La mujer de la habitación 408 (Los casos de Rivas 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El segundo teléfono

A las nueve menos cuarto de la mañana, Molina ya llevaba dos cafés y una teoría.

Dejó uno sobre mi mesa antes de sentarse enfrente.

—He decidido que Marta tenía un amante.

Encendí el ordenador.

—Buenos días.

—Eso también. Pero lo del amante me parece más útil para la investigación.

—Ayer tenías siete explicaciones distintas para la 409.

—He dormido y he descartado seis.

Cogí el café.

—Método científico.

—Mucho. Además, tenemos dos habitaciones, dos correos y un marido que pregunta inmediatamente si había alguien con ella. Si ahora aparece una segunda vida sentimental, voy a exigir que conste por escrito que llegué antes que tú.

—Primero tendría que aparecer.

Molina señaló con la barbilla hacia la puerta.

—Está a punto.

Una mujer de Informática esperaba fuera con un portátil bajo el brazo. Se llamaba Nuria Salas y habíamos trabajado con ella en dos investigaciones anteriores, suficientes para que hubiese dejado de explicar cada procedimiento como si nosotros fuéramos capaces de seguirlo.

Entró sin llamar y ocupó la silla libre.

—Tengo datos parciales del hotel y parte de lo que pedisteis sobre el teléfono de Marta. Parciales significa parciales, Rivas. Lo digo antes de que preguntes por todo lo que todavía no está.

—Empiezas a conocerme.

—Por desgracia.

Abrió el portátil y giró la pantalla hacia nosotros.

—El proveedor de la llave digital de la 409 nos ha enviado información sobre el dispositivo en el que se activó la credencial.

Aún no tengo el registro completo de aperturas validado, así que las horas exactas tendrán que esperar.

Pero el identificador del terminal sí nos ha permitido tirar de otro hilo.

Molina acercó la silla.

—¿Qué hilo?

Nuria abrió una ficha.

—El dispositivo estaba asociado a un número de teléfono distinto del que encontramos en la habitación 408.

Miré la pantalla.

—¿A nombre de Marta?

—Eso sería demasiado fácil. Es una línea de prepago activada hace algo más de tres años.

Los datos iniciales sirven de poco, pero las recargas de los últimos meses se hicieron varias veces con una tarjeta vinculada a Marta Salcedo.

Y el correo utilizado en la aplicación del hotel coincide con el de la reserva de la 409.

Molina me miró.

—Dos correos y ahora dos teléfonos.

—Un teléfono y un número —corregí—. El aparato no lo tenemos.

Nuria asintió.

—Exactamente. El móvil encontrado en la 408 utiliza la línea que conocía el marido. Este segundo número funcionaba en otro terminal y ese terminal no aparece entre las pertenencias recogidas en el hotel.

Abrí el inventario de Científica.

Móvil principal sobre el escritorio.

Cargador.

Reloj.

Pendientes.

Cartera.

Nada más.

—¿Puede ser una segunda SIM en algún dispositivo que todavía no hayamos identificado?

—El terminal asociado a la llave digital es distinto. Tengo fabricante, modelo parcial e identificador técnico. No es el móvil que estaba cargando en la 408.

Molina dio un pequeño golpe con un dedo sobre la mesa.

—Entonces ya no estamos suponiendo que escondía un teléfono. Lo escondía.

—Estamos diciendo que utilizaba otro —respondí—. Que lo escondiera de Julián parece bastante probable, pero todavía no sabemos de quién más.

Nuria me señaló con el cursor.

—Gracias. Me ahorras tener que hacerlo yo.

—Hoy todo el mundo está encantado conmigo.

—No exageres.

La línea había tenido actividad constante durante más de dos años.

No todos los días, pero sí con suficiente frecuencia para descartar un teléfono reservado únicamente para situaciones excepcionales.

Algunas semanas apenas registraba dos llamadas; otras acumulaba mensajes, conexiones de datos y conversaciones de varios minutos.

—¿Cinco números? —pregunté al ver la tabla.

—Cinco concentran casi toda la actividad de voz. Hay otros contactos esporádicos, pero esos cinco representan más del ochenta por ciento de las llamadas de los últimos seis meses. Estoy identificándolos.

Molina dejó el café.

—¿Alguno coincide con los clientes que nos mandó ayer Julián?

Nuria abrió otra pestaña.

—Uno.

En la pantalla apareció un nombre.

RAÚL MONTERO.

Debajo figuraba una sociedad dedicada a gestión patrimonial y varios datos fiscales.

—¿Lo conocemos? —pregunté.

Molina buscó entre unas hojas impresas.

—Está en el listado profesional. Marta había trabajado para su empresa varias veces durante los últimos dos años. Y la descripción que nos dio Julián sobre el cliente que llamaba a horas raras podría encajar, aunque eso tenemos que comprobarlo con él.

—¿Cuántas llamadas?

Nuria desplazó la tabla.

—Bastantes. Doce en el último mes. Algunas a horas normales y tres después de las diez de la noche. La última conversación entre ellos fue hace nueve días.

—¿La noche que murió?

—No. Ese número no habló con ella ayer.

Molina se reclinó en la silla.

—Primer candidato eliminado de mi teoría romántica.

—Que no hablara con ella ayer no elimina nada.

—Ya sé. Estoy intentando darte oportunidades para corregirme porque últimamente parece hacerte feliz.

Seguí leyendo.

