La mujer de la habitación 408 (Los casos de Rivas 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

La casa de Alicante

La respuesta del Registro llegó a las cuatro y veintisiete de la tarde.

Molina estaba de pie junto a mi mesa cuando abrí el documento, aunque llevaba los últimos diez minutos asegurando que no pensaba quedarse allí esperando.

—Como esto diga que la casa pertenecía al hombre del expediente y Alborán la vendió seis meses antes, prometo no recordártelo más de dos veces por semana.

—Tu generosidad empieza a preocuparme.

—Estoy intentando terminar el día siendo mejor persona.

Abrí la certificación histórica.

La primera página no resolvía nada. Datos registrales, descripción del inmueble, superficie, referencias que conocía de memoria porque las había visto demasiadas veces durante los últimos doce años.

Pasé a la siguiente. Molina dejó de hablar.

Alborán Patrimonial, S. L. había adquirido la vivienda en 2012.

Busqué la siguiente transmisión.

No estaba en 2013.

Tampoco en 2014.

Seguí bajando hasta encontrarla.

Febrero de 2015.

Volví arriba.

Después otra vez abajo.

—Dime que estoy leyendo mal la fecha —dijo Molina.

—No.

—Cuando encontraron a Irene, la casa seguía siendo de Alborán.

—Eso dice el Registro.

Molina cogió la copia del expediente de 2014 y buscó la diligencia que habíamos revisado el día anterior.

El nombre del particular seguía allí.

PROPIETARIO DEL INMUEBLE.

Una palabra.

Doce años.

—Entonces esto sí está mal —dijo.

—Está mal.

Pronunciarlo no produjo ninguna satisfacción.

Cogí ambas hojas y las puse juntas.

El documento registral no dejaba demasiado espacio para interpretaciones: en la fecha de la muerte de Irene, la titular de la vivienda era Alborán Patrimonial. El hombre identificado por la investigación como propietario no adquirió la casa hasta meses después.

Molina pasó varias páginas.

—¿Puede ser un error de fecha en el expediente? ¿Que esta declaración se incorporara después y alguien la metiera donde no correspondía?

—La declaración está fechada cuatro días después de encontrar a Irene.

—Entonces aquel hombre se presentó como dueño de una casa que todavía no era suya.

—O alguien lo escribió como dueño, aunque él dijera otra cosa.

Molina dejó las hojas.

—Siempre consigues que una respuesta dure poco.

—Es mejor que inventarnos la siguiente.

Abrí la copia de aquella declaración.

La había leído varias veces durante los últimos días, pero ahora busqué algo distinto.

No decía:

Soy el propietario.

Decía:

El compareciente manifiesta que el inmueble lleva varios meses desocupado y que se encuentra pendiente de reparaciones antes de proceder a su alquiler o eventual venta.

Volví al encabezado.

La palabra propietario no formaba parte de sus respuestas.

Estaba en la identificación que alguien había escrito antes.

—Mira esto.

Molina acercó la silla.

Le señalé el párrafo.

—Él habla de la casa como si pudiera decidir qué hacer con ella —dijo—. Pero no afirma aquí que sea suya.

—Exactamente.

—Puede representar a la sociedad.

—Eso quiero comprobar.

Teníamos también la información mercantil solicitada sobre Alborán. No era una empresa grande. Capital reducido, poca actividad pública y una sucesión de administradores y apoderados que, por sí sola, habría resultado poco interesante.

Hasta que empezamos a comparar.

El hombre del expediente de Irene había tenido poderes para actuar en nombre de Alborán durante parte de 2014.

Molina leyó la inscripción dos veces.

—Así que no era propietario.

—Era apoderado.

—Y meses después compra la vivienda a la empresa que representaba.

—Sí.

—Eso habría sido bastante útil saberlo.

No contesté.

Útil.

La palabra se quedaba corta.

En el expediente policial solo figuraba como el dueño de una vivienda vacía que no conocía a Irene y que estaba pendiente de arreglarla.

Nada decía que la casa pertenecía en realidad a una sociedad.

Nada decía que él representaba a esa sociedad.

Nada explicaba por qué terminó comprándola después.

Molina abrió la documentación de Levante Gestión.

—Ahora viene la parte que menos me gusta. ¿Dónde entra Valcárcel?

—Todavía no sabemos si entra.

