CAPÍTULO 18
La franja ciega
Sobre la mesa de su oficina había un pequeño lector conectado por cable a un portátil, dos hojas impresas y una taza de café que parecía llevar allí desde la noche anterior.
—Antes de que preguntéis, la cerradura funciona —dijo—. El problema estaba en cómo habíamos recibido una parte de los datos.
Molina dejó la chaqueta en el respaldo de una silla.
—Después de todo lo que nos has explicado sobre servidores, sincronizaciones y eventos, agradecería una versión para personas que eligieron mal su carrera.
Álvaro amplió una tabla.
—El informe que os enseñé la otra vez procedía del servidor del proveedor. Era correcto con los datos que había sincronizado. Como Rivas pidió también los eventos descartados y el registro bruto, hemos leído directamente la memoria local de la cerradura.
Me acerqué.
—¿Y?
—Había un evento que no llegó al servidor cuando debía. Quedó almacenado en el dispositivo y se sincronizó después con una marca técnica diferente. El sistema central lo había agrupado entre eventos posteriores.
Molina levantó una mano.
—Empieza a alejarse otra vez de mi carrera.
Álvaro señaló una línea.
20:22:47. HABITACIÓN 409. APERTURA INTERIOR.
Durante unos segundos me limité a leerla.
—¿Estás seguro de que es una apertura real?
—Esta vez sí. He comparado el registro interno, el sensor de manilla y el cierre posterior. La puerta se abre desde dentro a las ocho y veintidós y vuelve a quedar cerrada menos de un minuto después.
Molina cogió una de las hojas.
—Entonces el informe anterior estaba incompleto.
Álvaro aceptó la frase sin defenderse.
—Sí. Y prefiero decíroslo ahora a intentar convencerme de lo contrario.
Volví a las horas.
19:41.
20:02.
20:22.
Tres movimientos en la 409.
—¿Alguno nos dice quién estaba dentro? —pregunté.
—Ninguno. El de las siete y cuarenta y uno utiliza la credencial digital. Los otros dos solo registran la manilla interior. Para que exista una apertura interior tiene que haber alguien dentro en ese momento, pero el sistema no sabe quién.
Eso solucionaba una contradicción y abría varias más.
Marta aparecía en recepción después.
Por tanto, en algún momento había tenido que abandonar el tramo de habitaciones.
La nueva apertura hacía posible que hubiese salido de la 409 a las 20:22. También permitía otras historias.
Que alguien saliera. Que alguien abriera a otra persona. Que una persona permaneciera dentro mientras otra se marchaba.
—Quiero ver otra vez las cámaras —dije.
Álvaro cerró el portátil.
—Laura os ha reservado la sala.
La imagen de Marta apareció a las 20:27:31.
Habían pasado cuatro minutos y cuarenta y cuatro segundos desde la nueva apertura de la 409.
La vimos entrar en el vestíbulo desde el pasillo de ascensores, con el bolso todavía colgado del hombro. Caminaba sin dificultad. Al llegar a recepción dejó una mano sobre el mostrador y habló con Beatriz.
La grabación carecía de sonido.
Molina se inclinó hacia la pantalla.
—Así que a las ocho y veintidós se abre la 409 desde dentro y cinco minutos después Marta está aquí.
—Eso sí podemos decirlo.
—Gracias. Pensé que ibas a quitarme también esos cinco minutos.
Avancé unos segundos.
Beatriz desaparecía por una puerta situada detrás de recepción y regresaba con un recipiente para el hielo. Marta esperó mirando el teléfono.
La imagen estaba lejos para distinguir la pantalla.
—¿Hora de salida de recepción?
Molina revisó el contador.
—Veintinueve y cincuenta y tres.
Marta caminó hacia los ascensores.
La perdimos durante unos minutos.
A las 20:34:07, su tarjeta física abrió la 408.
Apoyé los antebrazos sobre la mesa.
La autopsia había desplazado nuestra investigación hacia las horas anteriores a esa entrada. Ahora podíamos estrechar parte de ellas.
19:27. Marta regresa al hotel.
19:41. Alguien abre la 409 con la credencial digital vinculada a la reserva.
20:02. La puerta se abre desde dentro.
20:22. Vuelve a abrirse desde dentro.
20:27. Marta aparece en recepción.
20:34. Su tarjeta abre la 408.
—Cuarenta minutos largos —dijo Molina.
—¿Entre qué?
—Entre la primera apertura y Marta saliendo hacia recepción.
—La primera apertura tampoco demuestra que fuera ella.
Molina dejó escapar una risa breve.
—Sabía que llegaría.
—La credencial estaba asociada al dispositivo del segundo teléfono. Todavía necesitamos demostrar quién llevaba ese dispositivo.
—Pero Marta estaba en la planta.
—La cámara la deja allí a las siete y veintisiete. Después perdemos su imagen.
Molina se recostó.
—Entonces reconstruyamos las posibilidades sin casarnos con ninguna. A las siete y cuarenta y uno alguien entra en la 409. A las ocho y dos alguien abre desde dentro. A las ocho y veintidós ocurre otra vez. Cinco minutos después Marta baja por hielo.
—Eso es lo que tenemos.
—Y ahora sabemos que antes de las ocho y treinta y cuatro ya había ingerido la sustancia.
