CAPÍTULO 28
Adrián llegó a las seis y doce acompañado por un abogado. No me sorprendió.
La vez anterior había dejado el teléfono sobre la mesa como si todavía pudiera convencernos de que colaboraba por voluntad propia. Aquella tarde entró con las manos vacías, tomó asiento únicamente cuando su abogado lo hizo y esperó a que cerráramos la puerta.
Molina se sentó a mi derecha.
No había fotografías sobre la mesa.
Todavía.
—Antes de empezar quiero saber en qué condición está mi cliente —dijo el abogado—. Si van a formular una acusación, prefiero que lo sepamos desde el principio.
—Vamos a volver sobre su declaración acerca de la noche en que murió Marta Salcedo. Si su situación cambia, se lo comunicaremos.
Adrián me sostuvo la mirada.
—Ya les he contado lo que pasó.
—Eso es precisamente lo que queremos comprobar.
Su abogado hizo un gesto para que continuara.
Abrí la declaración anterior, aunque no la miré.
—Quiero que vuelva a contarme los veinte minutos dentro de la 409. Esta vez con más detalle. No necesito que intente recordar qué pensaba Marta ni qué cree usted ahora que significaba cada cosa. Solo qué hicieron.
Adrián tardó unos segundos.
—Llegué, llamé y Marta abrió. Discutimos prácticamente desde el principio. Ella quería terminar la relación, yo intenté convencerla de que no tomara una decisión definitiva después de una mala semana y acabamos diciendo cosas que no deberían haberse dicho.
—¿Dónde estaban?
—Junto a la mesa casi todo el tiempo. Ella se sentó al principio. Yo creo que estuve de pie unos minutos y después me senté enfrente.
—¿Bebieron?
—Agua. Ya se lo dije.
—¿Quién la sirvió?
Adrián miró brevemente a su abogado.
—No lo recuerdo. Había vasos. Puede que lo hiciera yo o que Marta los cogiera antes de que llegara.
—¿Alguno de los dos entró en el baño?
Esta vez tardó más.
—Yo no.
—No le he preguntado únicamente por usted.
—No recuerdo que Marta entrara.
—¿La vio llevar un vaso al lavabo?
—No.
—¿La vio limpiar la mesa?
—No.
—¿Vio que secara algo, que enjuagara un vaso o que intentara borrar una mancha?
El abogado intervino.
—Inspector, mi cliente ya ha contestado que no recuerda ninguna conducta semejante.
Adrián levantó ligeramente una mano.
—No pasa nada. No. No vi nada de eso.
Anoté la respuesta.
—Entonces mantenemos que estuvieron veinte minutos, bebieron agua, usted no sabe quién sirvió y no recuerda que ninguno de los dos limpiara nada.
—Correcto.
Ahora sí coloqué la primera fotografía sobre la mesa.
El vaso menos alterado.
Adrián lo reconoció sin decirlo.
—Científica encontró su ADN en el borde.
No cambió de expresión.
—Les dije que había bebido.
—Exactamente.
Deslicé la segunda fotografía.
El vaso desplazado.
—Este también fue utilizado.
Adrián miró la imagen.
—Supongo.
—No necesito que suponga. En su interior había restos de la misma sustancia no prescrita que apareció posteriormente en el organismo de Marta.
El silencio duró lo suficiente para que el ruido del pasillo llegara a través de la puerta.
Su abogado fue el primero en hablar.
—¿Está afirmando que Marta bebió de ese vaso?
—Estoy afirmando que la misma sustancia apareció en el vaso y en su organismo. No tenemos una identificación individual útil que nos permita decir quién bebió de él.
Adrián se inclinó hacia atrás.
—Entonces no entiendo qué quieren de mí.
—Una explicación.
—No la tengo. Marta estuvo sola en esa habitación antes de que yo llegara. Podía haber llevado cualquier cosa consigo. Podía haberla tomado antes. Yo no sabía lo que había en ese vaso.
Molina no intervino.
Habíamos esperado precisamente esa respuesta.
—¿La vio tomar algo?
—No.
—¿La vio introducir algo en un vaso?
—No.
—¿Le dijo que estuviera tomando una sustancia que no tuviera prescrita?
—No.
—Entonces acaba de proponer una posibilidad que no vio ocurrir y de la que Marta nunca le habló.
Adrián apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Porque ustedes me están preguntando cómo pudo llegar ahí. Yo les estoy diciendo que no lo sé. Que exista una posibilidad no significa que yo esté diciendo que ocurrió.
—En eso estamos de acuerdo.
Su abogado me observó con atención.
