La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 6 #3
38%

Capítulo 6 #3

Le vino su madre de golpe: la sopa guardada en la nevera, la silla de la cocina, el mensaje que no había enviado para decir que todo iba bien.

No vio pasar su vida ni ninguna de esas imágenes ordenadas que luego se cuentan.

Vio un táper con lentejas. Vio una mancha de café en la libreta.

Vio a Carmen abriendo la puerta a medianoche con cara de ya lo sabía.

Le dio miedo morir pensando en un táper. Qué tontería. Y qué miedo.

Tardaron casi veinte minutos en encontrar una salida secundaria.

O, mejor dicho, tardaron veinte minutos en creer que podía existir.

Lucas recordaba que el lagar antiguo comunicaba con una canalización de desagüe que llevaba hacia el exterior, usada antiguamente para evacuar agua y restos de limpieza.

Recorrieron el pasillo de la izquierda, el que al entrar parecía morir en una pared.

Al iluminar mejor, vieron una puerta baja disimulada con piedras sueltas.

La madera estaba hinchada por la humedad.

Lucas la golpeó con la herramienta. Una vez.

Dos. Tres. La madera cedió en astillas. Al otro lado había un túnel estrecho, más bien una galería de servicio.

El olor era peor, pero entraba una corriente de aire.

Bastó. Sara guardó las cintas, la nota de A.

, algunas fotografías y las páginas esenciales en la mochila.

No podían cargar con todo. Esa decisión la atormentó incluso antes de tomarla.

Dejar pruebas atrás era una imprudencia.

Lucas la ayudó a sujetar la mochila con la cuerda para que no arrastrara por el barro. Avanzaron agachados. El túnel les obligaba a rozar las paredes húmedas con los hombros. A mitad de camino, Sara resbaló y se golpeó la rodilla. El dolor le subió hasta la cadera. Lucas se volvió.

—¿Puedes seguir?

—Sí.

La respuesta le salió con los dientes apretados.

Claro que podía. No había bajado allí para quedarse bajo tierra con una cinta vieja y Lucas respirando mal a su lado.

Siguieron. La galería terminó en una rejilla oxidada cubierta de hierbas.

Lucas empujó. No se abrió. Sara sacó la navaja y cortó raíces, dedos temblorosos, respiración corta.

Finalmente la rejilla cedió y ambos salieron a una zanja detrás del celler, manchados de barro, polvo y algo que olía a metal.

No hablaron hasta llegar a una zona apartada entre las viñas. Lucas se dejó caer al suelo, sentado entre dos cepas, y vomitó. Sara se agachó a su lado, manteniendo una distancia cuidadosa. Le ofreció agua. Él bebió, se limpió la boca con la manga y miró hacia el celler.

—Alguien sabía que estábamos abajo.

—Sí.

—Alguien sigue protegiendo esto.

—Sí.

No le salían frases más largas.

Sara empezaba a soltar la tensión por el cuerpo y eso la hacía temblar.

Se sentó también, sin importarle la tierra.

Revisó la mochila. Las cintas estaban allí.

El sobre. Las fotos. La grabadora había seguido encendida casi todo el tiempo.

Había registrado la trampa, los pasos, la salida.

Prueba. La palabra le sirvió medio segundo.

Después volvió el temblor. Las pruebas pesaban en la mochila. No hacían de escudo.

Lucas se cubrió la cara con las manos.

—Mi padre pudo matar a Marta. Alguien lo ayudó. Mi hermano vio algo.

—Y alguien nos acaba de encerrar para que no sepamos cuánto.

Dicho así, en medio de las viñas, seguía sin parecer una frase posible. Pero Sara tenía barro hasta la cintura y cintas dentro de la mochila. Las pruebas pesaban en la mochila. Nada más.

—Tenemos que sacar copia de todo ya —dijo. Se oyó mandona, casi insoportable. Le dio igual un segundo y al segundo siguiente no—. Y llamar a Clara. Perdón. No lo estaba sugiriendo.

—¿Clara?

—Si alguien nos ha seguido, ella también puede estar en peligro.

Lucas asintió, levantándose con dificultad. Antes de caminar, se volvió hacia Sara.

—Gracias por no irte.

Ella pensó en la nota que aún no había recibido pero que ya parecía escrita: vete. Esto no es asunto tuyo.

—Todavía no me han convencido —respondió.

Se refugiaron en una caseta de riego. Había una mesa plegable, un enchufe, garrafas de agua y una silla rota.

Sara duplicó los audios con las manos temblando; se equivocó dos veces de carpeta.

Nombró los archivos con fecha y descripción breve.

Lucas llamó a su primo y después a Clara. No respondió. Llamó otra vez. Nada.

—Voy a su casa —dijo.

—Voy contigo.

—No. Tú ahora mismo eres un cartel luminoso. Si alguien de tu familia o del celler nos vigila, verte salir conmigo lo empeora. Y sí, puede que esté usando eso para no discutir contigo ahora. También.

