Capítulo 11 #2
Sara subió hacia él antes de que Lucas pudiera adelantarse.
Fue una decisión rápida y no necesariamente inteligente.
Julián sonrió al verla llegar. Tenía una cara común, incluso amable, de esas que en los carteles electorales parecen prometer bancos nuevos y farolas arregladas.
Eso la molestó más. Le cruzó una idiotez: los malos con cara de malo ayudan bastante.
La apartó enseguida, porque Julián la estaba midiendo de arriba abajo.
—Sara Vidal —dijo él—. La hija de Carmen. La periodista.
Ahora la gente llevaba etiquetas completas en su boca.
—Y usted es Julián.
—Yo soy muchas cosas, según quién hable.
—Seguro que sí.
Él miró hacia el lavadero, hacia las mujeres, hacia Lucas al fondo. No dijo sus nombres. Era una manera de desprecio.
—Está haciendo daño a gente que no tiene nada que ver.
—Curiosa frase para alguien que no se siente aludido. Julián rió bajo.
—No confunda prudencia con culpa. Este pueblo vive del vino, de la confianza y de que no vengan de fuera a explicarnos nuestra miseria con música de podcast.
—No vengo de fuera.
—Se fue. Es distinto.
Dio en un sitio que Sara no esperaba y por eso le dejó mal cuerpo. Julián lo vio. La sonrisa se le afinó.
—Cuando uno se va, pierde cierta autoridad moral para volver a repartir vergüenza.
Lucas llegó entonces y se colocó a medio paso de Sara, no delante. Ella agradeció esa precisión.
—Si quiere hablar de vergüenza, podemos empezar por mi padre —dijo él. Julián se quitó las gafas. Tenía los ojos pequeños, muy despiertos.
—Tu padre está enfermo y mal asesorado. Tú estás dolido. Esta señora —miró a Sara— está haciendo carrera. Y las mujeres de ahí abajo… bueno, alguien las está usando. No siempre sabe una quién le mueve la silla.
Clara oyó lo suficiente para subir dos escalones.
—Las mujeres de ahí abajo tenemos nombre, guapo. Y entendemos bastante cuando alguien nos llama idiotas con corbata invisible.
Julián no perdió la compostura. Eso lo hacía más peligroso. Sacó del bolsillo una tarjeta y se la ofreció a Sara.
—Mi abogado hablará con el suyo. Y, por favor, mida sus palabras. La difamación no se lava en un lavadero, aunque a ustedes les encante la imagen.
Sara no cogió la tarjeta. Cayó al suelo entre los dos. Durante un segundo nadie se movió. Luego Hamid, desde abajo, dijo con voz suave:
—Si se cae algo al suelo, puede ser mejor dejarlo.
Nadie rió. No tocaba. Julián recogió la tarjeta con dos dedos, se puso las gafas y volvió al coche.
La reunión tardó en recomponerse. No por miedo únicamente.
También por vergüenza, por rabia, por esa sensación de haber sido vistas desde arriba como una fila de mujeres molestas alrededor de una piedra con agua.
Sara se sentó de nuevo junto a la mochila y no sacó la grabadora.
Lucas permaneció de pie, fuera del círculo, con los puños cerrados. Clara lo señaló con la barbilla.
—O entras o te vas. Pero ahí haciendo estatua de culpa no ayudas.
Lucas respiró y entró. Se sentó en una silla de plástico demasiado baja. Sus rodillas quedaron ridículas, casi a la altura del pecho. Esa imagen, tonta y humana, relajó algo el ambiente. Paqui volvió a sacar la fotografía de Ana.
Hamid miró hacia la calle por donde se había ido Julián y dijo, por una vez delante de todos:
—Ese hombre ya estaba cuando Ana desapareció. Antes era joven. Pero ya estaba.
Empezaron con los nombres. Marta Barrancs.
Ana Beltrán. Dolores, sin apellido seguro.
Samira El Haddad, quizá viva, quizá fuera del país.
Una portuguesa que trabajó en la campaña del noventa y dos.
Una muchacha de la que solo recordaban el apodo: La Rubia, aunque era morena.
Cada nombre se dijo dejando unos segundos después.
No por solemnidad ensayada. Por torpeza.
Nadie sabía todavía cómo se hace un duelo colectivo cuando durante años te enseñaron que cada familia debía guardar el suyo en casa.
—El miedo también trabaja en el campo —dijo.
Karim tradujo la frase dos veces porque la primera se le rompió en la boca. A Sara le dieron ganas de usarla. Se contuvo. Aún no. Algunas frases necesitan permiso para salir al mundo.
El colectivo no nació limpio. Discutieron por casi todo: buscar familias, llamar a prensa, entregar nombres, esperar. Sara escuchó más de lo que habló. Cuando intentó ordenar demasiado, Clara la frenó con una mirada.
—Tú puedes publicar lo que quieras —dijo Julián cuando Sara pasó junto a su mesa—. Luego vienen las consecuencias. No las mías. Las del pueblo.
Sara no se detuvo.
