Capítulo 6
Sara llegó al lagar antiguo a las siete y veinte de la mañana, con el estómago vacío y una mochila que le golpeaba la cadera a cada paso.
Había dormido poco. Cada vez que cerraba los ojos veía la trampilla levantándose un palmo y el hueco oscuro debajo.
Nada más. Suficiente para no dormir. Llevaba guantes, mascarillas, dos linternas, bolsas de conservación, una batería externa, una navaja multiusos y una grabadora secundaria por si el móvil fallaba.
Su madre la había observado preparar todo aquello en la cocina sin hacer preguntas.
—Los sustos se llevan peor con el azúcar bajo —dijo.
Sara quiso reír, pero le salió una mueca. En el camino a la finca, las viñas estaban quietas bajo una luz muy limpia.
A esa hora, el pueblo aún no se había desperezado del todo.
Algún perro ladraba detrás de una tapia, una persiana subía con chirrido, el olor a café escapaba de las primeras cocinas abiertas.
La normalidad daba rabia aquella mañana.
Ella iba a bajar a un lugar que podía guardar la prueba de un crimen, y al mismo tiempo alguien estaría untando mantequilla en una tostada, regando macetas, preguntándose qué comprar para comer.
Al llegar, Lucas ya estaba allí, sentado en el escalón del lagar, con los codos apoyados en las rodillas y una llave en la mano.
—Buenos días —dijo ella.
—No sé si son buenos.
—Entonces digamos solo días.
No perdieron tiempo en cortesías. Lucas había traído una caja de herramientas y un rollo de cuerda.
También había avisado a un primo de confianza, le dijo, sin dar detalles: si antes de mediodía no respondía a un mensaje, que llamara a los Mossos d’Esquadra.
Sara agradeció que hubiera pensado en eso.
Le demostró que, pese al impulso de la noche anterior, entendía que ya no estaban jugando a buscar fantasmas familiares.
Entraron en el lagar y cerraron la puerta, aunque no con llave.
La luz de la mañana se filtraba por las rendijas del tejado, dibujando rayas pálidas sobre las piedras.
El lugar estaba lleno de herramientas colgadas, sacos vacíos, una prensa antigua con la madera agrietada y restos de paja en una esquina.
Lucas retiró con cuidado las cajas que habían recolocado la noche anterior.
Esta vez, con la claridad del día, se veía mejor: una losa rectangular, algo más lisa que las demás, con dos pequeñas hendiduras donde alguna vez habría habido anillas.
—La taparon después —murmuró Lucas.
—¿Después de qué?
—No lo sé. Después de que mi hermano y yo intentáramos entrar, quizá. Mi padre dijo que el suelo estaba podrido. Podía ser mentira. Podía ser también una mentira con algo de verdad.
Sara pasó la linterna por las rendijas. No vio movimiento. Se puso la mascarilla.
Lucas hizo lo mismo. Entre los dos metieron la palanca en una hendidura y empujaron.
La losa no cedió. La palanca resbaló y a Lucas se le abrió una línea roja en la base del pulgar.
Maldijo bajo, más por vergüenza que por dolor.
Sara le pidió que parara. Él no paró. Tuvieron que mover una prensa vieja, apartar dos cajas podridas y volver a meter el hierro desde otro ángulo.
Lucas apartó la cara y escupió hacia un lado.
Sara aguantó dos segundos más por orgullo y se arrepintió.
El estómago le dio una vuelta seca. Se bajó la mascarilla solo lo justo para respirar por la boca y volvió a subirla enseguida.
Humedad. Óxido. Corcho viejo. Una acidez que podía venir de vino derramado o de madera podrida.
Algo de pozo cerrado. No quiso añadir otra palabra. Igual vomitaba.
Los escalones eran estrechos y estaban cubiertos de polvo. Lucas quiso bajar primero. Sara le sujetó la manga antes de que pusiera el pie en el primer peldaño. Lo agarró fuerte.
—No bajes como si esto fuera tu casa.
—Es mi casa.
—Por eso mismo.
Lucas abrió la boca, la cerró y tragó la respuesta. Sara bajó detrás de él, con una linterna en la mano y la otra pegada a la pared. La luz parpadeó al tercer escalón. No se apagó, pero bastó para que los dos se quedaran quietos, escuchando su propia respiración en aquel hueco.
—Hay suelo —dijo desde abajo—. Piedra. Parece firme.
El frío se notó enseguida. No venía solo de la piedra.
Había una quietud de sótano que se colaba por las mangas y bajaba hasta los dedos.
La escalera desembocaba en un pasillo bajo, con paredes de piedra irregular y techo de vigas.
A la derecha, una puerta de madera sin pomo estaba entornada.
A la izquierda, el pasillo seguía unos metros hasta perderse en una pared.
En algún punto, cayó una gota de agua. Luego otra. Tan separadas para tranquilizar.
Sara encendió la grabadora.
—Sótano bajo el lagar antiguo, finca Montiel. Presentes: Sara Vidal, Lucas Montiel. Fecha… —dijo la fecha y la hora. Su propia voz la calmó.
El procedimiento le sirvió para no irse al suelo: fecha, lugar, nombres. Lucas le lanzó una mirada.
—¿Vidal?
