CAPÍTULO 23
La hora de la muerte
La llamada de Marta a su marido había durado seis minutos y cuarenta y ocho segundos.
Julián tardó en contestarme cuando se lo dije.
—Pensaba que había sido menos.
Estaba al otro lado del teléfono. Molina conducía y yo llevaba sobre las rodillas la cronología de aquella noche, llena ya de horas que empezaban a estar demasiado juntas para seguir tratándolas como hechos separados.
—Es normal —dije—. La primera vez nos dijo que habían hablado entre las nueve y media y las diez. Necesitábamos comprobar la hora exacta.
—¿A qué hora fue?
Miré el registro.
—Empezó a las nueve y cuarenta y dos.
Hubo unos segundos de silencio.
Por la ventanilla pasaban fachadas húmedas y terrazas recogidas después de la lluvia de la tarde.
—¿Eso cambia algo?
—Puede ayudarnos a reconstruir cómo estaba Marta después de regresar a su habitación. Necesito que intente recordar la conversación con algo más de detalle.
Julián soltó el aire antes de responder.
—Ya les dije lo que recuerdo. Estaba cansada. Me dijo que había tenido un día horrible.
—¿Su voz le pareció extraña?
—No sé qué significa extraña.
—Más lenta de lo habitual, confusa, como si le costara seguir lo que usted decía.
—No.
Molina redujo la velocidad al llegar a un semáforo.
—¿Seguro? —pregunté.
—Inspector, estaba hablando con mi mujer por teléfono. No la estaba examinando. Si me pregunta si sonaba borracha o si decía cosas sin sentido, la respuesta es que no. Sonaba cansada y de mal humor. Eso era todo.
La precisión me gustó más que un recuerdo fabricado después de conocer el resultado de la autopsia.
—¿Hablaron de algo concreto?
—De los niños de mi hermana. De un paquete que tenía que recoger al día siguiente. Le pregunté si iba a volver temprano y dijo que dependería de una reunión.
—¿Le pareció que recordaba lo que usted le decía?
—Sí.
—¿Interrumpía las frases?
—A veces. Lo hacía siempre cuando estaba cansada.
El semáforo cambió.
Molina arrancó.
—¿Le dijo que estuviera mareada?
—No.
—¿Dolor de cabeza?
—Tampoco.
—¿Que hubiera bebido?
—No hablamos de eso.
Apoyé la hoja sobre la carpeta.
—¿Cómo terminó la llamada?
Julián tardó algo más.
—Le dije que descansara. Ella dijo que iba a ducharse o a acostarse, ahora no recuerdo cuál de las dos cosas. Después me preguntó si había cerrado la ventana del dormitorio porque por la mañana había hecho frío.
Miré a Molina.
Él continuó mirando la carretera.
—¿Y ya está?
—Nos dijimos buenas noches.
Su voz cambió ligeramente al decirlo.
No insistí.
—Gracias, Julián. Puede que tengamos que volver a preguntarle alguna cosa.
—Inspector.
—Sí.
—Si estaba hablando conmigo a las nueve y cuarenta y dos, ¿cómo puede haber pasado algo antes?
La pregunta llevaba varios días esperando una respuesta.
—Porque hablar con usted no significa necesariamente que en ese momento estuviera bien.
—Yo la habría notado.
—Quizá habría notado algo grave. Eso no significa que tuviera que notar un deterioro leve.
Julián permaneció callado.
—Entonces ¿ya saben cuándo ocurrió?
Miré la lista de horas.
—Estamos empezando a saber cuándo pudo empezar.
Colgué.
Molina condujo todavía una manzana antes de hablar.
—Eso no le ha ayudado mucho.
—No le he llamado para tranquilizarlo.
—Ya.
—Y tampoco para convencerlo de una teoría.
Molina giró hacia la comisaría.
—¿Te ha servido?
Volví a mirar el registro de llamada.
21:42.
Seis minutos y cuarenta y ocho segundos.
—Sí.
Extendimos la cronología sobre una mesa pequeña en lugar de volver a utilizar la pizarra.
Había impresiones de cámaras, accesos electrónicos, registros del teléfono principal y una fotografía de la habitación 408 tomada antes de que Científica retirara nada.
Molina colocó las hojas por orden.
—Empezamos a las ocho y veintidós.
—Empezamos por lo que podemos demostrar.
—Era una forma más corta de decir exactamente eso.
A las 20:22, la puerta de la 409 se había abierto desde dentro.
A las 20:24, Adrián aparecía saliendo por el lateral.
A las 20:27, Marta estaba frente a recepción esperando un recipiente con hielo.
La fotografía fija del vídeo la mostraba mirando el teléfono.
—Beatriz dijo que hablaba con normalidad —recordó Molina.
—Y que parecía seria y con prisa.
—No mareada.
—Dijo que no le llamó la atención nada físico.
Colocó la siguiente hoja.
20:34:07.
Tarjeta física de Marta.
Después de aquello no había otro acceso hasta la mañana siguiente.
—Aquí se cierra el problema —dijo Molina.
—Se cierra la puerta.
Me miró.
—Sabía que ibas a decir algo así.
La imagen de la frase me molestó porque ya habíamos pasado demasiados días hablando de puertas.
Señalé la hoja siguiente.
—A partir de aquí tenemos actividad dentro de la habitación, aunque no podamos colocar cada movimiento.
El teléfono principal se conectó al cargador poco después.
Había actividad breve en la pantalla durante la primera parte de la noche y después intervalos cada vez mayores.
