La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 4 #3
21%

Capítulo 4 #3

La bolsa no guardaba cartas sino facturas, fotocopias, una lista de nombres escrita con caligrafía de Marta y dos páginas arrancadas de una libreta de contabilidad.

Clara explicó que Marta había empezado a ayudar en las oficinas del celler durante aquella última verema porque la secretaria se había roto una muñeca.

Al principio le hacía gracia. Decía que por fin podía estar cerca de los papeles de los ricos y comprobar si el dinero olía diferente.

Luego dejó de bromear. Una tarde le confesó a Clara que había encontrado pagos raros, cantidades entregadas en sobres, nombres repetidos sin apellidos completos.

—Pensé que exageraba —dijo Clara—. Marta veía injusticias por todas partes. A veces acertaba. A veces se calentaba y hablaba sin tenerlo todo. Pero ahora… ahora pienso que encontró algo. O algo la encontró a ella. No sé.

Sara revisó los nombres. Algunos estaban tachados. Otros se repetían junto a iniciales. Uno le llamó la atención: A. B., escrito tres veces junto a una cantidad y una fecha cercana a la Festa de la Verema.

Clara no supo decirle quién era.

—Podría ser cualquiera —dijo—. Aquí todos tienen apodos, iniciales, cuentas pendientes.

Sara hizo fotos de cada hoja. No iba a usarlas aún, pero las guardó. No sabía para qué. Las guardó. Olía a polvo viejo, a café malo y a una tarde que se estaba alargando demasiado.

El café salió malo. Clara lo probó, hizo una mueca y dijo que últimamente se le quemaba todo. Sara bebió igual porque no supo qué hacer con las manos.

—No lo sé todavía —admitió—. Tengo que verificar. Hablar con Lucas. Fechas. Archivos. Y también tengo ganas de ir allí y gritarle cuatro cosas, así que mejor no decidir hoy.

Clara aprobó con un gesto.

—Eso me gusta. O no. Qué sé yo. Marta odiaba las medias verdades. Luego añadió, casi en un susurro:

—Pero cuidado con verificar hasta esconderte. Aquí preguntas dos veces y ya dicen que vienes a joder.

Clara se quedó con la taza en la mano, como si hubiera dicho menos de lo que debía. Luego bajó la voz.

—Y si oyes Julián, no lo trates como un vecino más. Ese no entra por la puerta. Llega por teléfono, por permisos, por deudas, por un primo que deja de saludarte. Así trabaja.

Sara levantó el bolígrafo.

—¿Julián quién?

—Julián Rovira. Entonces no mandaba tanto, pero ya sabía abrir y cerrar puertas. Preguntas por él demasiado pronto y, mira, de pronto no hay puertas.

Las miradas de la plaza, los comentarios oídos de lado y la frase de Lucas volvieron juntos, bastante mal avenidos.

—¿Tú crees que alguien va a intentar pararme?

Clara no respondió enseguida. Se levantó para echar café en las tazas.

—Creo que ya lo están pensando —dijo al fin—. Y aquí, cuando le dan demasiadas vueltas a una cosa, al final alguien hace una tontería. O algo peor.

Antes de marcharse, Sara pidió permiso para fotografiar la caja completa y llevarse algunas copias.

Clara aceptó con la condición de que su nombre no apareciera aún.

No quería ser heroína, dijo, y menos mártir.

Sara prometió protegerla. Mientras guardaba la cámara y la libreta, Clara la acompañó hasta la puerta.

El sol caía sobre el patio y teñía de naranja las gallinas, la bicicleta rota, las macetas de albahaca.

Todo seguía siendo excesivamente normal después de lo que habían hablado.

Clara le entregó el sobre con la carta de Marta dentro de una funda de plástico.

—Devuélvemela cuando termines —dijo—. Es lo único que me queda de ella que no huele a culpa. Bueno. Casi.

Sara lo guardó con cuidado en una carpeta.

—Te la devuelvo. Te lo prometo. Y si no, vienes y me arrancas la cabeza.

Clara la miró durante un segundo largo.

—Y habla con Lucas. Pero no se lo pongas fácil. Si se llevó los diarios, tendrá sus razones. Las razones no siempre son buenas.

—Lo sé.

—No. Tú ahora lo dices muy segura. Luego ya veremos.

