Capítulo 10 #2
—Un despacho de Barcelona ha pedido copia previa de todo lo que vayáis a publicar sobre el caso.
—¿Quién lo pide?
—No lo firman ellos. Pero huele a Julián.
Sara miró la fotografía de Ana. Si Julián movía papeles por Ana, por Rafa y por Marta, el peligro no venía solo del pasado. Seguía allí, con despacho, contactos y buena letra.
La primera reunión formal de No se Fueron se celebró en el antiguo lavadero del pueblo porque el Ayuntamiento no respondió a la solicitud de una sala municipal.
Vinieron pocas al principio, y algunas dijeron que solo mirarían.
Nadie quería ser portavoz. Nadie quería salir en una foto.
Clara llevó una libreta, Reme una carpeta vieja y Carmen una bolsa con vasos de plástico.
Julián apareció en persona cuando entendió que la carta no bastaba.
No entró en el antiguo lavadero; eso habría sido torpe demasiado incluso para él.
Se quedó en la parte alta de la calle, junto a un coche oscuro, con una camisa clara y unas gafas de sol que no necesitaba porque ya caía la tarde.
Nadie lo había invitado, pero todos supieron que había venido a hacerse ver.
La reunión se desordenó de inmediato. Paqui guardó la fotografía de Ana dentro de la carpeta.
Hamid miró al suelo. Clara dejó las magdalenas sobre el borde de piedra con una delicadeza peligrosa.
—Mira —murmuró—. El honor ha bajado del coche.
Julián no se marchó cuando terminó aquella primera aparición.
Si hubiera subido al coche y se hubiera ido, habría quedado como un gesto de intimidación limpio, fácil de contar.
En lugar de eso, cruzó la calle sin prisa, compró una botella de agua en el colmado y se sentó en el banco de piedra que había frente al lavadero, igual que un vecino que descansa cinco minutos antes de volver a casa. Fue peor.
La reunión siguió, pero ya no del mismo modo. Paqui perdió dos veces el hilo de lo que estaba diciendo. Karim miraba el móvil cada poco. Clara fingió buscar servilletas en una bolsa y estuvo un rato largo agachada. La madre de Marta no levantó la cabeza. Nadie siguió hablando igual.
Sara salió a la calle con una excusa pobre, la botella de agua vacía en la mano.
No quería darle una escena delante de todas.
Tampoco quería seguir permitiéndole ocupar el banco con el miedo instalado como mobiliario municipal.
Se acercó hasta la fuente, llenó la botella y esperó. Julián habló sin girarse.
—Tu padre se sentaba ahí cuando venía a preguntar tonterías.
Sara cerró el grifo. El agua cayó un segundo más, con ese goteo terco de las fuentes viejas.
—No pensé que lo recordara tanto.
—Recuerdo a la gente que insiste. Me resulta útil.
Él dio un trago a su botella. No parecía enfadado.
Lo hacía peor. Un hombre enfadado se puede medir.
Julián estaba cómodo, limpio, a la sombra, con los zapatos sin polvo aunque toda la calle tuviera polvo.
Se había colocado allí para que cualquiera pudiera decir después que solo estaba sentado en un banco.
—Las mujeres de ahí dentro están muy alteradas —dijo.
—Han tenido décadas para alterarse.
—Y tú has tenido unos días para convertirlas en material.
Dio en el sitio exacto. Sara lo notó y se odió por notarlo. Julián no necesitaba inventarlo todo. Muy práctico. Muy de despacho.
—No son material.
—Eso dices tú. Pero grabas, editas, eliges música, decides qué voz entra y cuál se queda fuera. Luego la gente llora en el coche y tú subes en listas. No hace falta ser mala persona para aprovecharse. Basta con hacerlo muy bien.
Sara sujetó la botella con demasiada fuerza. El plástico crujió. En el lavadero, Clara miraba hacia ellas desde la entrada, preparada para salir si hacía falta. Sara levantó apenas la mano para decirle que no.
—¿Eso es una advertencia ética? —preguntó.
—Es una observación. Las advertencias son más ordinarias.
—Entonces haga una ordinaria. Así no perdemos tiempo.
Julián sonrió sin enseñar los dientes. Sacó del bolsillo una moneda pequeña, la hizo rodar entre los dedos y la dejó sobre el banco. Una moneda de dos céntimos, oscura, casi inútil.
