CAPÍTULO 17
La autopsia
Pilar había colocado tres hojas sobre la mesa cuando entramos en su despacho, pero mantuvo una mano encima de ellas hasta que Molina y yo nos sentamos.
—Antes de que empecéis a leer por encima de mi hombro y a construir una teoría con la mitad de una frase, voy a explicaros lo que sabemos y también lo que todavía admite más de una interpretación.
Molina dejó el abrigo sobre el respaldo de la silla.
—Me preocupa que nos conozcas tan bien.
—A mí me preocupa que sigáis dando motivos.
El despacho olía a café reciente y al desinfectante que llegaba desde el pasillo. Pilar apartó por fin la mano.
Reconocí el nombre de Marta Salcedo en la primera página.
Debajo había cifras, abreviaturas y palabras que, aisladas, significaban bastante menos de lo que yo necesitaba.
—¿Toxicología? —pregunté.
—Completa en lo principal. Pueden aparecer matices cuando terminemos algunas comprobaciones, pero ya puedo explicaros por qué murió.
Aquello cambió el aire de la habitación.
Molina se inclinó hacia delante.
—Te escuchamos.
Pilar giró la primera hoja hacia nosotros.
—Marta había tomado la medicación que encontramos en la 408, pero las cantidades presentes en el organismo, por sí solas, no explican el fallecimiento. Hay también alcohol, aunque tampoco alcanza para sostener la escena sencilla que estabais considerando ayer.
Recordé la palabra escrita en la pizarra.
SUICIDIO.
—Entonces las pastillas de la mesilla no bastaban —dije.
—Correcto. Podían aumentar somnolencia, alterar reflejos y empeorar otros efectos, especialmente combinadas con alcohol, pero el resultado que tenemos exige algo más.
Pasó a la segunda hoja.
—Hemos encontrado otra sustancia con efecto sedante. No corresponde a ninguno de los medicamentos que Marta tenía prescritos y tampoco aparece entre los envases recogidos en la habitación.
Molina dejó de moverse.
—¿Podría haberla llevado ella y deshacerse del envase?
Pilar apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Podría haber muchas explicaciones. Podría haberla obtenido por su cuenta, haberla recibido de otra persona, haberla tomado voluntariamente o sin saberlo. Toxicología me dice qué había en su organismo; no me cuenta quién se lo dio ni con qué intención.
—Pero murió por esa sustancia.
—Murió por el efecto combinado. Esa es la formulación que quiero que utilicéis hasta que tengamos todo cerrado. Su medicación habitual contribuyó, el alcohol también pudo hacerlo, pero la sustancia que no estaba prescrita es la pieza que cambia el cuadro.
Miré otra vez las hojas.
Durante dos días habíamos intentado decidir si una mujer había tomado demasiadas pastillas dentro de una habitación cerrada.
Ahora las pastillas de aquella habitación ya no explicaban por sí solas su muerte.
—¿Se encontró algo parecido en la 408? —pregunté.
—Estamos revisando todas las muestras de nuevo con esta información, pero hasta ahora ningún envase, blíster ni recipiente justifica su presencia. Tampoco consta en sus recetas recientes.
Molina se pasó una mano por la barbilla.
—Eso hace bastante más difícil el suicidio.
Pilar lo miró.
—Lo hace menos sencillo. Quiero que os acostumbréis a esa diferencia.
—Estaba intentando ser prudente.
—Entonces continúa practicando.
Cogí la tercera hoja.
—¿Cuándo la tomó?
Pilar señaló varias líneas.
—Ahí empieza la parte interesante para vosotros y la incómoda para mí. Puedo establecer una ventana aproximada por la absorción y por cómo aparecen los compuestos y sus productos de metabolización. Daros una hora exacta sería inventar precisión.
—¿Antes de entrar en la 408?
Pilar tardó apenas un segundo.
—Eso es lo más compatible con los resultados.
Molina y yo nos miramos.
