La mujer de la habitación 408 (Los casos de Rivas 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Clara Montes

Galería Norte ocupaba un local estrecho en una calle de edificios antiguos, con un escaparate casi vacío y una placa metálica junto a la puerta que habría sido fácil pasar por alto si no hubiéramos ido buscándola.

Molina se detuvo antes de entrar.

—Acaban de devolverme la llamada de la empresa de Raúl Montero. Está fuera de Madrid hasta esta tarde y su secretaria asegura que Marta trabajaba con ellos desde hacía tiempo. Dice que, si queremos hablar con él, nos dará hora en cuanto vuelva.

—¿Ha preguntado por qué?

—Ha preguntado si Marta tenía algún problema. Le he dicho que prefería explicárselo a él.

—Bien.

Molina miró el escaparate. Dentro había tres lienzos grandes separados por tanta pared blanca que parecían necesitar permiso para acercarse unos a otros.

—Espero que aquí entiendas tú lo que estamos viendo, porque si me preguntas qué representa cualquiera de esos cuadros voy a detener al artista.

Empujé la puerta.

—Intenta no empezar una investigación paralela.

Una campanilla discreta sonó sobre nuestras cabezas.

El interior olía ligeramente a pintura y madera encerada. Una mujer estaba colocando unas pequeñas etiquetas junto a varias fotografías enmarcadas y levantó la vista al escucharnos. Tendría unos cuarenta y cinco años, el pelo corto y oscuro y unas gafas de pasta que se quitó antes de acercarse.

—Buenos días. Si venís por la exposición, abrimos oficialmente esta tarde, pero podéis echar un vistazo si no os importa que todavía estemos terminando.

Nos identificamos.

La expresión cambió.

—¿Policía?

—Inspectores Rivas y Molina. Buscamos a Lucía Ferrer.

—Soy yo.

Molina sacó el teléfono donde llevábamos una fotografía reciente de Marta.

—Estamos investigando la muerte de esta mujer y sabemos que utilizó varias veces el teléfono de la galería y también un número asociado a usted. Queríamos preguntarle si la conoce.

Lucía cogió las gafas con una mano, pero no volvió a ponérselas.

Miró la imagen.

Tardó poco.

—Claro que la conozco.

Esperé.

Lucía amplió la fotografía con dos dedos.

—Es Clara.

Molina me miró.

—¿Clara?

—Clara Montes. ¿Qué ha pasado?

Volví a observar la fotografía, aunque no había nada nuevo en ella.

—La mujer de la imagen se llama Marta Salcedo.

Lucía dejó de tocar la pantalla.

—No.

No lo dijo con duda, sino como quien corrige un dato evidente.

— Se llama Marta Salcedo Márquez —continué—. Tenía cuarenta y cuatro años y fue encontrada muerta ayer por la mañana en un hotel de Madrid.

Durante unos segundos Lucía mantuvo el teléfono en la mano. Después nos lo devolvió con cuidado.

—Eso no puede estar bien.

—¿Qué parte?

—El nombre. Todo lo demás... No sé. La fotografía es ella, desde luego, pero ella se llama Clara. La conozco desde hace casi cuatro años.

Molina señaló hacia el fondo.

—¿Podemos sentarnos?

Lucía pareció recordar que seguíamos en mitad de la galería y nos condujo a una pequeña mesa detrás de un tabique. Había cajas con catálogos apiladas junto a la pared y una cafetera que todavía mantenía encendida una luz roja.

Se sentó frente a nosotros.

—¿Ha dicho que ha muerto?

—Sí.

—¿Cómo?

—Todavía estamos determinándolo.

Lucía apoyó las manos sobre la mesa.

—A Clara la vi hace... no sé, diez días quizá. Hablamos por teléfono después. La semana pasada seguro.

—Necesitamos que nos cuente cómo la conoció —dije—. Y que intente separar lo que sabe de lo que ella le contó sobre sí misma. Ahora mismo esa diferencia es importante.

Lucía me sostuvo la mirada durante un instante.

—No sé si voy a poder hacerlo. Cuando conoces a alguien durante cuatro años, no vas anotando qué cosas has comprobado y cuáles te ha contado tomando un café.

—Empiece por el principio.

Miró hacia la sala principal.

—Entró aquí durante una exposición. Todavía estábamos en el local anterior, dos calles más abajo.

Vino sola, estuvo bastante rato mirando una serie de fotografías y terminamos hablando porque me preguntó por una de ellas.

No compró nada aquel día. Volvió unas semanas después y, a partir de ahí, empezó a aparecer de vez en cuando.

—¿Como clienta?

—Al principio sí. Compró dos obras pequeñas a lo largo de los años, nada especialmente caro.

