CAPÍTULO 11
La cita
Nuria apareció poco antes del mediodía con el portátil bajo el brazo y la expresión de quien sabía que traía algo útil, pero no estaba dispuesta a permitir que lo convirtiéramos en más de lo que era.
Molina estaba al teléfono con el restaurante donde Raúl Montero aseguraba haber cenado la noche de la muerte. Yo tenía abiertas las reservas de Madrid, Valladolid y Valencia, aunque después de media hora seguían diciéndome exactamente lo mismo que cuando las había mirado por primera vez.
Dos habitaciones. Una utilizada de forma normal.
Otra que parecía existir solo durante unas horas.
—Cuelga —dijo Nuria.
Molina levantó un dedo.
—Estoy trabajando.
—Precisamente por eso. Cuelga antes de que te expliquen durante veinte minutos cómo funciona una reserva de restaurante y luego me hagas repetirlo todo.
Molina terminó la conversación sin demasiada prisa.
—El recibo de Montero está pagado a las diez y cincuenta y tres. Eso demuestra que a las diez y cincuenta y tres tenía una tarjeta de crédito y hambre. Estamos esperando cámaras.
—Una investigación impecable —dijo Nuria mientras ocupaba la silla frente a mi mesa.
Dejó el portátil entre nosotros.
—¿El segundo teléfono? —pregunté.
—No el teléfono. Eso sigue sin aparecer. Pero tenemos parte de la información asociada a la cuenta que utilizaba y algunos restos sincronizados en servicios distintos. Antes de que alguno diga “hemos recuperado los mensajes”, no. Hemos recuperado fragmentos.
Molina acercó la silla.
—¿Fragmentos útiles?
—Eso ya lo decidís vosotros. Yo solo intento que no hagáis literatura con una base de datos rota.
Abrió una carpeta con varias capturas y líneas de texto. Había horas, identificadores incompletos y conversaciones cortadas por lugares que no parecían obedecer a ningún criterio.
—La mayor parte son notificaciones, copias parciales y registros que conservaron texto aunque la conversación original ya no esté disponible.
Algunos mantienen la hora pero han perdido el identificador del otro usuario.
Otros conservan el identificador y no el contenido. Es exactamente tan incómodo como suena.
—¿Y de la noche que murió? —pregunté.
Nuria desplazó la pantalla.
—Esto.
Había un mensaje enviado desde la cuenta asociada al segundo teléfono.
19:02.
A las ocho. 409. Sube directamente.
Debajo aparecía una respuesta cuatro minutos después.
De acuerdo. Avísame si cambia algo.
Leí las dos líneas otra vez.
—¿Sabemos quién respondió?
—No con lo que tengo ahora.
—¿Número?
—El fragmento no lo conserva. La conversación quedó vinculada a un identificador interno del servicio y estamos pidiendo que lo relacionen con una cuenta concreta. Puede salir algo o puede que no.
Molina apoyó los codos sobre las piernas.
—Pero la 409 ya no es una teoría.
—La habitación existe desde hace dos días —dije.
—Sabes a qué me refiero. Marta citó a alguien allí a las ocho.
Nuria levantó una mano.
—Marta, o quien estuviera utilizando esa cuenta.
La miré.
—La cuenta llevaba años vinculada a su segundo número, el correo de Clara y pagos que hemos relacionado con ella.
—Y probablemente era Marta. Solo os recuerdo que “probablemente” sigue siendo una palabra disponible en castellano.
Molina sonrió.
—Está aprendiendo de Sergio.
—Eso sería una señal preocupante.
Me incliné hacia la pantalla.
—¿Hay algo posterior?
Nuria abrió otro grupo de registros.
—Aquí empieza el problema. Tenemos actividad después de las siete, pero la copia no es continua. Hay huecos. No puedo reconstruir una conversación completa ni garantizar que todo lo enviado o recibido esté aquí.
—Adrián dijo que ella canceló la cita mediante un mensaje.
—Lo sé.
—¿Aparece?
—No.
Molina se volvió hacia mí.
—Qué casualidad.
Nuria cerró parcialmente el portátil.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Convertir que yo no tenga un mensaje en que el mensaje no existió. Si la copia está incompleta, puede haberse perdido una cancelación, una declaración de amor o la lista de la compra.
Molina se echó hacia atrás.
—Está bien. Reformulo. El único mensaje que tenemos dice que la cita seguía adelante.
—Eso sí.
Anoté las dos horas.
19:02.
19:06.
—Adrián nos dijo que habían hablado antes y que después Marta le escribió para cancelar.
—También dijo que no recordaba a qué hora —añadió Molina—. Solo “por la tarde”.
—Y que borraba regularmente las conversaciones para que no las encontrara su mujer.
Nuria volvió a abrir el portátil.
—Lo que significa que todavía no tenéis una mentira. Tenéis una versión que no podéis comprobar.
Aquello era menos satisfactorio, pero también más útil.
—Necesito las cámaras del hotel desde que Marta vuelve —dije.
Molina me miró.
—Ya las vimos parcialmente.
—Vimos entradas y salidas buscando a alguien que encajara con la 409. Quiero reconstruir a Marta.
Nuria recogió el portátil.
—Eso ya no es mi problema.
—Nunca lo fue.
—Por eso me gusta tanto vuestro trabajo.
Laura Caballero había enviado las grabaciones completas esa misma mañana. Las vimos en una sala pequeña donde alguien había dejado el aire acondicionado demasiado alto y una cafetera llevaba horas calentando un café que ya no habría mejorado ni con intervención policial.
La primera imagen útil tenía hora.
