La mujer de la habitación 408 (Los casos de Rivas 2) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

La primera teoría

A la mañana siguiente quité el nombre de Héctor Valcárcel de la pizarra.

No porque hubiera dejado de importarme, sino porque seguía allí demasiado cerca de todo lo demás.

Molina llegó mientras borraba las últimas letras y dejó dos cafés sobre mi mesa.

—Eso sí que no me lo esperaba.

—¿Qué?

—Que Alicante sobreviviera menos de veinticuatro horas.

—No ha desaparecido.

—Ya me parecía demasiado bonito.

Cogí uno de los vasos.

Sobre la pizarra permanecían las horas del hotel, los nombres de Adrián Pardo y Raúl Montero, las tres reservas antiguas y una palabra que llevábamos varios días evitando escribir porque parecía demasiado sencilla.

Molina siguió mi mirada.

—Hazlo.

—¿El qué?

—Lo que llevas pensando desde ayer.

—No sabes lo que estoy pensando.

—Llevo demasiados años trabajando contigo para que esa frase siga teniendo alguna utilidad.

Cogió el rotulador y escribió en el centro:

SUICIDIO.

No me gustó verla allí.

Eso no era un argumento.

—Tenemos que comprobar todas las explicaciones —dije.

—Claro. Por eso la he escrito.

—La has escrito bastante grande.

—Quiero asegurarme de que puedes verla desde Alicante.

Dejé el café.

Habíamos dedicado buena parte de la investigación a explicar las cosas que no encajaban: la 409, el segundo teléfono, Clara Montes, Adrián, las reservas antiguas, Raúl y ahora Héctor.

Pero ninguna de ellas demostraba que alguien hubiera matado a Marta.

La puerta de la 408 seguía cerrada desde dentro.

No había lesiones compatibles con una agresión.

Había alcohol. Medicamentos. Y una mujer muerta sola.

—Empieza —dije.

Molina se apoyó contra la mesa.

—¿Yo?

—Has escrito la teoría.

—Eso no significa que quiera hacer todo el trabajo.

—Considéralo una consecuencia.

Bebió un poco antes de hablar.

—Marta viene a Madrid por trabajo y tiene la 408 reservada a través de la empresa. Además, reserva la 409 por su cuenta porque lleva tiempo utilizando segundas habitaciones para encuentros que no quiere mezclar con su vida normal.

—Hasta ahí compro la posibilidad.

—Tiene una relación con Adrián que está mal. Discuten con frecuencia, ella cancela planes, él cree que se está alejando y esa tarde hablan durante casi siete minutos.

—No sabemos de qué hablaron.

—No. Después aparece un mensaje citando a alguien a las ocho en la 409.

Señaló la pizarra.

—Adrián dice que Marta canceló después.

—Y no tenemos ese mensaje.

—Tampoco tenemos la conversación completa.

Asentí.

Molina continuó.

—La habitación se utiliza. No sabemos por quién exactamente ni qué ocurre dentro. Marta aparece después en recepción, pide hielo, habla con normalidad y entra en la 408 a las ocho y treinta y cuatro.

—Y aproximadamente una hora después habla con Julián.

—Entre las nueve y media y las diez. Está cansada, dice que ha tenido un día horrible, pero mantiene una conversación normal.

Ahí estaba una de las cosas que más me molestaban de la teoría.

—No parecía una mujer que hubiera decidido morir.

Molina dejó el vaso.

—¿Cómo parece una mujer que ha decidido morir?

No respondí.

—Lo digo en serio —continuó—. Estamos utilizando el despertador, la llamada al marido y los documentos de trabajo como si existiera una lista de cosas que una persona deja de hacer antes de suicidarse. No funciona así.

—No he dicho que funcione así.

—Lo estás pensando.

Me acerqué a la pizarra.

—Raúl nos enseñó un correo de cuatro días antes en el que Marta hablaba de documentación pendiente para esa semana.

—Sí.

—Pidió despertador a las siete y cuarto.

—Sí.

—Llamó a su marido.

—También.

