CAPÍTULO 16
Nadie entró
Lo comprobé dos veces porque Molina aseguró que la segunda medición podía revelar un pasadizo que se nos hubiera escapado en la primera.
—Once —dijo mientras sostenía la cinta métrica—. Si nuestro asesino mide menos que una botella de agua, tenemos un problema.
Laura Caballero permanecía junto a la puerta con una expresión que oscilaba entre la paciencia y el arrepentimiento por habernos dejado volver a la habitación.
El precinto se había levantado para la inspección y Científica había autorizado que revisáramos la estructura después de documentar cualquier movimiento.
Aun así, la 408 conservaba algo de escena detenida.
Faltaba el cuerpo de Marta y buena parte de los objetos habían sido retirados, pero seguían las marcas numeradas, la cama deshecha y el rectángulo más claro de la mesilla donde habían estado los medicamentos.
Me acerqué a la ventana.
Era un ventanal ancho, dividido en dos hojas, con apertura limitada mediante un mecanismo de seguridad instalado en el marco.
Desde allí se veía parte de Madrid bajo una luz gris, varios tejados y una caída suficientemente limpia como para hacer innecesaria cualquier discusión sobre escaleras apoyadas desde la calle.
—¿Puede retirarse el limitador? —pregunté.
El responsable de mantenimiento del hotel se agachó junto al marco.
—Desde dentro, con herramientas. Hay que desmontar esta pieza y después liberar el brazo. Desde fuera tendría que acceder antes a los tornillos, y están orientados hacia la habitación.
—¿Alguna vez lo hacéis?
—Cuando cambiamos una ventana o revisamos el mecanismo. En una habitación ocupada, jamás sin avisar.
Molina se asomó sin acercarse demasiado.
—¿Y si alguien llega desde otra ventana?
El hombre miró hacia la fachada.
—Necesitaría material de escalada y tendría que desplazarse lateralmente varios metros. Además, las ventanas tienen el mismo limitador. Tendría que salir de una, recorrer la fachada, abrir esta desde fuera y luego conseguir entrar por once centímetros.
—Empieza a perder elegancia —dijo Molina.
Aparté la cortina.
El marco conservaba las muestras tomadas por Científica y las fotografías del primer día mostraban la ventana cerrada cuando encontraron a Marta. Tampoco aparecían daños en la pieza de seguridad ni marcas recientes de herramientas.
La opción exterior duró menos de cinco minutos.
—Quiero ver la pared con la 409 —dije.
Laura señaló hacia la cabecera de la cama.
—Es esa.
La pared parecía exactamente lo que llevaba días fingiendo ser: una pared.
Molina dio dos golpes suaves con los nudillos.
—Sólida. Investigación terminada.
—Gracias por el informe técnico.
El responsable de mantenimiento extendió sobre el escritorio una copia del plano de la planta.
Las habitaciones 408 y 409 compartían parte del muro longitudinal, aunque entre los baños discurría una franja de instalaciones verticales. Tuberías de agua, saneamiento y ventilación. Ninguna puerta comunicante figuraba en el proyecto actual.
—¿La hubo alguna vez? —pregunté.
Laura miró al responsable antes de contestar.
—Que yo sepa, no.
Él recorrió el plano con un dedo.
—Estas habitaciones se reformaron hace siete años, pero la distribución básica no cambió. Hay habitaciones comunicadas en otras plantas, sobre todo familiares, aunque esta pareja nunca lo ha sido.
—¿Podría haberse cerrado una puerta antigua y quedar oculta?
Molina me miró.
—Sabía que llegaríamos aquí.
El hombre se tomó la pregunta con más seriedad.
—Una puerta tapiada dejaría una discontinuidad en el muro o aparecería en los planos anteriores. Podemos buscar los de obra si quiere, pero al renovar esta planta se retiraron revestimientos y se revisaron instalaciones. Habría constancia.
—Quiero verla igualmente desde la 409.
Laura respiró por la nariz y sacó la tarjeta.
—Por supuesto.
Cruzamos el pasillo.
La otra habitación seguía precintada, aunque el trabajo principal de Científica había terminado. Laura abrió y nos dejó pasar únicamente por la zona autorizada.