Sara aceptó el matiz. Cruzó el patio y llegó a la puerta exterior. Cuando estaba a punto de salir, Clara añadió:

—Si te habla de una habitación cerrada en el celler, no vayas sola.

Sara se giró.

—¿Qué habitación?

Clara negó con la cabeza.

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

Sacó el sobre y volvió a leer la frase subrayada: «Si me pasa algo, no dejéis que digan que me fui por capricho.

» El papel temblaba un poco entre sus dedos.

No tenía claro si por el viento o por su pulso.

Miró hacia la calle que llevaba a la finca Montiel.

A esas horas, desde la plaza se veía apenas la hilera de cipreses.

Sintió la necesidad de llamar a Lucas de inmediato y exigirle explicaciones, pero no lo hizo.

Aún no. Antes quería enfriarse un poco. Guardó la carta y activó la grabadora para dejar una nota de voz: «Clara confirma discusión pública.

Carta de Marta con miedo explícito. Lucas pudo retirar cuadernos al día siguiente.

Verificar. No fiarse de Lucas solo porque tiene cara de estar roto.

» Al escuchar esa última frase, casi se rio. Apagó la grabadora.

Cuando llegó a casa, su madre estaba desgranando judías verdes en la cocina. No preguntó dónde había estado; lo sabía. Sara dejó la carpeta sobre una silla y se lavó las manos, aunque no se sentía sucia de tierra, sino de cosas ajenas pegadas a los dedos.

—Clara te ha contado cosas —dijo su madre.

—Sí.

—Entonces esta noche no dormirás bien. Lo dijo con esa practicidad suya, igual que quien avisa de lluvia.

Sara se apoyó en la encimera.

—¿Tú sabías que Lucas entró en la casa de Marta después de que desapareciera?

Su madre dejó de desgranar. Se quedó con una judía partida entre los dedos.

—Oí algo.

—¿Algo qué?

—Que lo vieron salir. Que llevaba una bolsa. Pero en aquellos días se dijeron muchas cosas.

—Y tú nunca me lo contaste.

Su madre volvió a desgranar, más despacio.

—Tenías catorce años, Sara. Bastante tenías con entender que la gente podía desaparecer de un día para otro.

—Hay cosas que, cuando empiezan, no te dejan parar —dijo Carmen sin girarse.

Sara bebió de un vaso pequeño.

—Pues habrá que… no sé. Habrá que terminar alguna, al menos.

Su madre suspiró.

—Eso decía tu padre.

Luego dejó sobre la mesa una carpeta azul.

Sara la reconoció de inmediato por la cinta adhesiva vieja en una esquina.

—La guardé porque sabía que algún día la ibas a pedir. Dentro había recortes sobre la desaparición, notas manuscritas de su padre, nombres, fechas, titulares amarillentos.

Sara tocó la primera página con cuidado. El día acababa de empezar y ya había otra caja en la mesa. Cuando el sol empezó a iluminar la cocina, Sara vio el polvo levantarse sobre la mesa y pensó en Lucas, en sus manos manchadas de tierra y en una bolsa que podía contener la voz de Marta.

La llamada de Lucas llegó cuando estaba a punto de cerrar el portátil.

No entró como llamada, sino como audio. Diecisiete segundos.

Sara lo reprodujo una vez, luego otra. Al principio solo se oía viento y algún golpe, una puerta cerrándose, o algo parecido.

Después, la voz de Lucas, baja, controlada hasta sonar falsa: «He encontrado algo que no sé cómo enseñarte.

Ven mañana, no hoy. Si vienes hoy, discutiremos.

Y necesito no discutir.» El mensaje acababa ahí.

Sara se quedó con el móvil en la mano, molesta por la orden y por la honestidad de la orden.

Lucas no le estaba pidiendo confianza; le estaba pidiendo tiempo.

Eso costaba más. Sobre la cama, las fotos de Marta parecían mirarla desde distintos años de una vida interrumpida.

Clara había dicho que los Montiel eran una casa con habitaciones que se cerraban solas.

Sara se dijo que quizá acababa de poner el pie en el pasillo.

Respondió con un texto breve: «Mañana. Pero no me ocultes más cosas.

» No recibió respuesta. Abajo, su madre apagó la luz de la cocina.