—Llevaba ropa para más de una noche, aunque la reserva fuera de una sola.

Molina movió una mano.

—Y puede que pensara continuar viviendo cuando hizo cualquiera de esas cosas.

La frase quedó entre nosotros. No me gustaba. Seguía sin ser un argumento.

—Falta saber cuánto tomó —dije.

—Exactamente.

—Y cuándo.

—También.

—Y si esos medicamentos pueden explicar la muerte.

Molina señaló la palabra de la pizarra.

—Por eso pone teoría y no sentencia.

La puerta se abrió sin que ninguno hubiera oído llamar. Pilar entró con una carpeta fina bajo el brazo y miró la pizarra.

—Veo que por fin habéis descubierto una explicación que estaba delante desde el primer día.

—Estamos intentando no enamorarnos de ella —dijo Molina.

—Con Sergio no me preocupa el enamoramiento. Me preocupa el matrimonio después de la segunda cita.

Dejó la carpeta sobre mi mesa.

—¿Autopsia?

—Todavía no completa. Toxicología sigue pendiente y hasta que no tenga resultados no pienso daros una causa definitiva.

Abrí la carpeta.

Había fotografías, datos de la exploración y varias notas provisionales.

—¿Algo cambia?

Pilar apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.

—Exteriormente, no. No tenemos lesiones que me obliguen a pensar en una intervención de otra persona. La contusión del codo encaja con una caída. No hay defensa, no hay signos de inmovilización y no aparece nada que contradiga por sí solo una intoxicación voluntaria o accidental.

Molina señaló la pizarra.

—Me está dando la mañana.

Pilar lo ignoró.

—Pero tampoco podéis afirmar todavía que muriera por lo que había en la mesilla. Necesito concentraciones, metabolitos y resultados completos.

—¿Los envases?

—Sabemos cuántos comprimidos quedaban cuando entramos. No sabemos cuándo tomó los que faltan ni siquiera si todos los que faltan los tomó ella esa noche.

—¿Y el alcohol?

—Había consumido. Cuánto influyó en la muerte dependerá de lo demás.

Cerré la carpeta.

—Entonces no tenemos causa.

—Tenéis una mujer muerta. La causa os la daré cuando la tenga.

Molina sonrió.

—A veces consigue que eche de menos hablar contigo.

—Eso puede tratarse.

Pilar recogió la carpeta, pero no se marchó inmediatamente.

—Una cosa más. Si vais a empezar a decidir que fue suicidio porque la puerta estaba cerrada y había medicamentos, hacedme un favor.

—¿Cuál?

—No decidáis también cuándo los tomó. Todavía no lo sabéis.

La miré.

—No lo haremos.

—Eso dijisteis con los vasos.

—Yo no.

—Trabajas con él. La responsabilidad se contagia.

Se marchó.

Molina esperó hasta que la puerta se cerró.

—Me cae mal cuando tiene razón.

—Te ocurre con demasiada gente.

Volví a la pizarra.

Debajo de SUICIDIO escribí:

Sin lesiones externas relevantes. Alcohol + medicación. 408 cerrada desde dentro. Nadie accede después de Marta.

Me detuve.

Molina señaló la segunda habitación.

—Añade que la 409 no necesita ser un escenario criminal.

No escribí todavía.

—Puede ser simplemente parte de la vida que ocultaba.

—Exactamente. Una habitación para una relación clandestina, una discusión o una cita que finalmente no ocurrió como estaba prevista. Que Marta muriera esa misma noche no convierte automáticamente todo lo que hizo antes en parte de su muerte.

Aquello se parecía demasiado a algo que Pilar llevaba diciéndonos desde el principio.

Una muerte volvía sospechosos los objetos normales.

Quizá también las habitaciones.

Escribí:

409 puede no estar relacionada con la causa de la muerte.

Molina leyó la frase.

—Eso te ha dolido.

—Estoy perfectamente.

—Has apretado tanto el rotulador que casi atraviesas la pizarra.

Lo dejé en la bandeja.

—¿Y Adrián?

