CAPÍTULO 14
Héctor Valcárcel
Los documentos de Alicante llegaron poco después de las diez de la mañana en dos formatos distintos y con idéntica capacidad para estropearme el día.
Una parte estaba digitalizada.
Molina dejó la caja sobre mi mesa.
—Te la traigo yo porque, si llega directamente a tus manos, luego dices que apareció sola.
—No digo esas cosas.
—Tienes una caja gris en casa dedicada a un caso de hace doce años.
—No tiene nada que ver.
—Claro.
Aparté el café para hacer sitio.
En la pizarra seguían escritas las dos columnas que había preparado el día anterior.
LO QUE SABÍAN.
LO QUE NO SABÍAN.
Héctor Valcárcel todavía no estaba en ninguna.
Abrí el primer archivo.
Habíamos pedido dos cosas concretas: cualquier expediente en el que Marta Salcedo figurara como responsable y cualquier operación asociada a Héctor Valcárcel durante los años en que ella había trabajado en Alicante.
El resultado ocupaba bastantes más páginas de las que esperaba.
—No fue un cliente que pasara por allí una vez —dije.
Molina acercó una silla.
—Eso ya mejora nuestra coincidencia.
En varios expedientes aparecía el mismo código interno junto al nombre de Marta. Revisiones de contratos, preparación de documentación para compraventas, coordinación con notarías, comprobaciones administrativas y modificaciones de sociedades propietarias de distintos inmuebles.
Nada excepcional por separado.
El problema era la repetición. Héctor Valcárcel aparecía una vez. Después otra. Y otra.
—Marta llevó personalmente estos expedientes —dije.
—O su código aparece porque pertenecía al departamento.
—Mira las firmas internas.
Le mostré tres documentos.
En todos aparecía su nombre junto a anotaciones diferentes. En uno había pedido documentación pendiente. En otro había corregido una referencia registral. En el tercero figuraba como persona de contacto para el cliente.
Molina leyó despacio.
—Eso ya es más difícil de atribuir al departamento.
Seguimos revisando.
Valcárcel utilizaba varias sociedades, algo que no parecía especialmente raro para alguien dedicado a operaciones inmobiliarias. Algunas aparecían una sola vez y otras se repetían durante años.
No reconocí ninguno de los nombres.
Eso me tranquilizó menos de lo que debería.
—¿Cuándo empiezan a trabajar juntos?
Molina buscó la fecha más antigua.
—Finales de 2013.
—¿Y la última?
—Principios de 2016.
Prácticamente toda la etapa de Marta en Alicante.
Me levanté y fui hasta el armario donde habíamos guardado la copia del expediente de Irene.
Molina no dijo nada.
Encontré la carpeta con el apellido Valcárcel después de varios minutos.
Era mucho más fina. Demasiado.
La dejé junto a los documentos de Marta.
—Una caja y seis páginas —dijo Molina.
—Cinco, si quitamos la portada.
—Eso ya parece una opinión.
—Es matemáticas.
Abrió la carpeta.
La declaración de Héctor Valcárcel se había tomado cuatro días después de encontrar el cuerpo de Irene.
Recordaba el documento, aunque no con suficiente precisión para haber respondido a Molina cuando encontramos su nombre por primera vez.
Ahora entendí por qué.
No había prácticamente nada que recordar.
Nombre.
Dirección.
Profesión.
Una descripción breve de cómo había conocido a Irene.
Varias preguntas generales.
Y una conclusión donde el instructor indicaba que no se apreciaban motivos para continuar aquella línea.
Molina leyó las primeras páginas mientras yo buscaba mis notas antiguas.
—Dice que había coincidido con ella varias veces durante los meses anteriores.
—Sí.
—Pero asegura que no eran amigos.
—Eso también.
—¿Por qué se le entrevista?
Encontré la hoja que buscaba.
—Porque su nombre estaba entre seis personas que habían aparecido alrededor de Irene durante los últimos meses y que no formaban parte de su círculo anterior.
