La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 2
6%

Capítulo 2

Lucas Montiel la vio desde la puerta lateral del celler y no sonrió.

Sara lo notó. Había sonrisas que en los pueblos servían para negar lo evidente.

Para decir aquí no pasa nada mientras alguien apartaba cristales con el pie.

Lucas no hizo eso. Se quedó quieto, con las mangas remangadas, las manos manchadas de tierra y la cara de quien acaba de ver entrar una deuda por la verja.

—Sara.

—Lucas.

Habían sido niños en el mismo pueblo, pero no amigos.

Los Montiel ocupaban otro sitio. No más alto, aunque ellos lo creyeran; más vigilado.

Sara lo recordaba de adolescente: flaco, guapo sin saberlo, siempre con un pie en la cuadrilla y otro en la mesa familiar.

A Marta sí la recordaba junto a él. No pegados.

Cerca. Esa cercanía que en los pueblos se nota antes de que ocurra nada.

Lucas miró hacia el camino por el que ella había llegado.

—Ya han empezado a hablar.

—No han parado nunca.

La respuesta le salió más seca de lo previsto.

Lucas asintió. No se defendió. La condujo hacia la nave antigua, no hacia la sala de catas ni hacia la zona bonita que enseñaban a visitantes.

Sara agradeció esa elección. No había ido allí a que le explicaran la DO Penedès, ni el xarel·lo, ni las notas de cava y fruta madura.

Dentro olía a madera, humedad y vino viejo.

Había barricas alineadas, herramientas apoyadas en una pared y una mesa con vasos usados de la mañana.

Lucas caminaba delante, pero sin ejercer de guía.

Tocaba las puertas y las cajas con una cautela extraña, esperando todavía una reprimenda desde algún pasillo.

Un trabajador pasó cargando una manguera enrollada.

Saludó a Lucas con un movimiento de barbilla y miró a Sara solo lo justo para que ella notara que ya sabía quién era.

En el celler casi todo podía servir para dos cosas.

Una barrica, un pasillo estrecho, una ventana alta.

Allí podía caerse una caja, perderse un papel, cerrarse una puerta, y el trabajo seguiría sonando encima.

Lucas se detuvo ante una pared llena de fotografías.

Había premios, comidas, actos con políticos comarcales, manos estrechadas delante de botellas abiertas.

En casi todas las imágenes, Ricardo aparecía en el centro.

Si había mujeres, estaban en los bordes: sosteniendo bandejas, cortando cinta, sonriendo con una copa intacta entre los dedos. Sara se calló. Lucas siguió su mirada.

—Menuda herencia de fotos —murmuró.

—Las fotos no se hacen solas.

—No. Y esta casa tampoco se cuenta sola. Por eso estás aquí, supongo.

—Estoy aquí porque Marta ya no puede decir qué pasó.

La frase salió antes de que pudiera rebajarla. Lucas bajó la vista. Sara estuvo a punto de añadir algo, una tontería para rebajarla, pero no encontró nada que no la empeorara. Allí casi todo acababa mal dicho. O tarde.

—He recibido dos mensajes —dijo Sara.

Lucas se detuvo.

—¿Qué mensaje?

Ella le enseñó primero el texto y luego la fotografía tomada desde el andén. Lucas leyó el mensaje una sola vez. Después miró la imagen, la nuca de Sara, la mochila, el borde amarillo. Se le movió la cara, pero no preguntó de quién hablaban. Con eso contestaba bastante.

—No deberías estar aquí sola.

—No he venido para que me cuiden.

—No iba por ahí.

—Entonces dilo mejor.

Lucas hizo un ruido bajo, casi una risa seca. Pareció a punto de enfadarse y luego decidió que no tenía derecho.

—Quiero decir que hay gente que no va a quedarse quieta si empiezas a tocar ciertas cosas.

—¿Tu padre?

Tardó en contestar. Al fondo de la nave, una máquina se apagó con un golpe metálico. Lucas miró hacia allí, ganando un segundo con aquel ruido para elegir una versión.

—Mi padre es una parte del problema. No sé si la más grande.

Sara esperaba que se cerrara, que acudiera a la frase de siempre —era otra época, nadie sabía, se investigó lo que se pudo—.

Lucas no lo hizo. Abrió una puerta lateral y la dejó pasar a una sala pequeña donde se guardaban etiquetas, cajas de corcho y botellas de prueba.

Sobre una mesa había un listado de visitas programadas para la semana siguiente: parejas, una empresa de Reus, un club de cata de Tarragona.

Todo aquello seguía funcionando mientras Marta volvía a la superficie.

—He cancelado las visitas del sábado —dijo Lucas.

—¿Por qué?

