La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

La relación entre Sara y Lucas empezó a molestar fuera.

En la plaza, alguien los fotografió saliendo juntos de la casa de Carmen.

La imagen circuló por grupos de mensajería con comentarios sucios: «La periodista y el heredero, qué casualidad.

» «Ahora se entiende el interés.» «A ver si la víctima era otra excusa.

» Sara recibió capturas de pantalla de una oyente local que quiso advertirle.

Se le revolvió el estómago. Lucas quiso salir a desmentirlo todo. Sara se lo impidió.

—No vamos a regalarles nuestra reacción.

—¿Y qué hacemos?

—No lo sé. Trabajar. No contestar en caliente. Algo de eso. Él se rió con cansancio, sin ganas de concederle la razón.

—Eso suena muy bonito y muy cansado.

—Lo es.

Lucas se acercó, pero no la tocó. Ambos sabían que cada gesto podía convertirse en arma ajena. La renuncia les dejó torpes, los dos mirando a otro lado.

A media tarde, Inés pidió hablar ante la familia.

La familia Montiel, o lo que quedaba de ella, se reunió en el comedor grande de la casa principal.

Sara no asistió, pero Lucas le contó después cada detalle.

Inés entró apoyada en un bastón y pidió que nadie la interrumpiera.

Dijo que Ricardo había confesado. Dijo que el celler no usaría dinero de la empresa para protegerlo.

Dijo que cualquier trabajador que quisiera declarar tendría apoyo jurídico.

El abogado intentó detenerla. Inés le ordenó callar de una forma tan seca que todos obedecieron.

Luego miró a Lucas y, delante de todos, dijo que él era el único Montiel al que aún le quedaba la posibilidad de no parecerse a su padre.

Lucas miró el suelo. La frase pesaba por los dos lados.

El comunicado oficial del celler salió al día siguiente.

Lo redactaron entre Lucas, Inés y un asesor externo recomendado por la abogada de Sara.

Era breve, sin florituras: la familia Montiel colaboraría con la justicia, no cuestionaría los testimonios de las personas afectadas y revisaría de forma independiente la historia de adquisición de sus tierras.

La reacción fue inmediata. Algunos distribuidores cancelaron pedidos.

Otros llamaron para preguntar si habría visitas guiadas sobre el caso, convirtiendo el dolor, ya sin pudor, en paquete turístico.

Lucas rompió un vaso al escuchar una de esas propuestas.

—No voy a vender morbo.

—Entonces no lo vendas —dijo Sara—. Pero tampoco hagas como si no estuviera ahí. No sé dónde está la raya, Lucas. De verdad que no.

El episodio salió un jueves a las siete de la mañana.

Se tituló «Marta no se fue». No incluyó la confesión completa ni detalles que pudieran afectar la instrucción.

Sí incluyó la voz de Clara, el testimonio anónimo de Inés y los nuevos indicios.

En una hora superó todas sus escuchas habituales.

A mediodía, el nombre de Marta era tendencia.

Sara miró la pantalla con náusea. Había querido que se escuchara.

—Come. La revolución con el estómago vacío se lleva fatal.

Sara obedeció porque su madre, en eso, tenía razón.

La exposición trajo apoyo. También mierda, a paladas.

Correos anónimos acusando a Sara de inventar.

Mensajes que llamaban puta a Marta, aprovechada a Clara, traidor a Lucas.

Una cuenta sin foto publicó la dirección de la casa de Carmen.

La productora insistió en que Sara saliera del pueblo unos días. Ella se negó.

—Si me voy ahora, les regalo la escena que quieren: la forastera que viene, prende fuego y huye.

—No eres forastera —le dijo Carmen desde la puerta.

—Para ellos sí.

—Para los que mandaban, quizá. Para nosotras no. Nosotras.

—No voy a defender a mi padre. No sé todavía cómo se hace lo otro, pero no voy a defenderlo.

—Lo has hecho bien.

—No sé si eso existe.

—Existe hacerlo sin mentirte.

Él asintió, pero no parecía aliviado.

—Cuando era pequeño, mi padre me enseñó a injertar vides. Decía que si el corte se hace mal, la planta no prende. Si se hace limpio, cicatriza y crece otra cosa. Mira, ya estoy hablando como él. Qué asco.

—¿Y?

—Creo que me he pasado la vida con el corte mal hecho.

Sara no supo responder. Se calló. Porque no tenía una respuesta decente. Lo acompañó hasta el patio. Allí, al aire libre, Lucas por fin la miró de una manera que no pedía permiso ni perdón, solo verdad.

Tuvo una respuesta lista en la punta de la lengua. La dejó ahí.

—Me importas —dijo.

Sara bajó los párpados un momento.

—Lo sé.

—Y no sé qué hacer con eso.

—Yo tampoco.

No arreglaba mucho. Lucas le importaba y por eso no podía usarlo como refugio. Era hijo del hombre que había matado a Marta, sí; también era el hombre que estaba rompiendo su propia casa para no seguir mintiendo. Las dos cosas estaban allí.

Fuera ya estaban juzgando antes de que el juzgado terminara de abrir carpetas.

