Capítulo 10
Hasta ese momento, Marta había sido el centro.
No porque las demás no importaran, sino porque todavía no tenían sitio en la mesa.
Ana Beltrán llegó con una foto torcida y una fecha en azul.
Sara no sabía de dónde venía ni qué le ocurrió, pero la fotografía hizo una cosa muy simple: dejó a Marta acompañada.
Lucas se sentó al fin. Tenía la cara gris.
—Mi madre la reconoce —dijo—. Dice que cantaba mientras limpiaba cajas.
Clara hizo una mueca que casi fue risa.
—Mira tú. Otra que cantaba. Este pueblo debería tenerle más miedo a las mujeres que cantan.
Sara anotó la frase, pero no la subrayó. Algunas cosas funcionaban mejor sin pulir.
La primera decisión fue no publicar la fotografía.
Sara lo dijo antes de que nadie se lo pidiera.
No sabían quién la había enviado, ni tenían permiso de la familia de Ana, ni podían identificar a las otras mujeres.
Marina lo confirmó por videollamada: podía ser dinamita narrativa, pero también otra forma de usarlas antes de tiempo.
—Me da rabia que siempre tengamos que ir con cuidado mientras ellos fueron a saco.
—A mí también —dijo Sara—. Pero si nos comportamos como ellos, ganan dos veces.
Clara la miró con fastidio, quizá porque la respuesta era correcta.
Carmen sirvió café sin opinar. Luego dejó un vaso de agua junto a la fotografía, con Ana instalada de pronto en la cocina, esperando también su vaso de agua.
Inés llamó desde la casa Montiel poco después de las diez. Lucas puso el altavoz. La voz de su madre sonaba más despierta que en días anteriores, con esa claridad incómoda que aparece a veces después de una confesión familiar.
—Es Ana Beltrán —dijo sin esperar saludo—. Venía de Albacete, o de un pueblo de por allí. Tenía una cicatriz en la barbilla. Cantaba mal. Con ganas, eso sí.
Sara miró la imagen. La tercera mujer por la izquierda tenía una marca clara, una línea blanca que le partía la barbilla.
—¿Qué pasó con ella? —preguntó Lucas. Al otro lado hubo un silencio.
—Se dijo que se marchó con un transportista.
—¿Y tú lo creíste?
Inés tardó en contestar.
—Yo creía lo que me permitía seguir sentándome a la mesa.
Nadie contestó. Carmen apagó el fuego del café aunque aún no hervía.
Sara escribió el nombre de Ana en una hoja nueva y debajo añadió una sola palabra: no publicar.
Por la tarde fueron al antiguo lavadero del pueblo.
No había sido una decisión formal. Clara necesitaba aire, la madre de Marta quería salir un rato y Carmen dijo que las casas acaban oliendo a conversación encerrada cuando se encierra el dolor dentro.
Se reunieron allí seis mujeres al principio: Clara, Carmen, Sara, la madre de Marta, una prima de Ana que aún no estaba confirmada y una vecina que había trabajado en verema desde los trece.
Lucas se quedó a unos metros, apoyado en el muro, sin invadir.
El agua corría por los canales de piedra, igual que siempre, indiferente a que el lugar empezara a convertirse en otra cosa.
La madre de Marta llevaba un pañuelo azul entre las manos.
No habló durante varios minutos. Luego dijo:
—A mi hija no se la llevaron para que ahora tengamos miedo de decir su nombre.
—Siempre se van con un hombre, qué casualidad. Ninguna se va a comprarse zapatos o a dormir diez horas.
La madre de Marta la miró y, por una vez, sonrió apenas.
A partir de ahí empezaron a decir nombres.
Marta Barrancs. Ana Beltrán. Dolores, una temporera de la que nadie recordaba el apellido.
Una chica marroquí que quizá se llamaba Samira y que, según decían, desapareció de la campaña en los noventa.
Sara estuvo a punto de ordenar los nombres por fechas, por apellidos, por utilidad. Se mordió la lengua. No corrigió, no pidió pruebas en ese momento. Escuchó. Mal al principio.
Después habló Reme, que hasta entonces solo había ido a mirar.
Eso dijo al sentarse, aunque llevaba en el bolso un sobre doblado por la mitad.
No quiso sacarlo enseguida. Primero contó que en las campañas antiguas algunas muchachas dormían en una nave lateral, sobre colchones que olían a humedad y lejía, y que por la noche siempre había algún hombre que encontraba una excusa para pasar cerca.
Una avería. Una llave. Un cubo. Reme no usó grandes palabras.
No dijo abuso, ni explotación, ni violencia.
Dijo: «No nos dejaban cerrar bien.» Bastó.
Clara dejó de fumar. Carmen apartó el café de la mesa. Lucas miró al suelo, no para huir, sino porque mirar de frente, según el momento, también puede ocupar demasiado espacio. Sara pidió permiso antes de anotar. Reme asintió y abrió el sobre.
—Esto no sé si sirve. Es una nómina vieja de mi hermana. Le faltan días. Siempre faltaban días. Cuando alguna se quejaba, Julián decía que habría contado mal las cajas. Como si una no supiera contar el hambre. Perdón. Me sale así.
La hoja estaba amarilla, con una esquina mordida por humedad.