—Entró a las ocho y treinta y cuatro —dijo él.
—Lo recuerdo.
—¿Cuánto antes?
Pilar negó despacio.
—No voy a convertir una estimación toxicológica en un cronómetro porque os venga bien para la investigación.
Puedo deciros que la sustancia ya estaba actuando cuando Marta entró en esa habitación y que tuvo que ingerirla con antelación suficiente para que la evolución posterior encaje con el estado en que la encontramos.
Las palabras tardaron algo más en ordenarse que las horas.
20:34.
Marta entraba sola en la 408.
Después nadie abría aquella puerta. La ventana seguía cerrada. El pestillo acababa colocado desde dentro.
Todo eso había dejado de parecer un obstáculo.
—Ayer pasamos una mañana buscando cómo podía haber entrado otra persona después de las ocho y media —dijo Molina.
Pilar arqueó ligeramente una ceja.
—¿Y encontrasteis un túnel?
—Once centímetros de ventana. Sergio estuvo cerca de acusarlos.
—Era una línea de trabajo.
—Era una cinta métrica.
Pilar me miró.
—Espero que al menos la cinta tenga abogado.
Dejé las hojas sobre la mesa.
—Si ya llevaba la sustancia encima cuando entró en la 408, la habitación cerrada deja de importar.
—Importa para reconstruir lo que hizo después —respondió Pilar—. Pero ya no necesitáis introducir a otra persona allí para explicar la muerte.
La frase encajó demasiado bien con algo que había dicho en el ascensor el día anterior.
Antes.
—¿Cuánto tiempo pudo seguir funcionando con normalidad? —pregunté.
—Depende de cómo defináis normalidad. Los efectos de una sustancia sedante no aparecen necesariamente de golpe. Puede existir una fase en la que una persona camine, mantenga una conversación, tome decisiones sencillas y atribuya el cansancio o el mareo a cualquier otra cosa.
Molina levantó la vista.
—Recepción.
—¿Qué pasa con recepción?
—Marta bajó a pedir hielo después de estar en la 409. La empleada habló con ella. Dijo que caminaba normal, que respondía bien y que parecía seria o enfadada, pero físicamente estaba bien.
Pilar extendió una mano.
—Eso es compatible. Que pudiera hablar o caminar no excluye que la sustancia ya estuviera en su organismo. El deterioro puede ser progresivo.
Pensé en Beatriz ofreciéndose a subirle el hielo y en Marta prefiriendo llevarlo ella misma.
Después recordé otra conversación.
—Julián.
Molina giró hacia mí.
—La llamada.
Me dirigí a Pilar.
—Entre las nueve y media y las diez habló con su marido. Él dijo que estaba cansada y que había tenido un día horrible, pero mantuvieron una conversación normal.
Pilar se recostó en la silla.
—También puede encajar. “Conversación normal” no significa ausencia de efectos. Si él hablaba con su mujer por teléfono y ella respondía de manera coherente, podría no detectar somnolencia, torpeza o una confusión leve. Y ella tampoco tenía por qué interpretarlas como algo peligroso.
Durante días aquella llamada había jugado a favor de la idea de que, pasara lo que pasara en la 409, Marta había salido bien de allí.
Ahora significaba otra cosa.
Podía haber salido caminando. Podía haber pedido hielo. Podía haber hablado con Julián. Y seguir llevando dentro aquello que terminaría matándola horas después.
Molina volvió a la primera hoja.
—¿La medicación habitual pudo empeorar el efecto cuando regresó a la habitación?
—Sí. Si la tomó después, la combinación pudo aumentar el deterioro. Pero quiero que os quedéis con el orden correcto: esos medicamentos no explican por sí solos el fallecimiento. La otra sustancia ya estaba presente.
—Entonces pudo pensar que simplemente estaba cansada y tomar lo que tomaba normalmente para dormir.
—Es una posibilidad compatible con lo que tenemos.
