La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 9
53%

Capítulo 9

El episodio con la voz de Lucas se publicó a las seis y media de la mañana.

Sara lo había dejado programado de madrugada y, aun así, bajó a la cocina un minuto antes, como si pudiera impedir algo con estar allí.

Carmen ya calentaba leche en un cazo. No preguntó.

Sacó dos tazas y dejó que el reloj hiciera el clic de las seis y media.

A las nueve, Sara escribió una pregunta en la libreta y la dejó sin subrayar: ¿quién ayudó a Ricardo?

No. Tachó el verbo. Ayudar sonaba casi limpio.

Debajo escribió otra cosa: ¿quién ganó con que Marta pareciera una fuga?

Luego puso tres nombres: Julián. Rafa. Ana Beltrán.

Ya no estaba investigando solo una muerte.

Estaba siguiendo la costumbre que había permitido llamarla fuga durante veintidós años.

La primera reproducción fue la suya. Por oficio.

También por pánico. Escuchó con auriculares, sentada a la mesa, comprobando que no se hubiera colado un nombre protegido, una pista sin limpiar o una frase de más.

Carmen removía la leche aunque ya no necesitaba vueltas.

Cuando entró la voz de Clara —«Marta no se fue.

A Marta la callaron»—, Sara dejó de mirar la pantalla.

A las siete, el contador empezó a moverse deprisa.

A las siete y veinte, Marina escribió: «Esto está explotando».

A las ocho llamó una emisora nacional. Sara no contestó.

Miró la tostada que Carmen le había puesto delante y notó náusea.

Había querido que se escuchara. No iba a fingir lo contrario.

Pero ver el nombre de Marta mezclado con opiniones, bromas y titulares le dio vergüenza, difícil de colocar.

—Come algo —dijo Carmen.

—No puedo.

—Puedes. Lo que no puedes es salvar a nadie con el estómago vacío.

Sara obedeció a medias. La tostada sabía a quemado. Carmen se comió el trozo que ella dejó en el plato, de pie junto al fregadero, sin convertirlo en gesto maternal. También ese cuidado cansaba.

Lucas llamó a media mañana. No sonaba destrozado de una forma útil para una escena; sonaba ronco, mal dormido y con gente alrededor.

—Mi madre lo ha escuchado dos veces —dijo—. La segunda ha pedido papel para hacer una lista.

—¿De qué?

—De mujeres que trabajaron en casa aquel año. Dice que algunas vieron cosas. Dice que no cree que todas estén muertas.

—Han llamado tres distribuidores para cancelar pedidos —añadió Lucas—. Mi tío dice que estoy arruinando el apellido.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que el apellido ya venía bastante tocado.

El pueblo no reaccionó de una sola manera.

Reaccionó como reaccionan los sitios que dependen de demasiadas cosas a la vez: con apoyo, con rabia, con miedo a perder trabajo y con esa frase vieja —no hacía falta así— que nadie completaba nunca.

En la plaza, una mujer dijo que por fin.

Otra dijo que Sara venía a hacerse famosa.

Un hombre compró pan y no pagó porque la panadera estaba llorando en la trastienda.

Al volver a casa, Sara encontró la puerta entornada y se quedó inmóvil. La imagen de la cocina de Clara, la silla caída y el café derramado le cruzó la cabeza.

—¿Mamá?

Carmen apareció con una bolsa de basura en la mano.

—Te has puesto blanca.

—La puerta estaba abierta.

—Porque se ha hinchado con la humedad. No todo es una amenaza, hija.

La productora convocó una videollamada a mediodía.

Sara apareció con una pared blanca detrás y una libreta abierta que apenas usó.

Marina estaba tensa. Su jefe, no. Él hablaba de alcance, ventanas, medios y una posible serie especial de seis episodios.

La palabra campaña cayó en la conversación como una mosca sobre comida recién servida.

La sonrisa del jefe se quedó a medias. La abogada recordó riesgos procesales, presunción de inocencia, protección de testigos. Marina añadió algo más útil: que ya estaban recibiendo correos de mujeres que hablaban de otras desaparecidas en campañas antiguas.

Sara abrió el buzón seguro. Había insultos, amenazas y mensajes de apoyo escritos con una emoción demasiado preparada para fiarse.

