CAPÍTULO 21
Las transferencias
—El dinero no estaba escondido.
Nuria dejó seis facturas sobre mi mesa y apartó mi taza de café antes de que una gota terminara sobre la primera.
—Eso suele ser una buena noticia —dijo Molina.
—Depende de para quién.
Eran poco más de las nueve de la mañana. Desde la ventana entraba una luz blanca que hacía parecer todavía más gris el montón de carpetas acumuladas durante los últimos días. La fotografía de Adrián entrando en el hotel seguía encima de una de ellas.
Nuria señaló las facturas.
—Ayer me pediste que volviera sobre las empresas que habían pagado a Marta profesionalmente. No sobre la cuenta secundaria. Esa ya la revisamos y sigue sin tener ingresos extraños.
—Bien.
—Me alegra que lo recuerdes. Me ahorra una discusión.
Molina cogió la primera hoja.
—¿Entonces qué estamos mirando?
—Trabajos declarados. Facturas normales, ingresadas en la cuenta profesional de Marta y comunicadas a su gestoría. Si alguien quería esconder dinero, lo hizo de una manera bastante poco imaginativa.
Me acerqué.
Las seis facturas correspondían a una sociedad llamada Nexo Gestión Corporativa, S. L. Los conceptos variaban poco: revisión documental, apoyo administrativo, comprobación de expedientes, preparación de anexos.
Los importes tampoco llamaban la atención.
—¿Qué tiene de especial Nexo?
Nuria giró el portátil hacia nosotros.
—Por sí sola, poca cosa. Lleva siete años funcionando, presenta cuentas, tiene empleados y trabaja para varias consultoras. Marta empezó a facturarles hace unos ocho meses. Hasta ahí, todo razonablemente aburrido.
Molina dejó la hoja.
—Estoy esperando la parte en la que deja de serlo.
—Cuatro de estos trabajos están vinculados a proyectos de la consultora donde trabaja Adrián Pardo.
Lo dijo sin cambiar el tono.
Miré otra vez las facturas.
—¿Vinculados cómo?
—Los códigos internos coinciden. Pedimos ayer a la empresa de Pardo la relación de proyectos, proveedores externos y responsables financieros de los últimos doce meses. Nos la enviaron esta mañana.
Abrió otro archivo.
Había una tabla con fechas, referencias y nombres.
Adrián aparecía en cuatro líneas.
—Responsable financiero —dijo Molina.
—En esos cuatro proyectos, sí. Eso tampoco es un delito. Una empresa contrata a Nexo, Nexo subcontrata parte del trabajo documental a Marta y Pardo supervisa las cuentas desde su consultora. Podría no haber nada más.
—Pero has venido en persona.
Nuria me miró.
—Porque seguí leyendo.
Cambió de carpeta.
Esta vez aparecieron varios documentos en formato PDF. Reconocí el nombre de Marta en la cabecera del primero.
INFORME DE REVISIÓN DOCUMENTAL.
Debajo figuraban una fecha y la referencia de uno de los proyectos.
—Este sí corresponde a una de sus facturas —explicó Nuria—. Tenemos el correo por el que Marta lo envió, la versión que recibió Nexo y la factura posterior. Todo encaja.
Pasó al siguiente.
Mismo diseño.
Mismo nombre.
Otra referencia.
—¿Y este?
—Aquí empieza el problema. También figura Marta como responsable de la revisión, pero no aparece ninguna factura suya asociada. Tampoco he encontrado un correo desde sus cuentas enviando el documento.
Molina acercó la silla.
—Puede haberlo mandado por otra vía.
—Puede.
Nuria abrió un tercero.
—Y este.
Otro informe.
Otra vez Marta Salcedo.
—Tampoco aparece en su facturación.
—Dos documentos no cobrados —dije.
—Tres, de momento.
Nuria hizo aparecer un cuarto archivo.
Molina dejó de tocar las hojas.
—Eso empieza a ser bastante trabajo gratis.
—O trabajo que no hizo ella.
La frase quedó en medio de la mesa.
Miré las fechas.
—¿Podemos demostrarlo?
—Demostrar que no hizo algo siempre es más incómodo que demostrar que lo hizo.
Pero tenemos indicios útiles. En los trabajos que sabemos que preparó Marta hay versiones intermedias, correos, archivos auxiliares y cambios distribuidos durante varios días.
