CAPÍTULO 10
Dos reservas
Raúl Montero llegó a comisaría a las nueve y veinte de la mañana con doce minutos de retraso y una carpeta demasiado gruesa para alguien que, según había adelantado por teléfono, no entendía qué podía interesarnos de su relación con Marta Salcedo.
Tendría unos cincuenta años, quizá alguno menos, llevaba un abrigo oscuro todavía húmedo por la lluvia y antes de sentarse dejó el móvil sobre la mesa con la pantalla hacia arriba.
— Mi secretaria me ha dicho que intentan localizarme desde ayer. Estaba fuera por trabajo y ayer el vuelo se complicó más de la cuenta. Si me hubieran explicado que Marta había muerto, habría buscado otra manera de volver.
—Preferíamos hablar con usted personalmente —dije.
Montero miró primero a Molina y después a mí.
—Eso suele significar que no me han llamado para darme el pésame.
—Trabajaba con Marta desde hacía bastante tiempo.
—Algo más de dos años. Gestionaba documentación para varias sociedades mías y para algunos clientes. Contratos, expedientes, coordinación con notarías, ese tipo de cosas. Era buena. Precisamente por eso seguíamos llamándola, aunque no fuera barata.
Molina abrió la carpeta que habíamos preparado.
—¿Discutían?
Montero se acomodó en la silla antes de responder.
—Si la pregunta es si alguna vez discutí con una persona a la que pagaba para que me dijera que faltaban papeles cuando yo necesitaba que no faltara ninguno, sí. Si la pregunta es si teníamos una mala relación, no.
—Hace unas semanas la llamó cerca de medianoche.
El gesto de Montero cambió muy poco, aunque dejó de mirar la carpeta que había traído.
—Es posible.
—Doce llamadas durante el último mes. Tres después de las diez de la noche. Su marido escuchó al menos una discusión en la que Marta dijo que no pensaba volver a firmar determinados documentos.
Montero apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Entonces supongo que ya saben de qué se trataba.
—Preferimos que nos lo explique usted.
Durante unos segundos solo se escuchó la lluvia contra la ventana del despacho.
—Estábamos cerrando una compraventa de varios locales —dijo al fin—.
La operación llevaba meses atascada porque una de las sociedades había entregado documentación tarde y el comprador amenazaba con retirarse.
Había un certificado interno que Marta había preparado durante la primera fase.
Yo quería que firmara una versión corregida haciendo constar que cierta documentación había estado disponible antes de la fecha límite.
—¿Había estado disponible?
Montero sostuvo mi mirada.
—No exactamente.
Molina dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Eso suele significar que no.
—Significa que los documentos existían, pero se incorporaron formalmente después. Desde mi punto de vista estábamos corrigiendo un problema administrativo. Desde el de Marta, firmar aquello suponía certificar una fecha que no podía demostrar.
—Y se negó.
—Varias veces. La última de una manera bastante menos educada que las anteriores.
No pareció ofendido al decirlo.
—¿Qué ocurría si ella no firmaba?
—Podíamos perder la operación y una señal importante. Al final encontramos otra solución.
—¿Cuánto dinero?
Montero dio una cifra suficientemente alta para que Molina levantara la vista de nuevo.
—¿Y después de discutir por esa cantidad espera que consideremos el asunto un desacuerdo administrativo?
—Espero que consideren que una discusión no convierte automáticamente a nadie en asesino.
Además, Marta tenía razón en una cosa: el documento, tal como yo quería que lo firmara, podía causarle problemas si alguien revisaba las fechas más adelante.
Insistí demasiado porque necesitaba cerrar la operación. Eso es lo que ocurrió.
Abrí la carpeta.
—Su última llamada con ella fue hace nueve días.
—Sí. Me dijo que no volvería a trabajar en ese expediente y que enviaría todo lo que tenía al despacho que iba a sustituirla. Yo me enfadé, ella también y terminamos la conversación. Dos días después recibí la documentación.
—¿Conservaron la relación profesional?
—En otros asuntos, sí. Marta no era una empleada mía. Podía rechazar un trabajo sin que eso significara que dejáramos de colaborar para siempre.
—¿La vio durante la semana pasada?
—No.
—¿Y la noche de su muerte?
Montero negó despacio.
—Tampoco. Estuve cenando con dos socios hasta cerca de las once y después me fui a casa. Puedo darles los nombres, el restaurante y pagarían con tarjeta, supongo. Si necesitan saber dónde estuve después, estaba solo.
No era una coartada completa.
Tampoco era una ausencia inexplicable.
Molina le pidió los datos mientras yo hojeaba los papeles que había traído.
Había correos impresos, versiones de documentos y varios mensajes profesionales.
En uno de ellos, Marta había escrito cuatro días antes de morir que prefería no continuar con aquella operación, pero añadía al final que enviaría la documentación pendiente durante la semana.
Nada sonaba a despedida. Nada demostraba que aquel conflicto tuviera relación con la muerte de Marta.
Pero la discusión de Julián ya tenía nombre.
—Necesitaremos quedarnos con una copia —dije.
—Para eso los he traído.
Se levantó después de firmar la entrega.
Antes de salir se volvió hacia nosotros.
—No sé qué hacía Marta en ese hotel ni con quién estaba. Si buscan una razón para que alguien se enfadara con ella, seguramente encontrarán unas cuantas. Era buena diciendo que no cuando creía que debía decirlo.
Cuando la puerta se cerró, Molina permaneció mirando la carpeta.
—No parece un hombre especialmente arrepentido por haber intentado que una asesora firmara algo que no debía.
—Tampoco ha intentado ocultarlo.
—Porque sabía que teníamos las llamadas.