Coloqué delante de Adrián el informe sobre la manipulación del vaso.
—Además, ese recipiente fue enjuagado o lavado de manera incompleta después de utilizarse.
Adrián leyó apenas las primeras líneas.
—Yo no lo limpié.
—Eso también lo dijo la última vez.
—Porque es verdad.
—Y acaba de confirmar que tampoco vio a Marta hacerlo.
—He dicho que no lo recuerdo.
—Hace dos minutos dijo que no la vio.
Adrián apretó los labios.
—Es lo mismo.
—No necesariamente. Si dentro de diez minutos recuerda que Marta se levantó con el vaso y entró en el baño, será importante saber cuándo apareció ese recuerdo.
Su abogado dejó el informe sobre la mesa.
—Mi cliente no ha dicho eso.
—Todavía no.
Adrián me miró.
Aquella palabra le molestó más que el informe.
Abrí la carpeta de comunicaciones.
—Hablemos de la discusión.
—Ya lo hicimos.
—Usted dijo que Marta quería terminar la relación.
—Y era verdad.
—¿Hablaron de trabajo?
Se tomó su tiempo.
—Habíamos hablado de trabajo muchas veces.
—Le pregunto por la 409.
—No fue el centro de la discusión.
—Eso tampoco es una respuesta.
Adrián miró al abogado antes de continuar.
—Sí. Salió el tema. Marta estaba enfadada por algunos documentos y por cómo se estaban gestionando determinados proyectos. Pero aquello llevaba semanas dando vueltas. La discusión importante era nuestra relación.
Saqué las copias de los mensajes.
No hizo falta leerlos en voz alta.
Adrián reconoció la conversación en cuanto vio la primera página.
—A las cinco y cuarenta y tres Marta le escribió que conservaba copias de informes y versiones anteriores. Le dijo que si volvían a utilizar su nombre en documentos que no hubiera revisado, se apartaría y entregaría lo que tenía si era necesario. Usted le preguntó si lo estaba amenazando.
El abogado leyó por encima.
—Eso sigue sin relacionar a mi cliente con una muerte.
—Relaciona la reunión con algo más que una ruptura sentimental.
Adrián me interrumpió.
—Ya le he dicho que hablamos de trabajo.
—Ahora.
—Porque ahora me lo pregunta directamente.
—La vez anterior le pregunté de qué discutieron durante esos veinte minutos.
No respondió.
—Y entonces solo habló de la relación.
—Acababa de enterarme de que la mujer con la que llevaba tres años tenía marido. Perdóneme si en ese momento mis prioridades no coincidían con las suyas.
—No necesito que coincidieran. Necesito saber por qué cada versión que nos cuenta aumenta justo cuando aparece una prueba nueva.
Su abogado se movió en la silla.
—Inspector...
Adrián levantó otra vez la mano.
—No. Quiero contestar. Mentí sobre ir al hotel porque tengo una mujer y dos hijos que no sabían nada de Clara.
Después supe que ni siquiera se llamaba Clara y que también me había mentido durante años.
Oculté la discusión sobre los documentos porque sabía que ustedes convertirían cualquier problema profesional en un motivo.
Y eso es exactamente lo que están haciendo.
—¿Los documentos podían causarle problemas?
—A mí y a más gente.
—¿Qué clase de problemas?
—Revisiones internas. Clientes enfadados. Quizá alguna reclamación. Nada que justifique matar a una persona.
Por primera vez no corregí la última palabra.
Dejé que permaneciera allí.
Molina abrió otra carpeta.
—Cuando salió de la 409, Marta estaba viva.
Adrián se volvió hacia él.
—Eso llevo diciéndolo desde el principio.
—Y nosotros también lo sabemos. Cinco minutos después estaba en recepción. Más tarde habló con su marido. A las diez y siete todavía estaba escribiendo un correo para el día siguiente.
Algo cambió en la postura de Adrián.
No mucho.
Lo suficiente.
—Entonces explíquenme cómo puedo haberla matado a las ocho y veinte si a las diez todavía estaba trabajando.
No respondimos inmediatamente.
Era la defensa que llevaba una hora esperando utilizar.
—No la mató a las ocho y veinte —dije.
Su abogado dejó de leer.
—La muerte se produjo horas después. La sustancia encontrada en la 409 ya estaba en el organismo de Marta antes de que entrara en la 408.
Su efecto podía progresar mientras ella seguía caminando, hablando y haciendo cosas normales.
Después tomó su medicación habitual y consumió alcohol. La combinación terminó siendo mortal.
Adrián permaneció inmóvil.
—Eso no demuestra que yo le diera nada.
—No. Por sí solo, no.