Le pasé la lista. Seis nombres. Valcárcel era el quinto.
Aquella clasificación la habíamos hecho durante los primeros días, intentando separar familia, amistades antiguas, relaciones profesionales y contactos recientes.
La mayor parte de aquellos nombres habían terminado descartados por razones distintas.
Uno estaba fuera de España cuando murió Irene. Otro apenas había coincidido con ella dos veces.
Una mujer había demostrado una relación estrictamente profesional.
Héctor había quedado en una zona más incómoda. No porque hubiera algo contra él. Porque apenas habíamos averiguado nada.
Molina volvió a la declaración.
—¿Dónde dice cómo la conoció?
Señalé el segundo párrafo.
—Por conocidos comunes. Eso dijo.
—Muy específico.
—En aquel momento debió parecernos suficiente.
—¿Nos?
La palabra llegó sin intención de hacer daño, pero hizo exactamente eso.
Le quité la hoja.
—Yo estaba allí.
—No he dicho lo contrario.
—Firmé parte de las diligencias.
Molina se recostó.
—Sergio, que trabajaras en el caso no significa que cada entrevista mal hecha fuera tuya.
—Esta la revisé.
Encontré mis iniciales en la última página.
No había realizado el interrogatorio, pero sí figuraba entre quienes habían revisado las diligencias aquella semana.
Cinco páginas.
Doce años después podía señalar todo lo que faltaba.
No constaba quiénes eran aquellos conocidos comunes. No se comprobaba dónde habían coincidido. No aparecía una reconstrucción de las veces que se habían visto.
Ni siquiera había una pregunta clara sobre cuándo había sido la última.
Molina volvió a coger la declaración.
—También pone que negó tener una relación personal estrecha con ella y que no había hablado con Irene durante los días previos.
—Sí.
—¿Se comprobó?
Pasé a la última página.
—No consta.
—Eso no significa que no se hiciera.
—Significa que no consta.
—Que es distinto.
Lo miré.
—¿Ahora eres tú el prudente?
—Alguien tiene que mantener cierta variedad entre nosotros.
Volví a los documentos de Levante.
Lo incómodo no era que Héctor hubiera estado en el expediente de Irene.
Eso llevaba doce años allí.
Lo nuevo era Marta.
Habíamos encontrado a una mujer muerta en Madrid y, reconstruyendo su pasado profesional, habíamos descubierto que durante casi tres años había gestionado operaciones para uno de aquellos seis nombres.
No una operación.
Varias.
—Necesitamos saber si se trataban directamente —dije.
Molina señaló las firmas.
—Parece bastante evidente.
—Quiero a alguien que lo recuerde.
Encontró el teléfono antes de que terminara la frase.
—Ya localicé ayer a una antigua administrativa de Levante. Trabajó allí desde 2012 hasta que cerraron. Se llama Mercedes Gálvez y vive en Elche. Le dije que probablemente volveríamos a llamarla.
—Hazlo.
Molina marcó y puso el altavoz.
La mujer respondió al cuarto tono. Su voz sonaba más joven de lo que esperaba.
Molina se identificó y explicó brevemente por qué volvíamos a contactar.
—Sí, me acuerdo de Marta —dijo Mercedes—. Ya les dije que estuvimos juntas bastante tiempo. No éramos amigas fuera del trabajo, pero compartíamos mesa casi todos los días.
—Necesitamos preguntarle por un cliente concreto —dije—. Héctor Valcárcel.
El silencio fue corto.
—Claro que me acuerdo.
Molina y yo nos miramos.
—¿Trabajaba directamente con Marta?
—Bastante. Héctor llevaba varias operaciones a la vez y era de esos clientes que quería hablar siempre con la misma persona. Marta empezó llevando un expediente suyo y después, cuando llamaba, preguntaba directamente por ella.
—¿Porque tenían confianza?
—Porque Marta era buena y él era impaciente.
La respuesta llegó sin vacilación.
—¿Se veían fuera de la oficina?
