La mujer de la habitación 408 (Los casos de Rivas 2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

El mensaje borrado

Nuria había conseguido recuperar una conversación que ya no existía.

O, según insistió durante los primeros cinco minutos, algunas partes de una conversación que no debíamos confundir con la conversación completa.

—Si vais a salir de aquí diciendo que Informática ha reconstruido todo lo que se dijeron Marta y Adrián aquella tarde, prefiero que os marchéis ahora y me ahorréis el disgusto —dijo mientras caminábamos detrás de ella por una sala llena de puestos vacíos—.

Tenemos fragmentos sincronizados en dos servicios distintos, una copia temporal del proveedor y varios registros que conservan texto, aunque los mensajes originales fueran eliminados. Hay huecos, y algunos son grandes.

Molina llevaba una carpeta bajo el brazo.

—Prometemos comportarnos como adultos responsables siempre que al final de la explicación haya algo que merezca las dos escaleras que acabamos de subir.

Nuria se detuvo delante de un ordenador.

—El ascensor funcionaba.

—Sergio quería caminar.

—Necesitaba moverme.

—Lleva dos semanas investigando puertas y ahora desconfía también de los ascensores.

Nuria ocupó la silla y esperó a que termináramos.

—¿Ya?

—Empieza —dije.

La pantalla mostraba una lista de registros ordenados por horas. Reconocí enseguida las dos líneas que habíamos encontrado días atrás.

19:02.

A las ocho. 409. Sube directamente.

19:06.

De acuerdo. Avísame si cambia algo.

Nuria señaló un código alfanumérico situado junto al segundo mensaje.

—Esto ya podemos cerrarlo. El proveedor ha relacionado el identificador interno con la cuenta asociada al número de Adrián Pardo.

No significa que pueda demostrar quién tenía físicamente el teléfono en la mano cada vez que se escribió algo, pero la cuenta que recibió la cita de las ocho era la suya.

Molina dejó la carpeta sobre una mesa lateral.

— Teniendo en cuenta que poco antes de las ocho ese mismo hombre aparece caminando hacia el hotel y que ya nos ha reconocido que fue a ver a Marta, creo que podemos permitirnos respirar un poco con esa parte.

—Podéis respirar todo lo que queráis. En mi informe pondrá que el identificador corresponde a su cuenta.

—Por eso nos caes bien.

—No os caigo bien.

—También por eso.

Me acerqué a la pantalla.

—¿Qué habéis recuperado antes de las siete?

Nuria abrió otra ventana.

—Aquí es donde empieza a ponerse interesante, y también donde necesito que no completéis las frases que faltan con lo que os gustaría encontrar.

El primer fragmento era de las 17:18.

El texto aparecía cortado al principio.

...mi nombre en documentos que yo no he preparado. No pienso seguir aceptándolo.

Debajo figuraba una respuesta dos minutos después.

No escribas esto aquí. Hemos hablado muchas veces y sabes perfectamente por qué se hizo así.

Molina dejó de sonreír.

—¿El segundo es Adrián?

—Mismo identificador que acabamos de vincular con su cuenta.

Leí otra vez ambas líneas.

—¿Tenemos algo anterior que explique «por qué se hizo así»?

—No. El fragmento previo no conserva contenido. Solo sabemos que hubo actividad entre ambas cuentas.

Nuria desplazó la pantalla.

17:26.

No me importa por qué empezamos. Me importa que siguen apareciendo cosas con mi nombre que no he revisado.

Esta vez la respuesta tardó casi seis minutos.

Estás mezclando asuntos. Lo que hacemos funciona así desde hace meses y nunca dijiste que tuvieras un problema mientras cobrabas por ello.

Molina se inclinó hacia la pantalla.

—Eso mejora bastante la explicación de las facturas.

—La complica —dije.

—Puedo vivir con el verbo.

Nuria abrió el siguiente registro.

—Después hay un hueco de once minutos. No sabemos si hablaron por otra aplicación, si llamaron o si simplemente no se escribieron. Lo siguiente que conservo es esto.

17:43.

He guardado copias de los informes y de las versiones anteriores. Si vuelves a utilizar mi nombre en algo que yo no haya revisado, me aparto y entregaré lo que tengo si hace falta.

La respuesta apareció casi inmediata.