El segundo número pertenecía a una asesoría con la que Marta había intercambiado llamadas principalmente en horario laboral. El tercero estaba registrado a nombre de una mujer que todavía no habíamos identificado profesionalmente. El cuarto correspondía a un establecimiento comercial.

El quinto no tenía titular útil asociado en la información preliminar.

—¿Cuál fue el último que utilizó? —pregunté.

Nuria tardó unos segundos en reorganizar los registros.

— Hay actividad de datos durante la tarde y varias comunicaciones en las horas previas a la última actividad del terminal. Una de las llamadas pertenece a este número.

Señaló el quinto.

—¿Duración?

—Casi siete minutos.

—¿Hora?

—Prefiero no mezclar esto todavía con los accesos del hotel porque seguimos esperando la validación completa del proveedor. Lo que sí puedo deciros es que ocurrió esa misma tarde, dentro de la franja en la que sabemos que Marta estaba moviéndose entre sus asuntos personales y el hotel.

Molina me miró.

—Podría ser la persona de la 409.

—Podría ser cualquiera de los cinco.

—El cliente no habló con ella ese día, dos números parecen profesionales y queda uno que todavía no sabemos quién es.

—Y una mujer.

—También.

Nuria carraspeó.

—Os recuerdo que yo sigo aquí y que todavía no he terminado.

Molina hizo un gesto para que continuara.

—Adelante. Estamos intentando estropear tus datos antes de que nos des todos.

—Se nota.

Abrió un mapa.

No era una localización exacta, sino varias zonas superpuestas alrededor del centro de Madrid.

—El terminal dejó de generar actividad esa noche. La última conexión que tenemos lo sitúa dentro de esta área.

Amplié la imagen.

El hotel quedaba prácticamente en el centro.

—¿Cuánto margen?

—Demasiado para decir que estaba dentro del edificio. Las antenas permiten situarlo en esta zona, pero puede estar en el hotel, en una calle cercana o en varios edificios alrededor. Lo importante es que desde entonces no vuelve a conectarse a la red.

—¿Apagado?

—O sin batería, destruido, sin tarjeta, metido en algún sitio sin cobertura... Elegid la explicación que más os guste. Técnicamente solo puedo decir que dejó de comunicarse con la red.

Molina miró el mapa.

—Y no apareció en la 408.

—Científica no lo encontró —dije.

—Ni en la 409.

—Tampoco.

Durante unos segundos nos quedamos mirando la zona marcada.

La ausencia del aparato podía significar muchas cosas. Marta podía haberlo dejado en otro sitio antes de volver a la habitación, alguien podía habérselo llevado o quizá llevaba semanas utilizando un sistema que todavía no comprendíamos bien.

Lo único claro era que Julián había convivido con una mujer que mantenía otro número desde hacía años y que aquel terminal había estado activo en las inmediaciones del hotel aquella noche.

—Quiero todos los contactos de los cinco números —dije—. También mensajes, registros de datos y cualquier correo asociado que podamos obtener legalmente. Y comprobad si alguno coincide con las reservas anteriores de Marta o con pagos vinculados a otros hoteles.

Nuria cerró una de las ventanas.

—Ya lo estamos haciendo. Pero hay algo más que os puede ahorrar tiempo.

Abrió la ficha del cuarto número.

No pertenecía a una persona.

GALERÍA NORTE.

Debajo aparecía una dirección en Madrid y el nombre de la responsable.

Lucía Ferrer.

—¿Una galería? —preguntó Molina.

—Eso parece. El número de Marta llamó allí varias veces durante el último año. También hay llamadas desde un móvil personal asociado a la propietaria. No aparece entre los clientes profesionales que nos envió Julián y tampoco encuentro ninguna relación administrativa evidente.

—¿Frecuencia?

—Irregular. A veces pasan semanas sin contacto y después hablan tres veces en cuatro días. La última llamada fue hace menos de una semana.

Molina sonrió.

—Perfecto. Ahora tenemos arte.

—No significa que Marta comprara cuadros —dije.

—Tampoco he dicho eso. Estoy celebrando que por una vez nuestra investigación va a llevarnos a un sitio donde probablemente no haya moqueta de hotel.

Nuria empezó a guardar el portátil.

—Cuando tenga identificación útil del quinto número os aviso. Y antes de que me lo preguntes, Sergio, no sé cuándo.

—Ni siquiera había abierto la boca.

—Estás progresando.

Se marchó.

Molina esperó a que la puerta se cerrara.

—Puedes seguir llamándolo segundo número si te hace sentir más prudente, pero Marta llevaba un teléfono que su marido no conocía, lo utilizaba con cinco personas concretas y desapareció la misma noche que ella murió. Si esto no es una vida paralela, se le parece bastante.

Miré otra vez el nombre de Lucía Ferrer.

—Todavía puede ser trabajo.

—Claro.

—Y el cliente del que habló Julián puede ser Montero.

—También.

—Y el quinto número puede no tener ninguna relación con la muerte.

Molina se levantó.

—Me encanta esta nueva versión tuya que admite todas las posibilidades. El problema es que, mientras tú las conservas, alguien tiene que ir descartándolas.

Cogí la chaqueta.

—Por eso vamos a empezar por la que no encaja con ninguna de las explicaciones que ya tenemos.

Molina miró la pantalla.

—La galería.

Asentí.

Hasta aquella mañana habíamos intentado averiguar qué había hecho Marta Salcedo durante su última noche.

Ahora empezábamos a descubrir que también necesitábamos saber qué hacía cuando nadie de su casa estaba mirando.