En tertulias de televisión donde nadie había pisado nunca el pueblo se hablaba de Marta con una seguridad insultante.

Un presentador preguntó si la chica «jugaba con fuego».

Una colaboradora insinuó que quizá había provocado a un hombre mayor.

Sara apagó el televisor antes de lanzar el mando. Clara, en cambio, quiso verlo todo.

—Necesito saber qué dicen para no imaginármelo peor.

Se sentaron juntas una tarde en la cocina de Carmen, con una libreta para anotar barbaridades y decidir cuáles merecían respuesta. Al tercer comentario miserable, Clara se levantó, cogió el abrigo y dijo que quería ir a ver a la madre de Marta.

Sara la acompañó. La mujer vivía con una sobrina en un pueblo cercano. Estaba muy mayor, pero cuando escuchó el nombre de su hija, sus ojos se llenaron de una lucidez feroz.

—Yo siempre supe que mi niña no se había ido —dijo—. Una madre sabe cuándo una hija se marcha y cuándo se la arrancan.

—No la hagas pequeña.

Eso le pidió. No justicia, no venganza, no fama. Que no la hiciera pequeña.

Sara volvió a casa con esa frase haciendo más ruido que la detención de Ricardo y que cualquier amenaza de Julián.

No la hagas pequeña. De pronto todo lo demás pareció querer empujar: Rafa, Ana, las llamadas, la productora, la serie posible, los titulares.

Lo vio con una claridad incómoda. Si corría detrás de todo, Marta volvería a desaparecer dentro de una historia más grande.

El Ayuntamiento convocó un pleno extraordinario para «abordar la situación reputacional del municipio».

Reputacional. Fueron Lucas, Clara y Sara.

El alcalde leyó un texto tibio. Después habló la madre de Karim, que llevaba años limpiando casas en el pueblo: dijo que la reputación no se pierde cuando se cuenta la verdad, sino cuando se construye sobre miedo. Otra mujer se levantó. Luego otra.

Lucas intervino al final del pleno. No estaba previsto.

Anunció que el Celler Montiel renunciaba a premios y subvenciones municipales hasta revisar los expedientes ligados a Marta y a las tierras de los años setenta y ochenta.

Hubo insultos. También algunos aplausos.

Sara sintió orgullo y miedo. La factura llegaría.

Al salir del pleno, alguien lanzó pintura roja contra la fachada del Ayuntamiento. Nadie vio quién fue. La mancha descendió por la piedra. Era tan obvia que daba desconfianza. Los fotógrafos se abalanzaron. Los vecinos retrocedieron. Clara fijó la vista en aquella pintura con una expresión extraña.

—Teatral de narices —murmuró.

Sara también lo vio. La pintura era demasiado cómoda: una foto fácil, un titular fácil, la palabra violencia puesta donde convenía. La agente joven apareció entre la gente y pidió que nadie tocara nada.

Lucas se acercó a Sara.

—Esto lo van a usar contra vosotros.

—Contra nosotras —corrigió Clara.

Sara miró la mancha roja y supo que el siguiente episodio debía ir con cuidado. Tener razón servía poco si otro colocaba antes la foto, el titular y la palabra violencia. Los detalles vendrían después. Si venían.

—No voy a correr porque ahora escuche más gente —respondió. Al otro lado de la llamada hubo una pausa de oficina—. O eso intento. No me vendáis prisa como oportunidad, por favor.

—Sara, esto puede cambiar tu carrera.

—Entonces menos motivo para hacerlo como una imbécil.

A medianoche, Lucas llamó a su puerta. Carmen, que aún estaba despierta, le abrió sin preguntar. Sara bajó en calcetines. Él estaba en el recibidor con una bolsa de papel.

A Sara se le cayó una zapatilla en la escalera al bajar. Hizo un ruido ridículo, doméstico, y los dos se quedaron mirándola en el suelo como si acabara de interrumpir algo importante.

—He traído pan.

—Son las doce.

—Ya.

—¿Estás bien?

Lucas negó con la cabeza. Carmen cogió la bolsa, murmuró algo sobre hombres que traen carbohidratos cuando no saben pedir ayuda y se fue a la cocina. Sara tuvo que sonreír pese al cansancio.

Lucas se apoyó contra la pared.

—Mi madre ha decidido declarar ante el juez con su nombre. Mi tío amenaza con incapacitarla si sigue. Dice que está enferma, que no sabe lo que hace.

—¿Y tú?

—Voy a impedírselo.

—Bien.

—Y tengo miedo.

Aquello, tan simple, le movió algo por dentro. No lo abrazó en el recibidor. Lo llevó a la cocina.

Carmen cortó pan, sacó queso y los dejó solos con esa discreción que desde fuera parecía indiferencia, pero era cuidado. Antes de irse, volvió para coger un cuchillo que no necesitaba y fingió que sí.

—Ese chico carga más de lo que pesa —dijo.

Sara se sirvió agua.

—En esta casa, desde luego.

—Sí. Y algunos encima se creen mártires.

El día siguiente amaneció con una decisión práctica, de esas que no caben bien en los discursos.

