La mujer de la habitación 408 (Los casos de Rivas 2) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Antes de morir

El último texto que Marta escribió no llegó a ninguna parte.

Nuria había dejado una copia impresa sobre mi mesa, junto al informe del teléfono principal, y durante varios segundos lo único que hice fue leer aquellas dos líneas incompletas.

Lo reviso mañana a primera hora. Antes de enviarlo quiero comprobar...

Nada después. Ni una palabra borrada. Ni un destinatario nuevo.

El borrador pertenecía a la respuesta de un correo profesional recibido aquella tarde.

—¿A qué hora? —pregunté.

Nuria permaneció de pie al otro lado de la mesa, con el abrigo todavía puesto.

—La aplicación guardó automáticamente la última versión a las diez y siete. El registro del teléfono muestra actividad unos segundos después, pero ya no puedo decirte si estaba escribiendo, desplazándose por la pantalla o simplemente cerrando la aplicación. A las diez y nueve la pantalla se apaga.

Molina cogió la hoja.

—¿Y después?

—Después hay notificaciones, sincronizaciones y actividad automática. No confundáis eso con Marta utilizando el teléfono. La siguiente interacción que puedo atribuir a una persona sería un intento de desbloqueo, y no hay ninguno.

Me acerqué al informe.

—¿Hasta la mañana?

—Hasta que lo recoge Científica.

Molina volvió a mirar el borrador.

—Entonces a las diez y siete seguía escribiendo un correo de trabajo para el día siguiente. No una frase suelta ni una búsqueda. Una respuesta coherente.

Nuria retiró una silla y se sentó.

—Eso sí puedo defenderlo. Abrió el correo, pulsó responder y escribió ese texto.

Lo que no puedo explicaros es por qué no lo terminó.

Puede que empezara a encontrarse mal, que se quedara dormida, que se levantara para ir al baño o que decidiera que prefería responder por la mañana.

El teléfono deja de contarme la historia en ese punto.

—Pero nos da una última acción voluntaria —dije.

—Una última acción digital que podemos fechar. No la conviertas en la última cosa que hizo en su vida porque la habitación demuestra que se movió, bebió o hizo otras cosas que no dejan una hora escrita al lado.

Molina dejó el papel en la mesa.

—Nuria, empiezo a pensar que os enseñan a arruinar conclusiones durante el proceso de selección.

—Y aun así seguís llamándonos cuando necesitáis una.

Cogí el informe.

21:42.

Llamada a Julián.

21:49.

Fin de la llamada.

22:07.

Borrador.

22:09.

Pantalla apagada.

Por primera vez la parte posterior de aquella noche empezaba a tener un borde que no dependía únicamente de una horquilla médica.

—¿Podemos saber qué correo estaba contestando?

Nuria abrió el portátil.

—Sí. Es completamente ordinario, que supongo que es precisamente lo que te interesa.

Un cliente le había enviado una versión corregida de unos documentos y le preguntaba si podía revisarlos antes de una reunión del día siguiente.

Marta abre el mensaje y empieza a contestar que lo hará por la mañana.

—¿Tiene alguna relación con Adrián, Nexo o las operaciones que estamos investigando?

—Ninguna que haya encontrado. Es otro asunto profesional.

Eso también me servía.

Molina se apoyó en el respaldo.

—A las cinco y media está discutiendo con Adrián porque quiere salir de los trabajos en los que están utilizando su nombre. A las ocho se reúne con él. A las diez todavía está organizando trabajo para la mañana siguiente.

—No mezcles las dos cosas —dije—. Que pensara trabajar mañana no demuestra qué había decidido hacer con Adrián.

—No estaba hablando de Adrián. Estoy hablando de Marta. Hasta ahora llevamos media investigación reconstruyendo lo que otros creían que iba a hacer. Esto es algo que hizo ella.

Nuria nos miró alternativamente.

—Me parece una discusión muy interesante, pero el teléfono no va a resolverla. Si queréis saber hasta qué punto el borrador encaja con el deterioro que describe Toxicología, tendréis que volver a molestar a Pilar.

Molina recogió su chaqueta.

—Es tranquilizador saber que todavía queda alguien en el edificio a quien no hemos agotado.

