La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Don Ricardo miró hacia la puerta, hacia el exterior donde el viento agitaba los cañizos.

—Había gente que tenía más que perder que yo.

El nombre de Julián salió al fin, mezclado con permisos, cenas, pagos sin concepto y favores que nadie había querido llamar favores.

—Qué cómodo, ¿no? Que los muertos carguen también con la culpa —dijo.

Clara, que hasta entonces había permanecido apoyada contra la pared, dio un paso.

—Tú no solo mataste a Marta —dijo Clara—. Nos dejaste a todas un poco peor. A su madre mirando la puerta. A Lucas hecho una cosa que ni él entiende. Y ahora vienes a decir que te dolía.

Clara respiró hondo. Sara nunca la había visto tan entera. La manta se le resbaló de los hombros y ella no se molestó en recogerla.

—Pues qué bien, Ricardo. Te dolía. A nosotras también.

Los refuerzos llegaron en mitad de aquello.

Dos coches se detuvieron fuera, levantando polvo.

La casa se llenó de voces, órdenes, botas.

Don Ricardo no se resistió cuando le pidieron que se levantara.

Pareció, incluso, aliviado. La agente joven lo esposó con una delicadeza que a Sara no supo si agradecer o detestar.

Lucas miró las esposas sin reconocer del todo aquel objeto en las muñecas de su padre.

—Lucas…

—No.

Una palabra. Nada más.

Lucas no levantó la voz, pero el corte fue limpio. A don Ricardo se le quedó la boca seca.

—Tu madre…

—No la uses. Ya está bien.

El viejo bajó la cabeza y salió. No se llevaba todo.

Clara se sentó al fin, con las piernas ajenas de golpe. Sara se arrodilló frente a ella.

—¿Te ha hecho algo?

Clara negó con la cabeza.

—Me llamó. Me dijo que si no iba, se pegaría un tiro.

—¿Tenía arma?

—No lo sé. No la vi. Pero pensé… pensé que si se mataba, todo volvía a enterrarse con él. Que dirían pobre viejo enfermo y nosotras quedaríamos como buitres. Vine. Sí. Ya sé cómo suena.

—No.

Sara le apretó las manos.

Clara rompió a llorar entonces. Feo, cansado, con mocos y respiraciones torcidas.

Lucas se apartó hacia una ventana para darles espacio. Vio que también lloraba, aunque de otra manera: quieto, con la espalda rígida, tragándose lo que no sabía compartir.

Volvieron al pueblo sin hablar. Clara iba en el coche de la agente joven. Sara y Lucas, en el suyo, con las ventanillas bajadas.

—Quiero denunciarlo todo —dijo.

—Ya está detenido.

—No hablo solo de Marta. Hablo de mi padre, de Julián, de la tierra, de Rafa, de facturas falsas, de trabajadores callando porque tenían que cobrar. De todo. No sé ni por dónde se empieza.

Sara lo miró.

—Eso no se hace en caliente. Y menos si una parte de ti quiere usarlo para salvar el celler, Lucas.

—Lo sé. Pero si espero a estar frío, igual vuelvo a ser uno de ellos. O casi. Y no me fío tanto de mí, Sara. No tanto.

Sara tenía material para lanzar un episodio brutal esa misma noche. También tenía un proceso penal en marcha, una mujer vulnerable y un pueblo entero preparado para convertirlo todo en tertulia.

—No voy a publicar nada hasta hablar con Clara y con un abogado —dijo.

Lucas giró hacia ella con sorpresa.

—Podrías hacerlo.

—Podría —dijo—. Por eso no voy a hacerlo esta noche.

Al anochecer, se reunieron en la cocina de Carmen.

Clara llegó con una chaqueta prestada y los ojos hinchados.

La agente joven les había prometido protección básica, aunque todos sabían que en un pueblo la protección oficial sirve de poco cuando las miradas son la primera forma de amenaza.

Lucas llevó una carpeta con documentos del celler: permisos, nombres de sociedades, ventas antiguas.

Carmen preparó café sin preguntar y dejó una botella de orujo en la mesa para quien necesitara algo más fuerte. Nadie tocó el orujo al principio.

—Una se queda conmigo. Otra con mi productora. Otra va a un abogado fuera de la comarca.

Clara asintió.

—Y mi declaración.

—Solo si quieres.

—Quiero.

Durante horas ordenaron la nota, la llamada, las cintas, la confesión, Rafa, el alcalde y los documentos que faltaban. La mesa se llenó de papeles y café frío.

Sara salió al patio. Lucas la siguió unos minutos después y se quedó a su lado sin tocarla.

A la mañana siguiente, la detención corría más rápido que cualquier comunicado. En la plaza, algunas mujeres miraban a Sara con gratitud prudente; otras, con miedo.

Por la tarde, el abogado recomendó no publicar la confesión directa hasta que hubiera declaración formal. Pactaron un episodio de contexto: indicios nuevos, testigos dispuestos a declarar y una sola frase de Clara.

Sara guardó el audio, lo duplicó y apagó el ordenador. Afuera, el pueblo seguía despierto.

Antes de dormir, recibió un mensaje de Lucas: «Mi madre sabe lo de la detención. Quiere verte mañana.» Sara respondió: «Iré.»

Al escuchar sus notas, Sara borró la palabra confrontar. Dejó el cursor parpadeando y escribió solo: Ricardo no basta.

Clara pasó la noche en casa de Carmen. No quiso dormir en la habitación de invitados; eligió el sofá, cerca de la cocina, con una manta sobre las piernas y la luz del pasillo encendida. Sara la encontró despierta a las cuatro de la mañana, mirando las baldosas.

—¿Quieres hablar?

Clara negó. Luego dijo que sí con un movimiento apenas visible.

Hablaron sin grabadora. Clara contó que, durante años, había evitado pasar por la casa del Olmo porque allí trabajó su padre cuando ella era niña.

Recordaba los sacos, el olor a cereal mojado, a Ricardo dando órdenes desde la puerta con el aire de quien ya había decidido que el mundo obedecía.

—Cuando me llamó, una parte de mí volvió a obedecer —confesó—. Eso es lo que más rabia me da.

Sara no dijo nada. Se sentó a su lado. Clara ya tenía bastante con seguir despierta a esas horas.