CAPÍTULO 9
Adrián Pardo
Nuria identificó a Adrián Pardo a primera hora de la tarde.
No necesitó entrar en nuestro despacho. Dejó una hoja sobre mi mesa, señaló el quinto número del segundo teléfono y explicó lo necesario sin convertirlo en una clase de telecomunicaciones.
—La línea pertenece a Adrián Pardo, cuarenta y siete años. El número lleva más de seis años a su nombre y coincide con el que aparece en varias comunicaciones del terminal de Marta. También es el de la llamada de casi siete minutos que vimos esta mañana.
Molina cogió la hoja.
—Economista.
—Director financiero en una consultora —añadió Nuria—. Casado, si eso entra ya dentro de vuestra parte del trabajo.
—Empieza a entrar —dijo Molina.
Nuria cerró la carpeta.
—Pues disfrutadlo. Yo prefiero los teléfonos porque protestan menos.
Se marchó antes de que Molina encontrara respuesta.
Adrián.
Lucía había acertado en el nombre y también en la profesión.
Revisé el historial de llamadas. Durante los últimos meses aparecía con frecuencia, aunque de forma irregular: conversaciones largas algunos días, silencio durante una semana y después varias llamadas seguidas.
Encajaba mal con un contacto exclusivamente profesional, aunque el registro por sí solo no permitía saber qué relación habían mantenido.
—Montero sigue pendiente —dije.
Molina asintió mientras consultaba su correo.
—Su vuelo se ha retrasado. La secretaria dice que estará disponible por la tarde si llega a tiempo y mañana por la mañana seguro. Antes de que protestes, le he dicho que mañana quiero verlo aquí.
—Bien.
—No pongas esa cara. Encontrar un amante no convierte automáticamente al cliente problemático en buena persona.
—Estás aprendiendo.
—Preferiría que no te atribuyeras también eso.
Llamamos a Adrián.
Al principio creyó que queríamos hablar con él por algún asunto profesional. Cuando mencioné el nombre de Clara Montes hubo un silencio corto al otro lado.
Aceptó recibirnos en su oficina.
La empresa ocupaba dos plantas de un edificio de cristal cerca de la Castellana. Adrián nos esperaba en una sala de reuniones pequeña, separada del resto por mamparas transparentes que proporcionaban intimidad únicamente si nadie miraba hacia dentro.
Era alto, delgado y vestía camisa blanca sin corbata. Sobre la mesa había un teléfono boca abajo y una carpeta que apartó cuando entramos.
Nos identificamos de nuevo.
—Me han dicho por teléfono que es por Clara —dijo—. ¿Ha ocurrido algo?
Molina sacó una fotografía de Marta y la dejó sobre la mesa.
Adrián no necesitó acercarla.
—Sí. Es ella.
—¿Cómo la conoce? —pregunté.
Miró la fotografía durante unos segundos antes de contestar.
—Llevamos juntos casi tres años.
No dijo «llevábamos».
Molina abrió la libreta.
—¿Juntos en qué sentido?
Adrián lo miró con una incomodidad que pareció más dirigida a la palabra que a la pregunta.
—Manteníamos una relación. No vivíamos juntos ni teníamos planes de hacerlo, si eso es lo que quiere saber. Nos veíamos cuando podíamos.
—¿Está casado?
Su mano derecha quedó un instante sobre la mesa. Llevaba alianza.
—Sí.
—¿Su mujer conoce esa relación?
—No.
La respuesta salió sin rodeos.
—¿Clara lo sabía?
—Desde el principio. Nunca le mentí sobre eso.
—¿Y qué sabía usted sobre ella?
Adrián tardó algo más.
—Que estaba divorciada, que trabajaba como consultora y que vivía sola. Viajaba bastante y tenía una vida bastante independiente. No soy consciente de que hubiera nada especialmente extraño.
Saqué otra fotografía. Esta era la del DNI de Marta.
La puse junto a la anterior.
—Se llamaba Marta Salcedo Márquez.
Adrián miró primero una y después la otra.
—¿Qué quiere decir?
