Capítulo 3
El bar de la plaça Major olía a aceite recalentado, café y madera vieja.
Eso no había cambiado. Lo demás sí, aunque el pueblo fingiera que no.
Había una pantalla plana donde antes colgaba un calendario de talleres agrícolas y una carta plastificada con tapas para turistas, pà amb tomàquet con embutidos los fines de semana y copas de xarel·lo y cava para los de la Ruta del Vi i del Cava del Penedès.
En la pared seguían las fotos de veremas antiguas: hombres con copa, mujeres con delantal, niños subidos a tractores.
Sara eligió una mesa desde la que pudiera ver la puerta y la barra.
No sacó el micrófono. De momento quería escuchar cómo se movía el nombre de Marta antes de ponerlo bajo una luz roja.
El camarero la reconoció al segundo. No porque saliera en ninguna parte. Porque era la hija de Carmen. En los pueblos, el apellido llega antes que la persona.
—Café solo —pidió Sara.
—Vienes por lo de Marta —dijo él, dejando la taza con un golpe seco.
—Vengo a preguntar.
—Eso aquí es casi lo mismo.
Algunas conversaciones bajaron de volumen.
Una mujer dejó la cucharilla dentro del vaso.
Dos hombres miraron hacia la tele sin verla.
Sara abrió la libreta. El camarero se llamaba Andrés y aseguraba haber servido copas la noche de la fiesta.
Recordaba a Marta cantando, la trenza suelta, el vestido amarillo ajustado con imperdibles.
Recordaba a Lucas en una esquina y a Ricardo Montiel sin aplaudir.
Después, según él, todo se mezclaba: música, vasos, niños corriendo, un apagón breve en las luces del kiosco.
—Marta salió de la plaza enfadada. No salió de fiesta. Salió como quien necesita aire.
Aquello sí lo anotó.
Andrés se arrepintió de haber hablado en cuanto vio la punta del bolígrafo moverse. Sara reconoció el gesto: un habla, ve el bolígrafo y se acuerda tarde de dónde vive. Le dio tiempo.
—Puedo quitar tu nombre —dijo.
—Aquí no hace falta nombre para que sepan quién ha sido.
Tenía razón. En un pueblo así, quitar un apellido servía de poco. La gente reconocía las escenas antes que las voces: quién estaba en la barra, quién sirvió la última ronda, quién bajó al río, quién se quedó fumando debajo del balcón de la viuda. Sara escribió menos de lo que escuchaba.
Un hombre mayor se acercó sin pedir permiso.
Quería contar algo, pero lo contaba con una memoria llena de remiendos: que vio a Marta con un hombre de sombrero, que primero dijo que era alto, luego que no estaba seguro, y que bajaban hacia el barranco o subían hacia el celler.
Sara no lo descartó. Tampoco lo creyó entero.
Le pidió permiso para llamarlo otro día.
La voz más útil llegó de una mujer que entró a comprar tabaco y se quedó clavada al oír el nombre de Marta.
Se llamaba Emilia. Había trabajado limpiando en la casa Montiel.
No quiso sentarse. Habló de pie, con la bolsa colgando del antebrazo y la mirada clavada en la puerta, por si alguien entraba.
Dijo que esa noche vio a Ricardo sujetar a Marta del brazo junto al patio del celler.
Dijo que él le hablaba bajo, no a gritos.
Eso le daba más miedo. Marta se soltó y salió andando hacia el camino del antiguo lavadero del pueblo. Emilia no la siguió.
—No me pongas de valiente ahora —advirtió—. No lo fui.
Sara le prometió que no usaría su nombre sin permiso. Emilia se rio sin ganas.
—Eso decís los de fuera. Luego las voces se reconocen.
—Entonces no usaré tu voz tampoco.
La mujer la miró de otra manera. No agradecida. Menos desconfiada. Antes de irse, apoyó una mano en el respaldo de la silla y soltó:
—Marta no caminaba como una chica que se fugaba. Iba tiesa, con la cara blanca, como una chica a la que acababan de quitarle el sitio.
Después del bar, Sara fue a la biblioteca municipal, una sala baja detrás del Ayuntamiento, con carteles de Sant Jordi aún pegados en el corcho.
No buscaba una revelación grande. Buscaba rendijas.
El bibliotecario le dejó pasar al archivo con esa mezcla de orgullo y miedo de quien entrega una llave y no sabe si debería.
En los microfilmes encontró lo esperable: fiestas, premios de vino, visitas de políticos, una foto de Ricardo recibiendo una medalla.
También encontró lo que nadie había querido convertir en historia: notas mínimas sobre temporeras que «abandonaban la campaña», una denuncia laboral archivada, una mujer sin segundo apellido que no volvió a recoger su salario en 1992. Para Marta no bastaba.
Apuntó tres nombres incompletos. Ana B. era uno de ellos. De momento no pasaba de una inicial en una columna de 1985 junto a una frase ridícula: «joven trabajadora cambia de destino sin avisar». Había leído demasiadas veces ese tipo de redacción. El verbo le dio asco.
