La mujer de la habitación 408 (Los casos de Rivas 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Una vida paralela

Elena había dejado la cena sobre la mesa cuando llegué a casa, aunque Daniel seguía intentando convencerla de que una tortilla francesa podía considerarse una emergencia médica si tenía demasiado huevo.

—No tiene demasiado huevo —dijo Elena sin mirarlo—. Tiene exactamente el huevo necesario para ser una tortilla.

Daniel pinchó una esquina con el tenedor.

—Pues parece mucho.

—Porque ocupa espacio.

—El huevo siempre ocupa espacio.

Claudia soltó una risa desde el otro lado de la mesa y Elena me señaló la silla libre.

—Siéntate antes de que esto se convierta en un debate científico.

Me quité la chaqueta y obedecí.

Durante los primeros minutos conseguí participar lo suficiente para enterarme de que Claudia necesitaba dinero para una excursión, Daniel había perdido una sudadera que probablemente estaba en el colegio y Elena llevaba dos días esperando que yo recordara llamar al técnico del lavavajillas.

Lo del lavavajillas no lo recordaba.

Ella sí.

—Mañana —dije.

—Eso dijiste ayer.

—Entonces técnicamente llevo veinticuatro horas siendo coherente.

Claudia levantó la vista del plato.

—Eso no funciona así.

—Gracias.

—De nada.

Elena me observó un momento antes de seguir comiendo.

No preguntó por el caso hasta que los niños se marcharon. Claudia desapareció con el móvil después de prometer que empezaría a preparar la mochila de la excursión, y Daniel se llevó un vaso de leche al salón con la obligación teórica de acostarse en veinte minutos.

El lavavajillas volvió a emitir un ruido seco desde la cocina.

Elena lo miró.

—Mañana.

—Lo sé.

—Lo digo para que conste.

Recogí dos platos y la seguí.

—Hoy hemos conseguido reconstruir parte de la noche.

—¿La mujer del hotel?

Asentí mientras dejaba los platos junto al fregadero.

—Sabemos que tenía una segunda habitación y que había citado allí a alguien. También sabemos cuándo se abrió, pero todavía no quién utilizó la llave.

Elena abrió el grifo.

—Eso suena bastante más concreto que lo que me contaste el otro día.

—Lo es.

Me quedé secando un vaso mientras ella aclaraba los platos. Hablar del caso en casa nunca me había parecido especialmente útil, y menos después de Alicante, pero aquella vez había algo que no terminaba de ordenar.

—También utilizaba otro nombre —dije—. Clara Montes.

Elena cerró el agua.

—¿Otro nombre legal?

—No. Social. Un correo diferente, algunas personas que solo la conocían así, redes pequeñas, lugares donde nadie sabía que estaba casada. Su amante la conocía como Clara. Una amiga también. El marido no sabía que Clara existía.

Elena cogió el paño que yo había dejado sobre la encimera.

—¿Y tú estás intentando decidir cuál de las dos era la de verdad?

La pregunta me molestó porque se parecía demasiado a una que llevaba varios días evitando formular exactamente de esa manera.

—Estoy intentando saber para qué necesitaba separarlas.

—No es lo mismo.

—Ya.

Elena secó una gota de agua junto al fregadero.

—En el despacho veo gente que tiene una forma de hablar con su jefe, otra con sus compañeros y otra completamente distinta cuando entra su pareja por la puerta.

No necesitan tres documentos de identidad para hacerlo.

A veces ocultamos cosas y otras veces simplemente no dejamos que todo el mundo entre en todas las habitaciones.

La última palabra me hizo levantar la vista.

Ella se dio cuenta.

—No lo decía por tu hotel.

—Ya lo sé.

—Pues has puesto cara de inspector.

Dejé el vaso.

—El segundo teléfono es lo que no encaja.

—¿Por qué?

—Porque empezamos tratándolo como parte de Clara. Pero Raúl Montero también llamaba a ese número.