—Entonces hemos terminado.
—Todavía no.
Aparté las fotografías y dejé únicamente los mensajes.
—Usted necesitaba que Marta cambiara de opinión esa noche.
Sabía que guardaba copias. Sabía que quería terminar la relación y apartarse de aquellos trabajos.
Entró en el hotel evitando recepción. Durante días negó haber estado allí.
Cuando demostramos que había entrado, admitió la reunión.
Cuando preguntamos por la discusión, nos habló solo de la relación.
Cuando apareció el conflicto profesional, lo incorporó.
Cuando apareció su ADN, ya había admitido que bebió.
Ahora aparece la sustancia en el otro vaso y nos dice que quizá Marta la llevó antes de que usted llegara.
—Porque es posible.
—Sí. El problema es que cada explicación aparece después de que usted sabe qué necesita explicar.
Adrián se inclinó hacia mí.
—¿Qué quiere que diga? ¿Que la maté porque tienen dos vasos y unos mensajes? No estaba muerta cuando salí. Ni siquiera estaba enferma.
—Eso también lo sabemos.
—Entonces no tienen nada.
—Tenemos algo que usted todavía no consigue explicar sin cambiar de historia.
Su mirada bajó hacia el vaso contaminado.
Molina habló con calma.
—¿Qué pasó con ese vaso, Adrián?
—No lo sé.
—¿Quién sirvió el agua?
—Ya he dicho que no lo recuerdo.
—¿Marta llevó el vaso al baño?
—No lo sé.
—Antes ha dicho que no la vio hacerlo.
Adrián miró primero a Molina y después a mí.
—Pudo hacerlo cuando yo estaba mirando otra cosa.
Nadie escribió durante unos segundos.
—Eso es nuevo —dije.
—No he dicho que la viera.
—Precisamente.
Su abogado intervino con más firmeza.
—Mi cliente no tiene obligación de reconstruir cada movimiento realizado por otra persona durante veinte minutos.
—No. Pero sí tendrá que explicar por qué negó una limpieza que ocurrió en una habitación donde admite haber estado y por qué todas las posibilidades que la atribuyen a Marta aparecen únicamente después de conocer el resultado del laboratorio.
Adrián apartó la fotografía.
—Están hablando como si yo hubiera querido que terminara así.
Su abogado giró inmediatamente hacia él.
—Adrián, no continúe.
—¿Cómo esperaba que terminara? —pregunté.
Adrián no respondió.
—Porque si usted no sabía que había nada en ese vaso, tampoco podía saber qué efecto iba a tener sobre Marta.
Su abogado volvió a pedirle que no contestara.
Adrián mantuvo la mirada sobre la mesa.
—Pensé que se calmaría. Que tendría sueño. Nada más.
—¿Por qué iba a tener sueño?
Adrián levantó la vista demasiado tarde.
—Yo no pensé que pudiera matarla.
El abogado se puso de pie.
—La declaración termina aquí.
También me levanté.
No necesitaba preguntarle cuánto había utilizado, dónde lo había conseguido ni ninguna otra cosa que pudiera convertir aquel momento en una explicación técnica.
Solo una.
—¿Puso usted la sustancia en su bebida?
El abogado volvió a pedirle que no contestara.
Adrián se quedó sentado.
— Quería que se calmara. Que dejáramos de discutir y pudiéramos hablar. Pensé que estaría somnolienta, que se iría a dormir y que al día siguiente podríamos arreglarlo. No sabía que iba a mezclarlo con otras cosas.
No era una confesión de intención homicida.
Era algo más difícil de deshacer.
Molina se levantó.
Le comuniqué a Adrián que quedaba detenido y le informé de sus derechos mientras su abogado permanecía junto a él.
Adrián no volvió a hablar.
Salimos de la sala casi una hora después.
Molina esperó hasta llegar al pasillo exterior antes de decir nada.
—Durante días buscamos cómo podía haber entrado alguien en la 408 sin dejar rastro.
—Sí.
—Ventanas, cerraduras, herramientas, tarjetas. Hasta llegamos a medir el hueco de una ventana.
Caminamos hacia el ascensor.
—Buscábamos una entrada porque empezamos por el lugar donde murió.
Las puertas se abrieron.
Molina no entró todavía.
—Y no había ninguna.
Miré hacia el pasillo que acabábamos de dejar atrás.
Marta había muerto sola en una habitación cerrada desde dentro.
Aquello siempre había sido verdad.
Lo equivocado había sido convertirlo en la escena completa del crimen.
—Nadie mató a Marta en la 408 —dije.
Entramos en el ascensor.
—Solo murió allí.