La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

El segundo móvil vibró casi al mismo tiempo.

Esta vez no era número oculto: un mensaje reenviado por Marina desde Barcelona: «Me acaba de llamar un asesor de la Ruta del Vi i del Cava.

Muy educado. Dice que tengamos cuidado con difamar a instituciones locales.

No ha dicho Julián, pero ha sonado a Julián. »

Sara enseñó la pantalla a Lucas. Él no preguntó quién era.

—Eso no es mi padre —dijo él.

—No. Tu padre empuja. Julián no necesita empujar.

Lucas quiso llamar de inmediato a alguien de confianza, pero no se les ocurrió nadie que cumpliera esa palabra sin reservas.

El patio, que minutos antes era solo un sitio de trabajo, quedó expuesto.

Tan abierto. Las ventanas de la casa principal parecían ojos.

El camino hacia el lagar antiguo quedaba al otro lado de la finca, detrás de los depósitos y de una nave en desuso. Lucas cerró la boca hasta hacerse daño.

—Podemos dejarlo para mañana —dijo, aunque se le notaba que no quería.

Sara miró la bolsa con los cuadernos, luego la oscuridad.

—No. Si alguien sabe que buscamos, mañana puede no quedar nada.

—Eso mismo pensaba yo hace diez minutos y me has llamado adolescente.

—Y tenía razón. Pero ahora tenemos una razón nueva.

Lucas la miró, y en sus ojos no hubo orgullo, sino algo más serio: aceptación. Caminaron sin hablar. La grava crujía con una indiscreción absurda.

A mitad del camino, Sara se giró porque le pareció oír un sonido detrás, pero solo vio la silueta del pozo y un gato cruzando el patio.

La tensión volvía torpe los sentidos. Todo podía ser una señal.

O una tontería. Dudar de todo cansa muchísimo.

Llegaron al lagar antiguo y Lucas abrió la puerta.

El olor a madera húmeda salió como un animal encerrado.

Sara encendió la linterna. La luz iluminó herramientas, sacos viejos, una pared con manchas oscuras, una escalera apoyada contra una viga.

Lucas cerró detrás de ellos. El sonido de la puerta fue definitivo.

Marta había escrito que la entrada estaba detrás de los sacos de azufre.

Allí ya no había sacos, pero sí un rincón donde el suelo era distinto, más nuevo, mal igualado, tapado por alguien con más prisa que oficio. Sara se agachó.

—Aquí —dijo.

Lucas no respondió. Estaba mirando el mismo punto con la cara de quien acaba de recordar lo que lleva media vida esquivando.

No abrieron la trampilla aquella noche. Lucas levantó una esquina con la palanca.

Bastó el olor que salió de debajo para que a ninguno le quedaran ganas de seguir haciéndose el valiente.

Sótano cerrado. Hierro. Humedad vieja. Algo más, pegado al fondo de la garganta, que Sara prefirió no bautizar.

Con la linterna temblando y Lucas blanco a su lado, bastaba.

Debajo no había una simple bodega olvidada.

Bajó el haz de luz y aparecieron unos escalones de piedra, estrechos, comidos por una oscuridad que no devolvía nada. Lucas se pasó una mano por la boca.

—Mañana —dijo. Esta vez fue él quien puso el límite.

Sara no discutió. La llamada, los diarios, la trampilla, todo había cabido mal en una sola jornada.

Cubrieron de nuevo la entrada como pudieron, sin mover demasiado las herramientas para no dejar señales evidentes, y salieron del lagar con la sensación de haber despertado algo.

Antes de despedirse, Lucas le pidió los cuadernos.

Sara dudó.

—No voy a esconderlos otra vez —dijo él, dolido por la sospecha antes de que ella la formulara.

—Lo sé. Pero esta vez no se quedan en una sola casa. Haremos copias completas.

—De acuerdo.

Se miraron en el patio. La tensión de la noche anterior había cambiado de sitio: ahora compartían una prueba. Lucas levantó la mano, dudó y la dejó caer antes de tocarle la mejilla.

—Siento lo de la bolsa —dijo.

—Yo también.

Sara caminó de regreso a su casa con el audio de la llamada guardado en el móvil y las fotografías de las páginas en la nube.

La voz del desconocido volvió varias veces, pegajosa: «Escucha, Sara.

» Esa noche entendió que el título del episodio ya no podía ser solo una promesa a Marta.

También era una advertencia. Y, también, una invitación a bajar.

Antes de cerrar la caja, Sara pidió ver el casete sin etiqueta. Lucas dijo que no recordaba haberlo escuchado nunca. No sonó convincente. Tampoco sonó a mentira entera.

—Podría ser música —dijo él.

—O podría ser su voz.

La posibilidad los dejó callados. Sara miró el aparato viejo de la estantería y pensó en probarlo allí mismo. No lo hizo. O casi no lo hizo. Metió la mano, tocó la tapa rota del reproductor y la retiró como si quemara.

—Lo llevo a digitalizar —dijo—. Con alguien que sepa.

Lucas asintió. Le costó. La cinta ya no era solo una cosa de Marta; era una cosa que él había tenido veinte años sin atreverse a escuchar.

También encontraron una hoja suelta escondida entre las tapas del tercer cuaderno. No parecía una entrada de diario. Era una lista escrita con prisa: «llave pequeña, río, sala vieja, A. B., papeles Serrat, Rafa vio algo, Lucas no sabe mentir».

