La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Julián Rovira apareció tres días después sin parecer una amenaza. Eso fue lo que no supo arreglar.

No llegó gritando. No mandó a nadie con capucha. No dejó animales muertos ni sobres con recortes. Se presentó en el bar de la plaza a las doce y diez, pidió un cortado, saludó a Andrés por su nombre y esperó a que Sara entendiera que el pueblo entero estaba mirando sin mirar.

La presión de Julián llegó también por vías aburridas, que eran las que más daño hacían.

No siempre aparecía con coche oscuro ni frase venenosa.

Otras veces venía en un correo certificado, en una llamada de un banco, en un proveedor que de pronto exigía pago por adelantado.

Lucas empezó a recibir avisos administrativos que dormían en cajones desde hacía años y despertaban justo ahora con una energía admirable: una inspección de licencia, un requerimiento sobre vertidos de la bodega vieja, una revisión de subvenciones concedidas para rutas enoturísticas.

—No firma nada y aun así todo huele a él —dijo Lucas, dejando tres cartas sobre la mesa de Carmen.

Sara leyó los membretes. Ninguno era ilegal en apariencia. Ese era el problema.

—Esto no prueba nada —dijo ella.

—Ya. Pero me corta la respiración igual.

Esa tarde fueron al banco de Vilafranca del Penedès.

Lucas pidió una ampliación de crédito para sostener nóminas y abogados.

El director lo recibió con café de cápsula y una pena de ventanilla que a Sara le dio ganas de tirar la taza por la ventana.

Habló de prudencia financiera, de imagen pública, de inestabilidad reputacional.

No dijo Julián. No dijo Ricardo. No dijo Marta. Dijo riesgo, provisión, garantías.

—¿Qué garantía quiere? —preguntó Lucas.

El director miró a Sara antes de contestar, como si la presencia de una periodista estropeara la cortesía.

—Parcelas no afectadas por el procedimiento. Las de la loma nueva, por ejemplo.

Lucas no respondió. Sara conocía ya esas parcelas: las que su padre había comprado con dinero limpio, o eso creían; las que sostenían la producción de xarel·lo más vendible; las que no aparecían en los papeles de Marta ni en las sospechas de Ana.

Pedirlas como garantía era escoger carne sana para cubrir la gangrena.

—Eso hunde media campaña —dijo Lucas.

—Eso salva las nóminas —respondió el director, muy suave.

En la calle, Lucas no habló durante varios minutos.

Caminó hasta una papelera, tiró el vaso de café que no había tocado y se apoyó en la fachada.

El tráfico era poco, una furgoneta de reparto, dos mujeres con bolsas, un niño que arrastraba una mochila con ruedas.

Nada encajaba con la ruina práctica que acababan de ponerle delante.

—Venderé la loma —dijo.

—No decidas ahora.

—Miquel cobra el viernes. Dolors cobra el viernes.

Ella no supo qué decir. Cualquier frase sobre reparación sonaba obscena junto a la nómina de un trabajador.

Hasta ese momento, el coste de Lucas había sido emocional, familiar, reputacional.

Allí, bajo el letrero de un banco, adquiría forma de hectáreas, intereses y gente esperando cobrar. Mucho más feo. Y real, por desgracia.

—Julián sabe dónde apretar —dijo Sara.

—Claro que lo sabe. Mi padre le enseñó. O él enseñó a mi padre. Da igual. Han tenido décadas para aprender el mapa de nuestras vergüenzas.

Lucas firmó la solicitud dos días después.

No se lo contó a Sara hasta después de hacerlo, y eso provocó la primera discusión seria entre ellos.

Ella le dijo que no podía actuar solo y luego pedir confianza.

Él le respondió que no podía pedirle permiso para cada pérdida, porque algunas pérdidas ya tenían fecha de vencimiento.

Discutieron en la puerta del celler, con un trabajador pasando a pocos metros y fingiendo no oír.

—No eres mártir —le dijo Sara.

—No tengo tiempo de ser mártir. Estoy intentando pagar sueldos.

Eso la dejó sin réplica. También la enfadó. La vida real apareció con su mala educación de siempre: justo cuando una discusión empezaba a parecer clara.

—No les vamos a enviar nada —dijo Marina.

—Claro que no.

—Pero quieren que sepas que pueden llegar hasta aquí.

Sara estaba sola en la habitación de su infancia.

Sobre la mesa tenía las cajas de Marta, Ana y Rafa dibujadas en una hoja.

Se fijó en la palabra honor escrita en el correo reenviado por Marina y sintió una irritación física, muy concreta, en la mandíbula.

El honor de Julián necesitaba abogados. Marta había necesitado una madre guardando un billete en una caja de zapatos.

Esa noche, Sara no respondió con un tuit, ni con una frase brillante, ni con un avance de episodio.

Hizo algo menos vistoso: revisó cada autorización, cada audio, cada permiso de uso.