— Que Clara Montes no era su nombre legal. Marta llevaba diecisiete años casada con Julián Ortega.
La reacción fue más lenta que la de Lucía.
Adrián tomó la fotografía del DNI.
—No.
—Diecisiete años de matrimonio.
Dejó la imagen sobre la mesa.
—Eso no tiene sentido.
—¿Nunca estuvo en su casa?
—No.
—¿Conoció amigos suyos?
—Algunos. Gente de exposiciones, restaurantes, un par de personas con las que había trabajado... Nunca me presentó a su familia porque, según ella, apenas tenía relación con ellos.
—¿Nunca le pareció extraño?
Adrián se reclinó en la silla.
—Inspector, yo estaba casado y veía a otra mujer a escondidas. Si quiere que le diga que nuestra relación era un ejemplo de transparencia, no puedo hacerlo. Había partes de mi vida que Clara no pisaba y asumí que ocurría lo mismo con la suya.
Aquella respuesta no lo favorecía ni lo perjudicaba.
Simplemente era posible.
—Lucía Ferrer nos habló de usted.
Por primera vez apartó la mirada.
—No sabía que Lucía conociera mi nombre.
—Sabía más de lo que usted parece creer.
—Clara hablaba con ella. Yo no tenía relación con Lucía.
—Según ella, las cosas entre ustedes no iban bien últimamente.
Adrián respiró despacio antes de responder.
—Discutíamos. Eso no significa que estuviéramos terminando.
—Lucía tuvo otra impresión.
—Lucía veía a Clara una tarde cada dos semanas. Yo hablaba con ella prácticamente todos los días.
Molina intervino.
—Eso debería darle cierta ventaja para explicarnos por qué discutían.
Adrián juntó las manos sobre la mesa.
—Porque llevaba unos meses diferente. Más irritable, más pendiente del trabajo y con menos paciencia para todo. A veces cancelaba planes a última hora y después podía pasar dos días sin responder. Yo le preguntaba qué ocurría y ella decía que tenía problemas con un cliente.
Miré a Molina.
—¿Qué cliente?
—Nunca me dio el nombre. Solo decía que alguien estaba intentando cargarle responsabilidades que no le correspondían.
La frase se parecía demasiado a la que Lucía había recordado para ignorarla, pero no lo suficiente para decidir a quién se refería.
—¿Habló de documentos? —pregunté.
Adrián pensó.
—Alguna vez. Firmas, operaciones, papeles que quería dejar de gestionar. No entendí exactamente de qué se trataba porque Clara era bastante reservada con su trabajo. Pensé que era uno de esos clientes que terminan convencidos de que pagar a un asesor significa poder llamarlo a cualquier hora.
Raúl Montero seguía sin salir de la habitación, aunque no estuviera allí.
—¿Conoce a un hombre llamado Raúl Montero?
Adrián negó.
—No me suena.
—Piénselo.
—Lo estoy pensando. Clara nunca me habló de nadie con ese nombre.
Molina pasó una página de la libreta.
—Hablemos de anteayer.
Adrián dejó de mirar las fotografías.
—¿Qué pasa con anteayer?
—Habló con Clara por teléfono.
—Hablábamos muchos días.
—Aquella conversación duró casi siete minutos.
—No recuerdo cuánto duró.
—¿Recuerda de qué hablaron?
Esta vez sí hubo una pausa.
—Íbamos a vernos esa noche.
Molina levantó ligeramente la cabeza.
—¿Dónde?
—No llegamos a concretarlo.
—¿Después de casi tres años de relación quedaban sin decidir dónde?
—A veces sí. Dependía de dónde estuviera ella, de mi trabajo, de si yo podía salir sin dar demasiadas explicaciones.
—¿Y aquella noche podía?
Adrián me miró.
—Sí.
—Pero no se vieron.
—No.
—¿Por qué?
Cogió el teléfono que tenía boca abajo, aunque no lo desbloqueó.
—Me escribió más tarde. Dijo que no podía, que había surgido algo y que prefería dejarlo para otro día.