Lucas la miró a punto de discutir, pero se tragó la réplica.

—Entonces coge mi coche.

—No. Iré andando por la parte de atrás.

—Sara.

—Lucas, escucha. Si nos encerraron, saben que estábamos juntos. Lo único útil ahora es que no sepan qué tenemos ni dónde está cada copia. Y sí, odio estar hablando como si fuera una lista de seguridad.

Él cerró la boca.

—Odio que tengas razón.

—Yo también, según el día.

Terminó la copia y envió los archivos más importantes a tres destinos: su correo cifrado, la productora y una carpeta compartida con una abogada amiga.

Solo entonces guardó el portátil. Afuera, el día seguía su curso.

En algún punto de la finca, un tractor arrancó.

Ese ruido normal, metido justo ahí, casi ofendía.

Al cerrar el portátil, la caja rígida del casete sin etiqueta golpeó contra la pata de la mesa. Lucas la oyó. Miró la caja, luego a Sara.

—¿Eso es la cinta de Marta?

Sara tardó medio segundo de más.

—La llevé a la biblioteca. Intenté escucharla con un reproductor viejo. Se enganchó. No se ha roto entera, pero está dañada.

Lucas se quedó quieto. No gritó. Fue peor.

—¿Me lo dices ahora?

—Iba a decírtelo antes.

—No. Ibas a decírmelo cuando ya no pudieras esconderlo.

Dolió porque era cierto. Sara notó la cara caliente, la rodilla sucia, las manos todavía temblando por el túnel. Quiso defenderse con la urgencia, con el miedo, con la palabra prueba. Todo sonaba exactamente igual que las excusas de otros.

—La cagué —dijo al fin—. Y luego me dio vergüenza.

Lucas apoyó las manos en la mesa plegable.

—Has decidido tú también qué podía pasarle a algo suyo.

Ahí dolió. No porque fuera justo entero. Porque no era falso. Sara abrió la boca y la cerró. Por primera vez desde que había llegado al pueblo, no tuvo una respuesta que mejorara nada.

—Mándala ya a Teresa —dijo él—. Y esta vez no me protejas de tu error.

Sara asintió. Lo hizo en ese momento, delante de él, con el móvil en la mano y el orgullo bastante roto.

Teresa respondió con un audio de doce segundos y tres insultos.

Había un tramo dañado, dijo. Puede que recuperable.

Puede que no. El silencio que dejó esa duda ocupó la caseta más que cualquier amenaza.

Antes de salir hacia la casa de Clara, Sara escuchó otra vez el último tramo de la cinta.

No entero. Solo esos segundos, porque la frase de don Ricardo le rascaba desde el primer pase.

El audio crujió. Una respiración. Un golpe.

Quizá una puerta. Luego la voz: «Rafa lo vio.

» Pausa. Otra voz, casi enterrada bajo el ruido: «Entonces también hay que callar a Rafa.

» Sara se le enfrió el cuerpo. No lo habían entendido antes porque el volumen era bajo y porque el nombre del hermano les había ocupado toda la cabeza.

Lucas, de pie junto a la mesa, se quedó muy quieto. Demasiado quieto.

—Ponlo otra vez —dijo.

Ella obedeció. «Entonces también hay que callar a Rafa.» Lucas apretó los ojos un instante. La muerte posterior de su hermano dejó de estar quieta. El accidente dejó de estar cerrado. Ahora tenía barro en las ruedas.

Sara guardó el archivo con una etiqueta nueva: posible amenaza a Rafa.

—No puedo más —dijo Lucas, y se sentó despacio, con las piernas ajenas de golpe.

Sara se acercó, esta vez sí, y le puso una mano en el hombro. No encontró nada que arreglara aquello. Puso la mano y ya.

—Vamos por partes —susurró.

—Mi familia está podrida por demasiados lados.

—No lo sé —dijo Sara primero. Fue lo más honrado que le salió—. Hay cosas podridas. Gente que calló. Y luego estás tú, que ahora mismo no sabes dónde ponerte. Yo tampoco sé dónde ponerte. Esa es la verdad fea.

Lucas abrió los ojos. Tenía lágrimas.

—¿Y yo qué soy?

Sara no respondió enseguida. La pregunta no quería adornos.

—Eso empieza ahora —dijo al fin.

Salieron de la caseta con planes separados: Lucas volvería a la casa principal sin darle importancia, fingiendo revisar la maquinaria; Sara iría a Clara por el camino del canal, entre huertas y almendros, donde era menos probable encontrarse con curiosos.

Antes de separarse, Lucas le dio una llave pequeña.

—Abre la puerta trasera del celler, por si necesitas entrar o salir sin pasar por el patio.

Sara la aceptó. La llave estaba tibia por el calor de su mano.

—No me des llaves si luego vas a arrepentirte.

—Me arrepiento de cosas más graves.

Lo dijo con amargura, pero en sus ojos apareció una mínima complicidad.

Sara guardó la llave en el bolsillo interior de la mochila.

