CAPÍTULO 25
Veinte minutos parecían más largos dentro de la habitación.
—Si lo que quieres demostrar es que dos personas pueden discutir aquí durante veinte minutos, creo que podemos ahorrarnos los dieciséis que faltan. La habitación no ayuda precisamente a que uno quiera quedarse mucho tiempo.
—No quiero demostrar que discutieron —dije—. Adrián ya reconoce que discutieron. Quiero saber qué cabe realmente dentro de esos veinte minutos sin que tengamos que inventar nada.
Molina apoyó los antebrazos sobre las piernas.
—Llegó a las siete cincuenta y ocho al edificio, subió por la escalera y, según él, Marta le abrió a las ocho y dos.
A las ocho y veintidós la puerta vuelve a abrirse desde dentro.
Eso nos deja veinte minutos en la habitación.
Tiempo suficiente para discutir, beber algo y hacer bastantes cosas de las que después uno puede decidir que no se acuerda.
La 409 ya no contenía las muestras originales.
Científica había terminado allí, pero la habitación seguía fuera de servicio y Laura nos había permitido volver acompañados de un empleado.
La cama continuaba hecha y sobre la mesa habían colocado dos vasos del mismo modelo que los retirados como prueba.
No eran evidencias. Solo medidas.
Cogí uno.
—Adrián dijo que bebieron agua, aunque ni siquiera estaba seguro de quién la sirvió.
—También dijo que quizá había sido él. Después hemos encontrado su ADN en uno de los vasos. Esa parte de su memoria parece estar mejorando sin necesidad de que volvamos a preguntarle.
Dejé el vaso.
—El problema es el otro.
Molina miró hacia el baño.
—El que alguien enjuagó.
—O manipuló de una forma compatible con haberlo enjuagado.
— Llevas suficientes días corrigiéndome como para que pueda hacer yo solo la versión larga.
Había agua donde el personal del hotel dice que no debería haberla, el vaso presentaba una limpieza distinta y dentro quedaron restos de la misma sustancia que apareció en Marta.
No sabemos quién lo limpió ni por qué, pero alguien hizo algo con él después de utilizarlo.
Eso estaba mejor.
Me levanté.
La distancia entre la mesa y el baño era pequeña. Caminé hasta el lavabo, abrí el grifo sin tocar nada más de lo necesario y esperé un par de segundos antes de cerrarlo.
—Siete —dijo Molina.
—¿Qué?
—Siete segundos desde que te levantaste hasta que has cerrado el grifo. Diez si quieres hacerlo sin parecer que estás huyendo de un incendio.
Volví a la mesa.
—Y otros cinco para regresar.
—Por fin una reconstrucción policial al alcance de mi formación.
Lo ignoré.
Álvaro esperaba fuera con la copia de los registros de la cerradura. Le hice una señal y entró.
—Necesito comprobar una cosa por última vez. Después de la apertura interior de las 20:22, ¿hay algún acceso a la 409 antes de que la habitación sea abierta por nosotros al día siguiente?
Álvaro ya sabía la respuesta, pero buscó la línea correspondiente.
—Ninguno. Y esta vez te lo digo después de haber revisado memoria local, servidor y sincronización. A las 20:22:47 se acciona la manilla desde dentro, la puerta vuelve a cerrar y no registra otra apertura válida hasta que entráis con la tarjeta maestra.
Molina se incorporó.
—Entonces quien limpió el vaso no pudo volver después.
—Si ocurrió después de que se preparara la habitación y antes de que llegarais vosotros, tuvo que hacerlo antes de esa salida —respondió Álvaro—. La cerradura no me dice quién tocó un vaso, pero sí puedo decirte que nadie volvió a abrir esta puerta.
Le di las gracias y salió.
Molina esperó unos segundos.
—Eso acota bastante la limpieza —dijo Molina—. Después de las ocho y veintidós nadie pudo volver para borrar rastros.