Llamó a Laura. Llamó a la abogada. Separó lo que era memoria de lo que era indicio y lo que era prueba.

Le sentó mal hacerlo. Le pedía el cuerpo prenderle fuego a todo.

Pero si lanzaban mal el fuego, Paqui, Hamid y la madre de Marta acabarían tragando humo.

Julián, seguramente, saldría por una puerta lateral.

Al amanecer, pegó otra nota junto al ordenador: «No darle una querella fácil». Luego añadió debajo, con peor letra: «Ni una escapatoria bonita».

Julián no llevaba prisa. Caminaba despacio, con la certeza de que el pueblo debía adaptarse a su paso.

Saludó a dos mujeres por su nombre, preguntó por la cadera de una madre y por la cosecha de un primo de no sé quién.

Todo antes de mirar al lavadero. Sara comprendió entonces que su poder no estaba solo en los cargos ni en los papeles.

Sabía quién debía dinero, qué hijo trabajaba fuera, qué mujer cuidaba a un marido enfermo. Julián no amenazaba desde fuera.

Cuando se acercó, la conversación alrededor del agua se fue deshaciendo por capas.

No hubo silencio de película. Fue peor: voces que bajaban, una mujer recogiendo vasos que no hacía falta recoger, Hamid echándose un poco hacia atrás, Paqui cerrando la carpeta de Ana con una rapidez que la delató.

A Sara le vino un impulso feo: sacar la grabadora, provocar una frase, conseguir un corte útil.

Le dio asco y lo reconoció. El periodismo tiene hambre.

Cuando va bien vestido, además, se parece mucho al deber.

Julián le sonrió directamente, y le vino, sin pedir permiso, que aquel hombre sabía leer esa hambre.

—Usted necesita una escena —dijo él, muy bajo, casi amable—. Yo necesito que este pueblo siga comiendo. A ver qué elige la gente cuando se le aprieta la nevera.

Aquello no estaba pensado para asustarla con violencia. Estaba pensado para contaminarla por dentro, para que cada vez que encendiera el micrófono se preguntara si estaba buscando verdad o material. Funcionó unos segundos.

Sara notó calor en la cara. Luego vio a la madre de Marta sentada junto al agua, con el pañuelo azul en las manos, y la vergüenza cambió de sitio.

—No confunda comer con tragar —respondió ella.

Sonó pequeña. Seca, imperfecta, casi vulgar. Precisamente por eso le gustó más que las tres respuestas brillantes que se le habían ocurrido tarde. Julián ladeó la cabeza.

Lucas dio un paso, pero no se colocó delante de ella. Por fin. Aprendía despacio, pero aprendía.

Clara, desde abajo, gritó que si el señor venía a dar permisos trajera también café. Algunas mujeres rieron. Julián no. La risa le entró mal. Se le vio en la boca.

Después, cuando él se marchó, Sara permaneció un momento sin hablar.

Marina le habría dicho que aquella escena era oro.

Teresa le habría dicho que cuidado con el oro de los otros.

En la libreta escribió: Julián sabe convertir mi oficio en sospecha.

No lo tachó. Necesitaba recordarlo. La ética no se colgaba como una medalla antes de grabar.

Se parecía más a una incomodidad diaria, una piedra en el zapato.

Aquella noche, al volver a casa, Sara encontró el coche de Julián aparcado junto al camino estrecho que subía desde el antiguo lavadero.

No estaba escondido. Eso era lo peor. Ocupaba media calle con las luces apagadas, con derecho incluso a la sombra.

Ella redujo el paso sin querer. Llevaba la mochila colgada del hombro, el móvil en el bolsillo y una rabia pequeña, práctica, que le decía que no sacara la grabadora antes de tiempo. Julián bajó la ventanilla despacio.

—Su madre vive sola muchas horas —dijo, sin saludo.

Sara notó primero el calor en la nuca. Luego el asco.

La amenaza no iba contra ella, no de frente.

Iba contra la casa, contra la mujer que dejaba lentejas en el fuego y enderezaba notas torcidas junto al ordenador.

Julián siguió mirando la calle, no a Sara.

Tenía una mano sobre el volante y la otra apoyada en una carpeta azul oscuro.

Un detalle idiota: llevaba las uñas impecables.

—No vuelva a nombrar a mi madre —respondió ella.

—Yo no nombro. Recuerdo. Es distinto.

Sonrió apenas.

Sara no contestó. Metió la mano en el bolsillo y pulsó grabar sin mirar la pantalla.

Quizá el audio solo recogiera un motor al ralentí, una respiración, las chicharras tardías de septiembre.

Daba igual. La prueba no siempre viene con una frase perfecta.

Julián arrancó antes de que pudiera decir nada más.

Al pasar junto a ella, el coche olió a cuero frío y ambientador caro.

Sara esperó a que desapareciera. Solo entonces vomitó un poco detrás de un contenedor, se limpió la boca con el dorso de la mano y siguió andando. No llamó a Lucas. Aún no.