En una caja baja encontró también recortes que reconoció por el modo de doblarse.
No pertenecían al archivo municipal: eran copias de prensa local como las que su padre guardaba.
Algunas tenían marcas a lápiz en los márgenes, signos de interrogación, fechas subrayadas.
Sintió una ternura torpe al imaginarlo allí, años atrás, con los codos sobre la mesa y los periódicos abiertos mientras ella hacía deberes y aprendía a odiar el pueblo sin saber aún de dónde venía el odio.
Su padre había llegado hasta Ana B. antes que ella. No mucho más, quizá.
Pidió permiso para fotografiar los recortes. El bibliotecario dudó, se limpió las gafas con una gamuza y acabó diciendo que sí, siempre que no saliera su nombre. Sara no dijo nada. De momento, todo llegaba a medias y con alguien mirando hacia la puerta.
Al salir, pasó por el mercado de la plaza, cuatro paradas bajo toldos descoloridos y unas cajas de tomates de l’Ordal y melocotones sin cartel.
Compró tomates para que su madre no pudiera acusarla de vivir solo de café y obsesión.
Allí se cruzó con Karim, que la reconoció antes de que ella recordara su nombre.
De niño jugaba al fútbol en la plaza; ahora vendía fruta con su padre y cargaba cajas con una rapidez silenciosa. Al mencionar a Marta, bajó la voz.
—Mi padre vio algo aquella noche. Nunca quiso decirlo en la comisaría.
—¿Qué vio?
Karim miró a un lado y a otro.
—Una sombra junto al barranco. Alguien arrastrando algo, o eso creyó. Después le dijeron que mejor no mezclara a los suyos en problemas de españoles.
Sara tardó un segundo en responder. Problemas de españoles. Karim apretó una naranja con los dedos y dejó la vista en las cajas.
—¿Hablaría conmigo?
—No hoy. Y no grabado al principio.
—Como quiera él.
Karim asintió. Antes de que Sara se fuera, añadió:
—Marta nos trataba como gente. Parece poca cosa, pero aquí no lo era.
Sara compró también pan en el forn, más por seguir el recorrido natural del pueblo que por hambre.
La panadera nueva llevaba allí media vida: casi cincuenta años, un delantal con harina en los bordes y poca paciencia para las visitas raras.
La miró como se mira a alguien que trae lluvia en mitad de una boda.
En el baño del bar, antes de irse al archivo, Sara se encerró un minuto y apoyó las manos en el lavabo.
El espejo tenía una esquina rota y una pegatina vieja de una peña de fiestas.
Se miró la cara. Le irritó verla tan entera.
Era una cara entrenada: fuente difícil, voz baja, bolígrafo quieto.
La chica del pueblo que aún le quedaba dentro habría querido salir a la plaza y gritar que todos habían sabido algo, aunque no fuera verdad del todo.
Abrió el grifo. El agua salió caliente al principio.
Luego pensó que también estaba exagerando con su propia cara. Se echó agua en la nuca, se manchó un poco el cuello de la camisa y maldijo entre dientes. Muy fina, sí.
Antes de abrir la puerta del baño, escuchó dos mujeres junto al secador.
No hablaban alto. Tampoco hacía falta. «Ahora todos sabíamos algo», dijo una.
La otra contestó que no se metiera, que tenía una hija trabajando en el celler.
Sara dejó la mano en el pestillo. Le enfadó oírlo. Le enfadó más entenderlo.
No la apuntó. La dejó pudrirse un rato en la cabeza. Luego salió, pagó el café y no miró a las dos mujeres, aunque una de ellas bajó los ojos hacia la barra con cara de deuda descubierta.
—Tu madre pagó aquí muchos silencios con barras de cuarto —dijo, envolviendo el pan.
—¿Qué significa eso?
—Que cuando una no puede hablar de una muerta, compra pan, pregunta por la fiebre de los críos y vuelve a casa. Así también se sobrevive.
Sara dejó las monedas en el plato. La mujer añadió una madalena sin cobrarla.
—Marta venía a por dos barras y siempre se comía una punta antes de llegar a casa. Su madre la reñía. Ella decía que el pan caliente no contaba como robo si todavía no había cruzado la puerta.
Como indicio apenas servía. Como vida, sí. Sara lo apuntó en una esquina, mal escrito, casi sin querer: pan caliente. Marta también había robado pan caliente. Y eso no explicaba nada. Por suerte.
La mañana siguiente no trajo una pista nueva. Trajo una pista falsa, que a veces quema más tiempo y deja peor sabor.
El hombre que en el bar había hablado del sombrero volvió a buscarla cerca del estanco.
Se llamaba Tomàs Pujol, aunque todos lo llamaban el Ton de la Bassa, como si la gente mayor tuviera que llevar pegado un lugar para poder existir.
Iba con una bolsa de naranjas y una camisa mal abrochada.
Le dijo que se había acordado mejor. Que aquella noche no era un hombre de sombrero, sino un hombre con gorra.
O tal vez una mujer con pañuelo. Sara lo miró sin corregirle la cara.