, ni cárcel, ni que el pueblo se arrodillara. Pidió algo más difícil.
—No la hagas pequeña.
Sara apagó la grabadora un momento.
Sara no escribió nada. Bajó el bolígrafo. Había escenas que una podía estropear solo por querer conservarlas tan limpio.
—No la dejes solo muerta. Marta se reía. Era pesada, cabezona, se enfadaba por tonterías. Cantaba cuando estaba triste. Si la cuentas como pobre niña, la vuelves a quitar de en medio. ¿Me entiendes o estoy diciendo una tontería?
Al salir, Clara pidió caminar hasta el cementerio.
No estaba lejos. La tumba de Marta no tenía cuerpo, solo una placa pequeña colocada años después por su madre, cuando la esperanza empezó a parecer crueldad.
Había flores secas y una piedrecita blanca sobre la base.
Clara se agachó para retirar unas hojas.
—Durante años pensé que esta tumba era mentira —dijo—. Ahora pienso que quizá era lo único honesto que tuvo.
Sara la observó sin sacar la grabadora. El cementerio olía a ciprés, tierra mojada y detergente barato de nichos limpiados por familias que aún podían llevar flores a alguien.
Marta no había tenido eso durante mucho tiempo: un lugar claro.
Pensó que el cierre emocional del caso no pasaría por encontrar todos los restos ni por una sentencia perfecta.
Pasaría por darle un sitio que no dependiera de la versión de Ricardo.
La placa provisional se colocó en el lavadero el sábado siguiente.
Ceremonia oficial no fue. El Ayuntamiento se negó a participar hasta que hubiera resolución firme, fórmula cobarde con barniz de neutralidad y olor a miedo.
El colectivo No se Fueron decidió no esperar.
Carmen consiguió una tabla de madera. Karim grabó los nombres con una máquina prestada.
Clara pintó las letras de negro y discutió con todo el mundo sobre la inclinación.
La madre de Marta llevó el pañuelo azul.
Paqui llevó una copia de la fotografía de Ana, con los rostros de las demás mujeres cubiertos para protegerlas.
Lucas llegó con una caja de herramientas y se ofreció a colgar la placa. Clara lo miró.
—Hoy no eres protagonista.
—Lo sé.
—Entonces trae el martillo y calla.
Lucas obedeció. Nadie dijo qué gesto tocaba hacer después.
Cuando la placa quedó fijada en la piedra, nadie aplaudió al principio. Se quedaron mirando las palabras: Marta Barrancs. Ana Beltrán. Y debajo, en una línea separada: No se Fueron. Paqui pasó los dedos por el nombre de su tía sin tocarlo del todo.
—Aún no sabemos si Ana murió aquí —dijo, necesitaba advertirlo.
Sara respondió:
—Sabemos que alguien la hizo desaparecer de la historia. Eso también cuenta.
La madre de Marta, sentada en una silla plegable, pidió que la acercaran.
Clara y Sara la ayudaron. La mujer tocó el nombre de su hija y murmuró algo que solo ellas oyeron:
—Ya no te buscan para echarte la culpa.
Ese fue el momento en que el caso Marta cerró algo. No todo, claro. No legalmente. No del todo. Pero una parte sí. Una parte que llevaba veintidós años esperando permiso para respirar.
Aun así, el cierre trajo peligro. Esa misma noche, alguien pintó una palabra sobre el muro del antiguo lavadero del pueblo: MENTIRAS.
Lo hizo con pintura negra, deprisa, dejando gotas sobre la piedra.
Clara fue la primera en verlo al amanecer.
Llamó a Sara y no a los Mossos d’Esquadra.
Cuando Sara llegó, Carmen ya estaba allí con un cubo, Paqui con los ojos llenos de sueño y Lucas a dos pasos, sin saber si acercarse o no. Clara tenía un pincel en la mano.
—No lo voy a borrar —dijo.
Debajo de MENTIRAS escribió, con letras torcidas: PERO VIVAS. Nadie la corrigió. Era imperfecta, rabiosa demasiado, casi fea. Nadie propuso hacerlo más bonito.
Sara hizo una foto, pero no la publicó. A mediodía ya circulaba por todo el pueblo. A mediodía ya la había visto medio pueblo. En el grupo de madres, en el del bar, en uno de ofertas del supermercado. Nadie sabía quién la había mandado primero.
Lucas empezó a trabajar en una revisión interna del celler.
No lo anunció. No convocó prensa. Suspendió las visitas turísticas, abrió los archivos laborales antiguos a una abogada externa y dejó por escrito que cualquier trabajador que hubiera sufrido presiones podía declarar sin represalias.
