Capítulo 8
La madre de Lucas los recibió en una habitación que olía a colonia antigua, medicación y flores secas.
Se llamaba Inés Montiel, aunque en el pueblo casi nadie usaba su nombre completo desde hacía años.
Decían «la pobre Inés», «la mujer de Ricardo», «la madre de Rafa y Lucas», reduciendo una vida entera a la desgracia que la rodeaba.
Estaba sentada en una butaca junto a la ventana, con una manta ligera sobre las piernas y el cabello blanco recogido en un moño bajo.
Sara la había imaginado frágil, quebradiza, casi transparente.
Se equivocó. Inés estaba gastada, que era peor.
Lo frágil todavía pide cuidado. Lo gastado se queda ahí, mirando.
Lucas entró primero, con el cuerpo tenso, y se inclinó para besarle la frente. Inés no le devolvió el gesto enseguida.
—Tú eres la hija de Carmen —dijo.
Sara asintió.
—Y la que ha venido a levantar las piedras.
—Sí.
—Bien —respondió Inés—. Ya iba siendo hora.
Aquello descolocó a Lucas. Se le notó en la cara, en el modo en que los ojos buscaron una silla y no la encontraron. Sara permaneció de pie, con las manos cruzadas delante del cuerpo, esperando. Inés señaló el sofá.
—Siéntate, niña. Me cansa que la gente me hable desde arriba.
Sara obedeció.
Lucas se quedó junto a la ventana. La luz de la mañana entraba filtrada por cortinas amarillentas, iluminando partículas de polvo que flotaban como pequeñas cenizas.
Sobre la cómoda había fotografías de familia: Rafa con traje de comunión, Lucas subido a un burro, don Ricardo joven y orgulloso delante de una hilera de barricas, Inés con un vestido azul en una Festa de la Verema.
Marta aparecía en una foto grupal al fondo, casi escondida entre otras chicas, con una sonrisa enorme y los ojos entornados por el sol.
Inés debió de notar que Sara miraba la foto.
—Esa foto la dejé ahí a propósito —dijo—. Para que mi marido tuviera que verla cada mañana.
Lucas abrió la boca, pero no salió nada.
Inés habló sin mirarlo. Contó que la noche anterior a la desaparición escuchó una discusión entre Ricardo y Rafa en el despacho.
No entendió todas las palabras, porque la puerta estaba cerrada y en aquella casa las mujeres aprendían pronto a fingir que no oían.
Pero escuchó el nombre de Marta. Escuchó «tierras».
Escuchó «esa niña sabe demasiado». Rafa salió del despacho con la cara blanca y fue a buscarla a la cocina.
Le pidió las llaves del coche. Ella se las dio sin preguntar.
—Una madre sabe cuándo un hijo va a hacer una tontería —dijo—. Pero las madres de mi generación… callábamos. Nos enseñaron a no molestar cuando los hombres resolvían asuntos. Asuntos. Qué palabra más limpia para tanta porquería.
Inés también habló de la mañana posterior.
Ricardo llegó con barro en los bajos del pantalón.
Rafa no estaba. Lucas dormía, o eso creía ella.
En la casa olía a vino derramado y a miedo.
Ricardo le pidió que no hiciera preguntas porque Marta se habría escapado con alguien.
Inés recordó haberle mirado las manos y notar un rasguño en el dorso, cerca del pulgar.
—Yo conocía las manos de mi marido —dijo—. Habían tocado mi cuerpo, a mis hijos, las uvas, las cuentas, las puertas. Sabía cuándo estaban tranquilas. Y aquella mañana no lo estaban.
—¿Por qué no habló? —preguntó Lucas, y su voz no fue acusadora. Salió rota.
Inés lo miró al fin.
—Porque pasas media vida dependiendo del techo de un hombre y acabas confundiendo sobrevivir con obedecer. Y porque pensé que callando os protegía. Me equivoqué. Mucho. Ya está. No tengo una explicación mejor.
La declaración de Inés cambió la estrategia.
Hasta entonces tenían audios, amenazas, testimonios y una confesión parcial escuchada en la casa del Olmo.
Ahora tenían a la mujer que había vivido dentro de la casa donde empezó buena parte del daño.
Sara grabó su testimonio solo después de que Inés lo pidiera tres veces.
«No quiero morir siendo la pobre Inés», dijo.
«Quiero que al menos una vez mi voz salga con mi nombre.
» La grabación duró cuarenta y dos minutos.
Inés habló despacio, con pausas para beber agua, sin adornarse.
Lucas se sentó a su lado a mitad de la entrevista y le cogió la mano.
Ella tardó en devolverle el gesto, hasta el consuelo de su propio hijo parecía algo que ella tenía que aprender.
Cuando terminó, la habitación no pareció más ligera. Solo más abierta.
El traslado de don Ricardo al juzgado se produjo esa misma tarde.
La noticia ya había llegado a la prensa comarcal.