En estos otros documentos no aparece nada parecido en sus cuentas ni en el material profesional que hemos recuperado.
—¿Y de dónde salen?
Nuria amplió la información de uno de los correos proporcionados por la consultora de Adrián.
—Dos llegaron a Nexo dentro de cadenas gestionadas desde el equipo financiero del proyecto. Este, concretamente, fue reenviado desde la cuenta corporativa de Adrián.
Molina levantó la vista.
—¿Con el nombre de Marta puesto?
—Con el informe adjunto ya atribuido a ella.
Me apoyé en el borde de la mesa.
Aquello seguía admitiendo explicaciones.
Adrián podía haber recibido el documento preparado.
Nexo podía haber utilizado una plantilla antigua.
Marta podía haber trabajado sin emitir todavía la factura.
Cualquier empresa suficientemente grande producía errores capaces de parecer delitos cuando alguien los observaba desde fuera.
—Quiero saber si Marta conocía esos documentos.
Nuria cerró una ventana y abrió el correo profesional de Marta.
—Eso también lo pensé.
Buscó una carpeta.
—Durante las últimas tres semanas se reenvió a sí misma nueve archivos relacionados con Nexo y con dos de esos proyectos. No los mandó al segundo teléfono ni a la cuenta que utilizaba para Clara. Fueron de su correo profesional a otra dirección propia que utilizaba como respaldo.
—¿Qué archivos?
—Facturas, anexos, informes y hojas de cálculo.
Abrió una de ellas.
Varias celdas estaban resaltadas. Había comentarios breves en los márgenes.
DOCUMENTO NO APORTADO.
IMPORTE REPETIDO.
FECHA NO COINCIDE.
FALTA JUSTIFICACIÓN.
Molina leyó en silencio.
—Eso ya no parece que estuviera archivando por aburrimiento.
—Parece que estaba revisando —dijo Nuria—. Lo demás lo decidís vosotros.
—¿Hay algo escrito por ella sobre Adrián?
—Su nombre aparece en documentación porque era responsable financiero de algunos proyectos. Si preguntas por un correo diciendo «Adrián está haciendo algo ilegal», no.
—No preguntaba eso.
—Tu cara sí.
Molina se levantó y fue hasta la ventana con una de las facturas.
—Ayer Pardo nos contó que se reunieron para terminar una relación.
—Eso ocurrió —dije.
—Eso dice él.
—Marta había hablado con Lucía de que las cosas iban mal. La parte sentimental existe, aunque haya algo más.
Molina volvió hacia nosotros.
—Una cosa es que exista y otra que explique la reunión.
Nuria apoyó una mano sobre el portátil.
—Hay otro detalle.
—Empiezo a desconfiar de esa frase —dije.
—Deberías desconfiar más de la gente que deja los nombres de otras personas en documentos.
Abrió dos versiones del mismo informe.
La primera llevaba fecha de casi un mes antes.
La segunda era posterior.
En ambas aparecía Marta como revisora.
—Mirad el apartado final.
Me incliné.
En la primera versión figuraban tres operaciones pendientes de justificar.
En la segunda habían desaparecido.
—¿Marta hizo la segunda versión?
—No tengo rastro de que la enviara ella. Lo que sí tengo es la primera dentro de los archivos que se reenvió como respaldo.
Molina señaló la pantalla.
—Es decir, guardó la versión donde aparecían los problemas.
—Eso puedo decirlo.
—Y alguien hizo circular después otra versión con su nombre en la que esos problemas ya no estaban.
—Eso también.
—¿Quién?
Nuria negó.
—Todavía no.
Cogí las dos impresiones y las puse juntas.
Los documentos no demostraban que Adrián hubiera modificado nada. Tampoco que hubiera ordenado hacerlo.
Pero cambiaban la forma de mirar su relación con Marta.
Hasta el día anterior teníamos un hombre casado que había mantenido una aventura durante tres años, había ido al hotel a escondidas y después había mentido para mantener su nombre lejos de una mujer muerta.
Ahora aparecía también en el circuito profesional que Marta estaba intentando documentar.
—¿Cuánto dinero recibió Marta de Nexo?
Nuria me dio la cifra.
Era suficiente para que existiera una relación profesional estable.
No suficiente para explicar por sí sola una muerte.
—¿Y cuánto facturó Nexo a la consultora por esos mismos trabajos?
