La mujer de la habitación 408 (Los casos de Rivas 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

La reconstrucción

La mejor versión de Adrián Pardo empezaba con una verdad.

Cuando salió del hotel a las ocho y veinticuatro, Marta Salcedo estaba viva.

Molina permaneció mirando la fotografía que había dejado sobre la mesa.

—Si vamos a preparar el interrogatorio defendiendo al hombre al que queremos detener, espero que al menos alguien haya pedido café.

—No queremos detener a alguien porque su historia nos guste menos que la nuestra. Quiero saber qué puede decir mañana sin contradecir lo que ya tenemos.

Habíamos ocupado una de las salas pequeñas de declaraciones, aunque Adrián no estaba citado todavía. La silla frente a nosotros permanecía vacía y la luz blanca del techo hacía que cualquier conversación pareciera más oficial de lo que era.

Molina abrió la carpeta.

—De acuerdo. Yo soy su abogado, aunque me niego a cobrarte por horas.

Mi cliente estuvo en la 409 porque mantenía una relación con Marta desde hacía tres años.

Mintió sobre la cita porque está casado y no quería que su mujer descubriera la aventura.

Cuando finalmente le enseñamos las cámaras, reconoció que fue al hotel, que discutieron, que bebieron agua y que salió poco después de las ocho y veinte.

Hasta ahí tenemos mentiras, pero ninguna mata a nadie.

—Sigue.

—Marta sale de la habitación por su propio pie, baja a recepción, habla con una empleada, recoge hielo y entra sola en la 408.

Más de una hora después mantiene una conversación coherente con su marido.

A las diez y siete todavía está escribiendo un correo relacionado con trabajo del día siguiente.

Adrián no entra nunca en la 408 y para entonces lleva casi dos horas fuera del hotel.

Molina cerró parcialmente la carpeta.

—Si quieres una defensa razonable, esa es bastante buena.

Lo era.

Precisamente por eso llevábamos tantos días rodeándola.

—Faltan los vasos.

—No. Los vasos también caben. Adrián admite que bebieron y su ADN aparece en uno.

Eso confirma una parte de su versión en vez de desmontarla.

En el otro encontramos la sustancia, pero no podemos demostrar quién la puso allí ni quién bebió exactamente de ese vaso.

Marta pudo llevarla, tomarla voluntariamente o manipular el recipiente antes de que Adrián llegara.

Señalé la hora escrita en una hoja.

19:41.

—La habitación se abre veintiún minutos antes de que Adrián entre.

—Exactamente. Y ahí tienes otro problema.

No podemos seguir diciendo que la limpieza ocurrió necesariamente mientras él estaba dentro.

Lo que sabemos es que el vaso ya había sido manipulado antes de que ambos abandonaran la 409 a las ocho y veintidós.

Marta tuvo tiempo de estar sola allí antes de que él llegara.

Aquella era la corrección que necesitábamos conservar.

La cerradura estrechaba el intervalo, pero no elegía a la persona.

—Entonces supongamos que Marta llevó la sustancia —dije—. ¿Para qué?

Molina extendió las manos.

—No necesito explicarlo. Esa es una trampa que cometemos mucho cuando defendemos nuestra propia teoría: exigimos a la alternativa una historia perfecta mientras permitimos que la nuestra conserve huecos.

Puede haberla tomado por cualquier motivo que no conocemos.

Puede que supiera lo que era o puede que no.

No encontramos ningún envase correspondiente, pero eso tampoco demuestra que Adrián lo tuviera.

—Y el vaso se limpia.

—Puede hacerlo ella. Puede enjuagarlo después de beber, derramar agua o querer dejar la mesa como estaba. Pilar ha sido bastante insistente en recordarnos que limpieza no significa necesariamente ocultación.

Me recliné.

Había pedido la mejor defensa y Molina se estaba tomando el encargo en serio.

—Ahora los documentos.

—Más incómodos, pero tampoco suficientes.

Marta y Adrián habían trabajado indirectamente en proyectos comunes.

Había informes con su nombre que ella decía no haber revisado y guardaba copias.

