La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 1
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La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1)

La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1)

Por Lemon Rey

© inepub.com

Capítulo 1

El primer mensaje llegó antes de que Sara saliera de la estación.

«No uses su nombre.»

Se quedó parada con una mano dentro de la mochila. El andén de Sant Martí dels Vinyars estaba casi vacío: una máquina de refrescos, dos maletas junto al banco, una paloma picoteando una servilleta. Nada más. Nadie que quisiera parecer alguien.

Número oculto. Cinco palabras. Ni amenaza clara ni firma. Ni siquiera una falta de ortografía a la que agarrarse. Sara miró hacia la salida y luego hacia las vías, como si el remitente pudiera estar allí, apoyado en una pared, esperando a ver qué hacía.

No había anunciado la hora exacta de llegada. A Marina le había dicho «a media mañana». Al Ayuntamiento, nada. Al celler, menos. Había bajado del regional de Barcelona con una escaleta para el podcast, una lista de preguntas y una prudencia de presupuesto que allí no servía de gran cosa.

Aun así, alguien sabía que estaba allí.

El móvil vibró otra vez. Ahora no había frase. Era una foto tomada desde atrás: su nuca, la mochila, el borde amarillo del andén. Ella, detenida justo antes de salir.

Debajo, otro mensaje: «La primera tampoco avisó.»

El tren se alejó, dejando calor sobre las vías y un silencio de andén barato, con moscas. Sara volvió a leer el mensaje. No decía Marta Barrancs. No hacía falta.

Marta tenía diecinueve años cuando desapareció durante la Festa de la Verema de 2001.

Cantó en la plaza, discutió con un Montiel y salió caminando hacia el lavadero del pueblo.

Después, según la versión que había convenido repetir, se fue.

Según la carpeta azul que su padre guardó veinte años en un armario, no.

Sara cerró la mochila. El micrófono chocó contra la libreta.

Había vuelto para hacer un podcast; eso decían los correos, el presupuesto y las llamadas con Marina.

No decían nada de la niña que había sido ella, sentada en una cocina, escuchando cómo los adultos bajaban la voz cuando alguien pronunciaba Marta.

Guardó el móvil sin borrar el mensaje.

En la salida, una mujer dejó de barrer. Solo un segundo.

Luego volvió a mover la escoba, lenta, como si la calle no tuviera arreglo.

Sara pensó: ya lo sabe. Después vio que la mujer miraba a una paloma metida entre las vías y se sintió idiota.

Aun así, apretó el teléfono dentro del bolsillo hasta que le dolió la punta de los dedos.

Cruzó la plaza de l’Església sin acelerar.

No quería parecer fugitiva ni turista, y por eso acabó caminando raro, pendiente de sus propios pasos.

El bar ya tenía las sillas fuera. La fuente perdía agua por el mismo lado.

El lavadero viejo brillaba al fondo con una luz baja, sucia.

Dos hombres la miraron desde la sombra. Una mujer sujetó la escoba en alto y la dejó caer enseguida.

Igual lo estaba exagerando. Igual no.

El pueblo había aprendido a venderse sin cambiar demasiado los muebles.

Donde antes reparaban bicicletas había una tienda de aceites con etiquetas en inglés.

El antiguo colmado era ahora un apartamento turístico con cortinas de lino.

En la fachada del Ayuntamiento colgaba una lona sobre patrimonio rural, piedra seca y futuro sostenible.

Sara leyó la palabra futuro y siguió andando.

No le apetecía ponerse lista antes de comer.

Cerca del antiguo lavadero, una anciana llenaba una garrafa. Al verla, levantó la cabeza. La reconoció. Volvió al agua. Ni saludo ni rechazo: solo esa boca cerrada de quien ya ha contado bastante y no piensa regalar nada en la calle.

Sara no lo apuntó. Todavía.

—Es la hija de Carmen —oyó detrás.

No se giró. Podía haber saludado, sonreído, hacer como si aquello fuera una visita normal. Pero allí la normalidad siempre le había parecido una cocina recogida con prisa: mantel limpio y el cubo detrás de la puerta.

Siguió por la calle estrecha hacia la casa de su madre. Las paredes encaladas devolvían calor de secano. En un balcón, una niña miraba el móvil con los pies apoyados en los barrotes. Tendría diez u once años. Sara pensó en Marta a esa edad y apartó la idea antes de que le estorbara.

