CAPÍTULO 12
La tarjeta
Álvaro Sánchez había pedido que volviéramos al hotel porque prefería enseñarnos los registros completos en la misma pantalla donde podía comprobarlos, en lugar de enviarnos una tabla que terminaríamos interpretando sin él.
Después de los últimos días, empezaba a apreciar a la gente que desconfiaba de nuestras interpretaciones.
Cuando llegamos, Laura Caballero estaba en recepción hablando con una pareja que exigía cambiar de habitación porque el aire acondicionado hacía demasiado ruido.
Nos vio cruzar el vestíbulo, levantó una mano a modo de saludo y continuó escuchando cómo el hombre describía un zumbido que, por la cantidad de detalles, parecía haber arruinado algo más que una noche.
Álvaro nos esperaba en la misma oficina de la primera vez.
Había conectado un segundo monitor y tenía abiertas varias ventanas con horas, códigos y números que no significaban nada para mí.
—Ahora sí puedo daros tiempos —dijo antes de que nos sentáramos—. El proveedor ha validado los eventos y he eliminado sincronizaciones, actualizaciones y cualquier cosa que no corresponda a una apertura real de puerta. Lo que queda es bastante más sencillo.
Molina dejó la libreta sobre la mesa.
—Cuando alguien de sistemas dice que algo es sencillo, normalmente significa que voy a necesitar que lo explique tres veces.
—Con dos debería bastar.
Álvaro amplió la primera línea.
19:41:18. HABITACIÓN 409. CREDENCIAL DIGITAL. ACCESO VÁLIDO.
Durante unos segundos ninguno habló.
La hora quedaba catorce minutos después de que las cámaras hubieran mostrado a Marta regresando al hotel.
—¿La credencial es la que estaba asociada al segundo teléfono? —pregunté.
—A la reserva y al dispositivo que ya os facilité. No tengo un nombre detrás del teléfono, pero técnicamente es la misma credencial digital que se descargó en ese terminal.
Marta había regresado a las siete y veintisiete.
Catorce minutos después, el teléfono que llevaba años vinculado a su segunda vida había abierto la 409.
Era fácil escribir su nombre junto a aquella hora.
No lo hice.
—¿Qué ocurre después? —preguntó Molina.
Álvaro desplazó la pantalla.
La segunda línea estaba veintiún minutos más abajo.
20:02:11. HABITACIÓN 409. APERTURA INTERIOR.
Molina se inclinó hacia delante.
—Explícame esa.
—La cerradura distingue cuándo alguien utiliza una credencial desde el pasillo y cuándo la puerta se abre accionando la manilla desde dentro. A las siete y cuarenta y uno alguien entra utilizando la llave digital. A las ocho y dos la puerta se abre desde el interior.
Miré la hora.
Dos minutos después de la cita recuperada del segundo teléfono.
A las ocho. 409. Sube directamente.
—¿La puerta vuelve a cerrarse? —pregunté.
—Sí. El sensor registra cierre normal. No puedo deciros si quien estaba dentro salió, dejó entrar a alguien o simplemente abrió la puerta y volvió a cerrarla. Solo puedo deciros que no se utilizó ninguna credencial desde fuera a las ocho y dos.
Molina apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.
—Si citas a alguien a las ocho y le dices que suba directamente, entras antes y a las ocho y dos abres desde dentro...
Álvaro lo miró.
—Yo me dedico a sistemas.
—Ya. Era demasiado bonito pensar que ibas a terminarme la frase.
Me acerqué a la pantalla.
—¿Hay más aperturas de la 409?
—No hasta que la abre Científica al día siguiente con la tarjeta maestra.
Eso sí cambió algo.
Quien hubiera estado dentro de la 409 antes de las ocho y dos podía haber salido cuando se abrió la puerta desde dentro.
Quien hubiera llegado a las ocho y dos podía haber entrado entonces.
Pero, después de aquella apertura, el sistema no registraba otra entrada exterior.
—¿Una persona puede salir sin que quede reflejado? —preguntó Molina.
—Sí. Desde dentro accionas la manilla y sales.
El sistema registra apertura interior, pero no identifica a la persona.
Lo mismo que a las ocho y dos. Si hubo dos personas dentro después de esa hora, una pudo marcharse posteriormente y el registro solo me diría que la puerta volvió a abrirse desde dentro.
—Pero no hay otra apertura.
Álvaro negó.
—No.
Volví a mirar la línea. Aquello planteaba una posibilidad distinta.
La apertura de las ocho y dos podía ser una salida.
O una entrada facilitada desde dentro.
No ambas.
—¿Y la 408? —pregunté.
Álvaro cambió de ventana.
Allí los registros eran más convencionales. Marta había recibido una tarjeta física en recepción al hacer el check-in y esa tarjeta tenía un identificador concreto.
Buscó la franja que nos interesaba.
20:34:07. HABITACIÓN 408. TARJETA FÍSICA. ACCESO VÁLIDO.
—Esta es la tarjeta que encontramos después en la habitación —dijo—. El identificador coincide.
Molina me miró.
—Y las cámaras la muestran subiendo con el hielo unos minutos antes.
Asentí.
Aquí podíamos acercarnos mucho más a un nombre.
Marta había bajado a recepción, había recogido el hielo, había vuelto al ascensor y, a las ocho y treinta y cuatro, la tarjeta que llevaba encima abrió su habitación.
—¿Después?
