Capítulo 4 #2
La tarde de la última Festa de la Verema, Marta había llegado a la plaza con un vestido amarillo que Clara le había prestado y que le quedaba un poco grande de cintura.
Se lo habían ajustado por dentro con dos imperdibles.
Había decidido cantar porque en el pueblo se organizaba un pequeño concurso de canciones antiguas, una tontería de esas que llenan una noche y luego se olvidan.
Clara recordaba las bombillas colgadas entre los balcones, el olor a chorizo, las mesas largas, los niños corriendo con vasos de plástico llenos de refresco.
Recordaba a Marta poniéndose carmín en el espejo del baño del bar y diciendo que esa noche iba a brillar, aunque a don Ricardo le diera un infarto de rabia.
—Yo le dije que no provocara —admitió Clara—. Fíjate qué mierda. No le dije canta, pásalo bien, ponte guapa. Le dije no provoques. Como mi madre. Igualita.
Sara alzó los ojos.
Clara estaba llorando sin hacer ruido.
—Eso se aprende en casa. No provoques, no contestes, no te pongas así.
Como si el golpe empezara en una, qué sé yo, en la barbilla.
Marta levantaba la barbilla porque necesitaba aire.
Y porque era chula también. Pues vale. ¿Y qué?
Esa noche cantó una copla vieja. La gente aplaudió.
Yo también, creo. Ni de eso estoy segura ya.
Lucas la miraba desde la esquina del kiosco. Don Ricardo estaba junto al alcalde. No aplaudió.
—Después vino la discusión —dijo Sara, muy despacio.
Clara cerró la caja de galletas un momento, no para terminar la conversación, sino para darse una pausa. El sonido de la tapa contra la mesa fue seco.
—Sí. Después vino. Cerca de la fuente, aunque cada uno lo pone donde le conviene.
Ricardo la llamó. Ella no quería ir, pero estaba el alcalde, estaba medio pueblo…
ya sabes. Cuando un hombre importante te llama, parece que empuja la plaza entera.
Yo estaba con ella. Me apretó la muñeca. Eso sí lo recuerdo.
Sara no escribía. La mano se le había quedado quieta.
Clara continuó.
—Le dijo que hacía el ridículo. Que una jornalerita no iba a trepar por la cama de su hijo para entrar en una familia decente.
Jornalerita. Lo dijo así. Marta se puso blanca.
Yo esperaba que se callara. Lo esperaba, sí.
Pero no. Le soltó que su hijo no era una finca que pudiera vallar.
Entonces él la agarró del brazo. Fuerte.
Lucas apareció y los separó. Hubo gritos. Luego Marta se fue hacia la calle del antiguo lavadero.
Sara notó el sudor frío bajo la camisa, aunque en la cocina hacía calor.
—¿La seguisteis?
Clara negó con la cabeza.
—Yo no.
Lucas sí, creo. O eso pensé entonces. Había mucha gente, música, los críos pasando por delante.
Todo se movía. Y yo… —se mordió el labio— yo me quedé.
Me quedé porque me dio vergüenza, porque no quería que mi madre me viera metida en problemas, porque trabajábamos para los Montiel y mi padre ya tenía la espalda hecha polvo y necesitábamos ese jornal.
Me quedé y seguí en la fiesta. Bailé una canción después, ¿sabes?
Una canción entera. Eso es lo que más asco me da cuando me acuerdo. No el miedo. Bailar.
Sara se calló. No encontró nada útil que decir.
—Clara —dijo—. Tenías diecinueve años.
—Marta también —respondió ella.
Clara dejó la taza en el fregadero con tanto cuidado y el golpe no llegó a romper nada.
Después siguieron los trozos. Porque Clara no tenía una historia ordenada, tenía trozos.
Clara recordó que, a eso de las dos, la madre de Marta empezó a preguntar por ella.
Nadie se alarmó al principio. Era una noche de fiesta.
Las chicas se iban al río a fumar, los chicos se perdían por las eras, las parejas buscaban sombras donde besarse.
Luego pasaron treinta minutos, una hora, dos.
La madre de Marta dejó de preguntar y empezó a llamar.
Sara imaginó esa transición exacta: el tono que cambia, la sonrisa que se endurece, el vaso que se abandona sobre una mesa.
Clara acompañó a la madre por varias calles.
Fueron al antiguo lavadero del pueblo, al puente, a la parte trasera del bar. No encontraron nada.
—Cuando llegamos cerca de la entrada de la finca Montiel, el portón estaba cerrado —dijo Clara—. En verema eso era raro. Siempre quedaba abierto por los camiones, por los que entraban tarde. Llamamos. Nadie respondió. O eso dijimos después. No sé.
Sara se quedó con esa palabra. No supo todavía si importaba.
—¿Después?
Clara bajó los ojos.
—Yo escuché algo. Un golpe. Madera contra piedra, o eso me pareció. Se lo dije a la madre de Marta, pero ella estaba gritando y… no sé si me oyó. O si yo lo dije bastante alto. Esa noche todo el mundo empezó a no oír cosas. Yo incluida.