—Ayer era la persona de contacto en una operación de Alborán.

—En documentación gestionada por Marta. Eso lo tenemos.

—Y ahora sabemos que Alborán era dueña de la casa.

—También.

—Sergio, si sigues obligándome a colocar cada palabra dentro de una caja distinta, voy a necesitar una mesa más grande.

Le quité una de las carpetas antes de que ocupara media superficie.

—Héctor no figura como socio, administrador ni apoderado de Alborán. Si digo que la sociedad era suya, estaría inventándolo.

—No he dicho que fuera suya.

—Todavía.

Molina me miró con una paciencia exagerada.

—Lo que iba a decir es que quiero saber por qué su nombre aparece como contacto en operaciones de una sociedad que poseía la casa donde apareció muerta una mujer a la que él conocía.

Eso sí podía formularse.

Seguimos cruzando documentos.

No apareció una firma de Héctor que solucionara el problema.

Tampoco una participación societaria escondida detrás de su nombre.

Lo que apareció era menos limpio y, precisamente por eso, más creíble.

Uno de los apoderados que había actuado para Alborán figuraba también como representante en otras dos operaciones gestionadas por Levante durante aquellos años. En ambas, Héctor Valcárcel aparecía como interlocutor del cliente.

No demostraba propiedad.

No demostraba control.

Demostraba que no eran mundos independientes.

—¿Entorno empresarial? —preguntó Molina.

—Eso podemos decir.

—¿Relación documental repetida?

—También.

—¿Y que Héctor conocía personalmente al apoderado?

—No.

Molina cerró la carpeta.

—Me estás arruinando una tarde estupenda.

—Para eso me pagan.

Imprimí las páginas que necesitábamos.

Por primera vez desde que habíamos empezado a revisar Alicante, no puse la documentación de Irene a un lado y la de Marta al otro.

No porque creyera que Marta hubiera conocido a Irene.

Seguíamos sin tener una sola prueba de eso.

Pero Marta había dejado un camino documental que terminaba en una sociedad vinculada a la casa donde Irene apareció muerta.

Eso ya no era una coincidencia de ciudad y año. Era una relación entre papeles. Y los papeles podían comprobarse.

Cuando llegué a casa, Claudia había dejado un vaso en el fregadero con una nota pegada encima.

NO ES MÍO.

Debajo, Daniel había añadido con otra letra:

SÍ ES SUYO.

Me quedé mirándola unos segundos antes de quitar el papel.

—No intervengas —dijo Elena desde el salón—. Llevan veinte minutos construyendo un caso mejor que los tuyos.

Dejé la cartera junto a la mesa.

—¿Dónde están?

—Daniel durmiendo. Claudia castigando al mundo desde su habitación porque le he pedido que deje preparado lo de mañana.

Elena tenía un libro abierto sobre las piernas. Lo cerró cuando vio que yo no me sentaba.

—Has encontrado algo.

No era una pregunta.

Saqué la certificación registral.

Ella no extendió la mano.

—Explícamelo tú.

Me senté enfrente.

—La casa donde apareció Irene no pertenecía al hombre que figura como propietario en el expediente. En aquella fecha era de una sociedad llamada Alborán Patrimonial. El hombre del expediente tenía poderes para actuar por la empresa y acabó comprando la vivienda meses después.

Elena mantuvo la vista en mí.

—¿Y eso aparece en la investigación?

—No.

—¿Podía saberse entonces?

Miré las hojas.

—Sí. El Registro decía lo mismo en 2014 que dice ahora sobre quién era titular en esa fecha.

—Entonces no es una cosa que hayas descubierto porque exista una base de datos nueva o porque doce años después tengáis mejores medios.

—No.

—Estaba disponible.

—Sí.

Elena tardó un momento antes de continuar.

—¿Y tú lo miraste?

La pregunta era demasiado sencilla para esquivarla.

—No recuerdo haber pedido la titularidad histórica. Revisé el expediente cuando entró la declaración del supuesto propietario. Sus datos estaban comprobados, tenía relación con la vivienda y no encontramos nada que lo conectara con Irene. Seguimos con otras líneas.

—Pero ahora sabes que no era el propietario.

—Ahora sé que esa palabra estaba mal.

Elena apoyó el libro sobre la mesa.

—Eso no es lo mismo que saber por qué estaba mal.

—No.

—Ni quién la puso.