La decisión le costó tres llamadas furiosas de familiares, dos cancelaciones de pedidos y un mensaje de su tío insinuando que Inés no estaba en condiciones de entender lo que firmaba. Lucas se lo contó a Sara en el puente.
—Esto no te limpia —dijo.
Él asintió.
—Ya lo sé.
—Te coloca donde deberías haber estado antes.
—También lo sé.
Sara lo miró.
Sara vio otra cosa en él: menos teatro de perdón, más ganas de ser útil. No dijo nada. Lucas seguía con la misma camisa arrugada de la mañana.
La relación entre ellos se mantuvo en ese borde incómodo donde una palabra demasiado podía estropearlo todo.
Se veían cada día, trabajaban juntos, se rozaban algún día al pasar una carpeta y retiraban la mano antes de tiempo.
Clara se desesperaba. Carmen fingía no verlo.
Inés, que lo veía todo desde su butaca de la casa Montiel, un día le dijo a Lucas que no usara la culpa para volverse noble de escaparate.
—Si quieres a alguien, no la conviertas en penitencia —le dijo.
Lucas no respondió, pero esa noche fue a ver a Sara y le repitió la frase. Ella se quedó pensativa.
—Tu madre empieza a caerme peligrosamente bien.
—A mí también. Es raro. No se besaron. La noche no lo pedía. O sí. Qué sé yo. No hacer algo también cuenta, aunque luego una se haga la digna.
Laura citó a Sara en una cafetería de carretera dos días después. Fue sin uniforme. Eso ya decía bastante. Pidió un café solo y sacó una carpeta fina.
—No puedo darte detalles de una investigación abierta.
—Entonces no me los des. Laura ignoró el tono.
—Pero sí puedo decirte que la línea de Marta se sostiene.
La declaración de Ricardo, las cintas, Inés, Clara y los diarios bastan para que no vuelva a tratarse como fuga.
Sara bajó los párpados un momento. Era la frase que necesitaba oír. No había sentencia. Justicia completa, tampoco. Ni de lejos. Pero el papel ya no decía fuga.
—¿Y Ana? —preguntó.
Laura miró por la ventana.
—Ana tendrá que esperar.
—No me gusta esa frase.
—A mí tampoco. Pero si mezclas todo ahora, los abogados de Ricardo y de Julián dirán que es una persecución confusa. Cierra Marta. Abre Ana con cuidado. Y come algo, por favor, que estás insoportable.
Sara lo entendió y le sentó mal.
La noche antes de entregar las copias, Sara montó un sistema de archivo que habría hecho reír a cualquier técnico serio y llorar a su yo de veinticinco años.
Tres discos duros, dos nubes, una libreta física, sobres numerados y una hoja pegada en la pared con cinta azul.
Carmen entró a dejarle una infusión y fijó la vista en el despliegue.
—Parece que vayas a robar un banco.
—O a impedir que me lo roben.
—Pues pon nombres que entiendas cuando estés dormida. Fue más útil que cualquier protocolo.
Sara cambió «audio_3_limpio_FINAL» por «cinta_Ricardo_menciona_Rafa». Cambió «foto_doc_2» por «nómina_Ana_fecha_dudosa». Menos elegante. Más difícil de romper.
Laura, la agente, insistió en la cadena de custodia al día siguiente. No iba de lista. Estaba cansada.
—Si esto entra mal, luego un abogado lo destroza.
Sara tragó la respuesta defensiva. Tenía razón. Habían tocado, copiado y protegido pruebas a caballo entre el periodismo y la urgencia. No todo era impecable. Nada de lo ocurrido lo era.
Lucas escuchó la explicación con la cara pálida.
—Entonces lo he contaminado todo. Laura lo miró por encima de la carpeta.
—No. Ha hecho lo que pudo antes de saber hacerlo mejor. Ahora vamos a hacerlo mejor.
A Sara le gustó aquella mujer por esa frase. No absolvía. No humillaba. Colocaba el siguiente paso.
Durante casi dos horas, declararon cómo habían encontrado cada objeto, quién lo tocó, cuándo se fotografió, dónde se guardó la copia.
Hubo momentos ridículos: Sara tuvo que explicar que una bolsa de congelación había servido como funda temporal para una cinta; Lucas reconoció que había usado un trapo de cocina para envolver una carpeta porque no encontró otra cosa. Laura apuntó todo sin reírse.
—Las cosas llegan como les da la gana —dijo al final—. Casi siempre tarde.
—Eso no lo pondrá en el informe.
—No. Pero debería.