—¿El cliente?

—El que quería que firmara unos documentos con una fecha que no podía justificar.

Elena apoyó una mano en la encimera.

—Entonces quizá estás llamando “vida de Clara” a cosas que solo tienen en común que el marido no las conocía.

No respondí inmediatamente.

Desde el salón llegó la voz de Daniel preguntando si veinte minutos significaban veinte minutos exactos o aproximadamente veinte minutos.

Elena levantó la voz.

—Significa que ya vas tarde.

Después volvió hacia mí.

—Si necesitas saber quién conocía a esa mujer, quizá no deberías separar primero los nombres. Separa a la gente. Mira quién podía moverse de un lado al otro.

Eso sí era una pregunta distinta.

A la mañana siguiente quité de la pizarra las tres horas del hotel y las copié en una hoja para no perderlas. Después dividí la superficie en tres columnas.

Molina llegó mientras escribía.

MARTA

CLARA

AMBAS

Se quitó el abrigo sin apartar los ojos.

—Tengo miedo de preguntar.

—No preguntes todavía.

—Eso solo aumenta el miedo.

Escribí el primer nombre.

Julián, bajo Marta.

Lucía, bajo Clara.

Adrián, bajo Clara.

Raúl, bajo Marta.

Molina dejó el café junto a mi mesa.

—Montero llamaba al segundo teléfono.

Moví el rotulador hacia la tercera columna, pero no escribí.

—Precisamente.

—Entonces no va en Marta.

—Lo conocía como Marta Salcedo. Los documentos que nos entregó están a su nombre real y todo lo que sabemos de su relación es profesional.

—Pero tenía el número que Julián no conocía.

—Sí.

Molina se sentó.

—Estás convirtiendo una pizarra en un problema filosófico.

—Estoy intentando averiguar qué significa realmente el segundo teléfono.

Abrí el informe de Nuria.

Cinco contactos concentraban la mayor parte de las llamadas. Adrián era uno. Raúl, otro. Había una asesoría, una mujer que todavía no habíamos relacionado con nada relevante y Galería Norte.

Aquello no era una agenda exclusiva de Clara.

Tampoco era una agenda profesional.

Era otra cosa.

—El número no separaba amantes de clientes —dije—. Separaba personas a las que Marta permitía contactar con ella fuera del circuito que conocía Julián.

Molina bebió café.

—Eso es bastante más amplio.

—Y nos obliga a dejar de asumir que cualquier cosa asociada al segundo teléfono pertenece a Adrián.

—No recuerdo haber asumido eso.

Lo miré.

—Ayer querías poner su nombre junto a la apertura de las ocho y dos.

—Quería escribirlo con lápiz.

—No llevabas lápiz.

—Detalles.

Nuria nos había enviado durante la noche información preliminar de la cuenta vinculada al correo secundario. No había nada especialmente espectacular: pagos de restaurantes, entradas, dos compras en la galería, reservas y transferencias periódicas desde una cuenta a nombre de Marta Salcedo.

Ningún ingreso inexplicable.

Ninguna fortuna escondida.

Nada que justificara por sí mismo una identidad distinta.

Molina recorrió los movimientos.

—Entonces Clara no ganaba dinero.

—Marta movía dinero hacia una cuenta que utilizaba para esa parte de su vida.

—Eso suena bastante a que Clara gastaba el dinero de Marta.

—No empieces.

Sonrió y siguió leyendo.

Entre los movimientos aparecían las tres estancias que ya conocíamos. Madrid, Valladolid y Valencia. También restaurantes próximos a Galería Norte, entradas para exposiciones y varios pagos que no nos decían nada sin pedir más información.

—Adrián debería aparecer en alguno de estos sitios —dijo Molina.

—Puede.

—Tres años de relación. Si las habitaciones eran para verlo a él, las fechas deberían encajar con sus movimientos.

—Ya estamos pidiendo esos cruces.

—Y Montero.

—También.

