La mujer de la habitación 408 (Los casos de Rivas 2) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Alborán Patrimonial

La caja de Alicante seguía debajo de mi mesa cuando llegué a la mañana siguiente.

Durante casi dos semanas había conseguido no abrirla cada vez que necesitaba escapar de la investigación de Marta. Aquella mañana ya no tenía esa excusa.

Me agaché y saqué la caja.

LEVANTE GESTIÓN PATRIMONIAL — 2013/2016.

El cartón rozó contra el suelo.

Molina apareció mientras yo retiraba la tapa.

—Dime que al menos has desayunado antes de volver a Alicante.

—He tomado café.

—Eso significa que no.

Dejó una carpeta encima de mi mesa, pero no se marchó.

—Pardo ya está en manos de quien corresponde. Han pedido copia completa de toxicología, accesos, declaraciones y análisis de los vasos. Su abogado insiste en que no hubo intención de matar a Marta.

—Eso ya lo sabíamos.

—Lo que nosotros sabíamos y lo que un abogado decide convertir en estrategia suelen parecerse bastante menos de lo que deberían. Pero sí, por ahora su defensa va por ahí: conducta irresponsable, resultado no querido y una combinación posterior que él no podía prever.

Saqué el primer bloque de documentos.

—Que lo discutan ellos.

Molina miró la caja.

—Eso sí que no me lo esperaba.

—¿Qué?

—Que fueras capaz de cerrar un caso antes de empezar a desmontar otro.

No contesté.

Habíamos pedido aquellos papeles varios días atrás, cuando Héctor Valcárcel todavía era poco más que un nombre incómodo dentro de la investigación.

No todos habían llegado al mismo tiempo.

Parte de la documentación complementaria de las operaciones de Héctor Valcárcel había aparecido mientras perseguíamos horarios, vasos y mensajes y había terminado incorporada al expediente sin que nadie tuviera tiempo para revisarla con calma.

Ahora sí.

Separé los documentos por años.

Molina acercó otra silla.

—Antes de que empieces: Valcárcel no tiene nada que ver con la muerte de Marta.

—Lo sé.

—Y que Marta llevara sus operaciones no significa que supiera nada sobre Irene.

—También lo sé.

—Entonces me quedaré. Quiero comprobar cuánto tardas en olvidarlo.

Le pasé una carpeta.

—Empieza por 2014.

Durante casi media hora apenas hablamos.

Había contratos, notas internas, copias de escrituras, correos impresos y fichas de clientes.

Algunos nombres ya los habíamos visto. Sociedades que aparecían en una compraventa y desaparecían después.

Empresas que adquirían un inmueble, lo transmitían dos años más tarde y quedaban reducidas a unas cuantas páginas dentro de una caja.

Marta figuraba en muchos documentos.

No como propietaria.

No como administradora.

Como la persona que pedía papeles, corregía referencias, coordinaba firmas y reclamaba aquello que faltaba.

Era exactamente el trabajo que Mercedes Gálvez había descrito.

—Aquí hay otra de Valcárcel —dijo Molina.

Me tendió una ficha.

El nombre de Héctor aparecía como contacto principal en una operación entre dos sociedades. Marta había anotado a mano una referencia registral y la fecha de una notaría.

Nada más.

—Guárdala con las demás.

—Llevamos siete.

—En casi tres años.

—Solo digo que, para alguien que apareció en cinco páginas del expediente de Irene, tenía bastante más papel en la vida de Marta.

No respondí.

Seguí leyendo.

Fue cerca del final de una carpeta de 2014 cuando encontré el nombre.

ALBORÁN PATRIMONIAL, S. L.

No me resultaba familiar.

Eso era lo primero que comprobé.

Abrí mi libreta antigua.

Después la copia de la declaración de Héctor.

Después la relación de aquellos seis contactos recientes de Irene.

Alborán no aparecía.

—¿Qué tienes? —preguntó Molina.

—Una sociedad que no recuerdo.

—En esta caja hay unas cuarenta que no recuerdas.

—Esta está dentro de una operación de Valcárcel.

Molina se acercó.

La ficha no decía que Héctor fuera propietario ni administrador. Figuraba como persona de contacto en varias comunicaciones relacionadas con una modificación societaria y una operación inmobiliaria posterior.

Marta aparecía en la gestión documental.

—Eso sigue siendo exactamente lo que ya sabíamos —dijo Molina—. Valcárcel utilizaba sociedades y Marta le llevaba documentación.

—Sí.

Pasé la página.

Había una relación de inmuebles. Tres referencias catastrales. Dos locales. Una vivienda. Leí la dirección una vez.

Después otra.

Molina todavía estaba mirando la página anterior.

Yo dejé de mover los papeles.

—Sergio.

No contesté.

Cogí la carpeta de Irene.

Esta vez no tuve que buscar demasiado.

Conocía aquella dirección mejor de lo que quería. Doce años atrás la había escrito en informes, diligencias, solicitudes y notas que todavía guardaba en una caja gris en casa.

—¿Qué pasa?

Giré la hoja hacia Molina.