—No.

—Ni que alguien estuviera intentando ocultar nada.

Negué.

—Tampoco.

Una pequeña sonrisa apareció en su cara.

—Doce años para conseguir que respondas así cuando hablamos de Irene.

—No exageres.

—Sergio, tienes una caja gris en nuestro dormitorio desde antes de que Daniel supiera leer.

No encontré una respuesta útil.

Elena miró la cartera.

—Entonces, ¿qué vas a hacer?

No dijo que lo dejara. Tampoco que tuviera cuidado. No me preguntó si iba a volver a empezar. Aquellas preguntas pertenecían a otra versión de la misma conversación.

Me levanté, fui al dormitorio y saqué la caja gris de la parte superior del armario.

Cuando regresé, Elena seguía en el mismo sitio.

La abrí sobre la mesa.

Fotografías.

Notas.

Copias de diligencias.

La imagen de Irene en aquella casa.

La pequeña llave que aparecía en una fotografía y que después no figuraba en el inventario.

No la toqué. Aún no sabía qué significaba. Seguía sin saberlo.

Saqué, en cambio, la copia antigua donde aquel hombre figuraba como propietario y la coloqué junto a la certificación registral.

Elena las miró.

—La misma casa.

—La misma fecha.

—Dos versiones.

—Una de ellas demostrablemente incorrecta.

Eso era nuevo.

No una sospecha.

No una fotografía interpretada doce años después.

No un mensaje de alguien asegurando que Irene seguía viva.

Un dato que podía ponerse delante de otra persona y comprobarse.

Elena deslizó la certificación hacia mí.

—Te he preguntado qué vas a hacer.

Cerré la caja.

—Mañana voy a pedir que revisen formalmente esta parte del expediente.

—¿Solo esta parte?

—Solo lo que puedo sostener. La propiedad de la casa, la relación del supuesto propietario con Alborán y las conexiones documentales de la sociedad. Lo demás seguirá siendo lo que es hasta que tengamos algo más.

Elena se quedó callada.

—Pensaba que ibas a decir que te marchabas a Alicante.

—También lo he pensado.

—Eso sí me lo creo.

—Pero no mañana.

—Eso me lo creo menos.

Sonreí.

Guardé las nuevas hojas, pero esta vez no las metí en la caja gris.

Las introduje en la cartera que llevaría al trabajo.

Elena siguió el movimiento.

—¿Qué cambia?

Miré la caja cerrada sobre la mesa.

Durante doce años había guardado allí todo aquello que no conseguía demostrar. Recuerdos, errores, dudas y una fotografía que había mirado suficientes veces para deformarla.

La documentación de Alborán no pertenecía a ese lugar.

—Que esto ya no es solo mío.

Elena no respondió.

No hacía falta.

Llevé la caja de nuevo al dormitorio y la guardé en el armario.

La cartera se quedó junto a la puerta de entrada.

A la mañana siguiente, la casa de Alicante volvería a entrar en un expediente.

LA HISTORIA CONTINÚA

LOS CASOS DE RIVAS — LIbrO 3

LOS TRECE MINUTOS

Un conocido empresario aparece muerto dentro de su coche en un aparcamiento de Madrid.

Las cámaras de seguridad han registrado prácticamente todos sus movimientos. Nadie parece haberse acercado al vehículo y las imágenes permiten reconstruir casi por completo sus últimas horas.

Casi.

Porque existe un intervalo que nadie consigue explicar.

Trece minutos.

Trece minutos durante los cuales las cámaras no ofrecen ninguna respuesta.

El inspector Sergio Rivas y su compañero Molina deberán reconstruir lo ocurrido en ese breve espacio de tiempo. Un aparcamiento vigilado, varios testimonios contradictorios y un asesinato que parece imposible de cometer sin ser visto.

Pero mientras investiga la muerte del empresario, Sergio encuentra una pista inesperada que vuelve a conducirlo hasta Alicante.

Hasta 2014.

Hasta Irene Valdés.

Y empieza a sospechar que algunas de las respuestas que lleva doce años buscando podrían estar mucho más cerca de lo que imaginaba.

Trece minutos para cometer un asesinato.

Doce años para ocultar una verdad.

¿Y si ambos crímenes estuvieran relacionados?

Próximamente

LOS CASOS DE RIVAS

LOS TRECE MINUTOS