La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

A Clara no la encontraron en la cocina ni en el patio ni en el gallinero. La silla caída seguía en mitad de la cocina y el café se había extendido sobre las baldosas. Lucas permanecía junto al marco de la puerta. No tocaba nada.

Los agentes llegaron veintidós minutos después, aunque a Sara le parecieron dos horas.

Eran dos agentes de los Mossos de la comisaría de Vilafranca del Penedès: uno mayor, con el uniforme tirante sobre la barriga y cara de haber visto discusiones domésticas hasta el hartazgo, y una agente joven que observó la escena con más atención de la que su compañero estaba dispuesto a concederle.

El mayor preguntó si Clara tenía tendencia a ausentarse, si bebía, si tomaba medicación, si podía haber ido a casa de alguna vecina.

Sara tuvo que morderse la lengua para no contestar mal.

La agente joven, en cambio, se agachó junto a la silla, miró el café, la nota protegida dentro de la bolsa y luego a Sara.

—¿Quién encontró esto? —preguntó.

—Yo —dijo Sara—. Y él.

Lucas levantó la mano apenas. El agente mayor lo reconoció y el cambio fue inmediato: menos sospecha, más incomodidad, ese respeto viejo que todavía se le concede a ciertos apellidos, aunque vengan llenos de barro.

Sara contó lo mínimo. La amenaza previa. Las cintas. La desaparición de Clara. No entregó todavía las copias completas. La agente joven anotaba; el mayor preguntaba con la desgana de quien preferiría una falsa alarma.

—Hace unas horas. Estaba viva. Estaba asustada.

El mayor frunció el ceño.

—¿Asustada por qué?

Lucas alzó los ojos.

—Por lo mismo que todos en este pueblo desde hace veintidós años.

No gustó. Se notó en lo que vino después.

El agente mayor se enderezó, ofendido en su propia casa, y empezó a hablar de procedimientos, de prudencia, de no lanzar acusaciones graves sin pruebas.

Prudencia. Otra vez esa palabra, tan útil para no tocar lo que manchaba.

La agente joven se calló, pero pidió ver la bolsa con la nota.

La leyó sin tocar el papel. «No sigáis. Clara ya eligió vivir callada.

» Al releerla, a Sara le entró una punzada fría en el estómago.

Aquella amenaza no venía escrita para asustar a cualquiera.

Venía escrita para Clara. Sabía que llevaba años viviendo con el remordimiento de no haber hablado antes.

Sabía dónde apretar para hacer daño. Aquello no lo había escrito un curioso ni un bromista de bar.

Cuando los agentes salieron a revisar la calle y preguntar a los vecinos, Sara aprovechó para arrastrar a Lucas hasta el patio trasero.

Allí el aire olía a gallinero, a tierra húmeda y a perejil aplastado bajo las macetas.

Lucas apoyó las manos en el muro y bajó la cabeza.

Durante un segundo pareció más joven, casi el chico de 2001 que no había sabido seguir a Marta aquella noche.

—Rafa —dijo.

Sara tardó un segundo.

—La cinta. La frase.

—Mi hermano lo vio.

Lucas respiró por la boca, sin encontrar bastante aire.

—O al menos vio algo. Siempre pensé que Rafa murió sin saber. Que tuvo su accidente, que la carretera, que la curva, que la lluvia…

Algo se le movió por dentro; la nuca se le tensó antes de que alcanzara a contestar.

—¿Accidente?

Lucas se le escapó una risa sin ganas.

—Eso nos dijeron. Eso repetimos. Aquí repetimos muy bien lo que nos conviene.

—Cuéntamelo todo —pidió.

Lucas no respondió enseguida. Miró hacia la puerta, hacia la cocina donde la agente joven fotografiaba la escena. Había una parte de él que aún quería proteger a Rafa de las preguntas, como había protegido los diarios de Marta. El gesto se parecía demasiado a la bolsa de los diarios.

—Rafa y yo no nos parecíamos en nada. Él era el obediente.

El listo. El que aguantaba a mi padre tres horas hablando de proveedores sin querer romper una silla.

Yo era el crío que se metía en líos. Marta decía que Rafa parecía nacido con camisa planchada.

Lo quería todo el mundo. Hasta mi padre, a su manera. Si eso cuenta como querer.

El móvil de Sara vibró. Número oculto. El sonido le cortó el pecho. Lucas levantó la vista al mismo tiempo. Ella contestó y activó la grabación sin decirlo.

—Sara —dijo una voz de mujer.

Clara. Apenas un hilo. Al fondo se oía algo metálico, una puerta golpeando con el viento, o una cadena.

—Clara, ¿dónde estás?

—No vengas.

La voz temblaba, pero no sonaba drogada ni borracha. Sonaba furiosa consigo misma.

—No vengas, ¿me oyes? Diles que se lo queden. Que se lo metan donde quieran. No merece la pena.

—¿Quién te tiene?

A Clara se le escapó una risa mojada, casi un carraspeo.

—Nadie me tiene. Ese es el problema. Siempre hemos ido solas donde ellos querían.

La llamada se cortó.

Sara miró la pantalla. Clara estaba viva, pero no libre.

La agente joven escuchó la llamada. El mayor preguntó por qué no la había mantenido más tiempo en línea. Sara no contestó.

—Eso es una cadena —dijo Lucas de golpe—. O una puerta de hierro.

