CAPÍTULO 8
Molina encontró Alicante mientras buscaba otra cosa.
Habíamos pasado buena parte de la mañana reconstruyendo la actividad profesional de Marta Salcedo porque, después de hablar con Lucía Ferrer, resultaba evidente que separar su trabajo de su vida privada iba a ser bastante más difícil de lo que habíamos supuesto.
Sobre mi mesa había tres listas.
Clientes conocidos por Julián.
Contactos del segundo teléfono.
Empresas que habían pagado a Marta durante los últimos años.
Algunas coincidían.
Otras no.
Raúl Montero seguía pendiente de regresar a Madrid y su secretaria había confirmado que Marta había trabajado para su empresa en varias operaciones recientes, aunque se había negado a explicar qué tipo de documentación manejaba hasta hablar con él.
Molina llevaba casi una hora comparando sociedades cuando dejó de mover el ratón.
—Aquí hay algo que te va a gustar menos de lo que debería.
Yo estaba revisando una factura emitida a nombre de una consultora que aparecía también entre las llamadas del segundo teléfono.
—Esa frase admite demasiadas posibilidades.
—Marta no empezó a trabajar por su cuenta en Madrid.
Levanté la vista.
—Eso ya lo sabíamos.
—Sabíamos que había trabajado antes para otras empresas. Lo que no habíamos mirado con demasiado detalle era dónde.
Giró la pantalla hacia mí.
Había abierto un informe laboral y varios registros mercantiles antiguos.
—Antes de instalarse definitivamente aquí estuvo casi tres años en una inmobiliaria.
—¿Dónde?
Molina esperó un segundo más de lo necesario.
—Alicante.
La palabra cambió de sitio todo lo que tenía delante.
Dejé el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Cuándo?
Molina amplió el documento.
—Entró a finales de 2013 y aparece vinculada a la empresa hasta principios de 2016. Después empieza a trabajar para un despacho en Madrid y, unos años más tarde, por cuenta propia.
Miré las fechas.
Había números que, después de suficiente tiempo, dejaban de necesitar contexto.
—¿Nombre de la inmobiliaria?
—Levante Gestión Patrimonial. Ya no existe con ese nombre. Se fusionó después con otra sociedad y acabó disolviéndose hace unos seis años. Estoy intentando conseguir el historial completo.
No contesté.
Molina me observó desde el otro lado de la mesa.
—Sergio.
—Estoy leyendo.
—Estás mirando una fecha.
Volví a la pantalla.
Marta había estado en Alicante cuando murió Irene Valdés.
Aquello era todo.
Todavía.
—Quiero los contratos, clientes, operaciones y personal de la empresa durante ese periodo.
Molina no escribió nada.
—Antes de que empieces a pedir media provincia, dime por qué.
Lo miré.
—Porque Marta está muerta, trabajó allí en 2014 y nosotros estamos reconstruyendo su pasado.
—Eso sirve para el informe. Ahora dime por qué has dejado de respirar durante cinco segundos.
Me apoyé en el respaldo de la silla.
Molina conocía la existencia del caso de Irene. Después de Javier había sido imposible mantenerlo completamente fuera de nuestras conversaciones, aunque yo había procurado contarle únicamente aquello que necesitaba saber.
—Irene murió en Alicante en 2014.
Molina bajó la vista hacia el documento y después volvió hacia mí.
—Ya.
—Marta estaba allí.
—También unas trescientas mil personas.
—No estoy diciendo que la conociera.
—Todavía.
La palabra me molestó precisamente porque tenía razón.
Me levanté y fui hasta la impresora mientras salían las primeras páginas del historial laboral.
—Quiero saber qué hacía.
Molina permaneció sentado.
—Eso sí tiene sentido. Lo que no quiero es que dentro de una hora estemos intentando meter a Irene en la habitación 409 porque Marta trabajó en la misma ciudad doce años atrás.
Cogí las hojas.
—No he dicho eso.
—No hace falta. Te conozco desde hace suficiente tiempo para saber cuándo una coincidencia empieza a convertirse en una deuda personal.
Regresé a la mesa y dejé los documentos delante de él.
—Una mujer que estamos investigando utilizaba un segundo nombre, un segundo teléfono y espacios que su marido desconocía. Ahora sabemos que vivió en Alicante justo durante el año de un caso que sigue teniendo elementos sin explicar. Revisarlo no es una obsesión, es trabajo.
Molina se inclinó hacia delante.
—Revisarlo, sí. Decidir que está conectado antes de encontrar una sola relación, no. Y ahora mismo no tenemos ninguna.
Tardé un momento en responder.
—De acuerdo.
Molina arqueó las cejas.
—¿Eso es todo?
—¿Quieres que discutamos para que te sientas mejor?
—Un poco. Había preparado argumentos.
Cogí de nuevo el bolígrafo.
—Guárdalos. Probablemente los necesitarás más adelante.
Eso pareció satisfacerlo.
Durante la siguiente hora conseguimos reconstruir una parte del recorrido de Marta.
Levante Gestión Patrimonial había tenido una oficina cerca del centro de Alicante y se dedicaba principalmente a compraventa, administración de inmuebles y operaciones para pequeños inversores.
Marta aparecía contratada primero como administrativa y, más adelante, vinculada a tareas de gestión documental.
No era un puesto llamativo.
Precisamente por eso podía haber pasado por decenas de operaciones sin figurar como responsable directa de ninguna.
—Aquí tenemos clientes —dijo Molina.