—¿Y después perder la consciencia?
—De forma progresiva, sí.
Me levanté y caminé hasta la ventana del despacho.
El cristal daba a un patio interior donde dos personas con bata cruzaban empujando un carro metálico. Durante unos segundos pensé en Marta entrando en la 408 con el hielo.
Había cerrado la puerta.
Había colocado el pestillo.
Quizá se había cambiado.
Quizá había bebido.
Quizá había tomado su medicación convencida de que terminaría durmiendo una noche horrible.
Todas las cosas que habíamos interpretado como preparación podían haber sido simplemente rutina.
—Sergio —dijo Molina.
Me volví.
—Si la sustancia ya estaba dentro antes de las ocho y treinta y cuatro, necesitamos reconstruir dónde estuvo Marta antes de esa hora.
—Eso ya lo sabemos en parte.
Pilar recogió una de las hojas.
—Sabéis dónde aparece en cámaras. Eso no es exactamente lo mismo.
Tenía razón.
Regreso al hotel a las 19:27.
Acceso a la 409.
La cita de las ocho.
La puerta abriéndose desde dentro.
Recepción.
Hielo.
Las horas que llevábamos días mirando acababan de adquirir una función distinta.
—Quiero una cosa más —dije.
Pilar esperó.
—¿Podéis determinar si esa sustancia estaba mezclada con algo que bebiera?
—Con el cuerpo puedo deciros que la ingirió. Para saber desde dónde necesitáis los análisis de vasos, botellas y cualquier recipiente que Científica haya recogido. Ya he pedido que el laboratorio compare resultados cuando estén disponibles.
Molina me observó.
—Los dos vasos de la 409.
—Entre otras cosas —dijo Pilar—. Y os recuerdo que todavía no tenéis resultados que permitan afirmar de cuál bebió Marta.
Molina soltó aire por la nariz.
—Cada vez que empezamos a llegar a algún sitio, apareces tú y nos quitas los verbos.
—Es una de las pocas alegrías del oficio.
Cogí mi abrigo.
—¿Cambias la causa provisional?
—Sí. Intoxicación combinada pendiente de cierre definitivo. Y comunicaré formalmente que la hipótesis de una simple sobredosis con la medicación encontrada en la habitación ya no se sostiene con los resultados.
Molina se levantó también.
—Eso sí suena a cambio.
Pilar guardó las hojas restantes.
—Lo es. Lo que todavía no podéis hacer es convertir ese cambio en una persona.
—Adrián sigue sin estar en esta conversación —dije.
—Ni Raúl, ni Julián, ni ningún otro nombre. El laboratorio trabaja bastante mejor cuando vosotros no intentáis presentarle sospechosos.
Salimos al pasillo.
Molina caminó unos metros en silencio, algo suficientemente raro como para que terminara mirándolo.
—¿Qué?
—Ayer estabas dispuesto a aceptar que quizá no hubiera asesinato.
—Sigo aceptando lo que sabemos.
—Eso ha sonado doloroso.
—Algún progreso tenía que notarse.
Llegamos al ascensor.
Esta vez no pensé en la puerta de la 408.
Pensé en Marta antes de atravesarla.
Las puertas se abrieron y entramos.
—Primero las horas —dije—. Quiero todo lo que hizo entre que volvió al hotel y las ocho y treinta y cuatro. Cámaras, accesos, testigos y cualquier movimiento que podamos colocar con precisión.
Molina pulsó el botón.
—Y después los vasos.
—Cuando lleguen los resultados.
—Sigues arruinándome las frases.
El ascensor empezó a bajar.
Durante días habíamos intentado comprender cómo podía morir una mujer en una habitación a la que nadie había entrado.
La autopsia acababa de quitarle importancia a la mitad de aquella pregunta.
La 408 seguía siendo el lugar donde Marta había muerto.
Pero la investigación acababa de desplazarse hacia las horas anteriores a que cerrara su puerta.