—Habla por ti.

Pilar no estaba en su despacho.

La encontramos en una sala de revisión con dos informes abiertos y una bandeja que no tenía nada que ver con nuestro caso. Cuando le enseñé la hora del borrador, terminó primero lo que estaba haciendo y nos obligó a esperar en el pasillo.

Tardó menos de cinco minutos.

—Antes de que empecéis —dijo al salir—, que Marta pudiera escribir a las diez y siete no cambia la toxicología.

—No venimos a cambiarla —respondí—. Queremos saber si la contradice.

Pilar leyó el borrador otra vez.

—No. Es coherente con lo que ya os expliqué. Conservaba capacidad suficiente para mantener una conversación a las nueve y cuarenta y dos; veinte minutos después escribe una respuesta profesional breve y sintácticamente normal. Ninguna de las dos cosas exige que estuviera libre de efectos.

Molina se guardó las manos en los bolsillos.

—Lo que intentamos fijar es hasta cuándo podemos demostrar que seguía actuando con normalidad. No necesitamos que nos digas que a las diez y dieciocho perdió la consciencia. Ya hemos aprendido que no vas a hacerlo.

—Me alegra que algo de lo que digo permanezca.

—Entonces, ¿qué podemos afirmar?

Pilar se apoyó contra la pared.

—Podéis afirmar que a las diez y siete todavía tenía capacidad para utilizar el teléfono y redactar una respuesta coherente.

También podéis afirmar que el deterioro posterior es compatible con los hallazgos.

Lo que no podéis hacer es utilizar el silencio del teléfono como un monitor médico.

Que no lo vuelva a tocar no significa que quedara inconsciente a las diez y diez.

—¿La medicación habitual aparece ya absorbida en una proporción que permita decir cuándo la tomó? —pregunté.

—No con la precisión que buscas. Podemos distinguir que la ingirió y que contribuyó al efecto combinado, pero convertir concentraciones post mortem en una hora exacta de toma sería fingir una certeza que no tenemos.

Molina tomó la palabra antes de que yo continuara.

—Déjame plantearlo de otra manera. Marta sale de la 409, baja a recepción, entra sola en la 408, habla con su marido más de una hora después y posteriormente escribe un correo de trabajo.

En algún momento también consume alcohol y su medicación habitual.

¿Existe algo en esa secuencia que obligue a pensar que sabía que estaba sufriendo una intoxicación?

Pilar tardó más en responder.

—La medicina no me permite saber qué sabía.

Esa pregunta pertenece a una persona que ya no puede contestarla.

Lo que puedo deciros es que una intoxicación progresiva puede confundirse inicialmente con cansancio, sueño, torpeza o malestar inespecífico.

Pero si escribís que Marta pensó que estaba cansada, estaréis escribiendo una posibilidad, no un hallazgo.

Aquello era exactamente el límite que necesitaba.

—Entonces no lo escribiremos.

—Milagrosamente, sigo creyéndote.

Molina sonrió.

—¿Y la caída?

Pilar cambió ligeramente de expresión.

—¿Qué caída?

—La contusión del codo que consideraste compatible con la caída al principio. Si empezó a perder coordinación después, ¿puede encajar?

—Puede. También pudo golpearse con un mueble mientras hacía cualquier otra cosa. La lesión es pequeña y no tenemos manera de convertirla en un reloj. Si queréis reconstruir el deterioro, utilizadla como compatible, no como una estación obligatoria de la secuencia.

Salimos de allí con menos certezas de las que Molina habría querido y una más de la que teníamos al entrar.

A las 22:07 Marta todavía podía escribir.

Después, las horas dejaban de tener actos fechados.

Pedí que nos dejaran consultar otra vez las fotografías originales de la 408.

No necesitábamos regresar al hotel.

La habitación seguía delante de nosotros en más de doscientas imágenes tomadas antes de retirar el cuerpo.

Molina fue pasando despacio.

La ropa. El neceser. La toalla usada. El móvil conectado al cargador. La pequeña botella de ginebra abierta. Los medicamentos. La cama deshecha por un solo lado.

El zapato junto al escritorio.