¿Me estás amenazando?

Y después:

Te estoy avisando.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

El zumbido constante de los ordenadores ocupó la sala.

Molina fue el primero en apartarse de la pantalla.

—Eso ya no es solo una discusión de pareja.

—Nunca hemos sabido exactamente qué discutieron durante esos siete minutos de llamada por la tarde —dije.

Nuria buscó otra referencia.

—La llamada empieza a las 17:51 y dura siete minutos y nueve segundos. El contenido no está disponible, obviamente. Después pasan casi veinte minutos sin mensajes recuperables.

Miré las horas.

—¿Y luego?

—Luego cambia el tono.

18:19.

No quiero seguir con esto, Adrián. Ni con el trabajo ni con nosotros.

Molina leyó en silencio.

Nuria continuó.

—Hay otra respuesta de él, pero está fragmentada. Conservamos el final.

...no puedes decidir tres años así y esperar que yo simplemente lo acepte.

Después, Marta:

No lo estoy decidiendo hoy.

Adrián respondió dos minutos después.

Entonces dímelo a la cara.

Nuria se apartó ligeramente del teclado.

—Después faltan cuarenta minutos casi completos. El siguiente mensaje útil es el de las siete y dos que ya conocéis.

A las ocho. 409. Sube directamente.

Volví a leer desde el principio.

La conversación había cambiado el significado de aquella cita sin decirnos todavía qué ocurrió dentro de la habitación.

Marta no estaba intentando únicamente terminar una relación clandestina.

También estaba intentando salir de algo profesional que podía comprometerla.

—Adrián nos dijo que discutieron porque ella quería acabar con la relación —dijo Molina—. Eso era verdad.

—Una parte.

—Una parte bastante cómoda.

Nuria giró la silla hacia nosotros.

—Antes de que empecéis a convertir una omisión en una confesión, recordad que nadie está obligado a contaros espontáneamente todos sus posibles problemas profesionales cuando le preguntáis por una relación sentimental.

—Le preguntamos qué ocurrió en la 409 —respondí—. Le preguntamos por qué discutieron. Dijo que Marta estaba cansada de esconderse y que quería terminar con él. No mencionó una sola palabra de estos documentos.

—Eso sí es distinto —admitió Nuria—. Pero sigue sin deciros qué pasó con un vaso.

Molina apoyó las manos sobre el respaldo de una silla.

—No. Nos dice qué podía perder.

—Eso tampoco está cuantificado —dije—. Sabemos que Marta conservaba copias, que creía que estaban utilizando su nombre en trabajos que no había revisado y que estaba dispuesta a apartarse. Todavía tenemos que saber qué consecuencias reales podía tener eso para Pardo.

Molina me sostuvo la mirada.

—Ayer querías un motivo que explicara qué podía perder.

Su amante de tres años le dice que se acabó, que va a dejar de colaborar, que tiene copias de documentos y que está dispuesta a entregarlas si vuelven a utilizar su nombre.

Dos horas después él entra a escondidas en el hotel donde ella muere esa noche.

Entiendo que no quieras escribir «asesino» en mayúsculas, pero podemos dejar de fingir que el móvil es una palabra demasiado grande.

No respondí inmediatamente.

Porque, por una vez, el problema no era que Molina estuviera yendo demasiado lejos.

Era que todavía necesitábamos saber hasta dónde podíamos seguirlo.

—Tenemos un posible motivo —dije—. Uno serio. Y tenemos una mentira de Adrián que ahora es más grande de lo que parecía.

Molina levantó ligeramente las cejas.

—Eso me vale.

Nuria volvió a la pantalla.

—Hay una cosa más que quizá os interese.

—Sabía que te estabas guardando algo —dijo Molina.

—Me estaba guardando una comprobación porque prefiero terminar las frases antes de que vosotros las utilicéis.

Abrió los metadatos del mensaje de las 19:02.

—La cuenta de Marta envía la cita de la 409 desde una conexión asociada al hotel. Eso encaja con lo que ya sabíamos. La respuesta de Adrián llega desde su conexión móvil habitual. No puedo ubicarlo con precisión con esto, pero no hay nada que contradiga que estuviera desplazándose hacia allí.

—¿Y la supuesta cancelación? —pregunté.

Nuria negó.