Entre todo eso aparecieron tres correos que no parecían querer gustar a nadie.

Uno hablaba de una Ana Beltrán. Otro de jornales impagados en 1985.

El tercero decía solo: «Mirad las liquidaciones que nunca se cobraron». Sin firma.

A la mañana siguiente fue al Ayuntamiento. No avisó a Lucas. Tampoco a Carmen. Se dijo que era por prudencia y en parte era verdad; en parte quería comprobar si todavía sabía trabajar sola. En el vestíbulo había carteles sobre reciclaje, fiestas mayores y una campaña contra la soledad no deseada.

Núria, la funcionaria del archivo, miró su solicitud como si el papel pudiera mancharle los dedos.

—Eso está en archivo muerto.

—Entonces no está muerto.

Núria no sonrió. Detrás de ella, una impresora vieja hizo un ruido de animal cansado.

Le pidió una solicitud por escrito, autorización de alcaldía para algunos legajos y paciencia.

Sara estuvo a punto de soltar una frase afilada.

No lo hizo. Rellenó el formulario con un bolígrafo sujeto por una cuerda mugrienta: Ana Beltrán, campaña de verema, septiembre de 1985, cuadrilla externa, liquidaciones pendientes.

—Pendiente significa que se revisa —dijo Sara.

—Pendiente significa que no está en mi mesa —contestó Núria—. No me pidas más de lo que puedo darte con cámaras en el techo.

Julián apareció por el pasillo lateral con una carpeta azul bajo el brazo y una camisa de lino tan limpia para aquella oficina. No se sorprendió al verla. Ese fue el primer dato útil.

—Señorita Vidal —dijo—. A este paso habrá que ponerle mesa propia.

—Con que no me cierren los archivos me conformo.

Julián se colocó al lado de la bandeja de solicitudes pendientes. No tocó nada. Bastaba. Olía a colonia cara y a tabaco escondido en la ropa.

—Los archivos son delicados. Familias, muertos, datos personales. Uno no puede remover porque sí.

—No remuevo porque sí.

—Claro. Tú tienes un motivo. Todos lo tenemos cuando hacemos daño.

Núria fingió ordenar papeles. Sara vio que la mujer respiraba peor. Julián cambió de tono entonces, casi amable.

—Tu madre vive sola, ¿verdad? Carmen. Buena mujer. Tu padre, en cambio, hacía preguntas demasiado. Cada familia tiene su defecto.

A Sara le ardió la nuca. Quiso contestar con algo que quedara bien luego. En lugar de eso, abrió la libreta y escribió delante de él: Julián menciona a Carmen. Amenaza doméstica, no legal. La letra le salió fea.

Él miró la frase y dejó de sonreír un poco.

—Los periodistas confundís una conversación con una amenaza.

—Hay hombres que creen que decir el nombre de una madre ya les da derecho a entrar en una casa.

Núria cerró un cajón de golpe. Fue pequeño, suficiente. Julián recogió su carpeta y se apartó.

—Pide lo que quieras —dijo—. Pero no prometas a las muertas más de lo que puedes sostener viva.

Cuando se marchó, Núria dejó pasar casi un minuto antes de sacar de debajo del teclado un post-it amarillo. Escribió una signatura sin mirar a Sara.

—No lo has visto aquí.

El papel correspondía a contratación agrícola de 1985. Campaña de septiembre. Cuadrilla externa. Ana Beltrán dejaba de ser un correo anónimo. Julián había dejado una huella. Pequeña. Sucia. Suya.

Al día siguiente, cuando Sara volvió a pedir el legajo completo, Núria ya no estaba en el mostrador.

Había otra funcionaria, una mujer joven con una placa provisional y demasiadas ganas de no tener problemas.

La signatura del post-it seguía existiendo en el sistema, pero aparecía bloqueada por «revisión interna».

Nadie supo decirle quién había ordenado la revisión.

Nadie dijo el nombre de Julián. Por eso mismo sonó a Julián.

Sara salió del Ayuntamiento con una fotocopia borrosa, una hoja de solicitud sellada y la sensación de haber llegado tarde por unas horas. En la puerta, Núria fumaba junto al contenedor, sin bata, con el bolso colgado del hombro. No se acercó. Solo dijo, mirando al suelo:

—Me han cambiado de turno. Archivo histórico ya no lo llevo yo.