—Tu madre vive en una casa vieja. Las casas viejas arden mal, pero arden.
Los podcast también arden. Las reputaciones, más rápido.
Lo de Clara fue una tontería, una llamada de un viejo asustado.
Lo siguiente puede parecer un accidente administrativo, una denuncia anónima, una inspección, una filtración sobre tu relación con Lucas.
Hay muchas maneras de cansar a una persona hasta que decide llamarlo prudencia.
Se le puso el cuerpo rígido. No por calma. Por no enseñarle todavía dónde le había pegado.
—Gracias —dijo.
Julián la miró por una vez con una sorpresa pequeña.
—¿Por qué?
—Por dejar de hablarme como si fuera tonta.
Sacó el móvil, no para grabar; ya era tarde para eso y él lo sabía. Abrió una nota y escribió delante de él, despacio: Julián amenaza incendio, reputación, inspección, filtración Sara-Lucas. Banco del antiguo lavadero, diecinueve cuarenta. Luego guardó el móvil en el bolsillo.
—Eso no vale nada —dijo él.
—Vale para no olvidarme del orden.
Julián se levantó. Al pasar junto a ella, dejó la moneda en el borde de la fuente.
—El orden lo ponen los que aguantan más —murmuró.
Cuando se fue, Sara tardó unos segundos en recoger la moneda. Le dio asco tocarla y aun así la guardó en una bolsa de pruebas, porque también las humillaciones pequeñas dejan huella. Al volver al lavadero, Clara le miró la cara.
El coste llegó antes de que terminara la tarde.
Paqui recibió una llamada de su hermano mientras aún estaban recogiendo las sillas.
Contestó apartándose dos pasos, de espaldas al grupo, pero todos oyeron la palabra hipoteca.
Luego guardó el móvil y pidió que le devolvieran la fotografía de Ana «solo por unos días».
No miró a Sara al decirlo. Miró a la carpeta, a Clara, al suelo.
—No puedo tener a mi madre otra vez con esto en casa —murmuró—. No hoy.
Clara abrió la boca para protestar y Carmen le tocó la muñeca. Demasiado tarde también era una forma de llegar. Sara hizo una copia rápida con el móvil, sin flash, y le devolvió la foto. Paqui la metió en el bolso como si guardara algo robado.
Julián no se llevaba la foto. No del todo. Pero Paqui ya la sostenía de otra manera.
—¿Qué quería?
Sara dejó la bolsa sobre la piedra, junto a las magdalenas quemadas por abajo.
—Cansarnos.
La madre de Marta, que no había dicho nada en toda la tarde, se puso de pie con dificultad.
—Pues que espere sentado —dijo—. Yo llevo veintidós años cansada.
Se calló al principio. Eso fue lo que hizo bajar la voz a medio mundo.
Se limitó a saludar a Karim con dos dedos y a preguntarle por su padre, por la parada del mercado, por una licencia pendiente que Karim ni siquiera había mencionado allí.
Mientras hablaba, giraba un anillo grueso con el pulgar, oro viejo, escudo familiar o municipal, una de esas piezas feas que algunos hombres usan como autorización para entrar en cualquier sitio.
No gritaba. Daba datos: dónde trabajas, quién depende de ti, qué papel falta en un cajón del Ayuntamiento.
Paqui apretó la carpeta de Ana contra el pecho.
—Ese hombre no mira a las personas —murmuró Clara—. Mira por dónde se rompen.
Sara oyó la frase y no la apuntó. Era buena hasta molestar; muy útil para usarla en caliente.
Usarla en caliente habría sido una manera de robarla.
Julián levantó una mano desde la acera, bendiciendo la reunión sin acercarse.
Después sonrió a la agente joven que vigilaba desde la esquina.
Una sonrisa breve, impecable, de trámite.
Antes de entrar en el coche, dejó caer la colilla y la pisó con una paciencia absurda, mirándolos todavía.
La tarde anterior había probado otra cosa.
Sara lo supo por Marina, que llamó con una voz demasiado neutra para traer buenas noticias.
Alguien había pedido a la productora, a través de un despacho de Barcelona, una copia previa de los guiones pendientes para «garantizar el respeto al derecho al honor».