—El primer día, cuando entramos en la 408, todo esto parecía una decisión —dijo Molina—. Una mujer sola, alcohol, medicamentos y una puerta cerrada desde dentro.

—Y ahora sabemos que estábamos intentando explicar el final antes de entender lo que había ocurrido antes.

Molina observó otra vez las fotografías.

—Hemos tardado bastante en llegar hasta ahí.

—Pero hemos llegado.

—Por eso no lo escribo.

Volvió a la fotografía de la mesilla.

—Lo que quiero decir es que vimos las pastillas, el alcohol, la puerta cerrada y un cuerpo. Era casi inevitable ordenarlo todo en una misma dirección.

—No era inevitable.

—No, pero era cómodo. Y ahora tenemos que hacer lo contrario sin cometer el mismo error.

Amplié la imagen del escritorio.

El teléfono aparecía conectado.

Al lado estaba la carpeta de trabajo.

—A las diez y siete todavía intenta responder a un correo para mañana. Eso no significa que después no pudiera tomar una decisión distinta, pero sí significa que no necesitamos inventar una conducta extraordinaria para explicar lo que había aquí.

Molina señaló la ginebra.

—Bebe algo.

Después los medicamentos.

—Toma lo que tenía prescrito.

Después la cama.

—Se acuesta.

—Todo eso es posible. No conocemos el orden.

—Ya sé que no conocemos el orden. Estoy intentando decir algo distinto: ninguna de esas acciones necesita formar parte de un suicidio. Pueden formar parte de una noche cualquiera que se tuerce mientras ella está dentro.

Me quedé mirando el zapato situado cerca del escritorio.

El otro seguía puesto cuando encontraron el cuerpo.

—Y tampoco sabemos en qué momento deja de ser una noche cualquiera.

—No.

Avancé hasta la fotografía del cuerpo.

La posición no contaba una secuencia completa.

Nunca lo había hecho.

—A las diez y siete tenemos nuestra última conducta fechada y voluntaria —dije—. Después sabemos que siguió moviéndose por la habitación porque la escena lo exige, pero ya no podemos ponerle hora a casi nada.

Molina se inclinó hacia la pantalla.

—Entonces el límite no es médico. Es probatorio.

—Exactamente.

—Y eso nos deja varias horas hasta la muerte.

—Sí.

Se quedó observando la fotografía.

—Adrián salió del hotel a las ocho y veinticuatro.

No necesitaba preguntarme adónde quería llegar.

—Y Marta seguía viva muchas horas después.

—Eso es lo que va a decir.

—Claro.

—Que cuando la dejó estaba caminando, hablando y enfadada. Que luego pidió hielo, llamó a su marido, contestó correos y se encerró sola. Va a utilizar cada una de esas cosas como prueba de que no pudo matarla.

Cerré la imagen.

—Entonces tenemos que dejar de tratarlas como obstáculos.

Molina giró la silla hacia mí.

—Explícate.

—Su supervivencia durante varias horas no rompe nuestra teoría. Forma parte de ella. La sustancia estaba en la 409, ya estaba en su organismo antes de entrar en la 408 y el deterioro podía ser progresivo. Que siguiera funcionando no separa a Adrián de la muerte.

Molina permaneció callado unos segundos.

—Solo separa la acción del resultado.

—Sí.

Esa diferencia había estado delante desde el principio.

Una persona podía causar una muerte y marcharse mucho antes de que la víctima pareciera estar muriendo.

Miré otra vez el registro del teléfono.

22:07.

No era la hora en que Marta había empezado a encontrarse mal. No era la hora en que había perdido la consciencia. Ni siquiera era necesariamente la última vez que había estado despierta.

Era algo más útil.

La última vez que podíamos demostrar que seguía haciendo planes para el día siguiente.

Guardé el informe.

—Ya no necesito reconstruir cada minuto de Marta —dije—. Necesito saber qué explicación va a dar Adrián para que todo esto empiece antes de que él se marche y termine horas después.

Molina cerró la carpeta de fotografías.

—Entonces hemos terminado con la víctima.

Negué.

—Con sus últimas horas.

Me puse de pie.

—Ahora nos toca reconstruir al hombre que salió del hotel a las ocho y veinticuatro.