—¿Por mi solicitud?

Núria dio una calada corta.

—Por tener la costumbre de encontrar cosas.

Después aplastó el cigarrillo y se fue por la calle de atrás. Núria ya no estaba allí. El papel necesitaba permiso.

Por la tarde fue a ver a Clara. La encontró en el patio, arrancando malas hierbas con demasiada fuerza. Tenía las rodillas manchadas de tierra y el pelo sujeto con una pinza torcida.

—He escuchado el episodio —dijo Clara sin saludar.

—¿Y?

Clara tiró una raíz seca al cubo.

—Me habría gustado odiarlo.

Sara se sentó en el escalón. No sacó grabadora.

Clara siguió arrancando hierbas y habló de Ana Beltrán antes de que ella pudiera preguntar.

Decía que no era de allí, que venía de Albacete o de Jaén, que contaba las cajas propias y las de las demás porque no se fiaba de los encargados.

Una noche no volvió. Al día siguiente dijeron que se había ido con un transportista.

La explicación tuvo éxito porque era cómoda y porque Ana no tenía allí a nadie con fuerza suficiente para discutirla.

—Siempre se van con un hombre —dijo Clara—. Nunca se van a dormir diez horas ni a comprarse zapatos. Mira qué casualidad.

—Esa sí puedes usarla. Pero no me la pongas bonita.

Al anochecer llegó Lucas con olor a celler y una noticia pequeña: alguien había intentado entrar de madrugada en el despacho viejo de su padre. No faltaba nada visible, solo una cerradura forzada y varios cajones mal cerrados.

—Mi tío dice que habrá sido un trabajador borracho.

—Hay muchos borrachos oportunos en tu familia.

Lucas no discutió. El miedo empezaba a enseñarles método. Fotografiar, copiar, guardar fuera de la comarca. Nada de confiar en una sola puerta.

Marina llegó esa tarde con dos discos duros y cara de haber dormido en un tren. Sara quiso protestar. Marina no la dejó.

—Esto es más grande que tú.

La frase le sentó mal porque era cierta. Sara llevaba días actuando como si pudiera sostener todas las voces con el cuerpo. Una historia así necesitaba más manos. También más freno.

Hamid aceptó hablar dos días después, detrás de la parada de fruta, cuando Karim cerraba cajas y su padre escogía las mandarinas feas para llevárselas a casa. No quiso sentarse. Tenía una cuerda en las manos y la iba enrollando despacio.

—Yo vi luces cerca del barranc —dijo—. No vi una película. No vi caras iluminadas ni matrícula clara. Vi luces. Dos hombres. Una chica que no caminaba bien, o eso creo ahora. Entonces pensé muchas cosas y ninguna me convenía.

Karim dejó de mover una caja. Hamid apretó la cuerda hasta marcarse los dedos.

—Me fui porque tenía miedo. Porque no tenía papeles como Dios manda, porque mi mujer estaba embarazada, porque Ricardo pagaba y Julián decía que todos éramos bienvenidos mientras no molestáramos.

Sara bajó la grabadora y la dejó sobre una caja de melocotones, lejos de su boca. Hamid miró el aparato y luego a ella.

—No me vendas de valiente.

—No.

—Y no pongas a mi hijo a defenderme.

Karim iba a protestar, pero Hamid levantó la mano.

—Tú eras pequeño. Pequeño y español cuando convenía, moro cuando dejaba de convenir. También de eso iba esta tierra.

Sara guardó el archivo con un nombre neutro: Testimonio H. Barranc. Luces. Miedo.

A la mañana siguiente, una foto apareció bajo la puerta de Carmen.

No venía con amenaza ni explicación. Solo una imagen antigua de mujeres en la verema, doblada por la mitad.

En el reverso, alguien había escrito: Ana Beltrán, 1985.

Sara la dejó sobre la mesa sin tocarla demasiado.

Marta, hasta entonces, había ocupado el centro.

Aquella foto la obligó a apartarse un poco para hacer sitio.

Apagó la luz tarde. Por la ventana entraba el ruido de un coche subiendo hacia las viñas. No supo si era uno de tantos o si ya estaba aprendiendo a asustarse demasiado. En la mesa, Ana Beltrán miraba desde una foto torcida, esperando turno.