Entrar en la 409 después de varios días producía una sensación distinta. Al principio había parecido una habitación que nadie había usado. Luego aparecieron los vasos, las marcas, la llave digital y una cita a las ocho.
Ahora resultaba difícil verla sin imaginar personas dentro.
Precisamente por eso intenté mirar la pared.
La distribución era casi simétrica. El escritorio ocupaba una posición diferente y el baño quedaba invertido respecto a la 408, pero la pared común continuaba desde la entrada hasta la zona de las cabeceras.
El responsable de mantenimiento midió varios puntos y comparó las distancias con el plano.
—Coincide.
—¿Huecos técnicos?
—Solo los patinillos de instalaciones entre los baños.
Fuimos hacia allí.
Retiró una pequeña tapa de registro situada cerca del techo. Detrás había tuberías, cables y un espacio que apenas permitía introducir un brazo.
Molina observó el hueco.
—Retiro lo de la botella de agua. Podríamos buscar un asesino del tamaño de un gato.
El hombre sonrió por primera vez.
—Tendría que ser un gato bastante delgado.
—Y con conocimientos de fontanería.
Me acerqué.
El interior acumulaba polvo alrededor de las fijaciones y varios precintos de mantenimiento estaban fechados meses antes. Científica ya había fotografiado aquella zona durante la primera revisión.
—¿Esto comunica directamente con la 408?
—Las conducciones sí recorren ambas habitaciones, pero el espacio va compartimentado por sectores. Entre una y otra hay elementos de obra y aislamiento. Una persona no puede pasar.
Molina cruzó los brazos.
—¿Conductos de ventilación?
—Rejillas individuales conectadas a un sistema común mucho más arriba. Los tramos de cada habitación son estrechos.
—¿Techo falso?
—Solo en el baño y la entrada. Por encima van instalaciones. Tampoco existe espacio transitable.
Regresé a la 408 y pedí que abrieran la tapa del baño.
El aire olía todavía ligeramente a los productos utilizados durante el procesamiento. El responsable subió a una pequeña escalera, retiró una placa y alumbró con una linterna.
Apenas había treinta centímetros hasta la estructura superior.
—Podéis meter a Molina —dije—. Quizá de lado.
—Después de comer tortilla contigo durante una semana, lo dudo.
Laura soltó una risa breve que intentó disimular mirando el plano.
Quedaba la puerta.
Volví al pasillo y pedí que me explicaran otra vez el sistema completo, esta vez desde el principio.
Álvaro había confirmado que la tarjeta de Marta abrió la 408 a las 20:34. Desde entonces el lector no registró otro acceso exterior hasta la mañana siguiente.
Pero el registro electrónico era solo una parte.
El pestillo interior era la otra.
El responsable de mantenimiento cerró la puerta con nosotros en el pasillo y dejó el pestillo abierto para que pudiera verlo.
—La tarjeta o la llave maestra liberan la cerradura electrónica. Este mecanismo es independiente.
Movió la pieza interior.
—Cuando está puesto, una tarjeta normal y una maestra pueden desbloquear la cerradura, pero la puerta sigue sin abrir completamente. En emergencias utilizamos una herramienta específica para liberar el seguro desde fuera.
—Como hicieron cuando encontraron a Marta.
—Exacto.
—¿Eso queda registrado?
—La tarjeta maestra utilizada para desbloquear la cerradura, sí. La herramienta del pestillo es mecánica.
Molina señaló la pieza.
—Entonces alguien con esa herramienta podría haber entrado sin dejar registrado el pestillo.
—Tendría que abrir primero la cerradura electrónica —respondió el hombre—. Eso sí dejaría evento, salvo que forzara el mecanismo.
—Y no estaba forzado —dije.
—Correcto.
—Supongamos que consigue entrar.
El responsable esperó.
—Después sale. ¿Puede dejar otra vez el pestillo colocado desde el pasillo?
Movió la pieza varias veces.
—De esta forma, no. El seguro se acciona desde dentro.
Molina apoyó una mano en la pared.
