La mujer de la habitación 408 (Los casos de Rivas 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Dos vasos

Pilar había colocado las fotografías de los dos vasos una junto a otra, pero no nos dejó acercarnos a los informes hasta que terminó de hablar con la técnica del laboratorio.

Molina esperó apoyado contra la pared.

—Llevas varios días prometiéndonos resultados.

—Yo no prometo fechas. Vosotros escucháis lo que os conviene.

La sala era más fría que el pasillo y olía ligeramente a alcohol de limpieza. Detrás del cristal que separaba la zona de trabajo podían verse bandejas numeradas, cajas de muestras y dos personas moviéndose con batas blancas entre los equipos.

Pilar señaló las fotografías.

—Vaso uno. El que estaba desplazado de la bandeja y presentaba más signos de haber sido limpiado.

Molina dejó de apoyarse.

—Te escuchamos.

—En el interior hemos encontrado residuos compatibles con la misma sustancia no prescrita que apareció en el organismo de Marta.

Ninguno respondió inmediatamente.

Miré la fotografía.

Era el vaso que habíamos observado desde el primer día, el que conservaba un cerco fino en la base y unas zonas mate cerca del borde. Durante una semana había sido poco más que un objeto fuera de posición.

Ahora dejaba de serlo.

—¿La misma sustancia? —pregunté.

—La misma. La cantidad que queda en el vaso es muy pequeña y no sirve para calcular cuánto pudo contener originalmente. Tampoco puedo deciros cuándo estuvo allí.

—Pero estuvo.

—Eso sí.

Molina acercó una silla y se sentó.

—Entonces Marta bebió de ese vaso.

Pilar lo miró.

—Acabo de tardar treinta segundos en conseguir que estropees una conclusión correcta.

—Era demasiado fácil.

—Tenemos la sustancia en el vaso y la sustancia en Marta. Eso relaciona ambas muestras. Lo que todavía no tenemos es una identificación útil de quién bebió de ese recipiente.

Me acerqué a la mesa.

—¿Nada de ADN?

—Hay material degradado y mezcla, pero ninguna atribución individual que pueda sostener ahora. El vaso fue enjuagado o lavado de manera incompleta. Eso redujo bastante lo que podíamos recuperar.

Molina levantó la vista.

—¿Enjuagado?

—El patrón es compatible. Había residuos de agua en zonas donde no deberían permanecer después de la preparación normal de la habitación y las marcas que ya encontramos indican manipulación posterior. Alguien pasó el vaso por agua o hizo algo muy parecido antes de devolverlo a la bandeja.

Recordé a Ana explicando que los vasos salían secos del lavavajillas y que la supervisora había comprobado la habitación a las tres y siete.

—Después de utilizarlo.

—Eso es lo más coherente con el resto de evidencias.

—¿Para quitar la sustancia?

Pilar cruzó los brazos.

—Para limpiar el vaso. La intención vuelve a ser vuestra parte.

Molina me miró.

—Estaba esperando que lo dijera.

—Y aun así has preguntado.

—Mantengo la esperanza.

Pilar pasó a la segunda fotografía.

—Vaso dos. Menos alterado y con una limpieza mucho más superficial. Aquí sí tenemos un perfil genético masculino suficientemente completo.

La frase llegó con más calma que la anterior.

—¿Comparado con quién? —pregunté.

—Con la muestra de referencia que Adrián Pardo entregó después de su segunda declaración.

Molina se inclinó hacia delante.

—¿Es suyo?

—El perfil es compatible con Adrián Pardo con la significación necesaria para incluirlo en el informe. Dicho de una manera que no podáis deformar durante el camino de vuelta: hay ADN suyo en el borde del vaso.

Miré otra vez las dos imágenes.

En una, la sustancia.

En la otra, Adrián.

—Eso demuestra que bebió allí —dijo Molina.

—Demuestra contacto biológico con el borde. Si además tenemos su propia declaración diciendo que estuvo bebiendo agua en la habitación, entonces la interpretación resulta bastante razonable.

Cogí la copia de su interrogatorio que había llevado conmigo.

Adrián había dicho:

Agua, creo.

Había vasos.

Después, cuando le pregunté quién había servido:

Puede que yo. Puede que ella. No recuerdo algo así.

—Admitió que bebieron —dije.

—Y ahora sabemos que al menos uno de los vasos pasó por su boca —respondió Pilar.

—Queda el otro.

—Queda el otro.

Molina se levantó y caminó hasta el extremo de la mesa.

—Dos personas en una habitación. Dos vasos. El ADN de Adrián en uno y la sustancia que mató a Marta en el otro.

—Que contribuyó a matarla —corrigió Pilar—. No volvamos a olvidar la interacción con su medicación y el alcohol.

—Dos personas, dos vasos, una sustancia que contribuyó a matarla y Adrián mintiendo durante días sobre haber estado allí. ¿Así te gusta más?

—Me gusta que luego no tenga que corregirte delante de un juez.

Dejé la declaración sobre la mesa.

Aquello era más de lo que habíamos tenido la tarde anterior. También era menos de lo que parecía durante los primeros segundos.

Sabíamos que Adrián había estado en la 409. Sabíamos que había utilizado uno de los vasos. Sabíamos que el otro había contenido la sustancia encontrada en el cuerpo de Marta.

Seguíamos sin saber quién la había introducido allí.

—¿El vaso contaminado tenía únicamente esa sustancia? —pregunté.

Pilar negó.

—Había restos compatibles con una bebida sin características especialmente útiles y trazas de otros compuestos comunes. Nada que nos permita reconstruir exactamente qué contenía en el momento de la reunión.

—¿Alcohol?

—No en una cantidad que me permita afirmar que hubiera una bebida alcohólica dentro. Y antes de que intentéis comparar eso con la ginebra de la 408, son escenarios distintos.