—Eso no lo sé. Si me pregunta si había reuniones, claro. Héctor iba bastante por allí y algunas veces Marta salía a notarías o a revisar documentación con él, pero eso formaba parte del trabajo.
—¿Le pareció alguna vez que tuvieran una relación diferente?
Mercedes tardó algo más.
—No. Y si me están preguntando por algo sentimental, nunca vi nada que me hiciera pensarlo. Marta estaba casada y hablaba de su marido con normalidad. Héctor, por entonces, aparecía siempre con prisa y con tres asuntos a la vez. No recuerdo nada raro.
—No buscábamos necesariamente una relación sentimental —dije—. Solo saber cuánto contacto tenían.
—Entonces bastante. Profesional, pero bastante.
Molina acercó la carpeta de Irene.
—¿Conoce el nombre de Irene Valdés?
Esta vez el silencio duró más.
—No me suena.
—¿Nunca la vio en la oficina?
—Podría haberla visto y no acordarme. Han pasado muchos años y por allí entraba mucha gente.
—¿Héctor hablaba de ella?
—No que yo recuerde.
—¿Marta?
—Tampoco.
Agradecimos la ayuda y colgamos.
Molina dejó el teléfono entre los dos.
—Ya tenemos una respuesta.
—Tenemos una parte.
—Héctor conocía a Irene.
—La había conocido.
—Y conocía bien a Marta.
—Profesionalmente.
Molina me señaló con un dedo.
—No empieces a corregirme cada palabra porque terminaremos esta conversación mañana. Tenemos a un hombre que aparece en la investigación de Irene y que, durante esos mismos años, trabajaba habitualmente con Marta.
Me quedé mirando las dos carpetas.
Aquello sí podía escribirlo. Nada más.
Me levanté y fui hasta la pizarra.
Debajo de LO QUE SABÍAN escribí:
HÉCTOR VALCÁRCEL
Y a continuación:
IRENE: contacto reciente en 2014.
MARTA: relación profesional continuada.
Molina se acercó.
—¿Y en “lo que no sabían”?
—Casi todo lo importante.
—Muy tranquilizador.
Añadí:
¿IRENE Y MARTA SE CONOCIERON?
Molina negó con la cabeza.
—No tenemos nada que indique eso.
—Por eso está en la columna de lo que no sabemos.
—Ni siquiera sabemos que Valcárcel tenga algo que ver con la muerte de Irene.
—Correcto.
—Y no tenemos absolutamente nada que lo relacione con la muerte de Marta.
Dejé el rotulador sobre la bandeja.
—Correcto otra vez.
Molina permaneció unos segundos mirando la pizarra.
—Entonces voy a decirte algo que no te va a gustar.
Lo de Alicante puede ser importante para Irene y no tener ninguna importancia para este caso.
Marta pudo trabajar tres años con Valcárcel, él pudo conocer a Irene y ambas cosas pudieron ocurrir en la misma ciudad sin que exista una historia secreta uniéndolas.
—Lo sé.
—No, Sergio. Sabes decirlo. Que no es exactamente lo mismo.
Esta vez no respondí.
Volví a la mesa y separé las dos carpetas.
La de Marta a la derecha.
La de Irene a la izquierda.
Durante unos segundos tuve la tentación de colocarlas juntas.
No lo hice.
—Pide toda la documentación de las operaciones que Marta llevó para Valcárcel —dije—. Contratos, sociedades, inmuebles, personas que intervinieron. Pero se trabaja dentro del caso Marta hasta que aparezca algo que justifique otra cosa.
Molina me estudió antes de asentir.
—Eso sí me vale.
Cogió la caja y empezó a organizar los documentos.
Yo abrí de nuevo la declaración de 2014.
Héctor Valcárcel había estado siempre allí.
Lo nuevo no era encontrarlo. Lo nuevo era descubrir que Marta también había estado cerca de él.
Cerré la carpeta antes de que aquella proximidad se convirtiera en una explicación que todavía no teníamos.
Por ahora, seguían siendo dos investigaciones. Y mi trabajo consistía en no unirlas antes de tiempo.