Lucas pidió sentarse sin pedirlo. Se dejó caer en la silla y fijó la vista en una mancha del suelo. Sara buscó un vaso, encontró uno de plástico con polvo dentro y lo limpió con la manga. Le dio agua. Él bebió demasiado deprisa y se atragantó.

La tos rompió la escena. Sara se manchó la manga al sujetarle el vaso. Un círculo oscuro en la tela clara.

—Rafa no aparece en esta historia —dijo Lucas.

—Ahora sí.

Él negó despacio, como si una negación pudiera devolver el nombre al interior de la tapa. Sara fotografió la hoja y la guardó en una carpeta específica. No preguntó más. Todavía.

—Mi hermano murió años después —dijo Lucas—. Accidente de tractor. Tormenta. Eso dijeron.

Lo dijo con la neutralidad de quien ha repetido una versión demasiadas veces. Sara no le regaló una pregunta limpia. Esperó.

—Rafa cambió después de septiembre —añadió él—. Yo lo achacaba a Marta. A todo aquello. Discutía con mi padre y se callaban cuando yo entraba. Mi madre decía que eran cosas de hombres.

Sara anotó la frase sin adornarla. Cosas de hombres. Le dieron ganas de partir el bolígrafo.

Debajo de uno de los cuadernos apareció un mechón de pelo atado con hilo rojo. Lucas dijo que Clara se lo había cortado a Marta una tarde, de broma, por las puntas abiertas. Sara no lo tocó.

Con una prueba una sabe qué hacer. Con un mechón de pelo, no.

Cuando por fin guardaron los cuadernos para dirigirse al lagar, Lucas puso una mano sobre la caja.

—Marta habría odiado verme así —dijo.

—¿Cómo?

—Con miedo.

Sara dejó pasar una respuesta demasiado buena. Se limitó a cerrar la caja.

Antes de cruzar el patio, volvió a mirar una de las fotografías de Marta.

Estaba sentada en el suelo de la plaza, con una uva entre los dedos, mirando a cámara con desafío y aburrimiento.

No servía para póster. Tampoco para víctima predestinada.

Era una chica esperando que terminaran de hacer la foto para seguir riéndose.

Sara guardó la foto. Si algún día hablaba de ella, tendría que acordarse de la uva.

Luego el día empezó a ponerse mucho peor.

A la mañana siguiente, antes de volver al lagar, Sara cometió una torpeza pequeña que le arruinó la mañana de otra manera.

Había intentado digitalizar el casete sin etiqueta en la biblioteca, usando un reproductor antiguo que el bibliotecario conservaba en un armario junto a cables de impresora y carteles de campañas de lectura.

El aparato no era el adecuado. Lo sabía.

Lo hizo igual, deprisa, llamándolo intuición porque sonaba mejor que impaciencia.

La cinta se enganchó al segundo minuto. Hizo un ruido fino, horrible, de plástico rindiéndose.

—Para, para —dijo el bibliotecario, más asustado por el aparato que por la cinta.

Sara pulsó stop demasiado tarde. Al abrir la tapa vio una pequeña lengua marrón arrugada alrededor del cabezal. Se le secó la boca. Durante un instante tuvo la certeza física de haber roto la voz de Marta.

No la había roto. Al menos no entera. Con un bolígrafo, manos sudadas y una paciencia miserable, consiguió liberar la cinta.

Quedó doblada en un tramo corto, dañada, pero no partida.

El bibliotecario le dio una cajita de plástico transparente y le dijo que no volviera a tocarla hasta llevarla a alguien que supiera.

—Soy periodista —dijo Sara, sin saber por qué se defendía.

—Pues por eso mismo —respondió él—. Los periodistas también rompéis cosas con buena intención.

La frase le sentó fatal porque no era una frase bonita; era una frase exacta.

Metió el casete en la caja, lo guardó en el bolso y salió de la biblioteca con ganas de llamar a Lucas y confesar la cagada.

No lo hizo. Primero porque aún no sabía si había daño real.

Después porque le avergonzaba que Lucas pudiera mirarla con esa mezcla de reproche y decepción que ella llevaba días reservándole a él.

En la calle, el calor le golpeó en la frente. Se sentó en el bordillo detrás del Ayuntamiento, donde olía a contenedor, y dejó que pasaran tres minutos. No se murió nadie por esperar tres minutos. Tampoco se arregló nada.

Al final llamó a Teresa, la técnica de sonido de la productora, que la insultó con bastante cariño durante cinco frases seguidas.

—No se reproduce una cinta vieja en el primer trasto que encuentras, Sara. Esto no es una película de sobremesa.

—Ya.

—No, ya no. Ahora me la mandas por mensajero, en caja rígida, sin volver a tocarla, y rezas al santo de las cintas maltratadas.

—No sabía que existía.

—Existe desde que trabajamos con periodistas ansiosos.

Sara casi sonrió, pero no le salió del todo. Colgó con una instrucción clara y vergüenza, de las que no tienen utilidad pública. Volvió a casa, metió la cinta en una caja de galletas envuelta en papel de cocina y escribió encima: NO TOCAR, incluso para ti. Carmen lo leyó sin preguntar.

No hubo consuelo. Mejor. A veces el consuelo limpia demasiado pronto. Sara metió la cinta en la caja y se prometió contárselo a Lucas antes de bajar otra vez al lagar. Le duró poco la promesa.

No se lo contó antes de salir. Pensó: ahora, mientras metía la caja en la mochila. Pensó: en el camino. Pensó: cuando Lucas pregunte. Al final no lo hizo. Mala decisión. Humana, sí. Mala igualmente.