Después dejó de ser solo eso. Venía a inauguraciones, alguna vez me ayudó a elegir entre dos montajes porque tenía bastante criterio, y hemos cenado juntas unas cuantas veces.

No éramos amigas de llamarnos todos los días, pero tampoco era alguien cuyo nombre aparece en la agenda y ya está.

Aquello era precisamente lo que necesitaba saber.

—¿Qué le contó sobre su vida?

Lucía tardó algo más en responder.

—Trabajaba como consultora. Al menos esa era la palabra que utilizaba. Decía que ayudaba a empresas pequeñas con documentación, organización y operaciones que se les quedaban grandes. Nunca entendí demasiado bien el trabajo porque, cuando intentaba explicármelo, acabábamos hablando de otra cosa.

—¿Sabía dónde trabajaba?

—Por su cuenta. A veces mencionaba clientes, pero casi nunca nombres. Viajaba bastante o decía que viajaba bastante. También pasaba temporadas con muchísimo trabajo y después podía estar dos semanas apareciendo por aquí a media tarde como si no tuviera nada que hacer.

Molina se inclinó ligeramente hacia la mesa.

—¿Estaba casada?

Lucía abrió la boca, pero tardó un segundo antes de contestar.

—No. Bueno... había estado casada.

—¿Divorciada?

—Eso me dijo. Hacía años. No hablaba demasiado de su exmarido y yo tampoco preguntaba porque parecía un tema que no le interesaba especialmente.

—¿Hijos?

Lucía negó.

—No tenía.

—¿Y marido?

—Julián Ortega. Llevaban diecisiete años casados.

Lucía cogió las gafas de la mesa y se las puso, aunque no había nada que necesitara leer.

—Entonces no entiendo nada.

—Nosotros estamos empezando.

—Pero cuatro años... —Se interrumpió y miró hacia la sala—.

No estamos hablando de que una noche dijera que estaba soltera para ligar con alguien.

Yo he hablado con ella de vacaciones, de Navidad, de fines de semana.

Alguna vez le pregunté qué hacía y me contestaba que se iba fuera o que tenía trabajo.

Nunca mencionó un marido. Mucho menos dos hijos.

—¿Conoció a alguna persona de su entorno?

—A gente de aquí. Artistas, clientes, amigos míos. De su vida, prácticamente a nadie.

—¿Alguna pareja?

Lucía negó primero y después corrigió el gesto.

—Algún hombre hubo.

Molina abrió su libreta.

—¿Puede concretar?

—No demasiado. Hace un par de años empezó a hablar de alguien, aunque al principio ni siquiera decía su nombre.

Era una relación complicada, según ella.

Nunca supe si porque él estaba casado, porque ella no quería algo serio o porque los dos parecían disfrutar haciendo difíciles cosas que podían ser sencillas.

—¿Llegó a conocerlo?

—Una vez vi a un hombre esperándola fuera. Podría ser él, pero Clara no nos presentó. Tampoco me pareció extraño entonces.

—¿Nombre?

—Adrián. Creo. Sí, Adrián.

Molina anotó sin mirarme.

Adrián seguía siendo solo un nombre.

—¿Apellido?

—No.

—¿Profesión?

—Economista o algo relacionado con finanzas. No me hagan mucho caso porque ella hablaba muy poco de él cuando las cosas iban bien y muchísimo cuando iban mal.

—¿Últimamente iban mal?

Lucía se quitó otra vez las gafas.

—Desde hacía meses. Antes, cuando mencionaba a Adrián, podía estar enfadada por una discusión y a la semana siguiente ya estaba todo olvidado. Últimamente era distinto. Más cansancio que enfado. Como si hubiera dejado de importarle arreglarlo.

Molina apoyó el bolígrafo sobre la libreta.

—¿Le dijo que quisiera terminar la relación?

—No con esas palabras. Pero hace unas semanas me dijo que estaba harta de sostener cosas que ya no le correspondían.

La frase me hizo pensar en Julián.

Documentos que no pensaba volver a firmar.

—¿Hablaba de Adrián cuando dijo eso?

Lucía frunció ligeramente la frente.

—Yo pensé que sí. Ahora me están contando que tenía marido, otro nombre y una vida que yo desconocía, y no sé qué parte de una conversación puedo seguir interpretando igual que antes.

Era una buena respuesta.

—¿Utilizaba siempre el teléfono desde el que hablaba con usted?

—Siempre el mismo número, sí. Lo tengo guardado como Clara. Si quieren, puedo enseñárselo.

Sacó el móvil, buscó el contacto y lo dejó sobre la mesa.

CLARA MONTES.

Debajo aparecía el número que ya conocíamos.

Había también una dirección de correo.