—Porque no quiero a quince personas brindando encima de una sala que mi familia lleva años evitando. Y porque mi tío ha dicho que exagero. Cuando mi tío dice eso, normalmente significa que he tocado caja.

Sara lo miró peor antes de mirarlo mejor.

Su primera reacción fue mezquina: pensar que aquello era una escena montada para ella, una renuncia calculada con olor a arrepentimiento fotogénico.

Después recordó que cancelar una cata tocaba dinero de verdad.

El primer distribuidor que no entendiera la suspensión llamaría a alguien de la familia.

Ese alguien llamaría a Lucas. Y Lucas tendría que cogerlo.

No limpiaba nada. Era una fecha tachada, llamadas incómodas y un hombre que iba a tener a medio mundo pidiéndole explicaciones antes de cenar.

Sara abrió la libreta. Lucas vio el gesto y se endureció. Por lo que venía con él: fechas, preguntas, frases que luego podían volver convertidas en audio. Ella cerró la libreta otra vez.

—Podemos hablar sin grabar ahora.

—¿Eso existe para ti?

—Existe poco. Pero existe.

Lucas casi sonrió. La tensión bajó un poco. No demasiado.

Caminaron hasta el lagar antiguo. La puerta estaba cerrada con una cadena nueva, aunque la madera era vieja. Sara se fijó en ese contraste. Lucas también debió notarlo, porque dijo antes de que ella preguntara:

—Mi padre mandó cambiar la cadena hace años. Decía que el suelo estaba mal.

—¿Lo estaba?

—No lo sé.

—Qué fácil, eso.

—Es la que tengo.

La brusquedad le sentó bien. Sara prefería esa incomodidad a una colaboración domesticada.

Lucas la irritaba por partes: la culpa sincera, el apellido, la forma de saber menos de lo necesario y más de lo que se atrevía a decir.

Marta había querido a ese chico. La Marta de diecinueve años, la del vestido amarillo y el billete escondido, había visto en él una salida.

O una trampa. O las dos cosas, según el día.

—Háblame de ella —pidió Sara.

Lucas se apoyó contra la pared del lagar. No miró a la cámara porque no había cámara. Miró las viñas.

—Marta… —Lucas se frotó la boca—. Marta no iba con el freno puesto.

Hablaba cuando le salía, se reía con toda la boca, corregía a los hombres si soltaban una barbaridad y luego seguía comiendo aceitunas como si nada.

Aquí eso ya era pasarse. Para muchos. Para mí también, supongo.

La quería y a veces me daba miedo verla tan viva.

Esa noche discutimos porque me pidió que nos fuéramos y yo…

yo volví con el después. Siempre tenía un después a mano.

Lucas contó que Marta se sentaba en la pared baja del barranco con las botas colgando y corregía las letras de las canciones populares porque, según ella, las mujeres siempre acababan esperando a alguien o llorando por alguien.

«Qué poca imaginación», decía. Una tarde reescribió una copla entera para que la chica se fuera sola a Barcelona y dejara al novio plantado en la estación.

Lucas la escuchó cantar aquella versión entre cepas y no se atrevió a aplaudir porque Ricardo estaba cerca.

A Lucas le daba vergüenza contarlo. Casi más que otras cosas.

No haber aplaudido. Menuda mierda de gesto.

—No parece importante —dijo él—. Pero lo era. Para ella, sí. Los gestos pequeños. Aplaudir o no. Mirar o hacerte el tonto. Esas mierdas. Marta las veía todas.

—¿Y tú dónde estabas?

Lucas tardó en contestar.

—Un rato con ella. Otro rato salvándome.

Sara la apuntó sin adornarla. Le salió un trazo feo, demasiado apretado. Una se aparta. La otra se queda. Le pareció una frase útil y por eso la tachó después.

Después de eso, ninguno dijo nada útil. Tampoco hacía falta fingirlo.

—¿Después de qué? —preguntó Sara.

—Después de hablar con mi madre. Después de la verema. Después de que mi padre estuviera… qué sé yo, menos intratable. Después de convertirme en alguien que no fui. Ya ves.

Sara no escribió nada. No la apuntó. O no pudo. Se quedó mirando la punta del bolígrafo, que no escribía porque no había quitado bien el capuchón. Lucas bajó los ojos hacia sus manos.

—Ella se fue de la plaza enfadada conmigo. Eso lo sabe todo el mundo. Lo que no sabe todo el mundo es que yo no fui detrás porque quería castigarla un rato. Una estupidez de crío. Diez minutos. Ni eso, quizá. Y llevo veintidós años metido ahí.

Sara bajó la mirada al bolígrafo. No quería ablandarse tan pronto, y menos con él. Había venido con preguntas, no con ganas de perdonar a nadie antes de tiempo. Lucas no quedaba limpio. Tampoco cabía ya en la casilla cómoda de culpable. Y era bastante más molesto.