No venía firmada por un juez ni parecía poder llegar muy lejos.
Precisamente por eso molestaba más. Parecía un tanteo.
De regreso al pueblo, no escribió nada durante un rato. Luego apuntó solo: La gente defiende lo que puede, y casi nunca bien.
Al día siguiente, Sara fue a vendimiar una mañana con la cuadrilla de Sílvia. Fue una mala idea práctica. La aceptó porque Sílvia se lo dijo sin pedir permiso.
—Tú quieres entender cómo se calla una aquí. Pues vente tres horas. Sin micro.
Sara apareció a las seis y cuarto con botas prestadas, una camiseta vieja de Carmen y la dignidad mal colocada.
A las siete ya tenía la espalda protestando.
A las ocho le sangraba un dedo por debajo de la uña.
A las ocho y media dejó caer una caja al intentar levantarla con más orgullo que técnica.
Las uvas rodaron por la tierra y una mujer joven, Leire, soltó una carcajada.
—Periodista, la tierra no lee currículums.
Sílvia la corrigió tres veces.
—No cortes tan arriba.
—No pongas la mano ahí si quieres conservar los dedos.
—Bebe antes de marearte, que luego todas tenemos que cargar contigo.
No lo dijo con crueldad. Lo dijo con cansancio, sudor y una especie de justicia física.
Sara recogió las uvas una por una. Algunas ya estaban aplastadas.
El mosto le dejó las manos pegajosas y llenas de polvo.
Durante días había hablado de la vendimia como paisaje, economía y estructura.
Allí era peso. Muñeca torcida. Una avispa entrando en la caja.
Una mujer de sesenta años trabajando más rápido que ella sin decir nada sobre resistencia.
Sara obedeció. Se sintió torpe y pequeña, y eso le vino bien.
A media mañana se sentaron diez minutos bajo una sombra pobre.
Nadie habló de Marta al principio. Hablaron de ampollas, de una lavadora rota, de un niño con fiebre, de una multa de tráfico injusta y de lo caro que estaba el aceite.
Aquella banalidad le explicó el miedo mejor que muchas declaraciones.
Una no calla solo por un hombre poderoso.
Calla porque el coche está en el taller, porque el hijo necesita gafas, porque la temporada dura tres semanas y el alquiler no espera.
Leire encendió un cigarrillo y señaló con la barbilla hacia el celler.
—Mi madre trabajó con Ana.
Sara no se movió. Ni siquiera miró la mochila. No llevaba grabadora, de todos modos. Leire siguió porque quiso.
—Dice que Ana no desapareció de golpe. Primero la cambiaron de cuadrilla. Luego dejó de dormir con las otras. Luego un encargado empezó a decir que era conflictiva. Ya sabes. Cuando alguien tiene esa fama, después cualquier cosa parece culpa suya.
Sílvia no la contradijo. Otra mujer, Mireia, murmuró que su tía recordaba otra cosa: que Ana se había ido porque estaba embarazada. Leire la miró con fastidio.
—Mi tía no era tonta.
—Eso decía tu tía o eso le dijeron.
—Nadie ha dicho eso.
—Lo parece.
La conversación se tensó mal, sin música de thriller. Sara entendió que no discutían solo por recordar bien. Cada versión protegía a alguien vivo. Si Ana se fue embarazada, no hubo crimen. Si la cambiaron de cuadrilla, alguien permitió el aislamiento. Cada versión protegía a alguien distinto.
Sara se mordió la lengua. Quiso preguntar. No debía. Sílvia la miró de lado, como si le hubiera leído el impulso.
—Hoy no vengas con preguntas. Hoy escucha cómo nos mentimos.
Volvieron al trabajo. Sara cortó peor cuando la cabeza empezó a armar hipótesis. Se clavó la punta de las tijeras en el dedo y soltó una palabrota. Leire le tiró un pañuelo de papel.
—Ves. Por pensar tanto.
Al terminar, Sara olía a sudor, uva rota y tierra.
Tenía los brazos arañados. No había conseguido una prueba.
Había conseguido algo más incómodo: contradicciones vivas.
Ana podía haber estado embarazada. O no.
Pudo irse. O la apartaron. Pudo haber sido señalada antes de desaparecer. Nadie lo decía igual dos veces.