—¿A qué hora?
—No lo sé exactamente. Por la tarde.
—¿Podemos ver el mensaje?
Adrián permaneció con el móvil en la mano.
—No lo tengo.
—¿Ha cambiado de teléfono desde anteayer?
—No.
—Entonces, ¿qué ocurrió con el mensaje?
Dejó el aparato otra vez sobre la mesa.
—Lo borré.
Molina no escribió inmediatamente.
—¿Solo ese?
—Borro conversaciones con Clara regularmente. Mi mujer puede utilizar mi teléfono y no tengo intención de dejar tres años de mensajes disponibles para que los encuentre por accidente.
—¿Borró también la conversación de anteayer?
—Sí.
—¿Cuándo?
—No lo recuerdo. Esa noche o al día siguiente.
Observé el móvil.
—¿Sabía que Clara estaba en un hotel?
Adrián levantó la vista.
—No.
—¿Sabía que había viajado por trabajo?
—Me dijo que tenía reuniones.
—¿En Madrid?
—Sí.
—¿Le dijo dónde iba a dormir?
—No era una pregunta que yo soliera hacer.
Molina dejó el bolígrafo.
—Tenemos que decirle algo que todavía no hemos mencionado. Clara, o Marta, apareció muerta ayer por la mañana en la habitación de un hotel.
Adrián no reaccionó de inmediato.
Miró la fotografía.
Después a mí.
—¿Muerta?
—Sí.
La palabra pareció necesitar unos segundos para asentarse.
—¿Qué le pasó?
—Todavía estamos determinándolo.
—¿Están diciendo que se suicidó?
—No estamos diciendo eso.
Se levantó y caminó hasta la cristalera. Al otro lado, dos personas trabajaban frente a ordenadores sin prestar atención a la sala.
—Ayer intenté llamarla —dijo sin volverse—. No contestó. Pensé que seguía enfadada.
—¿Por qué iba a estar enfadada?
Adrián regresó a la mesa.
—Porque habíamos discutido durante la llamada. Yo quería verla y ella empezó otra vez con que necesitaba espacio, que estaba cansada y que no podía seguir ocupándose de todo al mismo tiempo. Pensé que hablaba de nosotros.
—¿Y ahora?
Miró las dos fotografías.
—Ahora resulta que no sé de qué hablaba.
Lucía había dicho prácticamente lo mismo.
Aquello podía significar que ambos habían entendido mal a Marta.
También podía significar que uno de los dos estaba corrigiendo su versión con información que acabábamos de darle.
Me levanté.
—Necesitaremos comprobar sus movimientos de esa noche y recuperar, si es posible, las comunicaciones con Marta.
Adrián dejó escapar una risa breve, sin humor.
—¿Me están investigando?
—Estamos investigando a una mujer muerta y usted mantenía una relación secreta con ella.
—Eso no responde a mi pregunta.
—De momento, es la respuesta que tengo.
Molina cerró la libreta.
—No borre nada más del teléfono.
Adrián lo miró.
—¿Eso es una orden?
—Es un consejo que le evitará tener que explicarnos después por qué siguió eliminando cosas una vez supo que Clara había muerto.
Adrián guardó silencio.
Salimos de la sala.
En el ascensor Molina esperó hasta que las puertas se cerraron.
—No sabía que tenía marido, no sabía quién era realmente, no sabía dónde dormía y justo el mensaje que cancela la cita ya no existe.
—También ha reconocido la relación sin intentar ocultarla.
—Porque ya sabíamos que existía.
—Eso no convierte el resto en mentira.
Molina pulsó la planta baja.
—Tampoco en verdad.
Saqué el teléfono.
—Pide que intenten recuperar las comunicaciones del segundo móvil y confirma dónde estuvo Adrián esa noche. Sin asumir que estuvo en el hotel.
—¿Y Montero?
Miré la hora.
—En cuanto vuelva a Madrid.
Adrián acababa de darnos una versión de Clara.
Todavía nos faltaba saber cuánto pertenecía a ella y cuánto había construido él.