La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Sara tardó casi una hora en decidirse a llamar al timbre de Clara.

Había pasado por delante de la casa dos veces, primero con la excusa de reconocer el camino que salía hacia las huertas y después fingiendo que revisaba el móvil, con el móvil en la mano, ridícula, en un pueblo donde todas las calles terminaban regresando a la misma plaza.

La casa estaba al final de una cuesta corta, encalada a medias, con las contraventanas verdes comidas por el sol y una parra que trepaba por el lateral hasta cubrir parte del tejado.

En el patio había macetas de albahaca, dos sillas de plástico, una bicicleta con la rueda pinchada y una cuerda con paños de cocina tendidos.

Nada tenía el aire limpio y preparado de las casas que esperan visita. Eso la tranquilizó.

Al otro lado del muro, unas gallinas escarbaban la tierra con una insistencia casi ridícula.

Una de ellas sacó una lombriz y salió corriendo, perseguida por las otras.

Sara se quedó mirándolas un segundo demasiado.

Luego llamó. El timbre sonó dentro con un quejido metálico.

Esperó con el micrófono guardado en el bolso, porque había aprendido que a algunas personas se las pierde antes de empezar si una les pone delante la grabadora antes de tiempo.

Tras unos pasos arrastrados, la puerta se abrió apenas un palmo.

Clara apareció con el pelo recogido de cualquier manera y las manos húmedas, igual que si hubiera estado lavando lechuga.

La miró dos segundos. Luego abrió del todo.

—Madre mía —dijo Clara, y su voz no sonó a sorpresa sino a cansancio viejo—. Eres igual que tu madre cuando está a punto de discutir. Entra, anda. No te quedes ahí plantada, que ya han visto bastante los vecinos.

Sara cruzó el umbral con una sonrisa que no llegó a asentarse.

El interior olía a guiso, a ropa recién tendida y a tabaco frío.

La casa de Clara era pequeña y aun así acumulaba capas: fotografías pegadas con imanes en la nevera, una virgen pequeña en una repisa, bolsas de pienso en un rincón, libros de instituto apilados junto a una máquina de coser.

En el salón, una televisión apagada reflejaba la luz del patio, y sobre la mesa baja había ceniceros limpios, de alguien que deja el tabaco por la mañana sabiendo que volverá por la tarde.

Clara caminó delante de ella sin pedir explicaciones. Esa naturalidad forzada le recordó a su madre. A las mujeres del pueblo que no preguntaban lo evidente porque luego tocaba hacerse cargo de la respuesta. La condujo a la cocina y le señaló una silla.

Sara se sentó. Clara llenó dos vasos de agua del grifo, dejó uno frente a ella y apoyó las manos sobre la encimera.

—Vienes por Marta —dijo. No preguntaba.

Sara asintió. Clara se rio sin ganas.

—Claro que vienes por Marta. Nadie vuelve aquí por las vistas.

Sara sacó la libreta, pero no el micrófono. Lo dejó dentro del bolso, al alcance, a mano, pero sin enseñarlo todavía.

—Quiero escuchar lo que recuerdas —dijo—. No lo que se ha contado. Lo que tú recuerdas.

Clara miró hacia la ventana. Afuera, una gallina se subió torpemente a una piedra y bajó enseguida, arrepentida de su propia ambición de gallina.

—¿Tienes prisa? —preguntó Clara de golpe. Sara dijo que no demasiado deprisa. Clara lo notó y se levantó a buscar un cenicero que ya estaba en la mesa.

—Lo que recuerdo cambia según el día —respondió—. Hay mañanas en que lo veo clarísimo. Luego otras… no sé. Igual lo he repetido tanto por dentro que ya lo he arreglado a mi favor. También pasa.

Sara no discutió. Clara podía estar equivocándose. Sara dejó el bolígrafo quieto.

—No necesito que me des una declaración perfecta —dijo—. De hecho, no sé ni si necesito una declaración. Perdona. Eso suena fatal. Necesito empezar por algún sitio y estoy entrando como un elefante.

Clara encendió un cigarrillo, aunque no parecía apetecerle. Lo hizo más por ocupar las manos que por fumar. Aspiró una calada pequeña, la soltó hacia la campana extractora y se sentó frente a ella.

—Empieza por no llamarla caso —dijo—. En tus papeles haz lo que quieras, que para eso estudiasteis. Pero aquí no. Marta tenía diecinueve años. Cantaba fatal cuando estaba contenta y bastante bien cuando estaba triste. Pon eso, antes que nada, si vas a poner algo.

—Vale —dijo Sara—. Tienes razón. Me fastidia, pero sí.

Clara la estudió un momento, sorprendida por aquella concesión. Luego apagó el cigarrillo después de dos caladas y se levantó.

—Espera aquí.

Volvió con una caja de galletas metálica, de esas que las madres nunca usan para guardar galletas. La dejó sobre la mesa con mucho cuidado. En la tapa había un dibujo de campanas de Navidad medio borrado. Clara no la abrió de inmediato. La tocó con la yema de los dedos, siguiendo el borde abollado.