No demostraba una desaparición. No señalaba una muerte.
Pero allí estaban los jornales recortados, las habitaciones sin llave y el miedo a perder la campaña.
Sara no esperaba que Ana apareciera de golpe como una prueba perfecta.
Aparecería así, en papeles torcidos, en frases dichas tarde, en mujeres que venían al lavadero asegurando que no tenían nada importante y acababan dejando encima de la piedra media vida.
Paqui miró la nómina sin tocarla.
—Mi madre dice que Ana exageraba.
Reme negó despacio.
—Eso decían de todas. Exagerada la que se iba. Exagerada la que lloraba. Exagerada la que no quería dormir al fondo. Mira qué casualidad: el hombre que abría la puerta nunca exageraba.
Después no hubo solemnidad. Hubo cansancio. Mujeres reconociendo algo aunque no fuera exactamente su historia. Lucas se levantó para traer más sillas. Nadie se lo pidió. Nadie le dio las gracias. Hizo bien ambas cosas: traerlas y no esperar nada a cambio.
El nombre apareció de forma natural, casi torpe. Clara dijo que deberían llamarse si iban a seguir reuniéndose, porque «grupo de señoras cabreadas en el lavadero» igual no quedaba serio en un cartel. Carmen propuso algo con memoria. La madre de Marta negó con la cabeza.
Paqui, la posible sobrina de Ana, que había llegado tarde y aún no sabía dónde poner las manos, alzó los ojos.
Sara la llamó sobrina de Ana antes de tiempo, en una pregunta mal hecha.
Paqui se cerró como una persiana. Clara le lanzó una mirada de advertencia.
Sara pidió perdón. No grande, no solemne.
Solo un perdón bajo, incómodo, de quien acaba de usar una relación familiar como palanca sin tenerla confirmada.
Clara repitió la frase más despacio, probándola en la boca:
—A ver si ahora vamos a montar una asociación y lo primero será discutir por las sillas —dijo Clara.
—Las sillas también importan —respondió Reme—. Siempre nos han dejado de pie.
Karim llegó con Hamid, su padre, y la reunión cambió de postura.
Hamid caminaba despacio, con una gorra azul y una chaqueta vieja aunque hacía calor.
Saludó a Carmen, a Clara, a la madre de Marta.
A Sara no la saludó hasta el final, cuando ya no pudo evitarla.
Tenía las manos grandes, los dedos deformados por años de cajas, cuchillos de vendimia y frío de madrugada. Se sentó cerca de la salida.
—Mi padre no quiere grabadora —advirtió Karim.
—No he sacado ninguna —dijo Sara.
—Pero la traes.
Sara no contestó. Karim tenía razón, y eso le sentó fatal. Ella también llegaba con una forma de llevarse cosas.
Hamid habló en castellano lento, con palabras escogidas sin pedir perdón por tardar.
Contó que en 2001 vio un coche salir hacia el camino del río, tarde, después de la fiesta.
No dijo matrícula. No dijo marca al principio.
Dijo solo coche oscuro, puerta que se cerró mal, dos hombres delante, una sombra detrás. Luego fijó la vista en el suelo.
—¿Una sombra? —preguntó Clara, a toda prisa.
Hamid levantó los ojos.
—Persona o saco. Yo no quise saber. Eso también es verdad.
La madre de Marta hizo un sonido mínimo, una respiración cortada que partió la reunión. Reme empezó a llorar. Clara la mandó callar con la mirada y luego se disculpó porque había sido injusta. Nadie lo hizo bonito. Nadie supo dónde poner las manos. Paqui acabó guardando las suyas bajo la mesa.
—A mi padre le dijeron que esos no eran problemas de los suyos —dijo Karim—. También tiene que salir. Porque ahora Marta importa, y está bien, pero cuando desaparecía una temporera de fuera de pronto nadie sabía pronunciar el apellido. No lo digo para pelear. Bueno, un poco sí.
Una mujer del fondo, Dolors, protestó.
—Tampoco nosotras teníamos poder.
—No he dicho eso —respondió Karim—. He dicho que a algunos nos colocaban más lejos de la puerta.
Aquello dejó a todos incómodos. Sara no anotó enseguida. Karim acababa de estropear una comodidad que venía creciendo sin que nadie la nombrara.
Carmen fue la que encontró una salida. No una solución.
—Entonces se apunta —dijo Carmen—. Marta. Ana. Las temporeras sin apellido completo. Los hombres que vieron y no hablaron. Las mujeres que callamos por miedo. Los que vinieron de fuera y también sostuvieron esta tierra. Todo. Si lo hacemos limpio para que duela menos, empezamos mintiendo.
Clara cogió una magdalena y la partió por la mitad. Estaba cruda por dentro.
—Pues empezamos torcidas y lo vamos corrigiendo —dijo—. Como estas magdalenas. Nadie se murió por comer harina mal hecha.
La madre de Marta levantó la cabeza por una vez en un rato.
—Mi hija sí se murió porque todos tragamos cosas mal hechas.
Nadie encontró respuesta. Sara escribió en la libreta: no convertirlas en coro. Luego cerró el boli. La reunión siguió.
—Voy a entregar todo lo que encuentre —dijo Sara.
A media mañana llamó Marina. No traía una noticia; traía una advertencia envuelta en voz de oficina.