Lucas reunió a los trabajadores del celler en el patio antes de que empezara el turno.

Sara observó desde lejos, sin grabar. Les dijo que nadie perdería su empleo por declarar, que el celler asumiría asistencia legal externa y que él no preguntaría quién sabía qué hasta que cada uno decidiera hablar.

—¿Cobramos el viernes o no? —preguntó Miquel.

La pregunta cayó sin dramatismo. Eso la hizo más pesada. Lucas tardó un segundo de más. Sara lo vio. Los trabajadores también.

—Sí —dijo él al fin—. Aunque tenga que responder yo con patrimonio personal.

Miquel soltó una risa seca.

—Patrimonio personal. Eso lo decís muy bien los que tenéis.

Lucas encajó el golpe. No pidió perdón como si eso pagara nóminas. Esa mañana fue lo primero que no sonó a teatro.

—No os voy a pedir confianza —dijo—. Sería insultante. Voy a ponerlo por escrito.

Un chico joven de la nave de embotellado preguntó si declarar podía ponerlo en una lista negra. Una mujer de limpieza preguntó si podían obligarla a firmar que no había visto nada. Otro dijo que su cuñado trabajaba para una cooperativa cercana y que ya corría la voz de que el celler era tóxico.

—Tóxico —repitió Clara cuando Sara se lo contó después—. Como si fueran botellas mal almacenadas.

Al final, una trabajadora llamada Sílvia pidió una libreta. Dijo que si iban a hablar, necesitaban saber quién había estado en qué turno, quién recordaba qué y quién podía sostenerlo sin perder el sueldo. No quería discursos; quería columnas.

Sara fue a buscar una libreta al coche y la dejó sobre una mesa de plástico. Durante una hora, el patio se llenó de datos pequeños: entradas de camiones, cambios de turno, noches con luces en el lagar, una llave que solo tenía Ricardo y que después apareció en manos de Julián.

Después del patio vino el banco. El banco no amenazó. Revisó condiciones, actualizó riesgos, pidió documentación adicional con voz educada y música de espera. Lucas puso el altavoz en la cocina de Carmen porque ya no le daba vergüenza que Sara escuchara ciertas humillaciones.

El gestor, un hombre llamado Ferran, explicó que la situación reputacional del Celler Montiel obligaba a estudiar la línea de crédito de campaña.

Dijo reputacional tres veces. La tercera, Clara, sentada junto a la ventana, murmuró que un día iba a meter esa palabra en una olla y hervirla hasta que pidiera perdón.

—Tenemos trabajadores que cobran el viernes —dijo Lucas.

—Lo entendemos perfectamente.

No lo entendía. Se notaba en la comodidad con que lo decía.

La llamada del banco no se quedó en tono.

A las seis de la tarde, Lucas recibió el primer aviso de recibo rechazado: una nómina parcial, dos anticipos de campaña y la factura del gasoil de una cuadrilla.

No era una cifra grande para el celler. Sí lo era para Miquel, que apareció en la cocina de Carmen con la gorra en la mano y la cara de quien odia pedir.

—Mi mujer ha ido al cajero —dijo—. No había ingreso.

Lucas miró el móvil como si el dinero pudiera aparecer por vergüenza. Sara vio cómo se le cambiaba la boca. Julián dejó de ser una sombra con buenos zapatos.

—Lo arreglo esta noche —dijo Lucas.

—No me digas lo que arreglas. Dime si mañana compro o no compro.

Nadie habló de justicia durante un rato. Carmen puso un plato con queso encima de la mesa y Miquel no lo tocó. Tuvieron que hablar de verdad con una compra pendiente.

Después del banco vino un proveedor de botellas.

Después una empresa de transporte. Después una llamada de la Ruta del Vi i del Cava para retirar temporalmente el celler de una visita promocional «por prudencia».

Otra vez prudencia. La palabra empezó a sonar como una cuerda alrededor del cuello, apretada con buenos modales.

Sara apuntó: Julián no necesita llamar si otros llaman por él. Lucas la vio escribir y apretó la mandíbula.

Laura, la abogada, llamó desde el juzgado a media tarde. No pudo decir mucho. Solo que el nombre de Julián había provocado una reacción rara: un secretario había salido de la sala, había hecho dos llamadas y, al volver, ya nadie encontraba una carpeta de permisos de 1985 que constaba en el índice.

—No es una prueba —dijo Laura—. Es una falta de prueba. Y a veces eso canta más.

—Entonces habrá que hacerlo sonar verdadero —dijo Lucas.

Sara negó.

—No. Primero habrá que sostenerlo sin romper a quien por fin está hablando.

Aquella noche, cuando Marina preguntó si había algo fuerte para el siguiente episodio, Sara miró las columnas de nombres y turnos. Había algo fuerte, sí. Pero no sonaba fuerte. Sonaba a nómina, turno, miedo al viernes. Julián sabía usar eso.

Al día siguiente, Sílvia pidió cobrar en efectivo. No por desconfianza, dijo. Por si el banco volvía a hacer cosas raras. Lucas no contestó enseguida. Sara vio que buscaba una respuesta grande y solo encontró la cartera.