Capítulo 5 #2
El segundo cuaderno empezaba en mayo y tenía un tono más áspero.
Marta hablaba menos de canciones y más de cuentas, trabajos, horarios y cansancio.
Había empezado a ayudar en la oficina del celler porque la secretaria se había fracturado una muñeca.
Al principio lo contaba como una aventura casi divertida: «Hoy he visto dónde se guardan las facturas de los ricos.
No huelen a rosas. Huelen a humedad y miedo.
» Pero pronto aparecían nombres, cifras, iniciales.
Sara se inclinó sobre las páginas. Algunas entradas mencionaban sobres entregados después de reuniones, pagos que no pasaban por caja, camiones que entraban de madrugada, botellas reservadas para «los del Ayuntamiento».
Lucas leyó por encima y se quedó pálido.
—Yo era un crío —dijo, defendiéndose de algo que nadie le había imputado aún—. No sabía nada de eso.
Sara no respondió. Marta había subrayado una frase: «Si esto es normal, entonces lo normal está podrido.» Debajo había escrito tres iniciales: R. M., A. B., P. S. Don Ricardo Montiel era evidente. A. B. podía ser Ana Beltrán. P. S. no significaba nada todavía.
Sara hizo fotografías de las páginas con cuidado, midiendo la luz para que las palabras se leyeran bien.
Lucas se apartó de la mesa y se apoyó en una estantería.
—Mi padre decía que Marta era peligrosa porque quería trepar —susurró—. Quizá era peligrosa porque sabía sumar.
A mitad del segundo cuaderno apareció la discusión que Clara había contado, pero escrita desde la piel de Marta.
Venía sin adornos. «Me ha llamado jornalerita delante de medio pueblo.
Lucas ha intentado separarnos. Ha temblado.
He querido abrazarlo y pegarle a la vez.
No sé qué me duele más: que Ricardo me odie o que Lucas todavía necesite permiso para quererme.
» Sara leyó la frase despacio. Lucas se tapó la boca.
En los márgenes, Marta había dibujado una línea de pequeñas hojas y, entre ellas, una palabra: huir.
La palabra aparecía varias veces en las páginas siguientes, pero nunca sola.
Huir con Lucas. Huir sin Lucas. Huir antes de la verema.
Huir después. Huir cuando mamá no llore.
—¿Qué papel? —preguntó Sara.
Lucas negó con la cabeza. No lo sabía. Siguieron leyendo.
En una entrada de agosto, Marta mencionaba una sala del celler a la que los trabajadores no podían entrar.
«La sala donde el vino respira y los hombres se callan», escribió.
«Ricardo guarda allí algo que no quiere que ni Lucas ni yo veamos.
He oído a A. decir que, si sale lo del río, se acaba todo.
» A Sara se le puso el cuerpo en alerta.
Lucas se acercó de nuevo.
—Eso no tiene sentido.
—¿Qué parte?
—Yo era un crío —dijo, defendiéndose de algo que nadie le había imputado aún—. No sabía nada de eso. O no quise saberlo. No sé. Ahora todo se parece demasiado.
—O tú no la conoces.
Lo dejó caer como una posibilidad. A Lucas se le endureció la mandíbula. Ahí estaba la respuesta.
Pararon para beber agua. La habitación se había apagado un poco; la lámpara verde dejaba un círculo amarillento sobre los cuadernos.
Fuera se oían pasos de trabajadores terminando la jornada, el golpe de una caja, una risa breve, el motor de un tractor alejándose.
Encima de ellos alguien arrastró una manguera y cayó polvo del techo.
Lucas se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el mueble del archivo.
—Una parte de mí quiere cerrar esto, guardar la caja y pedirte que te vayas —dijo.
Se le escapó feo, casi de propietario. Luego apretó la boca, porque también él la había oído.
Sara se apoyó en la mesa.
—¿Y la otra?
—La otra está harta de dormir al lado de una mentira. Y no sé cuál gana si me dejas pensar mucho. Pensar demasiado se me da fatal, ya lo has visto.
—Yo no puedo prometerte que esto no destruya cosas.
—Ya están destruidas. Mi familia les puso barniz encima.
Se miraron. En otro momento quizá habría sido solo una escena rara entre dos personas cansadas. Allí había papeles de una muerta encima de la mesa. Cualquier cercanía, si aparecía ahí, venía torcida. Un sitio de mierda para cualquier cosa parecida al deseo.
Lucas apartó la mirada primero.
—Sigue leyendo —pidió.
Sara volvió al tercer cuaderno, el de septiembre.
La letra de Marta ya no dejaba casi márgenes.
Hablaba de la verema, de Ricardo siguiéndola hasta el lavadero, del alcalde poniendo una mano en su espalda y de Lucas aplazándolo todo: después de la verema, después de hablar con su madre, después de ahorrar.
«Lucas siempre vive en después», había escrito Marta.
«Yo estoy atrapada en ahora.» Lucas se levantó de golpe. La silla chirrió.
—No puedo escuchar eso.
Sara dejó de leer.
—No hace falta que…
—Sí hace falta.
—Te está haciendo daño.
—Bien. Quizá ya tocaba. —Volvió a sentarse, pero no en la silla; en el suelo, como si necesitara algo firme debajo—. Sigue, venga.
La página que cambió todo estaba casi al final.
