CAPÍTULO 20
La mentira de Adrián
La cámara que lo demostraba pertenecía a un aparcamiento situado al otro lado de la calle.
Habíamos pedido tantas grabaciones durante los últimos días que aquella llegó mezclada con otras seis, acompañada de un correo donde el encargado advertía que la calidad era mala y que probablemente solo veríamos coches.
Se equivocaba.
Molina detuvo la imagen.
—Vuelve atrás.
Retrocedí cinco segundos.
La cámara cubría la rampa de entrada al aparcamiento y, al fondo, una parte de la fachada lateral del hotel. La imagen perdía definición con la distancia, aunque bastaba para distinguir a un hombre alto caminando hacia el acceso secundario.
19:58:36.
Camisa clara.
Pantalón oscuro.
Sin abrigo.
Durante un instante giró la cabeza antes de cruzar la puerta y el perfil quedó expuesto a la cámara.
Molina acercó la silla.
—Es él.
—Se parece a él.
—Sergio, si esperas a que mire a cámara y enseñe el DNI vamos a tardar otra semana.
Amplié la imagen.
La calidad empeoró, pero el rostro continuaba siendo reconocible.
Abrí una fotografía reciente de Adrián.
—Quiero identificación formal sobre las imágenes originales y que comparen también ropa, altura y cualquier otra referencia útil.
—Mientras hacen eso podemos fingir que tenemos ojos.
Seguí avanzando.
La puerta lateral quedaba fuera del campo durante varios metros y la cámara perdía a Adrián una vez cruzaba el límite del edificio.
Después de aquello solo teníamos los registros interiores que ya conocíamos.
20:02:11.
Apertura interior.
Esperé.
A las 20:24 volvió a aparecer.
Salió por el mismo lateral, caminó hacia la calle y desapareció por la esquina sin mirar atrás.
Dos minutos antes, la puerta de la 409 había registrado otra apertura desde dentro.
Molina dejó de bromear.
—Veintiséis minutos.
—En el edificio.
—Y veinte entre las dos aperturas de la 409.
—Eso sigue siendo una relación entre dos datos, no una imagen suya saliendo de la habitación.
Molina me miró de lado.
—Voy a echar de menos al Sergio que acusaba maletas.
Cogí el teléfono.
—Llámalo.
Adrián llegó a comisaría poco después de las cinco.
Esta vez no llevaba camisa blanca. Vestía un jersey gris sobre una camisa azul y tenía el teléfono en la mano cuando entró en la sala. Lo dejó sobre la mesa sin que se lo pidiéramos.
—Me dijeron que habían encontrado algo relacionado con Clara.
Utilizaba todavía ese nombre.
Me senté frente a él.
—Necesitamos que vuelva a contarnos qué hizo la noche que murió Marta.
Adrián miró primero a Molina y después a mí.
—Ya se lo expliqué.
—Precisamente por eso queremos escucharlo otra vez.
Su expresión cambió apenas.
—Habíamos quedado. Ella canceló y yo volví a casa.
Molina abrió la libreta, aunque dejó el bolígrafo encima.
—La otra vez dijo que no recordaba exactamente a qué hora recibió esa cancelación. ¿Ha conseguido acordarse?
—No. Aquella tarde hablamos varias veces y después borré la conversación, como ya les expliqué.
—¿Estuvo en el hotel donde murió?
Adrián mantuvo la mirada.
—No.
Saqué la fotografía. La puse delante de él.
La imagen estaba impresa en tamaño grande. Adrián caminaba junto a la fachada del hotel con la cabeza ligeramente girada.
Tardó bastante menos de lo que había tardado la primera vez en mirar el DNI de Marta.
Después apoyó las manos sobre la mesa.
—¿De dónde han sacado esto?
—¿Es usted?
—Parece que ya han decidido que sí.
—Le estoy preguntando a usted.
Adrián observó otra vez la fotografía.
—Sí.
Molina recogió el bolígrafo.
—Entonces quizá podamos ahorrarnos otra versión en la que pasó la noche en otro sitio.
Adrián se reclinó ligeramente.
—Fui al hotel.
La frase no produjo nada espectacular.
Ningún golpe en la mesa. Ninguna mirada entre Molina y yo. Solo cambió lo que podíamos demostrar.