—Así que tenemos que imaginar a alguien que entra sin registrar la cerradura, deja la puerta intacta, mata a Marta y después atraviesa una pared, un conducto de treinta centímetros o una ventana abierta once centímetros.
—Cuando lo dices así pierde encanto —dije.
—Lleva perdiéndolo desde que hemos llegado.
Entramos de nuevo en la 408.
Caminé desde la puerta hasta el lugar donde habían encontrado el cuerpo. Después miré la cama, la ventana y el baño.
Durante días había pensado en aquella habitación como un problema de acceso.
Una puerta cerrada desde dentro pedía una explicación porque una muerte bajo esas condiciones parecía exigir que alguien hubiera conseguido entrar y salir.
El problema era que cada explicación física añadía más dificultades de las que resolvía.
Molina se sentó en el borde del escritorio, evitando las zonas marcadas.
—Puedo seguir buscando formas absurdas si quieres. Alguien escondido debajo de la cama desde antes de las ocho y media tiene cierto potencial.
Miré el espacio inferior.
—Científica la desmontó prácticamente entera.
—Armario.
—También.
—Carrito de limpieza.
—¿Hasta las cuatro de la mañana?
—Sería un empleado muy comprometido.
Laura se encontraba junto a la puerta.
—¿Necesitan revisar algo más?
Miré una última vez el pestillo.
—Las cámaras del pasillo.
—Ya las tienen.
—Quiero volver a comprobar desde las ocho y media hasta que encuentran el cuerpo. Personal de limpieza, mantenimiento, huéspedes, cualquier persona que pase cerca. Aunque sepamos que la puerta no se abrió.
Molina se incorporó.
—¿Para qué, si acabamos de demostrar que nadie entró?
La frase quedó unos segundos en la habitación.
Laura lo miró.
Yo también.
—Eso hemos demostrado sobre la puerta —dije.
—Sergio, acabamos de medir ventanas, mirar conductos y casi meterme en un falso techo. Llega un momento en que una habitación cerrada puede ser simplemente una habitación cerrada.
Volví hacia la entrada.
—Puede.
—Ayer aceptaste el suicidio como posibilidad. Intenta conservar ese progreso al menos veinticuatro horas.
Salimos al pasillo.
Las puertas 408 y 409 quedaron una junto a la otra detrás de nosotros.
Me detuve.
—Estamos haciendo la pregunta al revés.
Molina siguió caminando dos pasos antes de darse cuenta.
—¿Cuál?
—Desde que encontramos a Marta preguntamos cómo pudo entrar otra persona después de las ocho y treinta y cuatro.
—Porque nadie entró.
—Exacto.
Se acercó otra vez.
—Acabas de tardar una mañana entera en aceptar lo mismo que yo te dije hace tres minutos.
—Todavía no he aceptado lo mismo.
—Naturalmente.
Miré la puerta de la 408.
El pestillo había estado echado.
La ventana permanecía cerrada.
Los registros terminaban con Marta entrando.
Cualquier teoría que necesitara introducir a otra persona allí después de las ocho y treinta y cuatro empezaba a exigir trucos que la escena nunca había sugerido.
—Si Marta murió sola en esa habitación —dije—, quizá la pregunta no sea cómo consiguió salir quien la mató.
Molina perdió parte de la sonrisa.
—Ayer dijimos que todavía podría no existir nadie que la matara.
—También.
—Entonces ¿qué estás diciendo?
Empecé a caminar hacia el ascensor.
—Que, si aparece algo que demuestre lo contrario, dejemos de buscar al asesino dentro de la 408.
Molina llegó a mi lado.
—¿Y dónde lo buscamos?
Las puertas del ascensor se abrieron.
Entré.
—Antes.
Molina pulsó la planta baja.
Esta vez no hizo ninguna broma.
Durante días habíamos tratado la puerta cerrada como el centro del problema.
Al bajar hacia recepción, empezó a parecerme otra cosa. Un límite.
Todo lo que hubiera sucedido después de que Marta entrara en la 408 podía explicar cómo murió.
Pero, si alguna vez conseguíamos demostrar que alguien había intervenido, tendríamos que empezar a mirar lo ocurrido antes de que aquella puerta se cerrara.