Capítulo 6 #2
La voz de don Ricardo había perdido el barniz de señor importante.
Quedaba alguien que habla cuando cree que nadie podrá interrumpirlo.
«No debería haberla seguido», decía. «No debería haber contestado.
Pero esa niña… esa niña me miró igual que si yo fuera barro en sus zapatos.
» A Sara se le cerró la garganta antes de que pudiera ponerle un nombre limpio a lo que estaba oyendo.
Lucas dio un paso atrás. La grabación continuó: don Ricardo hablaba de la plaza, del vestido amarillo, de la vergüenza pública. Aún no confesaba. Pero ya se le escapaban cosas entre las pausas. Torpes. Sudadas. Imposibles de volver a meter dentro.
En la cinta, don Ricardo no decía el nombre de Marta al principio.
La llamaba «la chica», «esa muchacha», «la hija de Barrancs», evitando el nombre para dejarla menos viva.
Sara lo notó y lo anotó. Sara había oído eso antes.
La chica. Esa muchacha. La hija de alguien.
Así pesaba menos. Lucas, en cambio, parecía escuchar cada palabra como un golpe físico.
Cuando su padre dijo «Lucas no podía verla así, no podía permitir que se riera de nosotros», él soltó un sonido ahogado.
—Yo no le pedí nada —susurró.
Sara pausó la cinta.
—No tienes que defenderte ante una grabación.
—Sí tengo. Llevo veinte años defendiéndome ante cosas que nadie dijo en voz alta.
Sara dejó el dedo sobre el botón.
—¿Quieres parar?
Lucas negó con la cabeza.
—No. Sigue.
El play sonó con más fuerza de la necesaria en la sala.
La cinta se cortó unos segundos. Luego volvió con un sonido diferente, como si alguien hubiera movido la grabadora de golpe.
«La sujeté. No fuerte. Solo para que dejara de hablar.
» Después entró un golpe seco, una respiración sucia y un tramo de ruido.
La frase siguiente llegó mordida por la estática.
No se entendía si decía cayó, calló o la callé.
Lucas se sentó de golpe en una silla. La silla chirrió.
Don Ricardo respiraba en la cinta. «La piedra estaba allí», dijo al fin.
«Nadie piensa en las piedras hasta que ya es tarde. »
Sara pausó la grabación. Necesitaba hacerlo.
No por Lucas. O no solo. Se quitó la mascarilla un momento y respiró por la boca.
Había escuchado confesiones antes, llamadas de emergencia, audios de despedida, declaraciones de asesinos con voces tranquilas.
Pero aquello ocurría bajo el suelo de un celler donde había bebido vino con el hijo del hombre que hablaba.
Allí abajo había piedra bajo las botas, polvo en la lengua y cinta magnética girando dentro de una máquina vieja.
Lucas tenía la mirada clavada en la mesa.
—¿La mató? —dijo Lucas. La pregunta sonó peor que una certeza.
Sara no contestó enseguida. La cinta no bastaba. Bastaba para helarles la sangre y no bastaba para cerrar nada.
—Yo estaba en la plaza —murmuró—. Enfadado con ella. Dejé que se fuera. No la dejé ir, no sé. Sí, la dejé. Y mi padre la siguió.
Sara se acercó, pero no lo tocó. No tenía claro si tenía derecho.
—Tu padre hizo lo que hizo. Tú estabas allí en una parte. No te metas en la escena entera antes de verla. Aunque sé que es justo lo que vas a hacer.
—En mi familia sí.
Lo dijo sin dramatismo. Fue peor.
Sara volvió a la mesa.
—Tenemos que seguir. Quizá diga dónde la dejó.
Lucas asintió sin girarse.
—Sigue. Pero esta vez no pausas por mí.
—Pausaré si lo necesito yo.
Él se volvió. Durante un segundo, en medio del horror, sus ojos se encontraron de una forma demasiado cercana. Luego Sara pulsó play.
La cinta siguió a trompicones. Don Ricardo se contradecía, lloraba, insultaba a Marta y luego pedía perdón con la misma voz con que antes habría pedido otra copa.
Habló de una manta, de un coche, de barro en las ruedas.
Habló del río sin decir arrojar, buscando en ese verbo una absolución mínima.
Mencionó a alguien más, pero no le puso nombre.
«A. dijo que era mejor así. A. sabe de estas cosas.
A. dijo que nadie buscaría mucho si la historia era una fuga.
» Sara y Lucas se miraron. A. Las iniciales de las facturas.
La letra de Clara. El alcalde de entonces, quizá.
El hombre que Andrés mencionaría más tarde, aunque en ese momento todavía no tenían esa pieza.
Sara rebobinó unos segundos y volvió a escuchar.
«A. dijo que nadie buscaría mucho.» Lo grabó con el móvil además de con la grabadora.
—Esto cambia mucho —dijo. Se oyó pobre. No tenía nada mejor.
Lucas se pasó las manos por la cara.
—Mi padre no actuó solo.
—No en el encubrimiento, al menos.
—¿Y en la muerte?
Sara no respondió. La cinta no lo aclaraba. La rabia le corría demasiado.
—Claro. Como en uno de tus episodios, ¿no?
