Capítulo 5
Lucas no contestó al primer mensaje. Sara se lo envió a las ocho y diecisiete de la mañana, después de tres cafés pequeños y de revisar por segunda vez la carpeta azul de su padre.
«Necesito hablar contigo. Hoy.» Nada más.
Sin acusación. Sin explicación. Sin una de esas cortesías que ponen algodón alrededor de las palabras y luego cortan igual.
Cuando no recibió respuesta en media hora, se repitió que estaría en las viñas; cuando no respondió en una hora, pensó que quizá estaba evitando verla; cuando pasaron dos horas, entendió que la espera también manipulaba, aunque nadie la hubiera planeado así.
Había pasado la mañana clasificando papeles en la mesa de la cocina: carta de Marta a Clara, fotografías, facturas con iniciales, recortes de su padre, notas de entrevistas.
Su madre entraba y salía sin tocar nada.
Sara reconocía ese gesto. Carmen quería advertirle algo, pero estaba cansada de hablarle a una hija que siempre había confundido la prudencia con rendición.
A las once y media, el móvil vibró. Lucas: «Ven al celler al atardecer.
No por teléfono.» Sara leyó el mensaje dos veces.
No por teléfono. Bien. Algo quería dejar fuera del aparato.
Guardó la carta de Marta en una funda, metió la grabadora, dos bolígrafos, guantes finos y una batería externa en la mochila.
Le dijo a su madre que volvería tarde. Carmen no preguntó dónde. Solo dijo:
—No dejes que te den vino antes de hablar.
El comentario, tan práctico, le arrancó una sonrisa. Pero la sonrisa le duró poco.
Durante el día intentó trabajar en el guion del primer episodio, pero Lucas se le metía entre las líneas.
Escribía una frase sobre Marta y veía la puerta trasera de aquella casa, la bolsa, la cara de él a medio camino entre el perdón y la defensa.
A media tarde escuchó la grabación de Clara.
Se oían la cafetera, las gallinas, una moto.
Mal grabado. Verdadero. Apuntó cuatro tiempos y cerró el ordenador.
En el espejo de la entrada se vio con ojeras.
El camino a la finca Montiel estaba distinto al atardecer.
Durante la mañana, las viñas habían parecido una promesa; con el sol bajando, se volvían un laberinto.
La luz rojiza se agarraba a los racimos y hacía que las hojas proyectaran sombras largas sobre la tierra seca.
Al acercarse a la verja, Sara vio a dos trabajadores cargando cajas en un remolque.
Uno de ellos la saludó con un gesto mínimo; el otro miró hacia otro lado.
En la casa principal había una ventana abierta y una cortina moviéndose.
Oyó una radio encendida en algún lugar del patio, la retransmisión de un partido antiguo o una tertulia local.
Lucas la esperaba junto a la puerta lateral del celler, no en el porche ni en la entrada principal. Aquello ya era una respuesta.
—Has hablado con Clara —dijo antes de saludar.
Sara no se molestó en negarlo.
—Sí.
—Y te ha contado lo de la bolsa.
—También.
Lucas miró el suelo. Tenía una marca de polvo en el cuello y no pareció darse cuenta.
—Entonces ven.
Sara lo siguió sin pedir explicaciones. Algunas personas hablan mejor andando.
O eso se contó ella para no pedirle explicaciones allí mismo.
Atravesaron un pasillo estrecho que no había visto el primer día, con paredes de piedra y fotografías antiguas de veremas colgadas en marcos torcidos.
En casi todas aparecían hombres posando con copas, tractores o premios.
Las mujeres, cuando estaban, quedaban a los lados: cortando uva, sirviendo comida, sonriendo desde una esquina.
Lucas abrió una puerta con una llave pequeña que llevaba en un llavero de cuero.
La habitación olía a papel, barniz y encierro.
No llegaba a despacho. Era un archivo familiar hecho de cajas, miedo y cosas apartadas deprisa: estanterías de madera, etiquetas manuscritas, un escritorio con una lámpara verde, archivadores de metal y una ventana alta que apenas dejaba entrar una raya de claridad.
Sobre una mesa central había una caja de cartón gris, atada con cuerda. Lucas no la tocó.
—Los tengo aquí —dijo.
—¿Los diarios?
—Sí. Los diarios. Y algunas cosas más.
Sara dejó la mochila en una silla y sacó los guantes. Lucas hizo una mueca breve.
—Siempre preparada.
—Intento no manosear pruebas.
El término prueba le tensó la cara.
—Para mí eran sus cosas. Lo poco que quedaba de ella.
—Precisamente por eso hay que tratarlos bien.
Lucas asintió, pero tardó aún unos segundos en desatar la cuerda.
Cuando abrió la caja, Sara vio tres cuadernos forrados con papel de colores, una cinta de pelo, un casete sin etiqueta, dos fotografías y un pañuelo doblado.