—¿Hay algún sitio donde alguien llevaría a una persona para asustarla sin sacarla mucho del pueblo?

Lucas respondió antes que Sara.

—La casa vieja de la partida del Olmo. Es de mi familia. Mi padre la usaba para guardar aperos antes de construir los almacenes nuevos. Está a quince minutos por el camino del canal.

El agente mayor negó con la cabeza.

—No vamos a montar una entrada por una intuición.

—No es solo una intuición —dijo Sara—. Clara ha dicho «diles que se lo queden». La partida del Olmo fue una de las tierras que la familia de Marta perdió. Si me equivoco, volvemos.

El mayor chasqueó la lengua, pero no la contradijo.

Fueron en dos coches, evitando la carretera principal.

Sara se subió con Lucas porque necesitaban hablar sin oído policial de por medio.

El camino del canal avanzaba entre huertas, cañaverales y paredes bajas cubiertas de hiedra.

El sol empezaba a caer, y la luz tenía ese color sucio de las tardes que no terminan de decidir si van a ser bonitas o inquietantes.

Lucas conducía con los nudillos blancos.

—Mi padre no haría esto —dijo, y Sara oyó la súplica debajo de la frase.

—Tu padre ya ha hecho cosas.

Lucas miró al suelo.

—Sí. Pero Clara… Clara cuidó de mi madre cuando Rafa murió.

Sara miró por la ventana.

Él no contestó. A lo lejos, la casa del Olmo apareció entre los árboles: baja, de piedra oscura, con el tejado hundido en una esquina y una puerta de hierro que se balanceaba con el viento.

Dejaron los coches junto a una acequia seca.

La agente joven hizo un gesto para que todos bajaran sin hablar.

El agente mayor se quedó atrás, protestando por cobertura, refuerzos y competencias.

Sara lo oyó a medias. Tenía los ojos clavados en la puerta.

Allí estaba el sonido de la llamada: hierro contra hierro.

Lucas avanzó primero, pero Sara lo agarró del brazo.

—No hagas de héroe.

—No estoy haciendo de héroe. Estoy intentando no ser cobarde otra vez.

Lo dijo tan mal que ella lo soltó. Se acercaron a la ventana lateral, una abertura pequeña tapada con tablones. Dentro no se veía nada, pero se escuchó una tos.

Clara.

Lucas bajó los párpados un momento. La agente golpeó la puerta y se identificó. No hubo respuesta. Golpeó otra vez. Desde dentro, una voz masculina, vieja y rota, dijo:

—No rompáis la puerta. Ya está abierta.

Don Ricardo Montiel estaba sentado en una silla de madera, al fondo de la estancia, con el bastón apoyado entre las rodillas.

Clara permanecía a un lado, de pie, con una manta sobre los hombros y los ojos rojos.

No estaba atada. Herida no se la veía. Pero el miedo no siempre necesita cuerdas para mantener quieta a una persona.

Sara apretó las uñas contra la palma al verla así, encogida, obligada a ocupar el sitio de quien pide perdón por seguir viva. Don Ricardo levantó la vista.

—Yo no la he tocado —dijo.

La agente entró despacio, pidiendo a todos que permanecieran quietos.

—Entonces explique por qué está aquí.

El viejo miró a Clara.

—Vino porque la llamé. Ella sabía que esto iba a terminar mal para todos.

Clara apretó la manta.

—Me dijiste que ibas a contar la verdad y que necesitabas un testigo. Eso dijiste, Ricardo. No esto. No esta mierda.

—¿Qué verdad, papá?

El viejo no lo miró.

—La única que queda.

Sara sacó la grabadora casi sin pensar, pero la agente joven le sujetó la muñeca.

—No. De momento no.

Sara bajó la grabadora. Había sacado el aparato por hambre, no por prudencia.

—Marta no tenía que morir —dijo al fin—. Esa noche no iba a matarla.

Lucas emitió un sonido mínimo, casi animal.

Clara se llevó la mano a la boca.

Nadie se movió. La habitación se quedó más pequeña.

La confesión salió mal. A golpes. Don Ricardo habló de la fiesta, de Marta cantando, de Lucas mirándola y de su propia rabia, aunque la llamó vergüenza.

—Iba a hundirnos.

—No —dijo Clara—. Iba a vivir. Tú confundiste una cosa con la otra.

El viejo levantó la mano para callarla y no tuvo fuerza.

Don Ricardo dijo que siguió a Marta hasta la ladera, que la agarró del brazo y que ella forcejeó. No dijo caída hasta que la agente se lo preguntó.

—Se golpeó la cabeza. Yo… yo pensé que se levantaría.

—¿Y Rafa? —preguntó Lucas.

Dos sílabas, apenas aire. Don Ricardo apretó el bastón.

—Tu hermano llegó después.

—¿Después cuándo?

—Después.

—No me mientas ahora.

Lucas avanzó otro paso, y la agente lo frenó con el brazo.

—No me mientas ahora, papá.

Don Ricardo lo miró por una vez. Había miedo en sus ojos, un miedo pequeño, miserable, de animal acorralado.

—Rafa vio el coche junto al río. Me vio volver con barro en los pantalones. Me preguntó. Yo le dije que se callara.

—En la cinta alguien dice que también había que callarlo a él.

—No fui yo —contestó a toda prisa.

Sara lo guardó sin escribirlo todavía.

Clara también lo notó.

—¿Quién, entonces? —preguntó ella.