—La acota, pero no hasta los veinte minutos —respondí—. La habitación llevaba abierta desde las siete y cuarenta y uno. Lo único que podemos asegurar es que, cuando Marta y Adrián salieron, el vaso ya había pasado por esa manipulación.
Me acerqué otra vez a la mesa.
Hasta entonces habíamos hablado de una limpieza posterior al uso de la habitación. La expresión había sido útil porque evitaba atribuirla a una persona.
Ahora el tiempo la estrechaba más.
La habitación estaba preparada a las 15:07. La credencial digital la había abierto a las 19:41.
Adrián llegaba después. A las 20:22 salían.
Y nadie regresaba.
—Si ese vaso se enjuagó antes de que la habitación quedara cerrada a las ocho y veintidós, quien lo hizo tuvo que hacerlo antes de que ambos salieran. Eso incluye los veinte minutos de Adrián dentro, pero no los convierte automáticamente en el único intervalo posible.
Molina se quedó mirando el baño.
—Eso significa que uno de los dos vio al otro hacerlo.
—No necesariamente. La habitación tiene baño, dos personas pueden moverse y no necesitamos imaginar a Marta vigilando cada gesto de Adrián durante veinte minutos.
—Pero tampoco estamos hablando de una suite de doscientos metros.
Si yo me levanto ahora, cojo un vaso, entro en el baño, abro el grifo y lo devuelvo a la bandeja, tú puedes no prestarme atención durante quince segundos.
Lo que ya cuesta más creer es que lo haga porque me ha dado de repente un ataque de civismo hotelero después de una discusión.
Me senté de nuevo.
—También pudo hacerlo Marta.
Molina no protestó inmediatamente.
Cogió uno de los vasos de sustitución y lo hizo girar entre los dedos.
—Sí. Puede cogerlo ella. Puede derramar agua, enjuagarlo, limpiar parte de la mesa o hacer cualquiera de esas cosas normales que luego parecen sospechosas porque está muerta. Pero tenemos que conseguir que esa explicación sobreviva al resto.
—Eso es exactamente lo que estamos haciendo.
—Entonces vamos a hacerlo completo. Marta estaba guardando copias de documentos.
Horas antes le había dicho a Adrián que no iba a seguir permitiendo que utilizara su nombre y que tampoco quería continuar con él.
Adrián exigió hablar cara a cara, vino aquí ocultándose de recepción y después mintió sobre haber venido.
Dentro de esta habitación utilizó uno de los vasos.
El otro contiene una sustancia que termina en el cuerpo de Marta y alguien lo limpia antes de salir.
Él, además, nos dice expresamente que no limpió nada.
Molina dejó el vaso en el mismo lugar.
—Cada pieza por separado admite una explicación razonable. El problema es que empiezan a necesitar explicaciones distintas para seguir siendo inocentes todas a la vez.
No respondí.
Era la primera vez que formulaba algo que llevaba varios días creciendo sin que yo quisiera darle una forma demasiado cómoda.
Miré el reloj.
20:14.
Todavía quedaban ocho minutos.
—Haz de Adrián.
Molina me observó con cansancio.
—Sabía que esto iba a terminar degradándose.
—Llegas. Marta te ha dicho por mensaje que guarda documentos, que no piensa seguir y que la relación también termina. Has exigido hablar. Entras y dispones de veinte minutos antes de marcharte.
—¿Quieres que interprete un asesinato del que todavía dices que no puedes demostrar el mecanismo?
—Quiero que hagas lo que él reconoce.
Molina cambió de silla y se colocó frente a mí.
—De acuerdo. Según Pardo, hablamos de la relación. Yo estoy enfadado porque llevamos tres años juntos y tú has decidido terminar. Te reprocho que hayas construido una vida que yo tampoco conocía y, en algún momento, cuando te levantas, te cojo del brazo. Tú me dices que te suelte y lo hago.
—Falta el trabajo.