Lo primero que le sorprendió fue el cuidado con que todo estaba colocado.
Le faltaba la torpeza de un escondite rápido.
Tenía algo peor y más triste: el orden raro de quien cuida un duelo y aun así no se atreve a mirarlo de frente. Eso no lo absolvía.
—Clara dice que te vio salir de la casa de Marta —dijo Sara. Lo dijo mirando la caja, no a él.
Lucas fijó la vista en el borde de la mesa.
—Sí.
—¿Por qué entraste?
—Porque su madre me pidió que buscara una chaqueta. Estaba convencida de que Marta volvería con frío. Entré, busqué la chaqueta y, al pisar una tabla junto a la cama, noté que sonaba hueca. La levanté. Estaban los cuadernos.
—¿Y te los llevaste?
—Sí.
—¿Por qué?
Lucas apoyó las manos en la mesa. Sus dedos se tensaron sobre la madera.
—Porque abrí el primero y estaba mi nombre.
Y el de mi padre. Me asusté. No de forma noble, Sara.
Me asusté por mí también. Pensé que, si aquello caía en manos de mi padre, de los Mossos o de cualquier vecino con hambre de mierda, Marta volvería a perder.
Y yo con ella. Así que hice lo más cómodo: decidir por ella.
Sara respiró despacio.
—Así que decidiste tú qué podía quedar de ella.
Lucas recibió la frase sin moverse.
—Sí. Y durante años me conté otra cosa para no darme asco cada mañana.
Que la protegía. Que era mejor así. Que alguien tenía que cuidar esos cuadernos.
Me lo conté así. Era más cómodo. Los escondí porque no soportaba lo que decían de mí, ni lo que podían decir de mi padre.
Marta ya no podía discutirme nada. Me aproveché de eso. Y encima lo llamé protegerla.
—¿Los leíste?
—No completos. A saltos. Mal. Como un cobarde: buscando mi nombre, cerrando cuando encontraba algo que me dejaba peor de lo que podía aguantar.
Sara guardó silencio. Había esperado una excusa más cómoda. Aquello era peor porque venía manchado por todas partes.
Antes de abrir los cuadernos, Sara le pidió permiso para grabar.
Lucas se lo dio, pero le puso una condición: si había algo íntimo que no tuviera relevancia para el caso, no se usaría.
Sara aceptó. No porque Lucas tuviera derecho a decidir por Marta, sino porque ella también creía en esa frontera.
Colocó la grabadora sobre la mesa, encendió la luz roja y dijo la fecha, el lugar y los nombres presentes, como hacía siempre.
Luego se puso los guantes. El primer cuaderno tenía la tapa azul, cubierta de pequeñas estrellas dibujadas con rotulador plateado.
En la primera página, Marta había escrito su nombre completo: Marta Barrancs Serrat.
Debajo, una frase: «Si alguien lee esto sin permiso, al menos que le sirva de algo. » Sara sonrió sin querer.
—Eso suena a ella —murmuró Lucas.
Sara empezó a leer en voz alta.
Las primeras entradas eran de enero de 2001 y hablaban de cosas pequeñas: frío en la escuela, discusiones con su madre, el deseo de comprar unas botas, una profesora que la animaba a presentarse a un concurso de poesía.
Marta salía viva, irónica, a ratos pesada.
Llamaba a los hombres del pueblo «los dueños de las sillas», porque siempre ocupaban las mejores en el bar y obligaban a las mujeres a pasar de lado.
Se reía de Lucas por intentar parecer serio cuando hablaba de barricas.
Escribía que Clara fumaba escondida y luego olía a menta para disimular.
Marta no se quedaba quieta ni en las páginas.
La primera mención explícita a Lucas llegó en febrero.
«L. me ha prestado un libro y dentro había una flor prensada.
Dice que se cayó sola entre las páginas.
Mentira. A los Montiel también se les cae la ternura, parece.
» Lucas se pasó la mano por la cara al oírlo.
Sara continuó, aunque le costó no mirar su reacción todo el tiempo.
Marta describía paseos junto al río, conversaciones sobre irse del pueblo, planes imposibles contados sin saber aún cuánto pesan luego.
La historia no empezó vestida de tragedia.
Al principio fue torpe, desigual, muy de pueblo: dos críos creyendo que nadie los veía y medio mundo viéndolos antes que ellos.
Lucas tartamudeaba cuando quería decir algo bonito.
Marta se burlaba de su manera de pronunciar algunas palabras en catalán aprendido en la escuela.
Una tarde él le enseñó a distinguir el olor de la uva antes de la lluvia y ella escribió que amar podía ser eso: que alguien te explicara una cosa inútil con tanta paciencia que acababas queriendo escucharla.
Sara siguió leyendo sin mirar a Lucas. Cada vez que el diario volvía al amor, el caso se le movía de sitio. Pasó página.
—No sabía que lo había visto tan pronto —dijo.
La voz se le rompió al final.