Clara se levantó para abrir la ventana. Entró aire caliente y olor a tierra. En la calle, una moto pasó a toda prisa.
—Hay otra cosa —dijo, de espaldas—. No se lo he contado a nadie así. Ni a mi marido. Ni a los Mossos d’Esquadra. Menos a ellos. Qué iban a hacer, mirarme como si molestara.
Sara encendió la grabadora con un gesto lento.
—¿Puedo?
Clara asintió sin girarse. La luz roja se encendió.
—Dilo cuando quieras.
Clara respiró.
—A la mañana siguiente, antes de que llegaran los agentes, vi a Lucas salir de la casa de Marta con una bolsa de tela.
Eran las siete, más o menos. Yo había ido porque su madre estaba destrozada y pensé que podía ayudar en algo.
Él salió por detrás. Blanco. Fatal. Cuando me vio se quedó clavado.
Le pregunté qué llevaba. Me dijo nada. Nada, dijo. Y se fue. Algo le cruzó la cara. Feo.
—¿Crees que eran los diarios?
—No lo sé. Entonces no sabía lo de los cuadernos. Años después, cuando su madre dijo que no los encontraba, pensé en aquella bolsa. Y pensé tarde, como siempre.
Lucas nunca me habló de eso. Y yo nunca se lo pregunté.
Clara se volvió por fin. Tenía los ojos secos, duros y secos.
—Por eso te digo que no conviertas a nadie en santo antes de tiempo.
—Te gusta —dijo de golpe.
Sara parpadeó.
—¿Qué?
—Lucas. Te gusta.
La acusación venía directa, sin ganas de hacer sangre y sin intención de apartarse.
Sara movió la caja un milímetro, solo para hacer algo con las manos. Clara la había visto antes de que ella terminara de negárselo. Qué puntería más desagradable.
—No estoy aquí por eso.
Le salió demasiado rápido. Demasiado seca. Clara no se movió. La negación había llegado antes que la verdad, y Sara odió que se notara.
—No he dicho que lo estés. Digo que te gusta. Ya está. No te pongas estupenda. Marta también era lista y también le gustó. Por eso te aviso. Con los Montiel una entra por una cosa y sale por otra, si sale. Trabajo, pena, cariño… da igual. Luego cuesta.
Clara recogió la caja y la volvió a abrir. Sacó un sobre amarillento.
—Esto lo escribió Marta para mí. Nunca se lo di a nadie. Igual ahora toca.
El sobre contenía una hoja doblada en cuatro.
La tinta estaba un poco corrida en una esquina, igual que si hubiera caído una gota de agua o una lágrima.
Clara dejó que Sara leyera sin hablar. Marta hablaba de Lucas con una ternura que no tenía nada de ingenua.
Decía que lo quería, sí, pero también que le daba miedo su manera de obedecer a su padre incluso cuando decía odiarlo.
«Lucas tiene dos voces dentro», escribió.
«Una me llama para irnos lejos y otra se queda quieta cuando Ricardo habla.
Yo no sé cuál va a ganar.» Más abajo, una frase estaba subrayada: «Si me pasa algo, no dejéis que digan que me fui por capricho.
» Sara tuvo que leerla dos veces. Aquello no tenía nada de premonición mística.
—¿Por qué no entregaste esto? —preguntó, sin reproche, aunque le costó que no sonara a reproche.
Clara se frotó la frente.
—Porque cuando desapareció, todos dijeron que se había escapado.
Y esta carta demostraba que tenía miedo.
Mi padre me dijo que no me metiera. Mi madre, que bastante pena tenía la familia.
Luego vino un hombre del celler, uno que ya murió, y me dijo que si seguía enseñando papelitos mi casa podía quedarse sin trabajo.
Tenía dos hermanos pequeños. Ya está. No hay épica.
Sara no la perdonó al momento. Tampoco supo si tenía derecho a ponerse por encima. Aun así, lo hizo durante dos segundos. Dos segundos feos, de periodista con libreta limpia mirando a una mujer que había vivido dentro del miedo. Luego le dio vergüenza.
—Gracias por contármelo —dijo al fin.
Clara rio sin ganas.
—No me des las gracias. Llega tarde.
—Llegamos tarde —respondió Sara—. Eso no se arregla. Pero no pienso irme ahora.
Clara la miró con una especie de cansancio nuevo.
—Tu madre tiene razón, ¿sabes? Eres igual que tu padre cuando te pones cabezona.
A Sara se le quedó la boca seca.
—Mi padre decía que aquí se guardaban cosas de una manera fea —murmuró. O algo parecido. Lo repetía cuando había bebido un poco y luego hacía como si no.
Clara asintió.
—Pues eso —dijo Clara—. Mira todo lo que seguimos tragándonos.
Entonces se levantó y fue hasta un armario bajo. Sacó una bolsa de plástico con más papeles.
—Hay otra cosa. No sé si sirve. Ni si debí guardarla. La he sacado cien veces y cien veces la he vuelto a esconder, como una imbécil. Bueno, como una imbécil no. Como una cobarde con armario.