Había una esquina doblada y una mancha marrón que podía ser café, tierra o sangre vieja, aunque Sara se obligó a no dramatizar antes de tener pruebas.
Marta escribió: «He encontrado la entrada.
No está en el despacho, como pensaba. Está donde guardan las herramientas viejas, detrás de los sacos de azufre.
Hay una trampilla. Lo que sale de ahí huele a pozo.
No he bajado. He oído a Ricardo y A. hablar dentro.
Decían mi nombre. Decían que yo no entendía lo que había encontrado.
He salido antes de que me vieran. Si algo me pasa, no creáis que he huido.
No creáis a Ricardo. Y, si podéis, escuchad lo que guarda la sala.
» Sara dejó de leer. Durante unos segundos, lo único que se oyó fue la respiración de Lucas.
—Herramientas viejas —dijo él al fin.
—¿Sabes dónde es?
—El lagar antiguo. Pero no hay sacos de azufre desde hace años. Los quitamos cuando reformamos.
—¿Y la trampilla?
Lucas se levantó. Caminó de un lado a otro.
—Cuando era pequeño, había una zona que mi padre cerraba con llave. Decía que era peligrosa porque el suelo estaba podrido. Mi hermano y yo intentamos entrar una vez. Nos pilló y nos dio la paliza verbal de nuestras vidas. Después nunca volví a intentarlo.
Sara cerró el cuaderno.
—Mañana iremos.
—No.
—Lucas.
—He dicho que no. Iremos ahora.
La decisión de Lucas fue impulsiva, y Sara lo notó porque no recogió la caja con la calma que había tenido al abrirla. Metió los cuadernos en una bolsa de tela y apagó la lámpara.
—Espera —dijo ella—. No podemos salir corriendo sin plan. Linternas, guantes, bolsas, batería. Y avisar a alguien, aunque sea con dos palabras. Ya sé que suena a manual, pero prefiero sonar a manual que acabar haciendo el idiota bajo tierra.
—¿Avisar a quién? ¿A Clara para asustarla? ¿A los Mossos d’Esquadra para que me pregunten por qué he guardado pruebas veinte años?
—No tergiverses.
—No tergiverso. Estoy cansado. Si hay una sala, quiero verla antes de que alguien se entere de que la buscamos. Y sí, puede que eso sea una estupidez. Ahora mismo no me importa mucho.
Sara entendió parte del miedo. No todo. Tampoco le apetecía entenderlo entero. Si los diarios apuntaban a un escondite, podía haber más de una persona interesada en vaciarlo antes de que ellos llegaran. Aun así, la prisa era peligrosa. Se acercó a él y le puso una mano en el antebrazo.
—Lucas. Mírame.
Él obedeció.
—No vamos a hacerlo como dos adolescentes.
—Marta no tuvo tiempo de planear. Nosotros sí.
Lucas respiró, aguantando algo que quería salir como grito.
—De acuerdo —dijo al fin—. Media hora. Cojo linternas y las llaves. Tú haz tus copias. Si pasa algo, que al menos no desaparezcan otra vez. Joder.
Sara no contestó. Hizo fotografías de las páginas clave, las subió a una carpeta cifrada y envió una copia a su propio correo.
También mandó un mensaje sin detalles a una productora de confianza: «Si no te escribo mañana antes de las diez, llámame.
» No se lo enseñó a Lucas. Se dijo que era protocolo.
En parte lo era. En parte era esa necesidad suya, tan poco bonita, de tener siempre una salida que no dependiera de nadie.
Cuando salieron del archivo, el celler estaba casi vacío.
La mayoría de los trabajadores se había marchado.
Quedaban dos luces encendidas en la nave de embotellado y el rumor metálico de una máquina apagándose.
Lucas caminó deprisa por un pasillo lateral.
Sara lo siguió con la mochila golpeándole la cadera.
Pasaron junto a un despacho con la puerta entreabierta.
Dentro, un retrato de don Ricardo joven presidía la pared: traje oscuro, copa en la mano, sonrisa de hombre que no duda de su sitio en el mundo.
—¿Qué? —preguntó Lucas.
—Nada. Estaba pensando que la foto está bien elegida. Como todas, supongo.
Lucas emitió un ruido áspero.
—Mi padre no pedía perdón. Daba una vuelta. Cambiaba dos palabras. Al final parecía que encima le debías algo. Lo hacía muy bien. Demasiado.
Siguieron caminando. Al salir al patio, el cielo estaba de un azul oscuro casi violeta. Las primeras estrellas asomaban sobre la línea de los cipreses.
Lucas fue a buscar una caja con herramientas mientras Sara se quedó junto al pozo viejo. El móvil vibró en su bolsillo. Número oculto. El corazón le dio un salto. Contestó sin pensar, activando la grabadora de llamadas en el segundo dispositivo.
—¿Sí?
Al principio solo oyó respiración. Después una voz baja, distorsionada, quizá tapada con un pañuelo.
—Escucha, Sara. Deja de abrir cajas que no son tuyas. Se le helaron las manos.
—¿Quién eres?
—Tú no sabes lo que haces. No eres bienvenida aquí.
La llamada se cortó. Lucas volvió con las linternas y la encontró pálida.
—¿Qué pasa?
Sara levantó el móvil.
—Ya saben que estamos preguntando.