Eso puede meter a Adrián en un problema profesional; no demuestra que quisiera matarla.

Incluso puede explicar por qué discutieron sin que la discusión terminara en un asesinato.

—Él ocultó esa parte.

—Claro. Igual que ocultó la relación y la presencia en el hotel. Pardo lleva toda la investigación demostrando que, cuando una verdad puede perjudicarlo, prefiere que la descubramos nosotros.

Molina dejó la carpeta abierta.

—Sigo sin ver la pregunta que quieres hacerle.

—Yo tampoco.

Durante unos segundos solo se oyó el aire del sistema de ventilación.

Cogí la segunda declaración de Adrián. No necesitaba leerla entera. Había frases que conocía casi de memoria.

Agua, creo.

Puede que yo. Puede que ella.

No recuerdo algo así.

No fui allí a limpiar una habitación.

Entonces pregúntenle a quien lo hizo.

Pues yo no fui.

—Dijiste que Marta puede haber limpiado el vaso.

—Puede.

—Adrián no lo dijo.

Molina me miró.

—Tampoco le preguntaste directamente si la vio hacerlo.

—Le dijimos que alguien había limpiado zonas concretas después de utilizar la habitación. Contestó que preguntáramos a quien lo hubiera hecho.

—Eso no equivale a negar que fuera Marta.

—No. Pero sí equivale a decir que él no sabe quién fue.

Molina volvió a la declaración.

Leyó el intercambio completo antes de contestar.

—Ahí tienes algo más interesante. Si mañana le enseñamos el resultado del vaso y de repente recuerda que Marta lo llevó al baño, lo enjuagó y lo devolvió a la bandeja, acaba de recuperar una escena bastante específica después de decirnos que no sabía quién había limpiado nada.

—Y si mantiene que no lo sabe, no puede utilizar a Marta para explicar la limpieza.

—Puede decir que pudo hacerlo antes de que él llegara.

—También.

—Y eso sigue siendo posible.

Me levanté y caminé hasta la pared.

No había pizarra.

Mejor.

Durante demasiados días habíamos intentado ordenar el caso escribiéndolo. Esta vez necesitábamos escuchar cómo sonaría en boca de otra persona.

—Hazlo otra vez —dije—. Pero ahora no me defiendas el resultado. Defiende su declaración.

Molina tardó un momento en entender.

Después apoyó los codos sobre la mesa.

—De acuerdo. Adrián dice que llega, Marta le abre y discuten durante veinte minutos. Le comunica que termina la relación. Beben agua. No sabe quién sirve. Hay un contacto físico breve cuando él la coge del brazo. Después salen y se separan en el pasillo. Cuando él se marcha, Marta está bien.

—¿Hablan de los documentos?

—Según su declaración, no. Hablan de ellos mismos.

—Y sabemos por los mensajes de esa misma tarde que Marta le había dicho que guardaba copias, que no permitiría que siguieran utilizando su nombre y que quería terminar también la colaboración.

Molina se quedó pensando.

—Puede decir que eso ya lo habían discutido por teléfono y que en la 409 solo hablaron de la relación.

—Puede. Pero entonces tenemos que preguntarle por qué omitió completamente un conflicto profesional que había desencadenado parte de la discusión de aquella tarde.

—Vergüenza, miedo a perder el trabajo, no querer implicar a su empresa. Puede fabricar una razón.

—No me interesa la razón. Me interesa que tenga que fabricarla.

Molina empezó a sonreír.

—Ahora sí entiendo lo que buscas.

Volví a sentarme.

—Cada vez que hemos encontrado una prueba, Adrián ha ampliado la historia justo hasta donde necesitaba.

Primero no estuvo en el hotel. Después estuvo, pero solo porque tenía una amante.

Después admite una discusión y un contacto físico porque ya sabe que estamos reconstruyendo la habitación.

Si mañana le preguntamos directamente si drogó a Marta, nos dirá que no y empezará a adaptar el resto.

—Entonces no empezamos por la sustancia.

—Empezamos por su memoria.

Molina cogió un bolígrafo.

—Quieres que vuelva a describir los veinte minutos antes de saber qué hemos encontrado en los vasos.