—Porque él lo ocultó.
—Ahora sabemos que existía. Inclúyelo.
Molina apoyó una mano sobre la mesa.
—Entonces tú también me dices que se acabaron los informes, que no quieres volver a ver tu nombre en documentos que no hayas revisado y que tienes copias.
Yo intento convencerte de que estabas dentro desde el principio, que has cobrado por trabajos relacionados y que ahora no puedes presentarte como si fueras ajena a todo.
Eso explicaría el mensaje de Adrián diciendo que Marta estaba mezclando asuntos.
No sonaba imposible.
Precisamente por eso funcionaba.
—¿Y los vasos?
Molina miró la bandeja.
—Podemos estar bebiendo mientras discutimos.
Yo sirvo o sirves tú. Adrián ya no sabe cuál de las dos cosas ocurrió, lo cual resulta bastante cómodo.
Lo que no puedo reconstruir honestamente es el momento en que la sustancia llega al otro vaso, porque no tenemos ninguna prueba que nos diga cómo ocurrió.
—Eso es lo que quería.
Molina se reclinó.
—No te emociones. Que no sepamos reconstruir el gesto no hace desaparecer todo lo demás.
—Pero evita que lo inventemos.
—De acuerdo. Entonces seguimos hasta donde sí podemos llegar.
Hay dos vasos utilizados. Uno lo usa Adrián.
El otro contiene la sustancia. Antes de las ocho y veintidós alguien manipula y limpia parte de la zona.
Después los dos salen. Cinco minutos más tarde Marta está en recepción caminando normalmente.
Y Adrián toma la escalera y aparece en la calle a las ocho veinticuatro.
Miré el reloj otra vez.
20:20.
—Levántate.
Molina obedeció.
Yo cogí el bolso imaginario de Marta de encima de la cama y fui hasta la puerta. Él caminó hacia el baño, cogió uno de los vasos, lo llevó hasta el lavabo y volvió a dejarlo sobre la bandeja.
Después cogió su chaqueta del respaldo.
Llegó a la puerta unos segundos después que yo.
Habían pasado menos de cuarenta.
—Eso no demuestra que lo hiciera —dijo antes de que pudiera hablar—. Solo demuestra que podía hacerlo sin necesitar quedarse aquí después de que Marta saliera.
—Y sin necesitar volver.
Abrí la puerta. El pasillo estaba vacío.
Molina salió detrás de mí y la puerta volvió a cerrarse.
—A partir de aquí ella va hacia los ascensores y él hacia la escalera —dijo—. Eso es lo que Adrián afirma y las cámaras posteriores no lo contradicen. La parte que seguimos sin ver son estos veinte minutos.
Me quedé frente al número 409.
Habíamos regresado al mismo hueco de la investigación con el que llevábamos días trabajando, pero ya no estaba igual de vacío.
Antes teníamos posibilidades.
Ahora algunas empezaban a superponerse.
—Hay una mentira que todavía no hemos utilizado —dije.
Molina esperó.
—Adrián negó haber limpiado nada.
—Y alguien limpió antes de que ambos salieran.
—Eso podemos demostrarlo.
Molina sostuvo la mirada durante un momento.
—Entonces ya no necesitas preguntarle si estuvo aquí, si discutieron o si bebió. Todo eso ha dejado de ser negociable.
Miré la puerta cerrada.
—La próxima vez quiero preguntarle por algo que solo pueda contestar de una manera si está diciendo la verdad.
Empezamos a caminar hacia los ascensores.
Detrás de nosotros, la 409 volvió a quedar cerrada.
Seguíamos sin poder demostrar el instante exacto en que la sustancia había terminado en un vaso.
Pero la 409 ya nos había quitado una posibilidad importante: nadie había vuelto después de las ocho y veintidós para limpiar nada.
Cuando Marta y Adrián abandonaron la habitación, el vaso contaminado ya había sido manipulado.