Álvaro recorrió los registros.
—Nada desde fuera. La 408 no vuelve a abrirse con tarjeta, llave digital ni tarjeta maestra hasta que el encargado entra a la mañana siguiente.
—¿Aperturas interiores?
—Ninguna registrada.
Molina se quedó observando la pantalla.
—Así que entra a las ocho y treinta y cuatro y no vuelve a salir.
—Eso dicen los sensores.
—Y nadie vuelve a entrar.
—Eso también.
Molina tardó un momento en apartar la vista.
—La habitación cerrada empieza a ser bastante más cerrada.
No respondí inmediatamente.
Habíamos pasado días preguntándonos si alguien podía haber entrado en la 408 después de Marta.
Ahora el sistema decía que no.
Por lo menos no utilizando la puerta.
—Quiero una copia completa —dije—. Incluidos los eventos que has descartado, con la explicación de por qué no son accesos.
Álvaro sonrió ligeramente.
—Sabía que ibas a pedírmelo.
—Entonces vamos avanzando.
En el coche, Molina colocó la libreta abierta sobre las rodillas sin arrancar.
Había escrito las tres horas con una letra más grande de lo habitual.
19:41.
20:02.
20:34.
—Hay una historia bastante sencilla —dijo—. Marta entra en la 409 a las siete y cuarenta y uno, espera, a las ocho y dos abre a la persona con la que había quedado y, treinta y dos minutos después, vuelve sola a su habitación.
—Hay varias cosas que estamos suponiendo dentro de esa historia.
—Claro. Pero reconocerás que tiene cierta elegancia.
—Las teorías elegantes también se equivocan.
Molina cerró la libreta.
—No he dicho que sea verdad. He dicho que es sencilla. Y después de una semana contigo he aprendido que esas dos cosas no son sinónimos.
Arrancó.
Mi teléfono sonó antes de salir del aparcamiento. Era uno de los agentes que estaba comprobando la versión de Raúl Montero.
Puse el manos libres.
—Tenemos cámaras del restaurante —dijo—. Montero aparece entrando con dos hombres a las nueve y ocho. Están en una mesa del fondo hasta las diez y cincuenta aproximadamente. El pago coincide con lo que dijo.
Molina levantó una ceja.
—¿Antes de las nueve?
—No sabemos dónde estaba. La reserva de mesa era para las nueve y cuarto. Uno de los socios llegó primero y Montero aparece después. Hemos pedido cámaras exteriores por si podemos reconstruir de dónde venía.
—¿Algo que lo sitúe lejos del hotel a las ocho? —pregunté.
—De momento, nada. Su móvil genera actividad compatible con Madrid, pero la precisión no sirve para distinguir una zona concreta del centro. Seguimos.
—Bien. No cerréis esa línea.
Colgué.
Molina salió del aparcamiento.
—Montero puede seguir en nuestra colección.
—Nunca salió.
—Ya, pero empieza a molestarme que casi todo el mundo tenga una explicación razonable durante una parte de la noche y un agujero exactamente donde nosotros necesitamos mirar.
—Si tuvieran una cámara siguiéndolos desde las seis hasta las doce, probablemente no estaríamos hablando con ellos.
—Facilitaría bastante el trabajo.
—También reduciría nuestra utilidad.
Molina giró hacia la calle principal.
—No te preocupes. Siempre encontrarías algo que complicar.
De vuelta en comisaría coloqué las tres horas en una pizarra pequeña junto a mi mesa.
No añadí nombres.
Solo habitaciones y tipos de acceso.
19:41 — 409 — credencial digital.
20:02 — 409 — apertura interior.
20:34 — 408 — tarjeta física.
Molina dejó su abrigo sobre una silla.
—Te falta poner la cita de las ocho.
Escribí encima:
20:00 — 409 — cita.
El orden resultaba casi demasiado limpio.
Marta regresaba al hotel.
Alguien utilizaba la credencial de su segunda vida. La puerta se abría desde dentro dos minutos después de la hora acordada.
Media hora más tarde, Marta aparecía en recepción, recogía hielo y regresaba a la 408.
Y después, nada.
Hasta la mañana siguiente.
Molina se acercó a la pizarra.
—Si Adrián dijo la verdad, la cancelación tuvo que llegar después de las siete y seis, cuando todavía tenemos confirmada la cita, pero antes de las ocho.
—O después de las ocho y aun así no fue él quien subió.
—Eso exige que Marta citara a otra persona en la misma habitación prácticamente a la misma hora.
—No sabemos que la respuesta al mensaje fuera de Adrián.
—Todavía.
No discutí la última palabra.
Cogí el informe del restaurante de Montero y lo dejé junto a las horas.
A las nueve y ocho estaba cenando con dos socios. A las ocho, seguíamos sin saber dónde estaba.
Adrián aseguraba que nunca había llegado al hotel.
Las cámaras principales no lo mostraban.
Y la puerta de la 409 se había abierto desde dentro exactamente dos minutos después de la hora de la cita.
Me quedé observando el espacio vacío que había dejado deliberadamente junto a esa línea.
Molina lo señaló.
—¿No vas a poner un nombre?
—Cuando tengamos uno.
Guardé el rotulador.
Ya sabíamos cuándo había comenzado la parte de la noche que importaba.
Ahora necesitábamos encontrar a la persona que había llegado a la 409 sin aparecer en ninguna de las imágenes que habíamos visto.