Molina dejó las hojas.

—Supongamos que uno de los viajes coincide con Montero y otro con Adrián. ¿Qué hacemos con eso?

—Dejar de pensar que las habitaciones tenían siempre la misma función.

Aquello pareció gustarle menos.

—Prefería una sola explicación.

—Lo sé.

Cogí las fotografías que Lucía nos había enviado del perfil de Clara. No eran muchas. Una inauguración. Una copa sobre una mesa. El mar desde una ventana. Marta sentada en una terraza. Una fachada iluminada de noche.

En ninguna aparecía Adrián.

Eso no significaba que no hubiera estado allí.

Tampoco aparecía Lucía en la mayoría.

Clara no documentaba personas. Documentaba lugares.

—Mira esto.

Molina se acercó.

Le enseñé la fotografía de la terraza y después otra tomada en una exposición.

—¿Qué tengo que ver?

—Nada. Esa es la cuestión. No hay fotografías de su gente. Ni del marido, que sabemos que no pertenecía a esa cuenta, ni de Adrián, ni de Lucía. Clara enseñaba dónde estaba, no con quién.

—Una forma bastante eficiente de tener redes sociales sin tener que explicar la parte social.

Dejé las imágenes sobre la mesa.

—Lucía pensaba que estaba divorciada. Adrián también. Los dos conocían aproximadamente la misma biografía.

—Consultora, independiente, viajaba mucho, poca relación con su familia.

—Sí.

—Entonces a esos dos les contó una historia bastante estable.

—Pero Montero conocía a Marta y utilizaba el mismo teléfono que ellos.

Molina miró las tres columnas.

—Así que el teléfono no pertenece a Clara.

—Pertenece a Marta.

—Eso parece obvio.

—No lo era hace dos días.

Moví el nombre de Raúl.

No lo puse bajo Clara.

Tampoco lo dejé únicamente bajo Marta.

Lo escribí entre las dos columnas, justo encima de la línea que las separaba.

Molina soltó una risa breve.

—Ahora sí que la pizarra necesita abogado.

—Montero conocía su nombre real, su trabajo real y tenía acceso a un número que su marido desconocía. Quiero saber por qué.

—Puede que Marta diera ese número a clientes complicados para no mezclar el personal.

—Puede.

—Y puede que estuviera viendo a Adrián en las habitaciones mientras Montero solo le daba problemas con certificados.

—También.

—Te estás contagiando de mí.

—Eso sí sería preocupante.

Mi teléfono vibró sobre la mesa.

No era una revelación. Solo un correo del equipo que estaba cruzando las fechas de las reservas antiguas.

Lo abrí.

Todavía no tenían resultados completos.

Madrid seguía pendiente.

Valencia también.

Pero en la fecha de Valladolid, Raúl Montero figuraba en una reunión notarial en otra ciudad desde media tarde hasta bien entrada la noche. Había documentación, firmas y varias personas capaces de confirmarlo.

Le pasé el teléfono a Molina.

Leyó el mensaje.

—Una habitación menos para Montero.

—Una fecha menos.

—No puedes concederme ni eso.

—Acabo de hacerlo.

Molina dejó el teléfono.

—Entonces sigue pudiendo ser Adrián.

Miré las columnas.

Adrián conocía a Clara.

Raúl conocía a Marta.

Lucía conocía a Clara.

Julián conocía a Marta.

Pero el segundo teléfono, las reservas y el correo secundario atravesaban esas separaciones de formas distintas.

La pregunta ya no era qué nombre había utilizado Marta.

Era quién había conseguido acercarse lo suficiente para conocer más de una versión sin que ella supiera que estaba cruzando la frontera.

Borré los títulos MARTA y CLARA de la pizarra.

Molina me miró.

—¿Te has rendido?

Escribí dos nuevos.

LO QUE SABÍAN.

LO QUE NO SABÍAN.

—No —dije—. Creo que estábamos clasificando a la persona equivocada.