Había dos cámaras en la puerta del edificio judicial y un hombre con chaleco que no dejaba de mirar el móvil.
Aún no era una multitud. Bastó, aun así, para que el pueblo entendiera que el secreto había saltado la tapia.
Sara llegó con Clara y la abogada de la productora.
Lucas llegó aparte, conduciendo el coche de su madre.
No quería que nadie dijera que acudía pegado a Sara, para que nadie usara la relación entre ellos contra la investigación.
Aun así, se buscaron con la mirada apenas él bajó del vehículo.
Don Ricardo apareció escoltado por dos agentes, encorvado, con una chaqueta gris demasiado grande.
Algunos vecinos murmuraron. Una mujer hizo la señal de la cruz.
Un hombre escupió al suelo. El viejo levantó la vista y vio a Lucas.
Durante un segundo dio la impresión de que iba a pedirle algo. Lucas no se movió.
La declaración de don Ricardo duró más de tres horas.
Nadie les dijo el contenido exacto, pero las puertas en los juzgados hablan a través de gestos: una secretaria que sale pálida, un abogado que se frota la frente, un agente que pide otro café a toda prisa.
Al final, el juez decretó medidas cautelares y prisión provisional mientras se investigaban los hechos, los posibles delitos de homicidio, encubrimiento y obstrucción.
Las palabras legales enfriaban la escena.
Marta volvía a caber en un expediente. Sara lo entendía. También le daban ganas de romper algo.
—No puedes convertir el podcast en un juicio paralelo.
—No quiero un juicio paralelo. Quiero que no vuelvan a enterrarla.
—Lo sé. Pero también hay formas de hundir una causa por hacer demasiado ruido.
La primera agresión pública vino de una mujer que Sara había visto muchas veces en el forn.
Por eso fue peor. No gritó. Se acercó en la puerta del juzgado y le dijo, delante de todos, que estaba hundiendo al pueblo para hacerse famosa.
Habló con una serenidad venenosa, como quien cree estar defendiendo una moral superior.
—Tú te irás a Barcelona cuando acabes de sacar mierda, pero nosotros nos quedamos aquí.
Sara la miró sin responder.
Clara sí respondió.
—Nos quedamos aquí con una muerta desde hace veintidós años. A ver si ahora resulta que la incomodidad pesa más que un cadáver.
La mujer se quedó blanca y se apartó.
Clara temblaba de rabia.
Sara le tocó el codo, pero ella sacudió la mano.
—No me calmes ahora. Ya me callé bastante.
Lucas apareció a la mañana siguiente con ojeras y una carpeta bajo el brazo.
Había pasado la noche en el celler revisando documentos y hablando con su madre.
La carpeta contenía facturas, contratos de arrendamiento, registros de parcelas y una lista de pagos en metálico que Rafa había empezado a anotar antes de morir. Sara no quiso tocarla al principio.
—Esto ya no es solo lo de Marta.
—Lo sé.
Lucas dejó la carpeta sobre la mesa de Carmen.
—Pero todo sale del mismo sitio. Mi padre no mató a Marta porque perdiera la cabeza una noche. La mató porque ella tocó algo que ya estaba ahí. Si dejamos eso en pie, él queda como el monstruo cómodo y los demás siguen brindando. Y yo no sé vivir con eso.
Sara abrió la carpeta. La letra de Rafa aparecía en varias hojas, inclinada, nerviosa. Había nombres repetidos, cifras sin concepto, fechas cercanas a permisos urbanísticos. La investigación acababa de crecer. Y con ella el peligro.
Antes de salir del celler aquella mañana, Lucas había tenido una conversación con Miquel, el encargado de la nave de embotellado.
No hubo discurso ni frase para repetir después sin sentir vergüenza.
Miquel se limpió las manos en un trapo, miró las cajas apiladas y dijo que su mujer quería saber si el sueldo del mes iba a llegar.
Eso fue todo, y no era poco; era sobre llegar al viernes.
Lucas no supo contestar al principio. Había pasado días hablando de verdad, reparación, archivos, apellido.
—La línea de crédito está controlada —dijo Lucas. Sara lo miró. No mentía del todo. Tampoco decía la verdad. Lucas corrigió tarde—: O eso intento. No voy a dejaros tirados.
—Eso lo decían todos los hijos antes de mandar —respondió—. Luego mandan y se les olvida quién carga las cajas. Ojalá contigo sea distinto. Ojalá no tenga que tragarme esta frase.
Lucas aceptó el golpe. No porque fuera justo entero, sino porque una parte sí lo era.
En el despacho llamó a dos distribuidores, aplazó una entrega y pidió al banco una línea de crédito que sabía que le iban a cobrar con sonrisas.
Después firmó una orden interna para que ningún trabajador del celler pudiera ser despedido por declarar o por negarse a declarar.
La imprimió dos veces. Una copia para el tablón.
Otra para la abogada externa. Tardó más en clavarla con chinchetas que en redactarla.