—Marta me dio esto la semana antes de desaparecer. Me dijo que si su madre lo encontraba la mataba. Yo le dije que no fuera dramática. Porque eso decimos siempre, ¿no? No exageres, no hagas una montaña… Joder, qué asco de frase.

Sara contuvo el impulso de tocar la caja. Esperó.

Clara levantó la tapa. Dentro había fotografías, una horquilla azul, una entrada de cine, un pañuelo bordado con flores torcidas y varias hojas dobladas. Olía a metal, a polvo y a algo dulce que ya no pegaba con la edad de ninguna de las dos.

La primera fotografía mostraba a Marta sentada en el borde de la fuente de la plaza con las rodillas juntas y la cabeza ladeada hacia Clara, que reía con la boca abierta.

Detrás aparecía Lucas, más joven, flaco, con el pelo demasiado largo para el gusto de su padre y una camiseta desteñida.

Miraba a Marta, no a la cámara. Sara se quedó ahí un segundo más de lo necesario. Clara lo notó.

—Sí —dijo—. Ya entonces se le caía la cara cuando ella entraba. Y todos hacíamos como que no. Yo también. No me mires con cara limpia, que aquí nadie la tuvo.

Sara pasó a la siguiente foto: Marta con una cesta de uvas, Marta subida a una silla cantando con los brazos abiertos, Marta junto a un grupo de jornaleros, Marta abrazando a un niño moreno que no tenía claro si sonreír o salir corriendo.

En todas salía viva, despierta, poco dócil.

Nada que ver con la chica problemática que el pueblo había fabricado después.

—Decían que era rebelde —murmuró Sara.

Clara soltó una carcajada amarga.

—Rebelde. Claro. Aquí rebelde era no bajar la cabeza cuando un hombre te hablaba como si te prestara el aire.

Clara empezó a hablar sin que Sara tuviera que empujarla.

Contó que Marta era hija de jornaleros, pero no aceptaba que la trataran con el destino cosido a las manos de sus padres.

Estudiaba por las noches después de trabajar en la verema, leía novelas prestadas de la biblioteca y escribía letras de canciones en los márgenes de los recibos.

Quería irse a Barcelona. Una semana hablaba de magisterio, otra de periodismo, otra de teatro cuando se enfadaba; cambiaba de sueño cada mes, pero ninguno terminaba detrás de una mesa plegable, pesando uvas para otros.

A don Ricardo Montiel eso le irritaba incluso antes de que supiera lo de Lucas.

Se perdió dos veces en la misma anécdota. Volvió atrás. Se enfadó con una fecha. Luego dijo que daba igual, que a lo mejor era junio y no mayo. Sara dejó el bolígrafo quieto para no ordenar aquello antes de tiempo.

—Ricardo podía soportar a una chica pobre si se quedaba en su sitio —dijo Clara—. Lo de Marta era que no encontraba el sitio. O no le daba la gana. Tenía opinión para aburrir.

Sara apuntó la frase.

Clara la vio escribir y sonrió de lado.

—No lo pongas tan bonito como suena. Era más cutre.

Ricardo la humillaba cuando podía. Cómo hablaba, cómo se sentaba, cómo se reía.

Una vez le soltó delante de todos que tenía manos de verema, no de señorita.

Marta le dijo que las suyas al menos servían para trabajar.

Yo me quería meter bajo la mesa. Ella siguió con las aceitunas.

La relación entre Marta y Lucas no había empezado con una gran escena, sino con pequeñas desobediencias.

Un vaso de agua compartido cuando el calor apretaba.

Un libro que él le dejó dentro de una caja de uva.

Una tarde de lluvia en la que se quedaron atrapados en el almacén y acabaron jugando a inventar vidas para los turistas que jamás llegaban al pueblo.

Clara los veía acercarse y alejarse como dos imanes que no entendían todavía la fuerza que los movía.

—Lucas no hacía daño porque sí —dijo, y se le torció la boca—. Le faltaba valor. A veces eso hace el mismo daño y mancha menos los zapatos.

Sara no la interrumpió.

—Tenía miedo de su padre. Todos. Pero él más, supongo. Ricardo no le gritaba como a los demás. Le hablaba bajito. Le ponía la mano en el hombro y le decía: tú sabes lo que debes hacer. Mi padre tampoco pegaba casi nunca y mira. No sé. Da igual. O no da igual, pero ya me entiendes.

Sara no contestó. Miró el cigarrillo apagado en el cenicero, la ceniza aplastada con demasiada fuerza. Clara hablaba de Lucas y también de media casa Montiel. Bastaba con oírla.

—¿Lucas la quería? —preguntó.

Clara la miró con pena.

—La quería, sí. A los diecinueve se quiere fatal muchas veces. Con hambre, con miedo, con mucha tontería. Eso no salva a nadie. Ojalá salvara algo, pero no.