—Sigue sin aparecer ninguna. Pero ahora eso importa menos porque él mismo ya ha reconocido que mintió y que fue al hotel. No necesito demostrar que un mensaje inexistente no existió cuando el propio interesado ha retirado esa versión.

Tenía razón.

Durante días habíamos perseguido una cancelación porque podía decidir si Adrián había mentido.

La cámara había resuelto esa pregunta.

Los mensajes acababan de abrir otra.

—Quiero todo esto certificado por el proveedor —dije—. Identificadores, horas, condiciones de recuperación y exactamente qué partes están completas y cuáles son fragmentarias. No quiero que dentro de seis meses alguien pueda decir que hemos convertido una conversación rota en un texto continuo.

—Ya lo he pedido. También he separado visualmente cada fragmento en el informe para que nadie pueda fingir que sabemos qué había entre uno y otro.

—¿Podemos recuperar más?

—Estamos intentándolo, pero a partir de ahora la respuesta real es que quizá. Hay copias temporales pendientes y otra cuenta de sincronización que todavía no nos han entregado. Si aparece algo, os lo diré. Si no aparece, esto es lo que tendréis.

Molina abrió la carpeta.

—A mí empieza a parecerme suficiente para volver a sentar a Pardo delante.

—Todavía no —dije.

Esta vez no respondió inmediatamente. Cerró la carpeta despacio.

— Llevas días diciendo todavía no.

—Porque cada vez sabemos algo que él no sabe que sabemos. Y quiero conservar esa ventaja hasta que podamos hacer una pregunta que no pueda resolver inventando otra explicación.

—¿Qué falta ahora?

Miré la conversación recuperada.

La respuesta estaba delante, pero no era sencilla.

—Sabemos que Marta lo estaba dejando. Sabemos que tenía documentos. Sabemos que él estuvo con ella. Sabemos que uno de los vasos conserva su ADN y que el otro contenía la sustancia. Lo que todavía no puedo demostrar es el paso entre una discusión y una administración deliberada.

Molina se acercó.

—Quizá nunca consigas una fotografía de él echando algo en el vaso.

—No necesito una fotografía. Necesito que todas las explicaciones alternativas empiecen a fallar a la vez.

Nuria apagó una de las ventanas de la pantalla.

—Eso ha sonado peligrosamente parecido a paciencia.

—Se le pasará —dijo Molina.

Recogí las impresiones.

Antes de salir volví a mirar el mensaje de Marta.

He guardado copias de los informes y de las versiones anteriores.

Hasta aquella mañana, los documentos podían significar muchas cosas: precaución, miedo, una discusión profesional, incluso una forma de protegerse por si alguien intentaba responsabilizarla de un error.

Ahora sabíamos que Adrián conocía su existencia.

Y que Marta había decidido dejar de aceptar que su nombre siguiera apareciendo donde ella no quería verlo.

En el pasillo, Molina caminó a mi lado sin hablar durante varios metros.

—¿Sabes qué es lo que más me molesta? —dijo finalmente.

—Que siga sin querer detenerlo.

—Eso ya lo he asumido. Me molesta que Pardo no nos mintiera completamente.

Nos dio la versión que podía sobrevivir si descubríamos una parte de la verdad.

Admitió la relación porque ya sabíamos que existía.

Admitió la discusión porque podía parecer sentimental.

Admitió que le cogió el brazo porque quizá temía que encontráramos algún rastro.

Cada vez nos entrega exactamente lo suficiente para que lo siguiente parezca una omisión en lugar de otra mentira.

Seguimos caminando.

—Por eso no quiero volver a preguntarle nada hasta saber dónde termina esa estrategia.

Molina abrió la puerta de la escalera.

—Entonces estamos buscando el punto en que ya no pueda añadir otra explicación.

—Estamos buscando el punto en que una explicación nueva contradiga las anteriores.

Bajamos.

La cita de las ocho ya no parecía una conversación entre dos amantes intentando decidir si continuaban juntos.

Había sido también una reunión entre una mujer que quería retirar su nombre de ciertos documentos y un hombre que sabía que ella guardaba copias.

Eso no demostraba que Adrián hubiera puesto nada en un vaso. Pero explicaba por qué, aquella noche, necesitaba que Marta cambiara de opinión.