—O porque no cree que tenga relación con la muerte.
Molina recogió los documentos.
—Voy a pedir que comprueben la cena. No porque piense que Montero la mató, sino porque me gustaría que al menos uno de los hombres de esta historia dijera exactamente la verdad desde el principio.
No llegué a responder.
Nuria apareció en la puerta con una hoja en una mano.
—Antes de que os pongáis sentimentales, ya tenemos el primer cruce de los movimientos de la tarjeta de Marta con establecimientos hoteleros.
Molina la miró.
—No sabía que estuviéramos sentimentales.
—Se os oye menos discutir.
Dejó la hoja sobre mi mesa.
Habían revisado los movimientos disponibles de la tarjeta y de la cuenta vinculada a Marta y después solicitado información a varios establecimientos donde aparecían cargos coincidentes.
No era un registro perfecto porque algunos hoteles conservaban menos información que otros, pero habían aparecido tres coincidencias durante los últimos dieciocho meses.
Una en Madrid. Otra en Valladolid. La tercera en Valencia.
En las tres, Marta había tenido una habitación vinculada a un viaje profesional y, durante parte de la misma estancia, había pagado directamente una segunda habitación.
—¿Contiguas? —preguntó Molina.
—Solo en Madrid. En Valladolid estaban en la misma planta. Valencia no conserva ya la asignación exacta de las habitaciones.
Leí las fechas.
—¿Las segundas habitaciones se utilizaron?
—En Madrid sí consta apertura con llave digital. El registro detallado ya no está disponible, pero recepción conserva la activación. En Valladolid figura entrada y salida el mismo día, sin consumo, desayuno ni ningún servicio asociado. El hotel de Valencia solo puede confirmar el pago.
—¿Alguna estaba a nombre de Clara Montes?
Nuria negó.
—Inicial y apellido, correo secundario o datos incompletos. Nada que parezca una identidad legal distinta. Igual que en la 409.
Molina se apoyó en mi mesa.
—Entonces no fue una ocurrencia de aquella noche.
No.
Aquello sí podíamos afirmarlo.
Marta llevaba tiempo pagando dos habitaciones cuando, en apariencia, solo necesitaba una.
Llamamos primero al hotel de Madrid. La responsable de recepción tardó veinte minutos en localizar los datos y otros diez en encontrar a una empleada que llevaba suficientes años allí para recordar algo.
La mujer se llamaba Sonia y habló con nosotros por videollamada desde una oficina pequeña donde continuamente sonaba un teléfono que nadie parecía dispuesto a contestar.
—La señora me suena —dijo después de mirar la fotografía—. Pero no puedo decirles que recuerde aquella estancia concreta. Aquí pasan cientos de personas cada semana.
—Tenemos constancia de que reservó dos habitaciones —expliqué—. Una de ellas se utilizó durante pocas horas. ¿Recuerda si solía venir acompañada?
Sonia volvió a mirar la imagen.
—Alguna vez la vi con un hombre.
Molina acercó su silla.
—¿Podría reconocerlo?
—Después de tantos meses, no se lo prometo.
Le mostramos una fotografía reciente de Adrián.
Sonia tardó bastante más de lo que habría tardado alguien seguro.
—Podría ser.
Molina no dijo nada.
—¿Podría ser o es él?
La mujer negó.
—Eso no se lo puedo decir. Alto, delgado, más o menos esa edad... quizá. Si me enseña otros cinco hombres parecidos, seguramente dos también me parecerían posibles. Recuerdo mejor que iban separados. Ella entraba primero y él aparecía después.
—¿Cuántas veces?
—Una seguro. Tal vez dos. Pero no voy a inventarme un recuerdo porque ustedes necesiten que sea él.
Me gustó la respuesta.
—¿Lo vio entrar en la habitación de Marta?
—No. Los vi en el vestíbulo y cerca de los ascensores. Nada más.
Cuando terminamos la llamada, Molina dejó la fotografía de Adrián encima de la mesa.
—Podría ser él.
—También podría no serlo.
—Ya sé que ibas a decir eso.
—Entonces no necesitabas preguntarme.
Se quedó mirando las tres reservas.
—Aunque no sea Adrián, esto cambia algo.
Ahí tenía razón.
Ya no estábamos intentando explicar únicamente por qué Marta había pagado la 409 la noche en que murió. La misma decisión aparecía meses antes, en ciudades distintas y sin ninguna muerte alrededor.
Abrí los registros de nuevo.
En Madrid sabíamos que la llave digital había llegado a activarse, aunque ya no conservaban un registro que permitiera precisar cuánto tiempo se utilizó la habitación.
En Valladolid, nadie había dormido en ella.
La 409 tenía la cama intacta.
—Al menos algunas no parecen habitaciones pensadas para pasar la noche —dije.
Molina acercó una silla y se sentó a mi lado.
—Eran para encontrarse con alguien.
—Probablemente.
—Adrián.
—A veces, quizá. Sonia no lo ha identificado.
—Pero alguien utilizaba esas habitaciones con Marta.
—Eso sí.
Marqué las tres fechas.
—Quiero las cámaras que todavía existan, pagos, accesos, registros de wifi y cualquier comunicación del segundo teléfono durante esas estancias. Y comprueba también dónde estaba Raúl Montero esas fechas.
Molina giró la cabeza.
—¿Montero?
—Hemos tardado demasiado en decidir qué parte de la vida de Marta pertenece a cada hombre. Prefiero no volver a hacerlo.
Cogió la primera hoja.
—Madrid, Valladolid y Valencia.
—Y la 409.
Molina se levantó con los papeles.
Esta vez no buscábamos una habitación concreta. Buscábamos quién había aprendido con Marta a necesitar dos.