—Clara cree que sabes más de lo que dices.

Lucas se quedó mirando sus manos.

—Clara tiene razón en muchas cosas y se equivoca en algunas con una seguridad admirable.

—Te vio salir de la casa de Marta con una bolsa.

Esta vez no hubo evasiva. Lucas miró hacia la cadena del lagar, con una mano inútil junto al bolsillo.

—Sí.

—¿Qué llevabas?

—Cosas de Marta.

—Eso no me responde.

—No. Es lo que puedo decirte hoy sin mentirte mal.

Sara apretó el bolígrafo hasta marcarse los dedos.

Le habría gustado enfadarse sin complicarse.

Lucas no se lo permitía. No estaba jugando a ser misterioso; estaba intentando no abrir una caja en mitad del patio, delante de los trabajadores, bajo las ventanas de una casa donde aún mandaba el fantasma de su padre.

—Mañana —dijo él antes de que ella insistiera—. Te enseño lo que guardé. Y luego ya… ya me odias con más datos, si quieres.

—No me pidas que espere con tono de favor —dijo Sara.

—No te estoy haciendo ningún favor. Estoy intentando no convertir esto en una entrega torpe.

—Llevas veinte años de entrega torpe.

Lucas la recibió con los hombros, casi encogiéndose, casi no. Esta vez se merecía una parte. No toda. Sara lo sabía y aun así no retiró nada.

—Sí —dijo él—. Mañana lo ves. Delante de ti, con copia, con fecha, con todo eso que haces. Pero hoy no. Hoy si abro esa caja voy a decir tonterías. Y tú vas a grabar otras. No nos conviene.

Aquello sonó peor que una excusa, pero funcionó mejor. Qué rabia. Odiaba cuando alguien tenía razón justo después de hacer algo mal. Asintió al cabo de un momento. Pensaba en Marta.

—No necesito datos para eso.

Lucas la miró. Sara sostuvo la mirada. Durante un segundo, la hostilidad se les torció hacia otro sitio. Caliente, mal colocado. Ninguno sonrió. Peor.

—Bien —dijo él—. Entonces mañana vienes preparada.

—Casi siempre.

—Para esto no.

No sonó teatral. Sonó cansado. Y un poco mal. Sara miró la cadena nueva del lagar, la puerta vieja, las viñas detrás. Recordó el mensaje: No uses su nombre. Alguien no temía un podcast. Temía aquella puerta.

Un encargado apareció en el extremo del patio con una carpeta en la mano. Se detuvo al verlos. Lucas tardó medio segundo en recomponerse, lo suficiente para que Sara notara la fractura entre el hombre que hablaba con ella y el heredero que debía contestar a quien dependía de su firma.

—Ahora no, Josep —dijo. El encargado miró a Sara, luego a la cadena del lagar.

—Tu tío pregunta si se mantiene la cata del sábado.

Lucas no miró a Sara.

—Se cancela.

—¿Todas?

—Todas.

—Eso va a traer llamadas.

—Que llamen.

Josep se fue sin discutir, pero con la cara de quien ya calculaba el precio de aquella orden.

Sara miró la carpeta de Josep, luego la mano de Lucas sobre la cadena.

Cancelar una cata no arreglaba nada. Traía llamadas, dinero perdido, gente enfadada.

En aquel celler, eso pesaba más que muchas frases de arrepentimiento.

—No lo hagas para impresionarme —dijo ella.

Le salió antes de poder medirla. Era una acusación barata. Necesitaba poner distancia. Con Lucas, cada gesto decente le molestaba casi más que las evasivas.

—No lo hago para ti.

—Mejor así.

—Lo hago porque no quiero que entren veinte personas a brindar mientras yo hago como que no hay una puerta cerrada a tres metros. Ya está. No le busques más nobleza.

Sara guardó el bolígrafo antes de convertir aquello en mérito. También eso podía usarse para quedar bien.

Al marcharse, Lucas no la acompañó hasta la verja.

Se quedó junto al lagar, una mano sobre la cadena, comprobando que seguía cerrada.

Sara caminó sola por el camino de los cipreses y los márgenes de pedra seca.

A mitad de trayecto se giró. Él seguía allí.

No le encajaba como aliado. Tampoco como enemigo.

Era un hombre plantado delante de una puerta que quizá llevaba años sin atreverse a abrir.

Esa noche, en la habitación de su infancia, Sara escuchó la grabación de seguridad, aunque apenas había captado pasos, viento y pausas que se alargaban más de la cuenta.

Borró dos notas de voz porque sonaban satisfechas.

En la tercera dejó: «Bolsa. Lagar. No decidir por él todavía.

» La escuchó dos veces y la borró. Al día siguiente necesitaba papeles.