19:27.
Marta apareció por la entrada principal con el bolso colgado del hombro y una carpeta fina bajo el brazo.
Sola.
—Había hecho el check-in a las seis y doce —dijo Molina—. Sale después y regresa a las siete y veintisiete.
—Eso sabemos.
La cámara del vestíbulo la recogía durante unos segundos antes de perderla al entrar en el ascensor. No parecía apresurada. Miró el teléfono mientras esperaba, guardó algo en el bolso y se apartó para dejar salir a una pareja con dos maletas.
—¿Podemos saber qué planta marca? —preguntó Molina.
—La cámara no tiene ángulo.
Avancé la grabación.
Las cámaras de la cuarta planta no enfocaban directamente las puertas de la 408 ni de la 409. Una cubría la zona de ascensores y otra parte del pasillo opuesto. Marta aparecía saliendo del ascensor y desaparecía hacia el tramo donde estaban sus habitaciones.
Nada más.
—Y a las ocho sabemos que esperaba a alguien —dijo Molina.
—Sabemos que a las siete y dos minutos envió un mensaje citando a alguien a las ocho.
—No pienso discutir contigo siete minutos sobre la diferencia.
—Entonces no la conviertas en lo mismo.
Seguimos.
No apareció nadie que pudiéramos relacionar claramente con Marta por el ascensor principal.
Un matrimonio mayor.
Dos huéspedes con acreditaciones de un congreso. Un camarero del hotel empujando un carro. Una mujer con un abrigo rojo. Nadie que se pareciera a Adrián.
Tampoco a Raúl Montero.
—Podría haber subido antes —dijo Molina—. O por las escaleras.
—O no haber ido nadie.
—Dos vasos.
—Alguien los tocó. Pilar fue bastante explícita.
Molina hizo una mueca.
—Empiezas a estropearme todas las frases.
—Es parte de mi trabajo.
Aproximadamente una hora después de que Marta regresara al hotel, volvió a aparecer.
Esta vez en recepción.
Laura había localizado a la empleada que estaba de turno aquella noche y conseguimos hablar con ella por teléfono mientras manteníamos la imagen congelada en la pantalla.
Se llamaba Beatriz.
—Sí, ahora que la veo, la recuerdo —dijo—. No por nada especial. Me pidió hielo.
—¿A qué hora?
—No podría decírselo de memoria, pero si tienen la grabación será esa. Yo estaba cerrando unas gestiones del turno.
La imagen mostraba a Marta apoyada frente al mostrador. Llevaba todavía la misma ropa.
—¿Le llamó la atención su estado? —pregunté.
Beatriz tardó unos segundos.
—Parecía enfadada.
Molina levantó la vista.
—¿Enfadada con quién?
—No lo sé. No habló de nadie. Quizá “enfadada” tampoco sea la palabra. Estaba seria, tenía prisa y miraba mucho el teléfono. Le dije que podíamos subirle el hielo y respondió que prefería llevárselo ella.
—¿Se encontraba mal?
—No me lo pareció.
—¿Mareada? ¿Desorientada? ¿Le costaba hablar?
—No. Si me pregunta si parecía enferma, no. Hablaba normal y caminaba normal. Recuerdo que le ofrecí una cubitera más grande y me dijo que con una pequeña bastaba.
Miré a Molina.
—¿Iba sola?
—Cuando habló conmigo, sí.
—¿La había visto anteriormente con alguien?
—No que recuerde.
Molina se acercó al teléfono.
—¿Hay alguna forma de llegar a la cuarta planta sin cruzar el vestíbulo principal?
Beatriz pensó.
—Desde el aparcamiento se puede acceder a los ascensores con tarjeta. También hay una escalera lateral de servicio, aunque las puertas desde la calle normalmente están cerradas. Y la escalera interior comunica todas las plantas.
—¿Tiene cámaras?
—No en todos los tramos.
Anoté aquello sin comentarlo.
Después de recoger el hielo, Marta volvió hacia el ascensor.
La vimos desaparecer otra vez en dirección a la cuarta planta. Seguía moviéndose con normalidad.
La llamada a Julián llegaría bastante después, entre las nueve y media y las diez. Él había dicho que Marta estaba cansada, pero había mantenido una conversación normal.
Molina detuvo la grabación.
—Si la cita fue a las ocho, sale después a pedir hielo, está físicamente bien y más tarde habla con su marido... no parece que pasara nada especialmente grave en la 409.
—O no ocurrió inmediatamente.
—O no fue nadie.
—También.
Molina dejó el mando sobre la mesa.
—Vas a conseguir que eche de menos cuando te obsesionabas con una sola teoría.
Volví al mensaje recuperado.
A las ocho. 409. Sube directamente.
Alguien había recibido aquella dirección. Alguien había contestado que estaba de acuerdo.
Adrián aseguraba que la cita se canceló después.
Raúl decía que no había visto a Marta durante toda la semana. Y las cámaras del acceso principal no colocaban a ninguno de los dos junto a ella. Todavía.
Cerré la grabación.
—Pide los accesos del aparcamiento, las cámaras exteriores y cualquier registro disponible de las escaleras. Y quiero saber si el identificador de esa respuesta puede vincularse a alguno de los cinco contactos del segundo teléfono.
Molina recogió su libreta.
—¿Empezamos por Adrián?
—Empezamos por el mensaje.
Escribí una sola hora junto al número de la habitación.
20:00 — 409.
Hasta entonces habíamos intentado averiguar para qué necesitaba Marta una segunda habitación.
Ahora sabíamos que, aquella noche, esperaba a alguien dentro.