—Sabemos que la toxicología sitúa la ingestión con antelación suficiente. Pilar se negó a darnos un minuto.
—Con razón, pero tampoco estamos reconstruyendo toda su vida. Estamos buscando momentos compatibles.
Volví atrás hasta las 19:27.
Marta desapareció en dirección a los ascensores. A partir de ahí quedaban varias opciones.
Podía haber entrado primero en la 408.
Podía haber ido directamente a la 409.
Podía haber encontrado a alguien en la planta.
Podía haber llevado encima la sustancia desde antes de regresar al hotel.
La autopsia estrechaba la noche, aunque todavía no señalaba una habitación.
—¿Qué consumió desde que volvió? —pregunté.
Molina abrió la carpeta.
—En recepción no tomó nada. Beatriz solo le dio hielo. No cargó comida ni bebida a ninguna de las habitaciones durante esa franja. El minibar de la 408 tenía consumo, pero no podemos determinar la hora exacta solo por inventario.
—¿Y la 409?
—Los dos vasos.
—Que seguimos esperando que analicen.
—Sí.
La frase tuvo menos entusiasmo del habitual.
Eso me gustó.
—La botella de agua de la 408 estaba cerrada cuando entró Científica —añadió—. En la mesilla había ginebra, pero eso es posterior o, como mínimo, no sabemos cuándo la bebió.
Me levanté y caminé hasta la pantalla.
Volví a detener la imagen en Marta esperando el hielo.
Su postura no revelaba nada extraordinario. Miraba el teléfono. Cambiaba el peso de una pierna a otra. En un momento levantaba la cabeza hacia Beatriz.
Cinco minutos antes, la puerta de la 409 se había abierto desde dentro.
Aquello convertía la habitación en una oportunidad evidente. Seguía sin convertirla en la única.
—Necesitamos saber dónde estaba el segundo teléfono en esos cuarenta minutos —dije.
—Nuria dijo que la localización era demasiado imprecisa.
—Quiero actividad, no un punto en el mapa. Conexiones, mensajes, cualquier evento que podamos situar entre las siete y media y las ocho y media.
—Eso puede tardar.
—Entonces que empiece ahora.
Molina guardó las hojas.
—¿Y las cámaras exteriores?
—También. Aparcamiento, lateral, escaleras y cualquier establecimiento de alrededor que conserve imágenes. La cita era a las ocho y tenemos dos aperturas interiores alrededor de esa hora. Si alguien acudió, tuvo que llegar de alguna manera.
—Adrián.
Lo miré.
—Alguien.
—Raúl.
—Alguien.
Molina se levantó.
—Te estás divirtiendo demasiado con esto.
—Precisamente intento evitarlo.
Salimos de la sala y encontramos a Laura junto a recepción hablando con un proveedor. Esperamos hasta que terminó.
Le pedí acceso a los registros de servicio entre las siete y media y las ocho y media: carros, mantenimiento, entregas a planta, incidencias y empleados con motivos para utilizar las escaleras.
—Ya os dimos casi todo eso —dijo—, pero puedo pedir que lo vuelvan a cruzar con esa franja exacta.
—Eso necesito. Y cualquier cámara que cubra el acceso lateral, aunque solo se vea una parte del recorrido.
Laura anotó las horas.
—¿Ha cambiado algo?
Pensé en cómo responder sin ofrecerle una conclusión que todavía no teníamos.
—Sabemos que la noche importante empezó antes de que Marta entrara en la 408.
Laura miró hacia los ascensores.
—¿En la 409?
—Todavía estamos averiguándolo.
Molina esperó hasta que nos alejamos.
—Has estado a punto de decir que sí.
—Pero no lo he dicho.
—Esto empieza a parecer una enfermedad.
Atravesamos el vestíbulo.
La nueva apertura de las 20:22 solucionaba el problema de cómo podía haber salido Marta de aquella zona y llegar después a recepción, pero seguíamos sin poder ponerle su nombre a ninguna de las tres aperturas de la 409.
Eso era importante. También era frustrante.
Antes de llegar a la puerta giratoria, me detuve.
—Hay una cosa que quiero mantener separada.
Molina esperó.
—La autopsia nos da una franja. Los registros nos dan movimientos. Que se solapen no convierte uno en explicación del otro.
—Pero hace que miremos.
—Claro que hace que miremos.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No te acostumbres.
Salimos a la calle.
El ruido del tráfico nos obligó a caminar unos metros antes de seguir hablando.
Molina llevaba la hoja doblada en la mano.
—¿Cómo llamamos ahora a esto?
—¿A qué?
—A lo que tenemos entre las siete y veintisiete y las ocho y treinta y cuatro. Antes eran demasiadas cosas sueltas. Ahora todo empieza a concentrarse ahí.
Miré la entrada del hotel detrás de nosotros.
Una hora y siete minutos.
Dentro de esa franja estaban la credencial digital, una cita, dos aperturas desde dentro y Marta bajando a por hielo.
También estaba, en algún momento que todavía no podíamos fijar, la sustancia que terminaría matándola.
—De momento —dije—, es la parte de la noche que no vemos.
Molina dobló otra vez el papel.
—Una franja ciega.
Seguimos caminando.
Por primera vez teníamos un intervalo que merecía ser reconstruido minuto a minuto. Lo que todavía nos faltaba era demostrar qué había ocurrido dentro de él.