Había localizado una copia parcial de una antigua base de datos incorporada años después a un procedimiento mercantil.
La lista era larga.
Sociedades.
Particulares.
Promotoras.
Comunidades de propietarios.
Nombres que no significaban nada para mí.
Busqué Irene.
No apareció.
Probé con Valdés.
Nada.
Molina me dejó hacerlo sin comentar.
—No está.
—Ya lo veo.
—Y eso es buena noticia.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque significa que todavía podemos trabajar con los datos en lugar de obligarlos a decir lo que esperábamos.
Se levantó para ir a por café.
—Sigue buscando si quieres. Yo voy a intentar averiguar qué parte de esos archivos podemos pedir sin tener que amenazar a un funcionario con jubilarse después de entregárnoslos.
Cuando se alejó, abrí mi antigua carpeta digital de Alicante.
No la caja gris.
Aquello era distinto, me dije, aunque la diferencia resultaba más fácil de defender cuando Elena no estaba delante.
Busqué la fecha exacta.
Irene Valdés había sido encontrada muerta en septiembre de 2014.
Volví al historial laboral de Marta.
Seguía contratada entonces.
Nada más.
Una ciudad.
Un año.
Dos nombres que todavía no aparecían juntos en ningún documento.
Cerré la carpeta.
Molina regresó con dos cafés.
—Eso ha sido sorprendentemente rápido.
—¿Qué?
—Cerrar Alicante.
—No lo he cerrado.
—Por supuesto que no.
Me tendió el vaso.
—He hablado con el juzgado mercantil que conserva parte de la documentación de Levante Gestión. Hay cajas digitalizadas y otras que siguen en archivo físico. Si justificamos que forman parte de una investigación abierta podemos conseguir acceso, aunque tardarán algo.
—Pídelo.
—Ya está pedido.
Bebí un poco.
—También quiero saber quién dirigía la empresa y qué clientes gestionó Marta personalmente.
—Eso será más complicado. Los registros que tenemos no llegan a ese detalle.
—Entonces habrá que encontrar a alguien que trabajara con ella.
Molina abrió otra ventana.
—Ya lo estoy haciendo. Y antes de que preguntes, también he buscado a Raúl Montero en los clientes antiguos de esa inmobiliaria.
—¿Está?
—No.
—Bien.
—Te lo digo porque últimamente tienes la costumbre de coleccionar hombres alrededor de Marta y después mirarme como si yo fuera el que está obsesionado con los amantes.
Sonreí.
—¿Montero vuelve hoy?
—Su secretaria mantiene que sí, aunque todavía no sabe a qué hora. Y esta vez quiero hablar con él antes de que encontremos otra cosa más urgente y acabemos aparcándolo.
—No sabemos que Montero tenga nada que ver con su muerte.
—Precisamente. Por eso quiero saber qué tiene que ver con esos documentos que ella no quería seguir firmando.
Aquello devolvió la investigación al presente.
Raúl.
La 409.
El segundo teléfono.
Clara Montes.
Alicante podía esperar unas horas.
Abrí otra vez el listado de antiguos clientes.
—¿Hay alguien conocido?
—Para mí, ninguno.
Fui descendiendo despacio.
Apellidos.
Sociedades.
Iniciales.
Algunos nombres aparecían varias veces porque habían intervenido en distintas operaciones.
No buscaba a Irene. Me obligué a no hacerlo.
Llegué casi al final de la página.
—¿Qué ocurre? —preguntó Molina.
—Nada.
—Has parado.
Señalé un nombre que me resultaba familiar, aunque tardé varios segundos en saber de dónde.
Héctor Valcárcel.
No dije nada inmediatamente.
Molina se acercó a la pantalla.
—¿Quién es?
Conocía aquel apellido.
Estaba en mis notas de 2014.
No entre los nombres principales del expediente ni entre las personas que habían ocupado titulares. Más atrás. En una lista que había vuelto a leer demasiadas veces durante los últimos doce años.
Cogí mi libreta, pero no escribí.
—Alguien que apareció en la investigación de Irene.
Molina dejó el café sobre la mesa.
—¿Cómo apareció?
—No lo recuerdo con suficiente precisión como para contestarte sin mirar el expediente.
Aquello era cierto.
Y también era exactamente lo que necesitaba decir.
Molina observó el nombre.
—Ahora sí tenemos algo un poco más concreto que una ciudad y un año.
—Tenemos un hombre que fue cliente de la empresa donde trabajaba Marta y cuyo nombre aparece en otro expediente.
—¿Y sabemos si Marta lo conoció personalmente?
—No.
—¿Si tuvo alguna relación con Irene?
—Tampoco lo sé todavía.
—¿Si tiene algo que ver con la muerte de Marta?
—Nada.
Molina asintió lentamente.
—Perfecto. Entonces todavía estamos investigando y no escribiendo el final.
Imprimí la página.
—Quiero el expediente de Valcárcel de 2014 y cualquier operación de Levante Gestión donde aparezcan los dos nombres.
—Eso sí te lo compro.
Se apartó de mi mesa.
—Pero primero Montero.
—Primero Montero.
Molina empezó a caminar hacia su sitio y se detuvo a mitad de camino.
—Sergio.
—¿Qué?
—Lo de Alicante puede ser importante.
Esperé.
—Y también puede no serlo.
Miré el nombre impreso.
—Ya lo sé.
Esta vez no necesitó insistir.
Doblé la hoja por la mitad y la guardé dentro de la carpeta de Marta Salcedo, no en la de Irene.
De momento, pertenecía allí.