Molina se volvió hacia mí.

—Adrián dijo agua.

—Dijo «agua, creo».

—Estás consiguiendo que empiece a echar de menos cuando la gente mentía de manera sencilla.

Pilar recogió una de las hojas.

—Hay otra limitación que quiero que tengáis clara. La presencia de la sustancia en el vaso no demuestra que Adrián supiera que estaba allí. Tampoco demuestra cómo llegó.

—Podría haberla llevado Marta —dije.

—Podría.

—Podría haber estado en el vaso antes.

—La habitación había sido preparada y los vasos sustituidos antes de la llegada. Además, las muestras de referencia del hotel no presentan nada parecido. Esa posibilidad pierde bastante fuerza, aunque no puedo convertiros la ausencia de una sustancia en otros vasos en una historia completa.

—¿Contaminación durante el análisis?

La mirada de Pilar cambió.

—La cadena de custodia está documentada, los controles son negativos y se repitió el análisis. Si quieres buscar una explicación alternativa, busca una que no insulte a mi laboratorio.

Molina sonrió.

—Esa la apuntamos como poco probable.

—Apunta también que sigo teniendo objetos pesados al alcance.

Me acerqué al cristal.

Una técnica colocó una bandeja dentro de un armario metálico y cerró la puerta con un sonido seco.

—Quiero reconstruir quién pudo tocar esos vasos antes de que llegaran al laboratorio.

Pilar señaló el informe.

—Personal de limpieza y supervisión ya está referenciado. Las muestras del hotel nos han servido para excluir algunos perfiles parciales. En el vaso de Adrián la señal dominante es la suya. En el otro, la limpieza destruyó buena parte de lo aprovechable.

—¿Marta?

—Tenemos algunos componentes compatibles, pero la mezcla y el estado de la muestra no permiten una atribución que quiera firmar como individualización.

Molina dejó escapar el aire lentamente.

—Siempre falta medio centímetro.

—Así suele funcionar la realidad.

Cogí las dos fotografías y las puse en paralelo.

Los documentos habían cambiado la forma de mirar el motivo. Los vasos cambiaban ahora el lugar donde debíamos buscar la acción.

Hasta entonces la toxicología nos decía que Marta había ingerido la sustancia antes de entrar en la 408. La 409 era el espacio que mejor encajaba con la cronología, pero seguía siendo una posibilidad.

Ahora la misma sustancia aparecía allí.

—La 409 ya está conectada con la intoxicación —dije.

Pilar tardó un momento antes de responder.

—Está conectada con la sustancia que participó en la intoxicación. Esa formulación me parece defendible.

Molina me señaló.

—Enhorabuena. Has conseguido una frase que Pilar permite usar.

—No la estropees.

—Haré lo que pueda.

Salimos de la sala con las copias.

En el pasillo había más gente que cuando habíamos llegado. Dos camillas cruzaron hacia los ascensores y tuvimos que pegarnos a la pared para dejarlas pasar.

Molina esperó hasta que se alejaron.

—Ahora sí quiero volver a hablar con Pardo.

Seguí caminando.

—Todavía no.

—Sergio.

—Ayer encontramos el conflicto profesional y hoy tenemos esto. Si lo llamamos ahora, ¿qué vamos a preguntarle? ¿Si echó algo en el vaso?

—Me parece un comienzo bastante razonable.

—Y nos dirá que no.

—También bastante razonable.

Llegamos a la escalera.

—Ya ha reconocido que estuvo allí, que discutieron y que bebieron. Si le enseñamos el ADN, confirmará algo que ya ha admitido. Si le enseñamos el otro vaso, negará haber tocado la sustancia. Después sabrá exactamente qué hemos encontrado.

Molina se quedó un peldaño por encima de mí.

—¿Qué quieres antes?

—Saber qué sabía Marta.

—Los documentos.

—Y las comunicaciones.

Molina bajó el último escalón.

—El mensaje borrado.

—Si existe algo recuperable.

—Nuria dijo que seguían trabajando.

—Entonces dejémosles trabajar.

Salimos a la calle.

Había empezado a llover y la acera tenía ese brillo oscuro que Madrid adquiría antes de que nadie decidiera abrir un paraguas.

Molina metió las manos en los bolsillos.

—Te estás guardando la mejor prueba.

—Estoy intentando no enseñársela antes de entenderla.

—Adrián en la habitación. Adrián mintiendo. Su ADN en un vaso. La sustancia en el otro. Marta guardando documentos que podían complicarle la vida. En algún momento tendrás que admitir que la palabra «coincidencia» empieza a necesitar ayuda.

Me detuve bajo el saliente del edificio.

—No creo que sea una coincidencia.

Molina tardó un instante.

—Eso ha sido casi emocionante.

—Creo que Adrián necesita explicar demasiadas cosas. Es distinto.

—Menos emocionante, pero me sirve.

Miré las copias dentro de la carpeta.

El vaso de Adrián confirmaba una parte de su relato.

El otro abría una que nunca había contado.

—Quiero que solicitemos todo lo necesario para reconstruir el origen de esa sustancia —dije—. Presencia en lugares a los que Adrián tuviera acceso, compras si existen legalmente trazables, cualquier vínculo documental que pueda sostenerse. Sin búsquedas generales ni teorías porque sí.

Molina asintió.

—Y mientras tanto esperamos a Nuria.

—Esperamos a que tengamos una pregunta cuya respuesta no conozca antes de sentarse.

Empezamos a caminar.

Dos vasos habían estado sobre aquella mesa. Uno podía colocar a Adrián allí. El otro colocaba allí la sustancia que había terminado en el cuerpo de Marta.

Lo que todavía necesitábamos demostrar era quién había unido ambas cosas.