El minibar indicaba consumo, aunque seguíamos sin poder precisar cuándo había abierto nada.
Los medicamentos estaban junto a la cama.
—Y a las nueve cuarenta y dos habla con Julián —dijo Molina.
Coloqué el registro entre ambos.
—Casi siete minutos.
—Coherente.
—Según él.
—¿Sigues dudando hasta de eso?
—No. Solo quiero utilizar exactamente lo que tenemos. Julián dice que seguía una conversación, recordaba asuntos cotidianos y respondía con normalidad. También dice que estaba cansada y de mal humor.
Molina se quedó mirando la secuencia.
—Una hora y veinte después de salir de la 409.
—Aproximadamente.
—Y todavía funcional.
—Sí.
Cogí el teléfono y llamé a Pilar.
Contestó al tercer tono.
—Si vais a preguntarme otra vez a qué minuto empezó a encontrarse mal, voy a colgar.
Molina sonrió.
—Ni siquiera has dicho hola.
—He visto quién llama.
Puse el altavoz.
—Tenemos una pregunta distinta.
—Sorpréndeme.
—A las nueve y cuarenta y dos Marta mantiene una conversación de casi siete minutos con su marido. Él la recuerda cansada, pero coherente. ¿Eso contradice lo que sabemos?
Pilar respondió sin prisa.
—No.
—Necesito algo más que una sílaba —dijo Molina.
—Entonces deja de hacer preguntas que admiten una sílaba.
El deterioro asociado a lo que encontramos no tiene por qué ser inmediato ni lineal.
Una persona puede conservar capacidad para hablar, orientarse y realizar tareas sencillas mientras empiezan a aparecer somnolencia, torpeza o dificultades leves que ella misma interpreta como cansancio.
—¿Durante más de una hora?
—Puede ser compatible con el conjunto que tenemos, especialmente porque hay más factores implicados. Lo que no voy a hacer es construir una tabla en la que a las nueve y doce está perfectamente y a las nueve y trece deja de estarlo.
—Eso no te lo estamos pidiendo —dije.
—Todavía.
Miré la fotografía de la 408.
—Si después tomó su medicación habitual, ¿podría acelerar el deterioro?
—Ya hablamos de esto. Podría intensificarlo. Y el alcohol también influye. Pero recuerda el orden: los medicamentos habituales no explican solos la muerte.
—La otra sustancia ya estaba presente.
—Exacto.
Molina apoyó un dedo sobre el registro de la llamada.
—Entonces puede hablar con Julián, colgar, hacer un par de cosas normales y encontrarse progresivamente peor.
—Puede.
—¿Hasta perder la consciencia?
—Es compatible. Lo que ocurriera entre la llamada y ese momento tendremos que reconstruirlo con la escena, porque el cuerpo no lleva reloj.
Esa frase sí me servía.
—Gracias.
—Cuando queráis.
Colgó.
Molina levantó la fotografía de la habitación.
—La escena.
La cama deshecha solo por un lado.
El teléfono cargando. La ginebra abierta. La botella de agua. Los medicamentos. Un zapato cerca del escritorio. La ropa.
Todo aquello había parecido, al principio, la preparación desordenada de un suicidio.
Ahora podíamos leerlo de otra manera sin inventar nada.
—Entró sola —dije—. Cerró la puerta. Utilizó el pestillo.
—Eso está demostrado.
—Puso el teléfono a cargar.
—También.
—Habló con Julián.
—Sí.
—En algún momento utilizó el minibar o al menos manipuló lo que encontramos después. Y sabemos que tomó su medicación habitual.
Molina esperó.
—¿Qué estás intentando demostrar?
—Nada nuevo. Precisamente eso.
Cogí la fotografía.
—Llevamos días preguntándonos qué hizo Marta después de entrar en la 408 como si tuviera que haber hecho algo extraordinario.
—Y quizá se limitó a pasar la noche.
—Durante un rato.
Molina observó la imagen.
—Se cambia, bebe algo, toma su medicación y se acuesta.
—Es posible.
—Sin saber que ya había otra sustancia en su organismo.
—Eso sí lo sabemos.
Molina apoyó ambas manos en la mesa.
—Entonces la escena del suicidio no la preparó nadie.
—Tampoco sabemos que ella intentara preparar una.
—Los medicamentos estaban al lado.
—Porque los utilizaba.
—La ginebra.
—Porque bebió.
—El pestillo.
—Porque cerró su habitación.
Molina se quedó callado.
El problema llevaba allí desde el primer día.
Habíamos interpretado varias acciones normales como una sola decisión extraordinaria porque conocíamos el resultado final.
Ahora el orden empezaba a invertirse.
Marta había regresado a su habitación. Había hablado con su marido. Había hecho cosas que formaban parte de una noche cualquiera.
Y, en algún momento después, dejó de poder hacerlas.
—La hora de la muerte sigue entre las tres y las siete —dijo Molina.
—Sí.
—Pero ya no es la hora que más me interesa.
Recogí la cronología.
—A mí tampoco.
Molina señaló el espacio entre 20:22 y 21:49, cuando terminó la llamada con Julián.
—Entonces ¿qué buscamos ahora?
Pensé en los dos vasos.
En los documentos de Nexo.
En Adrián saliendo por el lateral.
—El último momento en que Marta todavía podía decidir qué hacer con su noche.
Guardé las hojas en la carpeta.
La muerte había ocurrido horas después. El crimen, si conseguíamos demostrarlo, había empezado mucho antes.