—Lo es. Pero también es tu vida.
Esta vez le salió más bajo.
Escucharon la cinta hasta el final. El último minuto era casi inaudible. Don Ricardo hablaba de vino derramado, de agua fría, de una camisa que no podía volver a ponerse. Luego dijo una frase que les dejó quietos: «Rafa lo vio.» Lucas levantó la cabeza.
—No.
Sara rebobinó. Volvió a reproducir. «Rafa lo vio.» Ahí ya no cabía mucha duda. Rafa era el hermano mayor de Lucas, muerto años después en un accidente de tractor que siempre se consideró eso: accidente.
Lucas se llevó una mano al pecho, no de manera teatral, sino como quien intenta comprobar que algo dentro sigue funcionando.
—Mi hermano nunca me dijo nada.
—Igual no pudo.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé.
Marta. Don Ricardo. A. Rafa. Accidente. Los nombres se le amontonaron demasiado deprisa. Sara apartó la libreta.
Lucas caminó hasta el armario metálico y lo abrió con brusquedad.
—Tiene que haber más.
—Espera.
—No. Si mi hermano lo vio, si mi hermano…
La voz se le rompió. Sara lo siguió.
En el armario había carpetas, una caja de zapatos y una botella envuelta en periódico.
Lucas sacó la caja. Dentro encontraron fotografías.
Algunas mostraban veremas antiguas. Otras, reuniones de hombres en la casa principal.
En una de ellas aparecían don Ricardo, el alcalde de entonces y Rafa, con apenas veintitrés años, de pie junto al coche oscuro.
En el reverso había una fecha: octubre de 2001.
Sara la fotografió. Lucas fijó la vista en el rostro de su hermano.
—Siempre pensé que empezó a beber por debilidad —dijo—. O por carácter, como decía mi padre. Igual empezó porque vio algo que no pudo tragar. Mira qué fácil se dice ahora.
El nombre de Rafa movió la investigación a un sitio más íntimo.
Más cruel también. Hasta entonces, Lucas había imaginado a su padre como un culpable solitario que contaminó la familia desde arriba.
Recordó, bajo, cómo Rafa cambió después de aquel septiembre: dejó de salir, vendió su moto, rompió con su novia, empezó a dormir en el granero algunas noches.
Don Ricardo decía que eran tonterías de joven.
La madre rezaba. Lucas, más pequeño y metido en su propio dolor, no supo leer nada.
—Yo estaba mirando a Marta y no miré a mi hermano —dijo.
Sara se sentó en el suelo, junto a la caja.
—Tenías diecinueve años.
—No me repitas eso con la edad convertida en salvavidas barato.
—No lo es. Pero es contexto.
—El contexto no resucita a nadie. Dicho así me suena a excusa.
Sara estuvo a punto de decir algo amable. No le salió. Mejor así. Buscó entre las fotografías y encontró un sobre blanco sin cerrar. Dentro había una nota escrita con letra torpe: «Si vuelven a preguntarte, no hubo coche. No hubo río. No hubo chica.» Debajo, una inicial: A.
Lucas dejó la boca cerrada de una forma dura, casi dolorosa.
—A. otra vez.
—Sí.
—¿Quién coño eres? —dijo él, no a Sara, sino a la letra.
Ella guardó el sobre en una bolsa.
Un ruido arriba los hizo callar. No lo inventaron.
Tampoco fue una piedra asentándose. Fueron pasos sobre el suelo del lagar.
Uno. Dos. Luego un roce, un roce de caja arrastrada.
Sara apagó la linterna por instinto. Lucas hizo lo mismo.
La oscuridad fue casi total, salvo por el débil resplandor que entraba desde la escalera.
Escucharon. Otro paso. El pulso le golpeó en la garganta. Lucas se acercó a ella sin tocarla.
—¿Habías cerrado la puerta? —susurró.
—No.
—Yo tampoco.
Los pasos se detuvieron justo encima de ellos. Después, un golpe metálico. La trampilla.
Sara lo supo un segundo antes de oír la piedra moverse. Alguien estaba cerrando desde arriba.
—¡Eh! —gritó Lucas, subiendo hacia la escalera. La losa cayó con un golpe que retumbó en el sótano. La oscuridad se volvió más densa.
Lucas empujó desde abajo. Nada.
Sara encendió la linterna y subió tras él.
—Aparta.
Entre los dos empujaron. La piedra no cedía. Desde arriba no se oyó respuesta. Solo pasos alejándose. Aquello no había sido casual. Alguien los había encerrado.
—No grites —dijo Sara, aunque ella misma tenía ganas de hacerlo—. Conserva aire.
Lucas la miró con extrañeza ante aquella voz suya, tan profesional y tan falsa por dentro.
Sara no se sentía tranquila. Se sentía fría por dentro.
Sacó el móvil. Sin cobertura. Lo esperaba, pero aun así le golpeó.
Durante un segundo absurdo sospechó de Lucas.
No porque tuviera sentido. Porque estaba allí, porque era Montiel y porque el miedo busca una cara cercana para no mirar la oscuridad.
Se odió por pensarlo. La sala dejó de parecer un archivo. Era un agujero. Y estaban dentro.