Señalé la dirección de la vivienda incluida en los documentos de Alborán.

Después abrí el expediente de 2014 y puse otra página al lado.

Molina leyó ambas.

No dijo nada durante varios segundos.

—Es la misma.

—Sí.

—¿La casa?

—La casa donde encontraron a Irene.

La habitación pareció quedarse más silenciosa sin que hubiera cambiado ningún sonido.

Molina volvió a comprobar las dos direcciones.

—¿Qué hace aquí?

—Eso quiero saber.

—No. Quiero decir qué hace dentro de una operación que Marta gestionó para un cliente que también aparece en la investigación de Irene.

—Todavía no sabemos exactamente qué relación tiene Valcárcel con Alborán.

Molina levantó la vista.

—Estaba esperando esa frase.

—Figura como contacto. No como administrador. No como propietario. Si empezamos a borrar esas diferencias porque nos conviene, dentro de una hora tendremos una conspiración completa construida con casillas de formulario.

—De acuerdo. Entonces hagámoslo despacio.

Tenemos una sociedad llamada Alborán Patrimonial.

Tenemos documentación de Levante donde Marta trabaja con papeles relacionados con esa sociedad.

Tenemos a Héctor como contacto de la operación.

Y uno de los inmuebles asociados tiene la dirección de la casa donde apareció Irene.

—Eso sí.

—Empiezo a entender por qué no has tocado el café.

Miré la ficha otra vez.

La fecha era anterior a la muerte de Irene.

Eso tampoco demostraba nada. Una empresa podía vender una casa. Una ficha podía estar desactualizada. Una referencia interna podía conservar al propietario anterior.

Abrí el expediente policial.

—Aquí hay un problema.

Molina se inclinó.

La diligencia sobre la vivienda era breve. Había una identificación del inmueble, referencia al propietario y autorización para las actuaciones realizadas durante la investigación.

El nombre no era Alborán Patrimonial.

Era el de un particular.

Molina leyó despacio.

—¿Lo conoces?

—No.

—¿Aparece en las notas?

Revisé el índice.

—Como propietario de la vivienda. Nada más.

—¿Se le tomó declaración?

Pasé varias hojas.

—Una breve. Dijo que la casa llevaba meses vacía y que estaba pendiente de hacer unas reparaciones antes de alquilarla o venderla. No conocía a Irene.

—¿Se comprobó cómo llegó ella hasta allí?

La pregunta me hizo mirar el informe demasiado tiempo.

—No lo suficiente.

Molina no insistió. Había aprendido cuándo una respuesta ya estaba escrita en mi cara.

Cogió la ficha de Alborán.

—Puede ser perfectamente una transmisión anterior. La sociedad vende al particular y el expediente de Irene refleja al propietario correcto en ese momento.

—Sí.

—O esta documentación puede referirse a otra cosa distinta de la propiedad.

—También.

—O el expediente policial puede estar mal.

Lo miré.

—Eso es lo que tenemos que comprobar antes de elegir ninguna de las tres.

Molina se levantó.

—Registro de la Propiedad.

—Y Mercantil. Quiero la vida completa de Alborán durante esos años: administradores, apoderados, cambios, operaciones que podamos vincular documentalmente. Sin búsquedas por proximidad ni listas de amigos de Valcárcel. Solo relaciones que puedan sostenerse.

—También necesitamos la secuencia de titularidad de la casa.

—Especialmente eso.

Recogió las dos hojas.

Se las quité antes de que pudiera llevárselas.

—Copias.

Molina me miró.

—Son documentos oficiales, Sergio. No necesito robártelos.

—Quiero mantener separados los originales.

—Todavía tienes una carpeta a cada lado de la mesa, ¿verdad?

Miré.

Sin haberlo pensado, había vuelto a hacerlo.

Marta a la derecha. Irene a la izquierda.

Solo que esta vez, entre ambas, había una hoja con el mismo domicilio.

—La última vez me dijiste que no las uniera antes de tiempo.

—Y sigo diciéndolo.

—Ahora tenemos algo.

—Tenemos una dirección.

—La dirección.

—Una dirección que aparece en dos documentos que cuentan historias distintas sobre quién estaba detrás de esa casa. Eso merece comprobarse. No merece todavía que decidamos por qué.

Molina sostuvo mi mirada.

—Vale. Esa versión de ti me preocupa un poco menos.

Se llevó las copias.

Yo permanecí delante de los originales.

Alborán Patrimonial.

Héctor Valcárcel.

Marta Salcedo.

La casa de Irene.

Cuatro nombres y lugares que podían estar juntos por razones perfectamente normales.

Había pasado buena parte de los últimos doce años aprendiendo lo peligroso que era decidir primero y buscar después.

Así que hice lo contrario. Abrí la diligencia de propiedad de 2014 y anoté exactamente lo que decía. Después hice lo mismo con la documentación de Levante.

No interpretaciones.

No flechas.

No una teoría.

Dos fuentes.

Dos fechas.

Una misma casa.

Y una secuencia de propietarios que todavía no conseguíamos hacer encajar.