—No borres llamadas. No hables con tu padre. No enseñes nada a nadie hasta que volvamos a coordinarnos. Y si te parece que mando mucho, luego te quejas. Ahora hazlo.

—Suena a orden.

—Lo es.

Lucas casi sonrió.

—Sí, señora periodista.

Ella le habría devuelto una broma si la mañana no hubiera empezado con una confesión de asesinato y una trampilla cerrándose sobre sus cabezas.

En lugar de eso, se alejó por el sendero del canal.

A cada paso sentía la mochila contra la espalda y, dentro, las cintas pesándole como algo vivo y prestado. Miró una vez hacia atrás.

Lucas seguía allí, de pie entre las viñas. Parecía más solo que la primera vez que lo vio. Más desarmado, quizá.

El camino hacia la casa de Clara le pesó más largo que nunca.

Sara avanzaba deprisa, pero evitando correr.

Correr llamaba la atención. La zanja de riego olía a agua estancada y hierbas aplastadas.

Un grupo de niños jugaba a lo lejos, y sus voces le llegaron deformadas por el viento.

Se cruzó con un hombre en bicicleta que la saludó sin detenerse.

Se preguntó si habría sido él, o cualquiera, quien cerró la trampilla.

Esa era la peor parte de los pueblos cuando se rompe la confianza: todas las caras conocidas se vuelven posibles culpables.

Al llegar a la calle de Clara, vio la puerta entreabierta.

El corazón le golpeó fuerte. Llamó. Nadie respondió.

Entró despacio. En la cocina había una taza rota en el suelo, café derramado y una silla caída.

—¿Clara?

Silencio.

Sara sacó el móvil. Sin pensarlo, llamó a Lucas. Esta vez él respondió al primer tono.

—No está —dijo ella—. La cocina está revuelta.

Lucas soltó una maldición.

—Voy.

—No. Llama a los Mossos d’Esquadra. Ahora.

—Sara…

—Ahora.

Colgó. Se obligó a respirar. Revisó la cocina sin tocar nada.

En la mesa, sobre el hule de flores, había un papel doblado.

Se puso un guante y lo abrió. Había dos frases, escritas con letras mayúsculas: «NO SIGÁIS.

CLARA YA ELIGIÓ VIVIR CALLADA.» Debajo, en otra línea: «ESCUCHA LO QUE TE FALTA.

» Y, al final, un símbolo: una A trazada con un círculo alrededor.

Sara dobló la nota y miró el café derramado.

Primero, no tocar nada. La sala oculta les había dado una cinta, una nota y demasiados motivos para mirar atrás. También había despertado a alguien.

Clara había desaparecido. A Sara se le fue el pulso a la garganta. Nada de épica. Nada que sirviera luego para contarlo bien.

Lo que tenían crecía hacia lados feos. Sara esperó a los agentes en la cocina de Clara, con la nota protegida y las cintas copiadas en tres lugares.

Dijo lo necesario para activar la búsqueda.

No entregó aún la sala ni la cinta completa.

El uniforme que tenía delante llevaba el mismo escudo que había cerrado el caso de Marta en dos días.

Una placa no arreglaba la confianza. Lucas llegó pálido. Leyó la nota.

—A.

—Sí.

—Esto ya no es mi padre.

—No. Esto es más grande.

Afuera, las gallinas seguían escarbando sin darle importancia. El agente joven tomaba notas. Una vecina miraba desde la acera con una bolsa de pan colgando de la muñeca.

La bolsa con la nota crujió entre sus dedos. Marta. Rafa. Clara. La voz de don Ricardo diciendo «Rafa lo vio» y la otra voz ordenando callar. Después miró a Lucas.

Cuando Clara no apareció de inmediato, Sara tuvo que decidir cuánto entregar y a quién.

Los Mossos d’Esquadra de la zona enviarían, si ella insistía, a dos agentes que quizá habían crecido escuchando la versión oficial de la fuga de Marta.

Llamar directamente a su productora podía convertir la desaparición de Clara en un espectáculo antes de saber si era una ausencia voluntaria, un susto o algo peor.

Se quedó unos segundos sin hablar. Ninguna opción venía limpia.

—No esperes a tenerlo perfecto —le dijo la abogada—. Si hay riesgo para una testigo, documenta y activa protocolo. La palabra no la calmó. La usó igual.

Lucas permanecía en la puerta de Clara con una expresión que Sara no le había visto aún: la cara de alguien que acaba de quedarse sin excusas familiares. Miraba la silla caída, el café en el suelo, la nota dentro de la bolsa transparente.

—Durante años pensé que el peor día de mi vida había sido cuando desapareció Marta —dijo bajo—. Luego pensé que fue lo de Rafa. Ahora ya no sé si son días distintos o el mismo, volviendo a tocar los cojones.

Sara no contestó. Afuera sonó una sirena lejana.

Clara seguía sin aparecer. La A de la nota seguía encima de la mesa. Torcida. Seca. Muy tranquila.