—¿Ese correo lo utilizaba habitualmente?

—Sí. Para invitaciones, entradas, alguna factura de las obras que compró... ¿Por qué?

Anoté la dirección.

—¿Alguna vez vio documentación a nombre de Clara Montes?

Lucía pensó.

—Documentación oficial, no. Nunca tuve motivos para pedirle el DNI.

—¿Cómo pagó las obras?

—Una tarjeta y algún pago que tendría que revisar. No recuerdo ahora mismo cómo se abonaron exactamente. Las facturas se hicieron a su nombre, pero si me pregunta si comprobamos el documento antes de emitirlas, la respuesta es no. Para una venta de ese importe no había ninguna razón.

No había una segunda identidad legal.

De momento, había algo más sencillo y quizá más difícil de comprender: Marta había conseguido que durante cuatro años varias personas aceptaran como real una versión diferente de su vida.

—¿Tenía redes sociales? —preguntó Molina.

—Una cuenta bastante pequeña. Nada especial. Fotos de exposiciones, restaurantes, algún viaje. Nunca publicaba demasiado sobre sí misma.

—Necesitamos verla.

Lucía buscó de nuevo en el teléfono y nos mostró el perfil.

El nombre era Clara Montes.

Reconocí inmediatamente a Marta en la fotografía principal, aunque estaba tomada de lejos, sentada en una terraza con unas gafas de sol. Había otras imágenes: una copa sobre una mesa, una calle mojada, la esquina de un cuadro, el mar visto desde una ventana.

Ni Julián. Ni ninguna de las fotografías familiares que había visto el día anterior en su casa.

Lucía dejó el móvil boca abajo.

—¿Su marido sabía algo de esto?

—De momento, no tenemos constancia.

—¿Van a decírselo?

—Tendremos que hablar con él de muchas cosas.

La respuesta pareció incomodarla.

—No quiero que piensen que estaba intentando hacerle daño a su familia. Ni siquiera sé si eso tiene sentido después de lo que acaban de contarme, pero Clara... Marta... no era una persona que disfrutara engañando a la gente.

—¿Cómo lo sabe?

La pregunta sonó más dura de lo que pretendía.

Lucía no se molestó.

—Porque durante cuatro años la vi hacer muchas cosas que no tenía obligación de hacer.

Se quedó conmigo hasta las dos de la mañana cuando murió mi padre porque yo no quería volver sola a casa.

Ayudó a una artista de veintidós años a preparar unos papeles que no entendía y no le cobró nada.

Cuando mi hermana estuvo enferma me escribía cada dos o tres días, aunque yo tardara una semana en contestar.

Puede que todo lo que me contara sobre ella fuera mentira, inspector, pero eso no convierte automáticamente en mentira lo que hizo conmigo.

No respondí.

Durante toda la investigación habíamos hablado de habitaciones, teléfonos, nombres, reservas y puertas. Era fácil convertir cada separación en una prueba de que Marta estaba construyendo una ficción.

Lucía acababa de complicarlo.

—Necesitaremos una copia de sus comunicaciones con ella —dije—. Mensajes, correos y cualquier dato sobre Adrián o sobre otras personas con las que pudiera haber coincidido aquí. No tiene que decidir usted qué es importante.

—De acuerdo. Pero quiero saber una cosa.

Esperamos.

—Cuando hablen de ella con su marido, ¿van a llamarla Marta o Clara?

Molina dejó de escribir.

Miré el contacto abierto todavía en la pantalla de Lucía.

—Marta era su nombre.

—Eso no es lo que le he preguntado.

Lucía señaló el teléfono.

—Para mí, esa mujer era Clara. Durante casi cuatro años. Si ahora me dicen que nunca existió, entonces tengo que decidir qué hago con cuatro años de recuerdos de alguien que, según ustedes, no era real.

Guardé la libreta.

—No creo que podamos decir todavía que no fuera real.

Lucía sostuvo mi mirada.

—Pues cuando lo sepan, me lo cuentan.

Nos acompañó hasta la puerta.

Antes de salir miré una última vez la galería. En una pared del fondo colgaba una fotografía de una mujer reflejada en dos escaparates distintos; dependiendo del ángulo parecía estar caminando en direcciones opuestas.

No pregunté quién era el artista.

En la calle, Molina tardó unos pasos en hablar.

—Bueno. Ya tenemos la segunda vida.

—Tenemos otro nombre.

—Otro teléfono, otro correo, otra historia, amigos que no conocen a su marido y un amante al que todavía no conocemos. Creo que puedes concederme algo más que otro nombre.

Saqué la libreta mientras caminábamos.

En la página donde había escrito Marta Salcedo, añadí debajo:

Clara Montes.

No taché ninguno de los dos.