—Más.
Molina sonrió sin humor.
—Eso suele pasar cuando alguien subcontrata.
—Exacto —respondió Nuria—. Por eso no quiero que convirtáis un margen comercial en corrupción mientras sigo delante.
—Alguna ilusión tendrás que dejarnos.
Ignoró el comentario.
—Lo relevante no es que Nexo cobrara más. Lo relevante es que hay documentación atribuida a Marta que ella no facturó y de la que conservó versiones distintas. Además, estaba reuniendo copias de operaciones que consideraba mal justificadas.
Me quedé mirando las anotaciones.
—¿Tenemos acceso completo a su correo profesional?
—A lo recuperado y sincronizado, sí. Hay mensajes borrados que todavía están trabajando. También hemos pedido a su gestoría cualquier factura, rectificación o comunicación con Nexo de los últimos doce meses.
Los datos recuperados de la cuenta asociada al segundo teléfono seguían abiertos en otra pantalla. El aparato físico continuaba sin aparecer.
Pensé en la cita de las ocho.
En Adrián diciendo que Marta quería terminar la relación. En los veinte minutos de la 409.
Quizá había dicho la verdad.
Solo que no toda.
—No volvemos a llamarlo todavía —dije.
Molina parecía haber esperado exactamente lo contrario.
—¿Después de descubrir esto?
—Precisamente.
—Ayer ya admitió que estuvo allí.
—Porque le enseñamos una cámara. Si ahora le preguntamos por Nexo sin saber exactamente qué hizo Marta, le estamos diciendo qué parte de su historia necesitamos que prepare.
Nuria asintió.
—Eso tiene sentido.
Molina la señaló.
—Entre Pilar y tú estáis creando un ambiente laboral muy hostil para mis impulsos.
—Sobrevivirás.
Cogí una hoja en blanco.
—Quiero tres cosas. Primero, todas las comunicaciones entre Marta y Nexo.
Segundo, las versiones de los informes donde aparezca su nombre, con fechas y quién las envió.
Tercero, la relación completa entre esos proyectos y Adrián: qué aprobó, qué recibió y qué podía modificar realmente desde su puesto.
Nuria empezó a cerrar archivos.
—Eso último necesitará más documentación de su empresa.
—Pídela.
—Ya lo estaba haciendo.
Molina se dejó caer en la silla.
—Entonces ¿qué tenemos ahora?
Miré las facturas antes de contestar.
—Un trabajo real entre Marta y una empresa vinculada a proyectos que controlaba Adrián.
—Y documentos atribuidos a ella que quizá no hizo.
—Sí.
—Y Marta guardando copias de irregularidades.
—Aparentes irregularidades.
Molina cerró los ojos durante un segundo.
—Hay mañanas en las que entiendo por qué la gente confiesa.
Nuria recogió su portátil.
—Cuando tengáis ganas de detener a alguien por una hoja de cálculo, avisadme para no estar en el edificio.
Se marchó.
Molina esperó hasta que la puerta se cerró.
Después cogió la fotografía de Adrián entrando en el hotel y la dejó junto a las facturas.
—Ayer teníamos una razón para que mintiera.
—La infidelidad.
—Hoy tenemos otra.
Observé las dos cosas juntas.
La fotografía demostraba que Adrián había estado allí.
Las facturas demostraban que Marta había trabajado en proyectos relacionados con él.
Los informes añadían una zona que todavía no entendíamos.
—Tenemos algo que él no nos contó —dije.
—Eres incapaz de concederme un motivo.
—Un motivo necesita saber qué podía perder.
Molina señaló los documentos.
—Su empleo, para empezar.
—Puede.
—Una investigación dentro de la empresa.
—Puede.
—Su matrimonio, su trabajo y una relación de tres años acabándose la misma semana. Empiezo a pensar que Pardo tenía una agenda complicada.
Guardé la fotografía dentro de la carpeta.
—Por eso quiero saber qué parte de todo esto conocía Marta cuando entró en la 409.
Molina dejó de sonreír.
Las facturas habían empezado como pagos perfectamente declarados.
Ahora nos llevaban a documentos que utilizaban el nombre de una mujer que estaba guardando copias antes de morir.
La ruptura seguía explicando por qué Marta y Adrián podían haber discutido aquella noche.
Pero ya no era la única conversación que podían haber tenido.