Capítulo 3 #2
La frase habría podido parecer profunda si no la hubiera dicho con la bolsa de naranjas goteando por una esquina.
Sara caminó con él hasta la fuente. Tomàs aseguraba que, después del apagón breve de la plaza, vio una furgoneta blanca junto al camino de servicio del celler.
No sabía la marca. No sabía si había matrícula.
No sabía si era blanca o gris clara, porque aquella noche las bombillas amarillas lo ensuciaban todo.
—Usted dijo que bajaban hacia el barranco.
—O subían. Según desde dónde mires, todo baja o sube.
Sara grabó sin encender la luz roja visible.
Le pidió que repitiera lo de la furgoneta.
Tomàs lo repitió, pero en la segunda versión la furgoneta estaba más lejos; en la tercera ya no estaba seguro de haberla visto la misma noche; en la cuarta recordó que aquel septiembre un primo suyo tenía una furgoneta parecida y aparcaba allí para evitar a su cuñado.
—¿Por qué no lo dijo entonces?
—A quién. A los guardias. A Ricardo. Al alcalde. A mi mujer. Todos habrían sabido hacerme callar mejor que yo.
Tomàs soltó una risa pequeña.
La pista se deshizo en veinte minutos. No parecía una mentira entera.
Era peor: memoria vieja, miedo, vergüenza y ganas de servir para algo.
Sara sintió irritación. No contra él, o no solo.
Contra sí misma por haber corrido por dentro al oír furgoneta blanca, como una novata que se deja comprar por una imagen fácil.
Cuando Tomàs se fue, ella se quedó junto a la fuente con la grabadora en la mano.
Había perdido una hora y media. La había perdido de verdad.
No salía nada de allí: ni matrícula, ni hombre, ni ruta.
Solo un viejo asustado intentando ordenar una noche que no había querido mirar cuando aún podía haber servido de algo.
A media mañana comprobó otra dirección que Tomàs le había dado, una casa baja al final del camino de las moreras donde, según él, vivía un antiguo encargado de la cuadrilla de 2001.
La casa estaba alquilada a una pareja de fin de semana de Sitges.
Nadie conocía al encargado. Una mujer con gafas de sol enormes le dijo que habían comprado aquello para desconectar y que no querían problemas con historias antiguas.
Detrás de ella, en el porche, había una cesta con botellas de cava y una manta blanca preparada para una foto.
Escribió debajo: Tomàs no sabe. Tomàs quiere ayudar. No usar todavía.
Luego lo tachó porque sonaba a curso de periodismo.
Apuntó en la libreta: No convertir duda en pista.
En la plaza, Marina le envió un mensaje: «¿Tenemos avance?».
Sara volvió al pueblo andando por el arcén, con un calor absurdo pegado a la nuca y la sensación de haber salido a perseguir humo.
Se le metió una piedra en la sandalia. No paró a sacarla hasta que el dolor empezó a hacerla cojear.
Entonces se apoyó en un margen de piedra seca, se quitó la sandalia y encontró una piedrecita ridícula, casi bonita. La tiró con más rabia de la necesaria.
Sara miró la palabra avance y guardó el móvil. No había avance. Había una mujer con el pie sucio, una grabación inútil y un viejo que quizá había visto algo. O quizá no.
Esa noche, Sara se sentó junto al barranco con la libreta abierta y las páginas llenas de flechas.
Marta. Lucas. Clara. Ricardo. Ana B. Los nombres no se ordenaban; se empujaban unos a otros sobre el papel.
El río traía poca agua y dejaba las piedras fuera, feas, brillantes.
Sara cerró la libreta. No quiso hacer nada con eso. Bastaba con oír el agua pasar mal.
Antes de volver a casa, pasó por la escuela vieja.
No entró; estaba cerrada y ahora funcionaba solo como aula de refuerzo algunas tardes.
Se quedó en la verja, mirando el patio donde Marta había ganado un concurso de poesía con una redacción sobre una golondrina que no encontraba nido.
Sara no recordaba el texto, solo la cara de la profesora cuando lo leyó en voz alta: orgullo y pena, con una pena precoz.
En una ventana del primer piso quedaba una cartulina desteñida con letras infantiles: Benvinguts.
—¿Qué tienes?
Sara le contó lo justo: el regreso, el mensaje anónimo, Lucas, Clara, Ana B. Al otro lado hubo una pausa corta, de las que Teresa usaba para ordenar riesgos.
—No publiques por hambre —dijo al fin.
—No tengo hambre.
—Siempre hay hambre. De justicia, de carrera, de cerrar algo tuyo… llámalo como quieras. Vigila eso. Aquí saben usarlo.
Marina la llamó desde Barcelona a las diez.
Quería saber si ya tenían línea narrativa.
Sara miró el agua oscura del barranco y tardó en responder.
Línea narrativa. Marina lo dijo desde una oficina con fluorescentes y un calendario de entregas.
Pero allí, con las piedras oliendo a humedad y el nombre de Ana B.
—Tengo piezas —dijo Sara—. No línea.
—Pues cuidado con enamorarte de las piezas.
—Tarde.
Marina no se río.
—Lo digo en serio. Si esto toca al poder local, van a ensuciarte. A ti, a Lucas, a tu madre, a quien puedan. Y si hay un Montiel cerca, mejor para ellos. Más fácil de vender.
Sara miró hacia las luces del celler, al fondo.
—Ya lo sé.
—No. Lo sospechas. Saberlo será peor.
Cuando colgó, el pueblo le sonó menos quieto.
No porque hubiera más ruido, sino porque empezaba a separar sonidos: el agua, una moto bajando por la carretera, un perro en la finca de arriba, una ventana cerrándose tarde.
Casi todo parecía decir algo y, al mismo tiempo, nada servía de prueba. Le pesó hasta abrir la mano.
Cuando volvió a casa, Carmen estaba viendo un concurso en la televisión con el volumen muy bajo. Sara dejó los tomates en la cocina. Su madre los miró y luego miró la libreta.
—Has encontrado más de lo que querías.
—He encontrado menos de lo que necesito.
Carmen apagó la tele. La nevera hizo un ruido pequeño, insistente, y ninguna de las dos se molestó en llenarlo. En el fregadero quedó una cuchara con sopa pegada.
—Entonces mañana tendrás que ir a ver a Clara.
Sara la miró.
—¿Por qué Clara?
—Porque Clara lleva veinte años esperando que alguien le pregunte bien.