Molina tardó algo más en contestar.

—Tiene una explicación bastante buena para mentir sobre cualquier cosa relacionada con Clara sin necesidad de haberla matado. Está casado. Mantiene una relación secreta desde hace tres años. Si su mujer descubre que se ve con una amante en hoteles, su vida cambia, aunque Marta siga viva.

—Y si la amante aparece muerta en uno de esos hoteles, tiene todavía más razones para asustarse.

—Eso.

—Pero seguimos sin saber si estuvo allí.

—Seguimos.

Miré el nombre de Raúl.

—Montero tampoco está fuera.

—No. Sabemos dónde estaba después de las nueve. Antes seguimos teniendo un hueco.

—Y un conflicto profesional real.

—Que también puede ser únicamente un conflicto profesional real.

Esa era la parte más incómoda de una investigación cuando empezaban a aparecer demasiadas cosas.

Todo podía importar. Y casi todo podía no importar en absoluto.

Me puse la chaqueta.

—¿Dónde vas?

—A comer.

Miró el reloj.

—Son las doce y veinte.

—Precisamente.

—Eso no explica nada.

—Llevamos cuatro días comiendo a horas absurdas. Quiero probar una teoría alternativa.

Terminamos en un bar a tres calles de comisaría porque Molina se negó a caminar más después de descubrir que no tenía ningún restaurante concreto en mente.

Había poca gente. Una televisión sin sonido mostraba imágenes de un informativo y desde la cocina llegaba olor a aceite caliente.

Molina dejó el teléfono junto al plato.

—¿Sabes qué es lo que realmente te molesta?

—Que siempre empieces las preguntas así.

—Que, si fue un suicidio, llevamos días construyendo una investigación alrededor de una mujer que quizá solo intentaba mantener separadas partes de su vida.

Corté un trozo de tortilla.

—Eso no convierte la investigación en inútil.

—No he dicho eso.

—Lo has pensado con bastante volumen.

Molina bebió agua.

—Estoy diciendo que quizá la 409 explica a Marta y no su muerte.

Miré hacia la televisión.

Podía ser.

Una mujer podía tener un amante, un segundo teléfono, un nombre distinto, conflictos de trabajo, reservas secretas y un pasado profesional relacionado por casualidad con un expediente antiguo.

Y después morir por una razón completamente distinta.

No había ninguna norma que obligara a que todas las piezas pertenecieran al mismo puzle.

—Hay algo que no me gusta —dije.

—Eso reduce poco las opciones.

—Si estaba pensando en suicidarse, ¿por qué citar a alguien a las ocho?

Molina dejó el tenedor.

—Porque quizá todavía no estaba pensando en suicidarse a las ocho.

Lo miré.

No añadió nada. No hacía falta.

Cuando regresamos, borré de la pizarra el interrogante que había colocado días atrás junto a la palabra SUICIDIO.

No escribí que fuera la respuesta.

Solo dejé de tratarla como si fuera la explicación que había que derrotar.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Molina.

Cogí la carpeta de Marta.

—Comprobamos los medicamentos. Recetas, fechas de compra, pautas, cuánto llevaba tomando cada uno y cualquier antecedente relevante que podamos documentar. Esperamos toxicología y no interrogamos otra vez a Adrián solo porque nos incomode su versión.

—Eso último me sorprende.

—Si ha mentido, prefiero saber en qué antes de preguntárselo por tercera vez.

Molina recogió su café frío.

—Entonces, por primera vez, ¿aceptamos que puede que no haya asesino?

Miré la palabra escrita en la pizarra.

La 409 seguía allí.

Adrián también.

Raúl.

Clara.

Alicante.

Demasiadas cosas alrededor de una mujer que todavía no sabíamos cómo había muerto.

—Aceptamos que todavía no hemos demostrado que lo haya.

Guardé la carpeta.

Aquella mañana habíamos empezado intentando encontrar una teoría sobre el asesinato.

Terminamos con algo bastante menos cómodo. La posibilidad de que todavía no hubiera ningún asesinato que explicar.