La puerta verde de Carmen conservaba la grieta vertical junto al picaporte. Sara la tocó. La madera estaba caliente. Llevaba la llave en la cadena desde los dieciocho, pero no la usó. Dio dos golpes con los nudillos.

Dentro sonó una silla.

La memoria vino antes que su madre: su padre sentado a la mesa, doblando el periódico despacio para que Carmen no viera qué noticia recortaba.

Sara tendría quince años. Marta ya faltaba, pero en casa todavía nadie sabía cómo colocar esa ausencia.

Su madre fregaba vasos con demasiada fuerza.

En la radio hablaban del precio de la uva.

Así había estado Marta en aquella casa durante años. Sin plato propio y sin irse del todo. Aparecía en desayunos, hospitales, bodas, velatorios y llamadas de domingo.

Carmen abrió enseguida, con la rapidez de quien llevaba un rato pendiente de la calle.

—Has adelgazado —dijo.

—Hola a ti también.

Se abrazaron en la entrada, sin escena. Carmen olía a jabón, cebolla y ropa limpia. Sara se dejó apretar más de lo previsto. Durante unos segundos volvió a tener catorce años y el cuerpo lleno de preguntas. Luego su madre se apartó, le miró la cara y no preguntó si venía por Marta.

Comieron sopa, aunque hacía calor. Carmen siempre hacía sopa cuando no sabía por dónde empezar. Hablaron del tren, del forn cerrado, de una vecina con la cadera rota y de Barcelona como si fuera un país donde Sara hubiera aprendido a pronunciar mejor las palabras.

La carpeta azul de su padre seguía en el armario del salón. Las dos lo sabían. Nadie miró hacia allí.

En el aparador estaba la fotografía de él con una camisa de cuadros, los ojos achinados por el sol y una copa de vino en la mano.

Sara la había mirado muchas veces de niña sin entender su tristeza.

Ahora sabía lo de los recortes, las fechas, los papeles doblados.

Su padre no había sido un héroe. Preguntó dónde no debía, calló demasiado y enfermó antes de terminar nada.

—Él habría querido esto —dijo Sara.

Carmen no miró la foto.

—Tu padre quiso muchas cosas y acabó guardándolas en un armario.

—¿Por miedo?

—Por miedo. Por cansancio. Por no saber qué hacer con todo lo que salía si seguía tirando. Al principio callas por miedo, hija. Luego ya no sabes si callas o respiras.

Sara bajó la vista al plato. La sopa tenía grasa en los bordes y demasiado fideo.

—No remuevas por lucirte —dijo Carmen.

Sara pudo contestar algo limpio. Tenía varias frases preparadas, de esas que ganan una discusión y pierden una cocina. También pudo contarle el mensaje anónimo. No lo hizo. Quería llegar con algo más que miedo.

—No he venido a lucirme.

—Eso espero. Porque aquí levantas un poco y no salen solo papeles. Sale gente. Miedo. Deudas. Hijos trabajando en el celler. Mujeres que todavía compran pan al lado de quienes callaron.

—Marta no se fue.

Carmen sostuvo la cuchara sin llevarla a la boca.

—No.

La palabra quedó entre las dos. Pequeña. Sucia de tanto tardar.

—Pero durante mucho tiempo decir eso aquí era quedarse sola —añadió.

Por la tarde, Sara salió hacia el Mas Montiel.

No llevó el micrófono a la vista. Lo dejó en la mochila, junto a la libreta, dos bolígrafos y el teléfono cargado.

El camino de cipreses y piedra seca bordeaba las primeras viñas.

Más allá del puente, dos turistas en bicicleta se hicieron una foto con el paisaje detrás.

La verja del celler estaba abierta. Detrás se veían la casa Pairal, la nave de piedra, los depósitos nuevos y las cepas bajando hacia el barranco. Marta había trabajado allí. Lucas Montiel la había querido con miedo. Don Ricardo había mandado durante décadas sin levantar demasiado la voz.

Antes de cruzar, Sara leyó el mensaje una vez más.

«No uses su nombre.»

No ponía Marta. Ya estaba.

Activó la grabadora de seguridad, metió el móvil en el bolsillo y entró. A cada paso, el teléfono le golpeaba el muslo.