—Es mi apellido.
—Nunca te llamé así.
—Tú nunca me llamaste casi nada, que yo recuerde.
La frase salió peor de lo que quería. Más áspera. Tampoco quiso arreglarla.
Lucas aceptó el golpe con una sonrisa mínima y empujó la puerta.
La madera raspó el suelo. La sala era pequeña y estaba llena.
Una mesa, dos sillas, un armario metálico, estantes con botellas sin etiqueta, cajas de cartón, un viejo magnetófono de casete y una lámpara de flexo sin bombilla.
Sobre la mesa había polvo, pero no tanto como debería. Sara lo entendió al momento.
—Alguien ha entrado aquí después de 2001 —dijo.
Lucas iluminó el borde de la mesa. Había marcas de dedos recientes.
La primera media hora miraron sin tocar.
O intentaron mirarlo sin tocar. Bastante mal, además.
Sara fotografió la sala desde cada ángulo y se equivocó dos veces con el enfoque porque le sudaban los dedos dentro de los guantes.
Lucas abrió una caja antes de que ella terminara de grabar la mesa y ella le soltó un «para» tan seco que él dejó la tapa en el aire, como un crío pillado robando pan.
—No puedes tocarlo todo porque lleve tu apellido encima.
—Y tú no puedes convertir mi casa en una escena antes de saber qué hay.
—Eso intento. Saber qué hay.
Se miraron con una rabia breve, útil. Después Lucas cerró la caja despacio y ella volvió a grabar.
En el armario metálico encontraron archivadores con etiquetas escritas a máquina: cosecha 1979, proveedores 1984, personal temporal 1991, Ayuntamiento, río.
La palabra río estaba escrita a mano sobre una etiqueta arrancada y pegada de nuevo.
Sara la fotografió tres veces. En los estantes, algunas botellas estaban cubiertas de polvo; otras parecían haber sido movidas.
En una caja de cartón había recortes de prensa sobre accidentes, fiestas y premios del celler.
En otra, cartas sin abrir dirigidas a don Ricardo. Lucas tocó el respaldo de una silla.
—Mi padre venía aquí —dijo. No preguntaba.
—O alguien venía por él.
Sara sacó unas bolsas transparentes para separar lo que pudieran llevarse. No tenían autoridad policial, lo sabía. Lo correcto era salir, llamar, entregar. Lo inteligente, quizá, era revisar lo mínimo antes de que alguien volviera a vaciar la sala.
—Vamos a registrar en vídeo todo lo que toquemos —decidió—. Sin editar.
Lucas asintió.
—Y si encontramos algo sobre Marta, paramos y llamamos.
—Si encontramos algo sobre Marta, respiramos primero —corrigió Sara—. Luego llamamos.
Él la miró extrañado por una precisión tan humana en aquel agujero. Quizá lo era.
El magnetófono estaba en el centro de la mesa, cubierto con un pañuelo de cocina viejo.
Sara levantó el paño con dos dedos. La marca del aparato era antigua, las teclas grandes, el plástico amarilleado.
A su lado había seis cintas de casete. Tres sin etiqueta.
Una con la palabra «cuentas». Otra con «R».
La última tenía escrito a bolígrafo: «septiembre».
Lucas no se movió. La linterna le temblaba en la mano.
Arriba, algo golpeó una vez. No sonó fuerte.
—¿Hay alguien?
Lucas no contestó enseguida. Escucharon. Nada. O casi nada: una madera que crujía, el agua cayendo en algún rincón, la respiración de los dos haciéndose demasiado alta.
—Puede ser la puerta —dijo él.
—Puede ser alguien esperando a que nos confiemos.
Esa vez Lucas no discutió.
—No tenemos que escucharlas aquí —dijo.
Sara lo pensó. Podían embolsarlas, llevarlas a un técnico, duplicarlas, hacer las cosas bien.
También podían subir, llamar y encontrarse al día siguiente con la sala limpia y la mesa vacía.
La llamada anónima, las marcas de dedos recientes y aquel golpe arriba le decían que el tiempo no jugaba a su favor.
—Solo comprobamos si funcionan —dijo. Sonó a mentira pequeña incluso antes de terminar la frase.
Metió pilas nuevas en el magnetófono. El aparato no reaccionó. Sara cambió una pila, golpeó el lateral con dos dedos y volvió a probar. Nada. Lucas soltó una risa muy corta, sin gracia.
—Veinte años escondiendo una sala para que ahora no funcione una mierda de aparato.
—No lo toques.
—No iba a tocarlo.
Lo estaba tocando ya. Sara le apartó la mano.
No con violencia, pero sin permiso. Lucas la miró mal.
Ella no se disculpó. A la tercera, el magnetófono hizo un chasquido, luego un ruido de estática.
La cinta se enganchó un segundo y Sara tuvo que parar antes de que se la tragara entera.
Sacó el bolígrafo, liberó la cinta con una paciencia que no sentía y volvió a colocarla.
Sara colocó la cinta de «septiembre» por segunda vez. Pulsó play.
Al principio solo se oyó un soplido, como viento atrapado en una botella. Después una voz masculina, baja, irregular. Lucas se puso blanco antes de que se entendieran las palabras.
—Es mi padre.