—¿A ver a Marta? —pregunté.
—A ver a Clara.
—Se llamaba Marta.
—Para mí se llamaba Clara durante tres años. Necesitaré algo más que una semana para acostumbrarme.
Aquello podía ser cierto.
—Cuéntenos qué ocurrió.
Adrián se frotó una vez el pulgar contra el borde de la mesa antes de contestar.
—Quedamos a las ocho. Me mandó la habitación. Fui por el lateral porque era como solíamos hacer estas cosas: cuanto menos tiempo pasáramos juntos en un vestíbulo, mejor. Yo estoy casado y ella, según creía entonces, estaba divorciada, pero tampoco quería que nadie de su trabajo nos viera.
—La semana pasada dijo que nunca llegaron a concretar dónde iban a verse.
—Mentí.
—También dijo que ella canceló.
Adrián bajó la vista un segundo.
—También.
Molina apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Dos mentiras bastante específicas para alguien que nos reconoció inmediatamente que mantenía una relación con ella.
Adrián respondió sin apresurarse.
—Reconocí la relación porque me preguntaron por Clara y tenían mi número. Entendí que podían recuperar llamadas o mensajes y que negar tres años habría sido absurdo. Otra cosa era decirles que había estado con ella esa misma noche en un hotel.
—En ese momento todavía no sabía que estaba muerta —dije.
Ahí sí tardó más.
—Sabía que dos policías habían venido a preguntarme por una mujer con la que llevaba años acostándome a escondidas. Entendí que algo serio había ocurrido, aunque ustedes todavía no me hubieran dicho qué.
—Y decidió fabricar una cancelación.
—Decidí mantenerme fuera de aquello hasta saber qué estaba pasando.
—Eso no es lo mismo.
—No he dicho que estuviera bien.
Molina escribió por fin algo.
—Llegó a las siete y cincuenta y ocho.
Adrián lo miró.
—Más o menos.
—¿Cómo subió?
—Por el acceso lateral. Cuando llegué estaba saliendo un empleado y aproveché antes de que la puerta se cerrara. Desde allí subí por la escalera. No quería cruzar recepción.
—¿Porque conocía las cámaras?
Adrián negó con una expresión de cansancio.
—Porque conocía mi matrimonio. No recorría hoteles mirando dónde tenían las cámaras. Quería entrar, verla y marcharme sin cruzarme con alguien que pudiera conocerme.
Aquella respuesta era bastante mejor que la de un hombre que dijera haber diseñado una ruta para desaparecer.
Precisamente por eso no me gustó descartarla.
—¿Marta estaba ya en la 409?
—Sí.
—¿Le abrió?
—Llamé y abrió.
20:02.
Molina y yo teníamos la misma hora en la cabeza.
—¿Qué hicieron durante esos veinte minutos?
Adrián soltó aire lentamente.
—Hablar.
—¿De qué?
—De nosotros.
Esperé.
Adrián entendió que necesitábamos bastante más.
—Llevábamos meses mal. Clara estaba distante, cancelaba cosas, cada conversación terminaba en una discusión y yo estaba cansado de preguntarle qué ocurría para que me contestara que era el trabajo. Aquella noche me dijo que quería dejarlo.
—¿La relación?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque estaba harta. De esconderse, de adaptarse a mis horarios, de verme cuando yo podía inventar una excusa. Supongo que ahora sé que había bastante hipocresía en esa conversación, porque ella también tenía un marido al que yo ni siquiera sabía que existía.
Por primera vez apareció algo parecido a rabia en su voz.
No duró demasiado.
—¿Cómo reaccionó?
—Mal. Discutimos. Le dije cosas que ahora preferiría no haber dicho y ella también. Después entendí que seguir allí no iba a cambiar nada.
—¿La amenazó?
—No.
—¿La tocó?
—Claro que la toqué. Llevábamos tres años juntos.
—Aquella noche.
Adrián me sostuvo la mirada.
—Le cogí el brazo cuando se levantó y me dijo que la soltara. Lo hice. Eso es todo.
Era la primera vez que introducía contacto físico.
Molina dejó el bolígrafo quieto.
—¿Bebieron algo?