—Qué limpio te queda decirlo así.
Julián removió el café aunque no le había puesto azúcar.
—La gente necesita trabajar. Los muertos no pagan nóminas.
Esa frase ya la había leído en un mensaje anónimo. No levantó el móvil. No lo grabó. Ese fue su primer error de la mañana.
Julián sonrió como si acabara de ver una carta mala en la mano de otra persona.
—Ten cuidado con lo que quieres convertir en verdad. A veces lo que llamáis verdad solo cambia de mano.
Sara salió del bar con las piernas firmes y la garganta seca.
En la calle, una furgoneta del celler estaba aparcada donde antes no había nada.
Dentro no había nadie. O eso parecía. Le dieron ganas de volver, sentarse delante de Julián y pedirle que repitiera la frase.
No lo hizo. A veces por miedo. Ella aún no sabía cuál de las dos cosas le daba más rabia.
Se quedó mirando la última frase. Le molestó. Sonaba correcta, de artículo. La tachó y escribió debajo: Le han tocado la casa. Eso basta.
Por la noche, Sara escribió en su libreta: presión doméstica. Inspección. Carmen no es daño colateral.
No le dio las gracias. Lucas no las esperó. Eso salvó la escena de volverse bonita.
—Así sí se empieza.
Carmen lo miró un segundo más.
—Lo pago porque la inspección viene por mi familia. No por caridad.
El electricista fingió revisar una toma que ya había revisado. Sara se tapó la boca para no reírse por puro agotamiento. Lucas sacó el recibo, lo dejó sobre la mesa.
—Pues aprende más rápido, que no tengo todo el día.
—Tiene razón. Perdón. Lo he hecho mal.
Lucas se quedó parado, recibida la bofetada sin mano.
—En mi casa no vienes a comprar absolución con facturas.
A mediodía, Lucas apareció con un electricista de confianza y cara de no haber dormido.
Carmen lo miró como si fuera a echarlo. El electricista revisó enchufes, cuadro, balcón, humedades.
Todo estaba viejo, sí. Nada era urgente.
Lucas pagó la visita antes de que Carmen pudiera discutir. Error. Carmen se puso roja.
Sara recibió la frase como un golpe limpio. Carmen fue a la cocina, metió la tostada fría en la basura y puso agua a hervir, aunque no hacía falta hervir nada. Necesitaba ocupar las manos.
—No me uses para huir. Ya me han usado bastante para callar.
—Mamá.
—Si te vas por mí, te tiro una zapatilla.
Carmen se giró despacio.
—Puedo irme unos días —dijo.
La frase tenía gracia, pero Carmen no sonreía. Sara sintió culpa. No una culpa noble. Una culpa de hija. Había llevado la guerra a la puerta verde de su madre, a la grieta junto al picaporte, al cuarto donde aún olía a ropa guardada y a padre muerto.
—Qué pobreza de hombres. No pueden contigo y vienen a mirar mis enchufes.
—Sí.
Sara no intentó negarlo. Habría sido un insulto.
—Han venido por mí.
Cuando se fueron, Carmen cerró la puerta con cuidado. Luego apoyó la frente en la madera.
Todavía.
El hombre mayor no se opuso. El joven bajó la mirada. Aquello duró cuarenta minutos. No encontraron nada grave. Lo sabían antes de entrar. Dejaron un acta provisional, tres recomendaciones y una frase amable: «No tiene por qué preocuparse todavía.»
—Grabamos la inspección completa, por seguridad de todos.
El técnico insistió. Sara sacó el móvil y empezó a grabar.
Sara entendió al instante: la carpeta azul de su padre había estado allí durante años. Ahora ya no, pero Carmen seguía protegiendo el cuarto por reflejo, igual que se protege una herida vieja aunque ya no sangre.
—La humedad no sabe leer papeles.
—Señora, necesitamos valorar humedades.
—Ahí no.
Los dejaron entrar porque negarse habría sido peor.
Recorrieron la planta baja, midieron una pared, fotografiaron una grieta del patio que Sara recordaba desde niña.
Carmen los siguió con los brazos cruzados, cada vez más pequeña y más furiosa.
Cuando el técnico abrió el cuarto donde guardaban cajas antiguas, ella se plantó delante.
No sonaba cruel. Sonaba funcionario. Eso irritó más a Sara.
—Precisamente por eso conviene revisar —respondió el más joven.
—Mi casa lleva así treinta años —dijo Carmen.
Carmen estaba en bata, con el pelo recogido y una tostada a medio comer.
Sara bajó las escaleras descalza al oír voces.
Uno de los técnicos explicó que habían recibido una comunicación anónima sobre posibles deficiencias estructurales en la vivienda: instalación eléctrica antigua, humedad en medianeras, riesgo en el balcón interior.
Todo posible. Todo plausible. Todo seleccionado con una precisión repugnante.
La inspección llegó a casa de Carmen un martes a las nueve y diez, con dos técnicos municipales, una carpeta marrón y una educación tan correcta que daba ganas de cerrarles la puerta en la cara.