—Con detalle. Quién sirvió. Dónde estaba cada uno. Si alguno entró en el baño. Si alguien llevó un vaso al lavabo. Si Marta limpió la mesa. Si él vio algo que no nos contó la última vez.

Molina escribió varias líneas.

—Y después cerramos esa versión.

—Exacto.

—Entonces le enseñamos el vaso de su ADN.

—Eso no debería preocuparlo. Ya admite que bebió.

—Después el otro.

—Y dejamos que nos explique cómo llegó la sustancia allí.

Molina levantó el bolígrafo.

—Si dice que Marta la llevó, tendremos que preguntarle de dónde saca ahora esa explicación.

—Y si dice que la vio manipular el vaso, tendremos una memoria nueva sobre una escena que antes aseguraba no recordar.

—Si dice que no sabe nada, mantiene su declaración, pero deja sin explicación la única muestra física que conecta la 409 con la intoxicación.

—Sí.

Molina se quedó mirando las notas.

—No es una trampa perfecta.

—No quiero una trampa.

—Ya. Quieres una versión que no pueda crecer cada vez que le enseñamos algo.

Eso era.

Pasó a otra hoja.

—Después entran los mensajes.

—Primero quiero que vuelva a decirnos de qué discutieron.

—Y cuando repita que fue por la relación, le enseñamos que dos horas antes Marta le estaba hablando de documentos, copias y de abandonar también el trabajo.

—Entonces tendrá que elegir: mantener que aquello no se habló en la 409 o admitir que nos ocultó otra parte de la discusión.

Molina dejó el bolígrafo.

—Sergio, todo esto sigue siendo circunstancial.

—Lo sé.

—Quiero decirlo en serio. Podemos demostrar que mintió.

Podemos demostrar que estuvo allí, que tenía motivos para querer que Marta cambiara de opinión y que bebió de uno de los vasos.

Podemos colocar la misma sustancia en el otro.

Podemos demostrar que ese vaso fue manipulado antes de que la habitación quedara cerrada a las ocho y veintidós.

Pero seguimos sin tener una imagen de su mano echando nada.

—No la vamos a tener.

—Entonces tendremos que conseguir que su propia explicación haga parte del trabajo.

Miré la silla vacía.

Adrián había conseguido sobrevivir a cada descubrimiento porque siempre encontraba un espacio entre lo que sabíamos y lo que podíamos probar.

No necesitábamos cerrar todos esos espacios antes de verlo.

Necesitábamos impedirle moverse de uno a otro.

—Hay otra cosa —dijo Molina—. Puede utilizar las horas posteriores. Marta sigue viva, habla, trabaja. Si quiere convencer a alguien de que él no causó la muerte, va a insistir ahí.

—Que insista.

—¿No vas a discutirlo?

—No. Voy a concedérselo.

Molina dejó de escribir.

—Eso sí quiero verlo.

—Cuando Adrián salió, Marta estaba viva. Caminaba. Cinco minutos después estaba en recepción. A las nueve cuarenta y dos habló con Julián y a las diez y siete escribió un correo. Todo eso es verdad.

—Y después le dices que nada de eso contradice que la sustancia ya estuviera en su organismo.

—No necesito decírselo inmediatamente. Quiero ver qué hace cuando piense que esa es su mejor defensa.

Molina se recostó.

—Estás empezando a caerme mal de una manera profesional.

—Sobrevivirás.

—No estés tan seguro.

Recogimos las hojas.

Esta vez no sentí que necesitáramos otro informe. Ni otra cámara. Ni otra muestra. Lo que faltaba estaba sentado en una silla que todavía permanecía vacía.

Antes de salir, Molina dejó la mano sobre el picaporte.

—Entonces ¿lo citamos?

Miré una última vez la declaración de Adrián.

Había demasiadas frases que empezaban a necesitar una versión nueva para seguir funcionando.

—Sí.

—¿Mañana?

—Esta tarde.

Molina abrió la puerta.

—Pensaba que ibas a hacerme esperar hasta mañana.

Lo seguí al pasillo.

—Ya sabemos qué preguntarle.