—Agua, creo. Había vasos en la habitación. Estuvimos veinte minutos, inspector; tampoco cenamos juntos.
—¿Quién sirvió?
Adrián pareció buscar el recuerdo.
—No lo sé. Puede que yo. Puede que ella. No recuerdo algo así.
Todavía.
—¿Limpió alguna superficie antes de marcharse?
La pregunta lo sorprendió.
—¿Qué?
—Mesa, silla, vasos. Cualquier cosa.
—No fui allí a limpiar una habitación.
—¿Secó algo que se hubiera derramado?
—No que recuerde.
Molina intervino.
—Tenemos indicios de que alguien limpió zonas concretas después de utilizar la habitación.
Adrián lo miró durante varios segundos.
—Entonces pregúntenle a quien lo hizo.
—Eso estamos haciendo.
La respuesta llegó más dura.
—Pues yo no fui.
Me incliné ligeramente hacia delante.
—¿A qué hora salió?
—Poco después de las ocho y veinte.
20:22.
—¿Marta seguía dentro cuando salió?
—No. Salió delante de mí.
—¿Cómo estaba?
Adrián tardó un instante.
—Enfadada. Pero bien.
—Defina bien.
—De pie. Hablando conmigo. Diciéndome que me fuera. Si me pregunta si estaba inconsciente, mareada o incapaz de mantenerse en pie, la respuesta es que no.
—¿Bajaron juntos?
—No. Al salir de la habitación ella fue hacia los ascensores y yo hacia la escalera. No tenía ningún interés en seguir hablando conmigo.
Dos minutos después la cámara lo recogía en la calle. Cinco minutos después Marta aparecía en recepción.
Aquella vez, al menos, su versión encajaba con los movimientos que podíamos demostrar.
Eso no la convertía en verdad.
—¿Por qué mantuvo la mentira después de saber que Marta había muerto?
Adrián dejó de mirar la fotografía.
—Porque entonces ya era peor.
—Explíquelo.
Esta vez no pareció necesitar preparar la respuesta.
—Tengo mujer. Tengo una hija que sabe perfectamente quién soy cuando salgo de casa y quién cree que soy.
Llevaba tres años viendo a otra persona a escondidas.
Si mi mujer descubría eso, podía perder mi familia, aunque Clara estuviera perfectamente viva.
Si además esa mujer aparecía muerta en un hotel unas horas después de verme con ella, ¿qué esperaba que hiciera?
¿Que les facilitara una versión que me colocaba allí antes de saber siquiera por qué había muerto?
—Esperaba que dijera la verdad.
Adrián me miró.
—Eso es fácil de exigir cuando la verdad no va a destruir su casa.
Molina dejó de escribir.
Pensé en Elena. No porque la comparación fuera justa, sino porque entendía perfectamente qué intentaba hacer Adrián con aquella frase.
Convertir una mentira en miedo. Y el miedo podía ser real sin volver verdadera ninguna de sus otras palabras.
Me puse de pie.
—De momento puede marcharse, pero necesitamos que esté localizable. Y esta vez le recomiendo que, si recuerda algo más sobre aquella habitación, no espere a que encontremos otra cámara.
Adrián cogió el teléfono.
Antes de llegar a la puerta se detuvo.
—Cuando me fui, Clara estaba viva.
—Eso ya lo sabemos —dije—. Habló con su marido bastante después.
Adrián giró la cabeza.
Por primera vez desde que había entrado, pareció desconcertado de verdad. No expliqué más.
Salió.
Molina esperó a que la puerta se cerrara.
—Bueno.
Recogí la fotografía de la cámara.
—Ya sabemos una cosa.
—Espero que esta vez me dejes llamarla mentira.
Miré la declaración anterior de Adrián y después la imagen de las 19:58.
Había negado la cita. Había inventado una cancelación. Había ocultado que pasó veintiséis minutos en el hotel durante la franja que estábamos reconstruyendo.
—Sí —dije—. Esa ya puedes llamarla mentira.
Molina cerró la libreta.
Pero una mentira seguía teniendo más de una explicación. Y a partir de ese momento nuestro trabajo consistía en averiguar cuál de ellas necesitaba Adrián para seguir siendo inocente.